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SHUGUL, por Walter Elías Álvarez Bocanegra., de Pallasca, Ancash, Perú.

Walter Elías Álvarez Bocanegra

SHUGUL

 

Allá en la Corte Superior de Trujillo, mientras se ventilaba un caso de violación, el fiscal preguntó al reo.
–¿Cómo la violaste?.
–Ha la gandola –respondió el reo, tartamudeando, deletreando, mientras miraba una inscripción hecha en el dorso de su mano izquierda.
Silencio en la Corte, la frase “a la gandola” no la digerían los magistrados, todos se quedaron perplejos, repentinamente a un vocal de mucha apariencia serranil se le ocurrió preguntar al reo.
–¿De dónde eres?
–De Shullugay.
–¿Dónde queda eso, en que pueblo en qué provincia?.
–En el pueblo de Shullugay, en la provincia de Pallasca –respondió con evidente nostalgia.
Alivio en la Sala, los magistrados cruzaron miradas y hablaron al unísono: ¡El Doctor Murphy!.
….

Algunos lo conocían como Shugul, otros como Shugúll, los lugareños que habían pasado mucho tiempo en el litoral peruano lo llamaban Chugul y los más acriollados Chuguy, tan acriollados que al pollo lo llamaban poyo, y al contemplar el poyo de barro en la rústica cocina del hogar primigenio, antes de sentarse a comer, ya no sabían que decir, porque hasta entonces lo único que se habían aprendido como serranos acriollados en el litoral era el reemplazo de la “elle” por la “ye” en la pronunciación de las palabras. De piedrecillas irregulares que si alguien las pisaba rodaba por el camino rompiéndose la crisma, piedrecillas desintegradas provenientes de grandes pizarras mezcladas ahí con tierra del color del crepúsculo vespertino y de consistencia arenosa, así era el lugar, extremadamente accidentado y con espinosos arbustos por doquier, así sigue siendo Shugul, un paraje en el pueblo de Pallasca.

“Creí que no volvería por ahí, por esas tierras donde mi madre, en condominio con sus hermanos, las conducía, claro que los hermanos no vivían en el lugar ni mucho menos en el cercano pueblo, ellos se establecieron por el litoral, donde el dinero producto de la pesca abundaba por entonces, era mi madre la que las administraba y compartía los productos agropecuarios con sus hermanos, y yo me preocupaba por capitalizarlas con cultivos permanentes además de la conservación de cercos y acequias de regadío. Ahí, al pie del condominio, vivía el Chaspao, un cuarentón, agricultor, él, en unos retazos de esas tierras…”.

Abajo en el chorro pena el alma de don Ricardo, comentaban los chacareros después del asesinato del anciano. Don Ricardo vivía en la comarca del frente luego de la profunda quebrada, tan lejos que don Ricardo demoraba medio día en llegar hasta la casa del Chaspao y tan cerca que de una vivienda a otra tío y sobrino a gritos charlaban amenamente. Don Ricardo era tío en enésimo grado del Chaspao, sólo que don Ricardo pudo atesorar durante toda su vida el precio de una yunta de bueyes, mientras el Chaspao se quemaba de sol a sol en unos sembradíos de pan llevar que matizaba cultivando algunas cebollas de rabo para poder venderlas y comprar la sal para el cushal y para de vez en cuando sazonar un apetitoso cuy que su mujer criaba en su corredor y dentro de la cavidad inferior del fogón. El apelativo “Chaspao” le vino de aquella vez que prendió una fogata al costado de la era después de la trilla de cebada para llamar al viento, y luego que la prendió el viento sopló tan fuerte que propagó el fuego abrazando a la parva y al infortunado chacarero que después de la convalecencia tuvo que soportar la terrible sensación de aparecer ante sus conocidos con el rostro parcialmente deformado por las quemaduras, muchos apelativos se ganó luego del terrible incidente y finalmente quedó como “Chaspao” que equivale a decir quemado por la parte exterior. Así que, sabedor del apetecible botín con cariñosas tretas se dirigió a don Ricardo para que lo prestara a una tasa de interés que estimuló la codicia de don Ricardo y accedió al préstamo. Cada mes recibía religiosamente los intereses y al llegar el cuarto mes el Chaspao se negó a pagar lo convenido, don Ricardo se acaloró en el reclamo y el Chaspao sacó un machete y a machetazo limpio dio cuenta de la vida del pobre anciano, no se inmutó y llenó el sangrante cadáver en un saco de lana y lo llevó doscientos metros allá, hasta el despeñadero, aflojó el saco y tiró el cadáver que de tumbo en tumbo fue a dar a la quebrada. Don Ricardo fue buscado al siguiente día por sus familiares y lo encontraron bien muerto en el fondo de la quebrada, para poder levantar el cuerpo tuvieron que dar cuenta al Juez de Primera Instancia que sin pérdida de tiempo ordenó al Juez de Paz del lugar el levantamiento del cadáver, pero al Juez de Primera Instancia no se le cocinaba que fuera un accidente natural el que dio cuenta de la vida de don Ricardo, así que mientras hicieron llegar al occiso al pueblo el Juez de Primera Instancia ya venía en camino, y cuando estuvo frente al cadáver pudo notar profundos cortes en el rostro del infortunado que motivaron su atención y sin pérdida de tiempo hizo llamar al Chaspao y le preguntó a quemarropa cuántas noches ha escuchado al alma del difunto penando en la quebrada, y él le dijo que tres, sin darse cuenta el criminal habló por su boca, y entonces el Juez siguió preguntando hasta acorralar al preguntado que finalmente terminó confesando su culpa. “¡Oígaste!, habiasido que las almas penan”.

El crimen sucedió cuando el que quería contar esta historia y no lo hizo porque no podía, aún era niño, ahora, Eulalio, que así no se llama pero así debería llamarse porque lo establecía el almanaque, ya pasó para cincuentón hace buen rato, y cuando era niño los corrales del condominio cercano a la casita del Chaspao los administraba un hermano de su madre, que por esas ironías del destino resultó enredado en amores con la hija del Chaspao que aún era menor de edad y Eulalio ya entraba a la pubertad. El enredo fue de película, sucedió que un ocasional pretendiente de la mozuela, nacido en el pueblo y acriollado en Lima y entonces de visita en el lugar, la encontró en dulce coloquio con el tío de Eulalio en el condominio de éste y los amenazó con vengarse, fue hasta abajo a la casa del Chaspao que purgaba condena en el penal, pero ahí estaba su esposa, doña Griselda, de cuarentonas rabias dentro de tres amplias polleras de lana de carnero, y como testigo presencial el pretendiente le contó una historia de entrega sexual, urdida por él, entre el tío de Eulalio y la hija de Griselda; Griselda y sus dos hijos mayores se constituyeron hasta la casita que habitaba el tío de Eulalio, un hombre poco tolerante de mediana estatura y de tez blanca de nombre Melquíades que así sí se llamaba por sobre todos los nombres del almanaque porque su padre casi liberal que estudió en el Colegio san Nicolás de Huamachuco así quiso que se llamara. Así, pues, que, con la rabia a chorros desde la nuca hasta los talones y esputando polvo, basurillas y piedrecillas, Griselda y sus dos hijos llegaron a la vivienda de Melquíades que haciendo gala de buen jinete abordó de un brinco a su azabache y los eludió a todo galope aumentando la rabia de sus perseguidores.
Griselda y su corte familiar regresaron hasta su casita con la venganza reventando en sus cabezas, se ubicaron el la cocinita del corredor y se sentaron en los troncos de maguey.
–China, tray tu tunto y siéntate a mi lado –ordenó la matriarca de la familia a la hija mientras sus dos hermanos la miraban con potente menosprecio–, ¡abre las piernas!.
La madre auscultó.
–¡No tiene nada esta puta e mierda! –agregó.
Pero, no titubeó ni un mísero momento y atrapó un cuy que se desplazaba por bajo sus amplias polleras, como impulsada por un brío sobrenatural cogió del poyo un cuchillo y dio cuenta del roedor sobre la sonrosada flor cartucho en eclosión de la muchacha, chisguetearon las malogradas arterias ahí mismo, en las piernas y en la ropa de la virginal, e inmediatamente la iracunda madre preguntó:
–¿China, dónde has dejao tu calzón sucio?, ¡eso si no has de saber so puta de mierda!.
La misma madre se apresuró a buscar el único calzón de la muchacha, lo extendió sobre el estrado del fogón y se arrastró por debajo de él, atrapó otro cuy, salió de retroceso, se paró, lo mató y dejó que cayera en la rosasucia prenda toda la sangre del animal, y, en el acto se marcharon al pueblo “¡A la autoridad a la autoridad! ”.
Así que con el fabricado cuerpo del delito el Comisario armó un atestado de la GP y ordenó la captura de Melquíades, mientras tanto Griselda marchó hasta la capital de la provincia y se presentó ante el Juez de Primera Instancia para reforzar la denuncia entre sollozos y maldiciones que bien le arderían las orejas a Melquíades, el Juez, que ella muy bien conocía porque era el mismo que encausó a su marido hasta el Penal de Huaraz, lo escuchaba incrédulo mirándola por sobre sus anteojos.
Melquíades llegó hasta la capital con fuerte resguardo policial, entre rubores y náuseas cruzó la plaza eludiendo las miradas de sus conocidos, el cortejo se paro en plena Plaza frente a lo que se llamaba La Cárcel, el tiempo que Melquíades demoró en desmontar y pasar las rejas fue para él el tiempo más amargo de su existencia.
Durante el comparendo el Juez preguntó a la ultrajada.
–¿Cómo ha sido?.
–Me ha tucushido con su aparato –dijo ella mientras miraba a su madre ahí presente.
–¿Y cómo ha sido? –preguntó el Juez a Melquíades.
–Estuve ¡HALAGÁNDOLA!.
El único médico de la capital de la provincia andina, el único médico del lugar en toda su vida no se encontraba para que certificara la violación, gozaba de sus vacaciones en la capital, así que el Juez habló con el supuesto violador.
–A falta de médico aquí, tendré que elevar el caso inmediatamente a la instancia superior, ahí hay muchos médicos, mientras tanto tú seguirás detenido, eso sí, tenlo muy presente que allá en el Penal los violadores son violados. Pero, te propongo una salida, ¡cásate y ya!.
–Me caso –dijo Melquides, le aterraba la idea de ser violado por reos macerados en penetrante lejía ávidos de descargarla en el orificio del violador con el pretexto de hacerse solidaria la justicia ajena, y, y le glorificaba la idea de ser el primer hombre de aquella muchacha con olor a tierra mojada, así que prefirió aceptar matrimonio y quedó impregnado en las mentes de las los pueblerinos más sencillos que una violación conforme lo había confesado Melquíades llevaba al matrimonio y no a la cárcel.

Melquíades se casó con Anastasia y se fueron a vivir al condominio que conducía Melquíades, luego su temprana mujer resultó embarazada. Anastasia no tenía día que no visitara a su madre, doña Griselda, que vivía como a medio kilómetro abajo de la casa de campo que habitaba el nuevo matrimonio, por camino zigzageante, sólo una propiedad, la propiedad de doña Petrona que vivía por Lima, separaba la casa de Griselda del condominio con la vivienda en la cabecera. Y uno de esos días.
–Hoy no irás a visitar a tu mamá hay mucho trabajo –Sentenció Melquíades a su mujer.
Fue suficiente para que la bronca en el naciente matrimonio empezara , con el dime que te diré y el pégame que te pegaré, y por fin, sin permiso ni nada, ni más ni menos, Anastasia se largó a la casa de su mama. Pasó uno, dos, tres, seis días, y no regresaba. Melquíades fue a buscarla, y cuando llegó Griselda meneaba de pie el tostador dentro del tiesto de barro y mientras lo hacía sus amplias polleras abanicaban los excrementos de los cuyes en el piso de tierra, miró a Melquíades disimuladamente de costado, escupió sobre el costado del fogón, lo invitó a pasar al corredor y le ofreció el asiento de tunto, y en seguida empezó a llamar a sus hijos. Los guapos llegaron más rápido que inmediato con la hermana tras de ellos, cogieron los garrotes del montón de leña y le propinaron a Melquíades tremenda paliza que lo dejaron tirado panza abajo. Cuando pudo recuperarse de la masacre caminando como borracho llegó hasta el pueblo, meses estuvo en la casa de su madre sin poder aliviarse completamente, viajó a la costa, su madre tras él, la madre enfermó y murió, a él lo internaron en un sanatorio y murió.
Luego de la muerte de Melquíades fue doña Asunción, hermana de Melquíades y madre de Eulalio, la que se ocupó de administrar el condominio.
Eulalio amaba a esas tierras, las amaba tanto como a su madre, que cada centímetro de ellas tenían el olor de su sudor, que de tanto amor moriría por defenderlas, y las defendió aquel día que descubrió a Santiago tirando las piedras de la cerca limítrofe de ambas propiedades.
Y por defenderlas aquel día estuvo a punto de hacerse criminal, Santiago era del pueblo, un poco mayor que Melquíades, sin propiedades ni nada pero añoraba tenerlas porque le encantaba la idea de ser algún día un pequeño criador de vacunos, ¡eso sí!, por lo mismo un día marchó treinta kilómetros a pie para trabajar en la minas de tungsteno con el único fin de ahorrar dinero para adquirir una propiedad, y lo hizo para comprar la parcelitas de doña Petrona en Shugul, entre el Chaspao y el condominio que regentaba el infortunado Melquíades, y en ese afán de esforzado trabajo para ahorrar dinero se accidentó dentro del socavón, desde entonces quedó deforme con el espinazo desviado, por eso lo llamaban “El Güecro”, “El Torcido” “Jarro Chancao” “Golpéao de Aguila”, y tantos apelativos más que de sobra compensaban las limitaciones espirituales de los apodadores. De chacra, de sol a sol, de vivir en Shugul bajo diez metros cuadrados de rústico techo, de comer chiclayo a diario y no sufrir de la próstata, ¡era Santigo!, y en esos menesteres veinte veces más productivo que Eulalio que vivía en el pueblo junto a su madre y acariciaba aquel condominio nada más que como un hermoso legado de sus antepasados, Eulalio no tenía ambiciones productivas, era un hombre que se pasaba horas y horas haciendo poesías que las echaba al viento para que se encargara de diseminarlas y en tal afán se ausentaba del pueblo. Bueno, aquel día Eulalio regaba esa parcela limítrofe, Santiago, físicamente insignificante pero decidido a conseguir lo que se propuso arrojó las piedras del muro y en actitud desafiante marchó hacia la “toma” del agua de riego y la encausó hacia su propiedad, Eulalio se olvidó de lo hermosas que le resultaban las poesías y marchó a enfrentarse con su ocasional retador, Santiago blandió un machete que llevaba con él y lo descargó sobre Eulalio, éste esquivó el tajo y sometió a su adversario que cayó de largo en lardo en la acequia, Eulalio le pisó la cara para mantenerlo dentro del agua hasta ahogarlo, en ese momento le llegaron a su mente los gritos de auxilio de don Ricardo y Eulalio se apartó de su contrincante.
Mucho tiempo pasó sin que Eulalio y Santiago cruzaran palabra alguna, mucho…, Eulalio tuvo que abandonar el pueblo con su anciana y enferma madre, mucho tiempo pasó sin que Eulalio y Santiago cruzaran palabra alguna, hasta aquel día que después de muchos meses de ausencia Eulalio regresó al pueblo sin la anciana madre, llegó a la propiedad y la encontró invadida por los hermanos de ella, con tristeza contempló como los árboles que él y su madre habían plantado eran talados por los usurpadores sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Eulalio fue en busca de Santiago y sin mediar palabra los dos se abrazaron.
“Creí que no volvería por ahí, por esas tierras donde mi madre, en condominio con sus hermanos las conducía, claro que los hermanos no vivían en el lugar ni mucho menos en el cercano pueblo…”
Pero volvió por ahí, por esas tierras, y tan pronto quiso contar lo que sintió al contemplarlas las palabras se le atragantaron, dos lágrimas rodaron entre tumbo y tumbo por los pliegues de su curtido rostro.

¡El Doctor Murphy!, hablaron al unísono los del jurado, él es de esa provincia y fue Juez de Primera Instancia ahí.
El jurado suspendió la cesión y mientras tanto se constituyó hasta la Presidencia de la Corte Superior de Justicia de la Libertad, allá en Trujillo.
–¡Doctor! –dijo un magistrado– ¿Usted que es Pallasquino sabe que significa “A LA GANDOLA”?.
El alto magistrado dejó de leer, giró sesenta grados a su derecha sobre el sillón a la par que se quitaba los lentes de lectura y un abultado vientre apareció, luego volteó la mirada a la izquierda para dirigirla a sus interlocutores, y de aquella boca con sonrisa franca en el marco de visible rostro sonriente de amplia frente y nariz aguileña, salió una sola palabra.
–¡HALAGÁNDOLA! .

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