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Barcelona Marxa cap

NO ES CORTINA DE HUMO PERO SÍ NOS NUBLA LA VISTA. Por Ana González.

 Es incuestionable el creciente sentimiento a favor de la independencia en el seno de la sociedad catalana, y más tras la celebración de la Diada este pasado 11 de septiembre.

 

El tema ya está sobre la mesa, guste o no. Es como ese divorcio pedido solo por uno de los cónyuges. Da igual que el otro no quiera tratar el conflicto, éste existe y cuanto antes se afronte de cara, antes se caminará hacia una solución: desde acudir a una terapia de pareja, hasta consumar la ruptura, las opciones serán diversas.

 

Volviendo a nuestro caso, debiéramos empezar, si contamos con políticos razonables y sensatos en las dos partes, por averiguar qué porcentaje de la sociedad catalana realmente está demandando esa independencia, ya que sin ese dato no sabemos la proporción ni urgencia de la nueva realidad ni, por tanto, tiene sentido que se empiece a intentar afrontarla.

 

Pero hoy no voy por ahí, no quiero explayarme en la cuestión de la independencia ni en las dudas que tengo sobre la existencia de esos políticos razonables a cada lado (razonables y auténticamente democráticos, “palabro” este tan usado que ya parece haber perdido completamente su sentido) que sean capaces de debatir ideas, por muy en contra de ellas que estén, buscando soluciones en base al interés general, y no del electoralista.

 

 Mi intención es poner el acento en el presente que estamos viviendo que aparece del todo desdibujado por el teatro con el que nos distraen.

 

Porque para mí no es sino teatro, y con pésimos actores, lo que estamos viendo: primer acto “Pido la reforma del Pacto Fiscal para adelantar elecciones con el “no” por bandera”; segundo acto “Qué mejor que españolizar la educación en Cataluña para demostrar mi “sensibilidad” ante el tema”; tercer acto “Me voy sí o sí, y de paso internacionalizo el conflicto porque yo lo valgo”.

 

Bien, estamos en campaña electoral, lo sé, contexto que garantiza la falta de sensatez de nuestros políticos, que se van a centrar en adornar cada acto con muestras de fuerza que demuestren a sus respectivos electorados que no van a dar su brazo a torcer.

 

Ese es el juego que a ellos (los políticos) les interesa. Pero nosotros sabemos que estamos a las puertas de un nuevo rescate, el “definitivo” (según nos amenazan); el paro sigue subiendo; las dudas sobre los recortes no se han disipado (o, más concretamente, sobre a quiénes benefician tal y como se programan, y dónde deberían efectuarse realmente); y no hablemos del continuo aumento de desahucios y familias por debajo del umbral de la pobreza, yendo a las realidades más dolorosas y tristemente cotidianas.

 

Hay que afrontar esta crisis que llama a nuestra puerta, lo afirmo con total convicción. Somos un país complejo, que ha evolucionado muchísimo desde la Transición, y que ahora mismo está viviendo una profunda crisis que salpica a todas las instituciones del Estado. Más nos vale aprovechar la ocasión para revisar aquello que esté obsoleto o, sencillamente, sea mejorable.

 

 Pero sin perder el norte, sin olvidarnos que debemos poner nuestra energía en afrontar la situación económica actual. Si se nos olvida el drama que están viviendo conciudadanos nuestros,  así como los derechos políticos y sociales que están siendo baja en los últimos meses, los únicos que quedarán para debatir sobre la independencia de Cataluña serán los que sirven a los intereses financieros y del capital, es decir, los mismos que nos han llevado hasta esta situación de empobrecimiento económico y declive democrático que atravesamos.

 

No en vano Rajoy en sus recortes ha seguido la estela de  las “retallades” de Mas, así que los dos grandes protagonistas de este melodrama televisado por todas las emisoras, son también los que están escondiéndose detrás de todo este ruido mediático para no rendir cuentas de las medidas llevadas a cabo… y, atención, ¡¡de las que están por llegar!!

 

Así que esta reflexión solo pretende que nosotros, los ciudadanos de a pie, estemos atentos y velemos por nuestros intereses para poder exigir a los políticos, de aquí y de allá, que actúen ajustándose a ese ya citado interés general.

 

Mucho cuidado con las batallas en las que nos enzarzamos, porque la guerra es larga y debemos vigilar nuestras fuerzas.