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EL ÚLTIMO AFÁN. Por Walter Elías Álvarez Bocanegra, de Pallasca, Ancash, Perú.

El último afán.

Walter Elías Álvarez Bocanegra.

 

Es ella otra vez, como ayer, como anteayer y como toda la semana, una semana ya, sólo que ayer no tenía esas manguerillas asidas a las narices. Ahí está, pegada al cristal de la ventana, su mirada se dirige al este, hace caso omiso a las celadoras de cama de hospital, luego baja la mirada y observa la vía congestionada de vehículos, la avenida Salaverry en Jesús María. Creyó que ayer saldría del nosocomio, se preparó para salir pero no pudo, su cuerpo no respondía, se desvanecía. Anteayer estuvo mejor y también creyó que saldría de ahí, pero no pudo, su cuerpo se desvanecía menos que ayer y creyó que debería ponerse mejor para salir y por eso espero al día de ayer, y no pudo, y esperó para hoy pero tampoco puede, está peor, y con manguerillas, todo está perdido. Pero saldrá, es su afán, conoce el hospital de memoria, como cualquier jubilado.
Sale de ahí sin manguerillas, caminando en retroceso, inicialmente los pies se le pegan al piso, luego se le van aliviando, va por el pasadizo, el ascensor se abre, se cierra, ella desciende, se abre nuevamente. Ella pasa entre el gentío, todos se apartan, jamás han visto caminar a una mujer de tal manera, sonríe mientras se desplaza por Rebagliati hasta la esquina. El mismo bus que la llevó está estacionado en la avenida Salaverry, justo en la esquina, le resulta difícil subir de espaldas, pero lo logra, su deseo de vivir es más fuerte que la buena voluntad de la buena mujer que quiere llevarla al hospital, una semana ya que la llevaba, entonces la buena mujer iba tranquila, ahora la buena samaritana regresa con pesadumbre porque ella no quiere quedarse en el hospital.
Le resulta muy pesado volver a casa de retroceso, pero la casa es la casa, la casa es la vida y en la casa la muerte es dulce. Y llega a la esquina de la casa, con el bus en retroceso, y ella se baja caminando con la espalda por delante, y a medida que avanza el cuerpo se le sutiliza, va caminando a la gloria, segura que la encontrará. La mujer que le acompaña voltea y la abandona en la misma puerta de la vieja casona, ahora infernalmente convertida en tugurio albergando a mucha gente. Ingresa hasta su habitación en el segundo piso, en el barrio Rimac, al costado del río, muy cerca de Palacio de Gobierno, un puente y una cuadra los aparta, se vuelve y queda frente a frente con la cerradura de la carcomida puerta; penetra la llave, cruje el madero entre telarañas y polvo, flamean las blanquisucias cortinas, y por fin.
Se siente libre y como volando ingresa al dormitorio, se sienta en la cama, chirrían resortes, jala la gaveta del velador y extrae un diario amarillento, su propio diario, lo abre sobre la mesita caoba.
“¡Oh!, diario, tú que sabrás de mí mucho más de lo que yo de ti, guarda todo lo que te entregue que será lo mucho que yo tenga. Porque a tus páginas llegue mi canto y que ellas sequen mi llanto o se llenen de encanto cuando una tenue sonrisa a mi rostro aparezca. Porque tus renglones sean mi cause de amor y aunque muerda el dolor no me aparten de él. Y si alguna vez el destino de mí te arrancare y el insensato a la basura te arrojare, escaparás de ahí porque tienes vida, la vida que yo te entregaré. Nací con efímera primavera una tarde de otoño, no importa de quién pero nací, me sorprendió el invierno y ahora que siento caluroso verano y cumplo 15, te tengo a ti. ¡Te amo! ”. 
Lo ojea, hoja por hoja, entre páginas hay pétalos y flores finamente disecados, se detiene entre páginas, 5 del día 13 del mes 12, ahí una flor de higuera y foto a todo color en el restaurante El Cordano, al costado de Palacio de Gobierno, muchos rostros femeninos alegres sólo el de ella disimuladamente alegre. Tiene 55 años, es un agasajo porque se ha jubilando del empleo, empleo que no quería dejar porque en algo aliviaba su pesar. Ya no es la mujer más bella de Correos y Telégrafos por dentro y por fuera, ya no, sólo por dentro. 
El diario tiene codificados los días de la semana del 1 al 7, no dice lunes, dice 1, no dice domingo, dice 7. Se detiene en el 7 del día 7 del mes 7, es una codificación personalizada, algo fuera de lo común quería hacer cuando niña e hizo un diario de vida cuando cumplió 15. Ahí junto a un pétalo de rosa roja una fotografía carné en habano, la coge delicadamente, sonríe llena de felicidad, y la besa como aquella vez. Es el primer beso que dio aquella tarde, mientras la brisa del río, en el puente Rimac, antes que él partiera rumbo a las minas de la Cerro de Pasco Corporation. Partió en tren, al siguiente día, desde la misma Estación de Desamparados rumbo a su prometedor empleo como geólogo y no volvió jamás, murió por Satipo, Junín, en una juerga de fin de semana, dijo la madre de ella. Fue el primer beso sabor a suspiro limeño, de esos suspiros que ella muy bien sabía preparar, el primer beso que dio y recibió mientras su cuerpo hormigueaba ávida, ella, de caricias y lujuria, porqué no, pero él la apartó porque la quería pura para la noche de bodas. Era el único hombre a quien se entregaría pasara lo que pasara. Pegada a la foto se siente en la gloria.

Era la mujer más bella de Correos y Telégrafos, la más bella del centro de Lima y de todo Lima y más, bella como bello su proceder, aunque empleada nada más, pero al fin empleada para distinguirse de las obreras.
Sigue ojeando las hojas del diario y encuentra a su madre en cuerpo entero y en sepia junto a una flor de cardo, su cuerpo se hace pesado, se resiste a caminar al pasado. No supo bien de su padre, el francés Leclerc de penetrante mirada azul que atrapó a su madre. ¡El gringo Leclere!, el que solía repetir que serrano era sinónimo de sumisión y de atraso, por cuanto no se explicaba el porqué de una raza dueña de incalculable riqueza y que, sin embargo, adormitaba terriblemente pobre y al servicio de sus saqueadores. Murió por borracho, repetía su madre. Leclerc, un experto fundidor de oro en La Oroya que de un día para otro resultó con la piel exfoliándose por los efectos de los reactivos que utilizaba en su rentable oficio, y por eso su madre se alejó de él, mejor dicho, ¡lo alejó!, le causaba repugnancia y vómitos cuando se le acercaba. Soriasis, diagnosticaron los médicos, Leclerc, decepcionado, se suicidó en La Oroya con una solución saturada de whisky y cianuro sin que ella, su hija, lo supiera, ya muerto se lo llevaron a Francia.
Difícilmente su pensamiento llega hasta el joven aquel, su padre, tan apuesto como su prometido el de la foto en habano. Inicia un canto, yaraví, dolorosamente triste, “Se fue mi amante por las montañas…”, ella tiene 18 y él 24, coloca la foto dentro de sus senos, se arrodilla cantando con la mirada fija en la ventana oriental de su sepulcral habitación, “Se fue mi amante por las montañas bajó a Satipo y ahí murió…”. Estruja la foto sepia de su madre, la escupe y la tira por la ventana.
Era la mujer más bella de Correos y Telégrafos, la única hija de la maestra de escuela en la metalurgia La Oroya y del gringo Leclere, vivía en esa casona que compró su padre y la legó íntegramente para ella antes de morir, y desde allí, todas las mañanas caminaba cruzando el puente hasta las oficinas de Correos y Telégrafos al costado de Palacio de Gobierno. La maestra era limeña piel canela de pura cepa, de Barrios Altos, a unas cuadras de la casa de los Prado, era maestra de escuela, pero llevaba el cuello bien estirado para que su mirada no tropezara con las de sus alumnos, y por eso dejó de trabajar luego que se unió de hecho con Leclerc. Después de la muerte de Lecrec la maestra se vio en apuros para seguir viviendo como había vivido, puso la mayoría de las habitaciones de la señorial casa en alquiler, y hasta ella se alquilaría de ser necesario, y fue un oficinista de Palacio de Gobierno, que entonces alquilaba una habitación ahí, que se compadeció de la hija de la maestra y del gringo Leclere y le consiguió un empleo en Correos y Telégrafos. El enamorado de ella era de Huancayo, serrano mal hablado, de qué vale que sea ingeniero, le repetía la madre maestra, serrano apestando a chuño y zapateando huaynos, ¡quí puis vaser tu marío!.
Estruja la foto sepia de su madre, la escupe y la tira por la ventana, “que el diablo la tenga a su lado”. Inicia una danza, mezcla de todas las danzas folklóricas peruanas, y baila hasta quedar exhausta, y canta el penoso yaraví “Corazón en bandolera partió mi amante, se fue mi amante por las montañas, bajó a Satipo, lo acribillaron y ahí murió, y ahí murió y ahí murió…”. ¿No fue la malaria?, no, lo acribillaron a balazos por hablar de revolución. Extenuada por la fatiga cae sobre el velador y el diario se estrella en el piso de madera. Fotos y flores en el piso opaco olor a petróleo, sobresale una foto en sepia pegada a una flor de lirio, la del gringo Leclere con ella muy niña en beso paternal en el patio de la casona junto a la pileta de mármol. Su mente se confunde, le llega intermitente la figura del ogro escamoso a veces rojizo y otras violeta genciana, eso decía su madre, el gringo Leclere era el ogro luego que fue atacado por la soriasis. Entre el ogro y Leclerc aparece su madre obligándola a comer: ¡Come, maldita!, ¿o llamo al ogro?.

La orden le produce vómitos, arroja toda la bazofia a la misma cara de la celadora de hospital, para ella la cara de su madre, la anciana se desploma, cae pesadamente al piso, fuera de la cama de hospital, el cuerpo convulsiona y expira feliz. Es ella, sencillamente ella, la mujer más hermosa por dentro y por fuera.

 

Walter Elías Álvarez Bocanegra

4 pensamientos sobre “EL ÚLTIMO AFÁN. Por Walter Elías Álvarez Bocanegra, de Pallasca, Ancash, Perú.”

  1. No tengo el nivel literario que tu posees para poder catalogar tus escritos pero debo felicitarte porque los haces muy bien. Felicitaciones por esa habilidad literaria.

    1. Un relato triste e interesante. Ella en los ultimos momentos de vida piensa, y ese pensamiento la lleva a recorrer su pasado. Encuentra su tesoro que son: notas, fotos y flores secas. Cada una tiene valor para ella; las admira y ve el significado de cada una. Su padre un hombre inteligente, trabajador. Su novio un jovencito que la quiere y respeta, se aleja de ella con la idea de ganar dinero para asi, mas tarde talvez disfrutarlo juntos. Su madre una persona negativa, brusca y egoista no le ayudo en nada. Ella al encontar todo esto, lo revisa, le duele muchisimo, al mismo tiempo, admira lo bueno y deshecha lo malo. Aliviada de este peso, se siente libre, lista para algo nuevo, talvez… Y su alma descansa, descansa en paz. Bello y profundo!

      1. Elvia:

        Muchas gracias por tu comentario, comentario que resume muy bien el escrito que no es tan fácil de leer.

        ¡Un abrazo!.

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