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SILENTES Y RESIGNADOS

SILENTES Y RESIGNADOS, por Gabriel Alcolea.

 

 

Desde la muerte del dictador, son ya varias las generaciones que, electoralmente hablando, han acuñado su derecho a manifestar su contento o insatisfacción a la situación que les dejan vivir. El resto de españoles, venimos de aquellos tiempos de oscurantismo y caciques, del olor a grasa y caspa, a incienso y a Formación del Espíritu NaZional.
Eran momentos distintos, pero no mucho peor a los de ahora, aunque parezca lo contrario. Entonces, por menos de ¡¡quién se ha creído usted qué es!!, te soltaban un par de porrazos e ibas derecho al cuartelillo o la comisaría. Más o menos, como, ahora, está empezando -y lo que veremos- a suceder. En verdad que por aquellos lares, salvo los muy audaces, atrevidos, valientes o los muy organizados, pocos éramos capaces de plantar cara al orden establecido. Ya escampará, pensábamos los más ingenuos. Como ahora…
Pero, hete aquí, que pasaron los años y algunos de los nuevos políticos, la mayoría desconocidos para la gran masa social -que apenas si sabíamos quién era aquel ministro de amplia barriga que con singular arrojo y valentía se sumergió en aguas almerienses para demostrar que, contra un ministro de Franco, las bombas nucleares poco tenían que hacer y que por lo que decía la prensa del momento (¿o era del Movimiento?) se trataba de un señor con locas ideas que traía a su excelencia, el caudillo, por la calle de la amargura- se alinearon junto a este rebelde demócrata de toda la vida y, en uno de los estudios políticos a futuro más certeros de nuestra historia, se les ocurrió “darnos” cuatro derechos individuales, sociales y laborales que fue el no va más de la modernidad. Vamos, para no creérselo. Nos pasó como en aquel cuento infantil llamado Biblia, a los judíos de Moisés con el dichoso maná (supongo que el germen del ahora famoso maní caribeño).
Se juntaron y, en unas cuentas noches de juegos, artificios y cuentas malabares electoralistas, nos dijeron: ¡ Hale, ahí tenéis vuestro futuro. A disfrutarlo, idiotas!. Y, vaya si lo hicimos…Tanto nos gustó, que aún seguimos en el mismo sitio: en Babia.
Fue ésta una “democracia”a medida de la idiosincrasia y adormecimiento a que el pueblo español había llegado a través del miedo, la falta de libertades, la resignación y la incultura (la política y la otra…). Y lo hicieron a costa de una cosa a la que llamaron transición y a un pan como unas tortas a la que bautizaron como Constitución. Algo tan carca y patosa como aquella señorita Poppins, con la que creíamos salir volando en busca de la anhelada libertad política y los derechos que creímos merecer, cual extranjeros allende de los Pirineos, esos tipos tan raros que, según nuestros ancestros, sólo perseguían hacernos la puñeta por la mucha envidia que nos tenían.
Han tenido que pasar otros cuarenta años para que, algunos, sólo algunos, se den cuenta de que esto sigue igual que antes. Expolio, mentiras y corrupción. Los mismos perros, aunque con otros collares.
Nací en el 49. Entonces, nadie podía elegir a su concejal. Entonces, nadie podía elegir al Jefe del Estado. Hoy, sesenta y cuatro años después, estamos en las mismas. En derechos sociales, en sólo unos meses, hemos retrocedido a aquella época. ¡Es la política, idiota!.
Seguimos igual, y las ingentes manifestaciones callejeras, ponen de manifiesto aún más la egolatría y la insolidaridad de los españoles. Mareas de todo tipo y color, sí, pero cada uno por su lado. Muchos, sólo ven la calle y las pancartas cuando han tocado “su” bolsillo. Pero nunca antes…ni después.
Silencioso, resignado, inerte, el pueblo español acude remiso de nuevo al matadero. Será verdad eso de que somos diferentes?. ¿Será cierto el axioma de que cada pueblo tiene lo que se merece?.¿Qué más ha de suceder para que, unidos en un frente común, despojemos al Estado de su ilegitima herencia y de la manipulación de los serviles partidos mayoritarios?.