Archivo de la etiqueta: Relato corto de Walter Elías Álvarez

“El viejo caballo Blanco”, Relato corto, por Walter Elías Álvarez Bocanegra

CABALLOS-ENFERMOS-PARA-SACRIFICAR

 

Y él, el buen amigo, el callado y obediente compañero de José, el viejo caballo blanco de veintiséis años de edad, también quedó allá abandonado a su suerte, dicen que lo veían en la cabecera de la chacra, junto a la casita, mirando al horizonte, esperando eventualmente la llegada de su amo. Un día lo esperó enojado. El amo llegó con el lazo en la mano, al percatarse el animal echó a correr; ante el imprevisto comportamiento el amo corrió tras él, conforme la persecución continuaba, perseguidor y perseguido acrecentaban cada quién de acuerdo al instinto sus iras. El animal llegó hasta un rincón de la cerca, no había escapatoria, el lazo se apoderaría de él; dio un largo relincho para distraer a su captor, mientras tanto tomó impulso y saltó la cerca, se rasgó el prepucio en ella y cayó bruscamente cuerpo a tierra, al otro lado. Al tercer día la infección era notoria; muy apenado el amo se aprestó a curar la herida, el animal se negó al remedio, aquella vez y en adelante. Enflaquecía día a día, el amo suplicante se le acercaba y el animal con gran esfuerzo huía, el amo no podía disimular su dolorosa pena. Cierto día por la mañana, mientras José trataba de lazar al animal y éste corría a tropezones, repentinamente llegó hasta ellos un comprador de equinos. – ¡Oiga amigo!, compro caballos y burros viejos, le pago buen precio por el suyo. – ¡No lo vendo! –De qué le sirve, se nota que el animal es muy viejo, está demasiado flaco. –Quince días atrás estaba demasiado gordo. – ¡Ja, ja, ja,…! –rió burlonamente el comerciante. – ¿De qué se ríe? –Llevo muchos años comprando caballos viejos, y nunca he comprado un viejo gordo. –Usted se equivoca, si los hay, de acuerdo a la vida que llevan. – ¡Se nota que el suyo lleva buena vida! –Lo llevaba, pero se niega a continuarla. –Una vez más, le doy cincuenta soles por el caballo, para el camal de embutidos. –Una vez más, le repito que no lo vendo, cincuenta soles no vale ni mi viejo sombrero. – ¿Prefiere que se muera a pausas sin ganar nada? – ¡Prefiero! –Vamos hombre, no sea terco, le doy por él ciento cincuenta, ni un sol más. –Siento pena por él. –Por eso, en el camal darán rápida cuenta de él, no sufrirá, y usted tampoco. –Aunque así fuera no logrará usted lazarlo, peor aún llevarlo. – ¿Cuánto apuesta? –Lo que usted cree que vale. –Trato hecho. El comerciante se acercó al animal y éste se aproximó a él, ante el asombro de su amo; sin mayor contratiempo lo ató del cogote y lo atrajo, metió la mano al bolsillo, escogió ciento cincuenta soles, llegó hasta José, le entregó el dinero (no se cobró la apuesta); habló muchísimo mientras José permanecía mudo e inmóvil, y finalmente se marchó jalando al cuadrúpedo. Al abandonar el predio, el caballo se paró, miró a su amo y dio un triste relincho de despedida; había escogido su destino, una muerte menos penosa lo esperaba. El amo lloró en la despedida, se sentó sobre una roca y quedó ahí como petrificado hasta entrada la noche, había traicionado a su amigo. Durante muchas noches José soñó con el caballo, andaba muy apenado por haberlo vendido, y para aliviarse solía contar, siempre que podía, lo que ocurrió en el último sueño. Sabía que jamás volvería a verlo, y me quedé sentado como un idiota, de pronto él apareció lamiendo mi mano, aquella con la cual le daba a lamer sal, aquella con la cual le acariciaba el lomo. Entonces le pregunté: – ¿Por qué te enojaste conmigo? –Tuve miedo, –me contestó– tuve miedo que te marcharas y me dejaras solo como lo hiciste muchas veces. – ¿Qué pasó entonces? –Las numerosas personas a las que tu madre encargaba para que me custodiaran, me trataban muy mal, cargaban sobre mí leños torcidos que me hacían avanzar de puro dolor. Me ensillaban, montaban y a latigazo cruzado me obligaban a correr. –Debiste lanzarlos por los aires, a ver si escarmentaban. –Una vez lo hice y me dieron tres días de duro trabajo, sangrando a espuelazos, sin comer ni beber. Por eso amigo mío me molesté contigo, por miedo a repetir la tortura. Por aquellos tiempos yo era joven, y soportaba con resignación la dura labor y mala alimentación, con la esperanza de que tú regresaras algún día para otorgarme una vida digna de mi vejez, ahora sería muy penoso para mí soportar lo que soporté. – ¿Y por qué no te dejaste curar la herida? –Prefería morir a que me dejaras al rigor de otra gente. Era dolorosa la herida, pero sería el último dolor de mi vida. – ¿Por eso no dejabas que me acercara a ti? –Por eso. –Pero dejaste llegar hasta ti a un desconocido comerciante y te atrapó. –Es que él no sufriría al verme morir, como hubieras sufrido tú. –En cuanto a mí, no podría morir si no tengo a mi lado alguien de los que amo. –Es que tal vez a ese alguien no lo amas de verdad, de lo contrario le ahorrarías la triste pena de verte sufrir antes de morir. –Bueno, pero felizmente estamos juntos y felices otra vez, tú has regresado. –Sí, he regresado, pero de los dos solamente yo soy feliz. –Yo también lo soy. –Te equivocas, tu felicidad es efímera porque aún sigues con vida, la mía es eterna, es la felicidad que otorga la muerte a un desdichado. José se quedaba en silencio después de contar su sueño, y luego, ante la indiferencia de quienes lo escuchaban, agregaba tembloroso, casi llorando: Y mi noble amigo desapareció galopando entre las nubes. Mientras José gemía, los escuchas murmuraban: Este cojudo está loco, se cree animal….

Por Walter Élias ÁLvarez Bocanegra

La venganza de Sixta (Narración). Por Walter Elías Álvarez Bocanegra

Walter 1

 

Cada mañana, muy temprano, Sixta llegaba hasta el tendedero y colgaba una prenda de vestir, así tan rápido, tan pronto la terminaba de lavar. En aquel populoso barrio de la gran Lima, la precaria casa se ubicaba en la parte más saliente de la inclinada hondonada. Indiscretamente el tendedero estaba en la azotea de la vivienda, de tal manera que toda la vecindad centraba su atención en lo que sucedía en aquella azotea. El marido de Sixta era un albañil, un marido bien macho, de esos machos que de su mujer piden a gritos la comida y ropa que se les antoja, y además con un ¡carajo! como arenga, que si lograba un grito seguido de varios carajos, más macho se sentía, como que se llamaba Tenorio. Pero éste era un Tenorio de aldea serrana que llegó hasta un barrio marginal de la gran ciudad y ahí tomó conocimiento que para tener vivienda propia había que agruparse con muchos marginales e invadir terrenos eriazos al este, norte o sur. Y se asoció y buscaron al norte.
Plantó su estera y luego buscó mujer sin serenatas, sin ramos de flores, sin versos ni nada, sólo la tumbó a la prepo y luego se hizo albañil por casualidad. Y así, con los excedentes de los materiales que obtenía por trabajar en otras construcciones, fue construyendo su propia vivienda con su mujer como ayudante. Y cuando terminó de construirla hizo el amor con ella en todos los rincones y en todos los ambientes, hasta en la azotea, al mismo filo de ella para que pudiesen verlos todos los del barrio que aún vivían dentro de esteras, y repetía la práctica en la azotea cada vez que se le antojaba. Claro que, Sixta se oponía a esta práctica pero él amenazaba, que si no me haces donde yo quiero traigo a la otra, hay tantas que me buscan que ya quisieran tener esta casa. Y a la desdichada Sixta no le quedaba más que acceder a los requerimientos del marido.
Tenorio era joven, ingresaba para los treinta, trabajaba para otros empresarios que brindaban servicios de construcción a los diferentes municipios de la metrópoli, uno de esos empresarios quiso estimularlo y lo matriculó en un curso para constructores. En ese curso el principal expositor era un completo admirador de Miguel Ángel Cornejo, lo admiraba ¡hasta el fanatismo!, que sus exposiciones consistían en colocar el vídeo del susodicho una y otra vez, mientras la semana del curso, hasta que Tenorio entendió que el único requisito para hacerse empresario era el hambre, y a la sazón se dijo “vaya, sin darme cuenta yo hace tiempo soy empresario”. Y para sentirse como sus ocasionales jefes fue a buscar al alcalde de su distrito y le ofreció sus servicios, el burgomaestre le encomendó la construcción de un escalón de concreto por un monto sobrevaluado a su propio favor. Qué fácil le resultó, el mismo alcalde le constituyó la empresa constructora, Tenorio dejó de ser un simple obrero y empezó a trabajar por su cuenta. Se compró una camioneta 4X4, eso sí, cómo no, ¡entonces el tiempo le faltaba y el dinero le sobraba!. El tiempo le faltaba porque incursionó como conquistador de muchachas desocupadas y necesitadas, y como el tiempo le faltaba para dedicarse a su propia casa y a su propia mujer, Sixta, aburrida por los malos tratos de su jactancioso marido había planeado vengarse y por eso colgaba cada día muy temprano una prenda íntima en el tendedero. Hasta que un día uno de sus vecinos, apostado en las cuatro esteras de su vivienda, tímidamente le dijo a Sixta: –Ve, ve, vecina, que qué buenos gustos tiene usted. Y Sixta muy suelta le contestó: –¡Espéreme un momento!. Descolgó la prenda y la arrojó al vecino, el vecino la cogió y la besó, y ella le dijo “ahí en el orillo está el número de mi celular”. Y desde aquel día el vecino y la vecina hacían el amor por celular. Pero Sixta seguía con su práctica de tender una prenda, y así otros vecinos la requerían telefónicamente hasta que se extendió la fama de la mujer por todo el barrio, y más aún. ¿Y quién así de pobre como el afortunado vecino no quisiera requerir a una mujer con fama de pituca de barrio?, la única con vivienda de ladrillos, y además, con marido empresario. Sixta se dio cuenta que debería cobrar por las llamadas y fue a la empresa de teléfonos para firmar un contrato, y después de ensayar múltiples voces se preparó para contestar las diferentes llamadas. Pasó de tímida mujer a osada fémina capaz de excitar al más frío de los hombres, a tal punto que le llegó a gustar su nueva y casual ocupación, ¡y muy bien!, porque además recibía dinero por lo que le gustaba hacer. El hambre de venganza la llevó a convertirse en empresaria sin siquiera haber visto el vídeo de Miguel Ángel. Sin capacitaciones ni camioneta ni nada, vivía aquellas conversaciones que mantenía con diferentes hombres dando rienda suelta a sus fantasías sexuales.
Buen tiempo ya que no era necesario que Sixta colgara prenda alguna, un día recibió la llamada de su propio marido que por su propio lado había ensayado una particular voz de clase A. Y empezó a practicar el amor por celular con él, de manera tal que el marido, sin saber que se trataba de su mujer, llegó a imaginarla como quería, y entre imaginación e imaginación él le proponía practicar el amor en vivo y en directo, y entre imaginación e imaginación ella aceptaba. Nunca llegaron a encontrarse en persona porque cada vez que se citaban él o ella se sentían vigilados. ¡Pucha, ahí está el baboso ese!. ¡Pucha, la conchasumadre esa! y, nada. Y fingiendo no darse por enterados se apartaban. Y esto sucedió hasta que ambos, ya muy enamorados como consecuencia de las repetidas entregas sexuales telefónicas, poco a poco se fueron soltando de sus apariencias hasta hacer uso de sus propias voces: ¡Oye, baboso!, ¡vesta conchasumadre!. Y descubrieron que ambos habían sido infieles, pero qué, el hombre estaba feliz porque la infidelidad de su mujer le había llevado a conseguir mucho dinero sin siquiera haberse entregado a otro hombre. ¡Eso era lo importante!, eso creía, y eso merecía festejarlo haciendo el amor, ya no en la azotea, ahora en un lugar del norte del país exclusivo para gente adinerada, como políticos y más, en el balneario de Punta Sal, para cuidar imagen empresarial.
Walter 2
Por Walter Elías Álvarez Bocanegra