La venganza de Sixta (Narración). Por Walter Elías Álvarez Bocanegra

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2 - RELATOS CORTOS

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Cada mañana, muy temprano, Sixta llegaba hasta el tendedero y colgaba una prenda de vestir, así tan rápido, tan pronto la terminaba de lavar. En aquel populoso barrio de la gran Lima, la precaria casa se ubicaba en la parte más saliente de la inclinada hondonada. Indiscretamente el tendedero estaba en la azotea de la vivienda, de tal manera que toda la vecindad centraba su atención en lo que sucedía en aquella azotea. El marido de Sixta era un albañil, un marido bien macho, de esos machos que de su mujer piden a gritos la comida y ropa que se les antoja, y además con un ¡carajo! como arenga, que si lograba un grito seguido de varios carajos, más macho se sentía, como que se llamaba Tenorio. Pero éste era un Tenorio de aldea serrana que llegó hasta un barrio marginal de la gran ciudad y ahí tomó conocimiento que para tener vivienda propia había que agruparse con muchos marginales e invadir terrenos eriazos al este, norte o sur. Y se asoció y buscaron al norte.
Plantó su estera y luego buscó mujer sin serenatas, sin ramos de flores, sin versos ni nada, sólo la tumbó a la prepo y luego se hizo albañil por casualidad. Y así, con los excedentes de los materiales que obtenía por trabajar en otras construcciones, fue construyendo su propia vivienda con su mujer como ayudante. Y cuando terminó de construirla hizo el amor con ella en todos los rincones y en todos los ambientes, hasta en la azotea, al mismo filo de ella para que pudiesen verlos todos los del barrio que aún vivían dentro de esteras, y repetía la práctica en la azotea cada vez que se le antojaba. Claro que, Sixta se oponía a esta práctica pero él amenazaba, que si no me haces donde yo quiero traigo a la otra, hay tantas que me buscan que ya quisieran tener esta casa. Y a la desdichada Sixta no le quedaba más que acceder a los requerimientos del marido.
Tenorio era joven, ingresaba para los treinta, trabajaba para otros empresarios que brindaban servicios de construcción a los diferentes municipios de la metrópoli, uno de esos empresarios quiso estimularlo y lo matriculó en un curso para constructores. En ese curso el principal expositor era un completo admirador de Miguel Ángel Cornejo, lo admiraba ¡hasta el fanatismo!, que sus exposiciones consistían en colocar el vídeo del susodicho una y otra vez, mientras la semana del curso, hasta que Tenorio entendió que el único requisito para hacerse empresario era el hambre, y a la sazón se dijo “vaya, sin darme cuenta yo hace tiempo soy empresario”. Y para sentirse como sus ocasionales jefes fue a buscar al alcalde de su distrito y le ofreció sus servicios, el burgomaestre le encomendó la construcción de un escalón de concreto por un monto sobrevaluado a su propio favor. Qué fácil le resultó, el mismo alcalde le constituyó la empresa constructora, Tenorio dejó de ser un simple obrero y empezó a trabajar por su cuenta. Se compró una camioneta 4X4, eso sí, cómo no, ¡entonces el tiempo le faltaba y el dinero le sobraba!. El tiempo le faltaba porque incursionó como conquistador de muchachas desocupadas y necesitadas, y como el tiempo le faltaba para dedicarse a su propia casa y a su propia mujer, Sixta, aburrida por los malos tratos de su jactancioso marido había planeado vengarse y por eso colgaba cada día muy temprano una prenda íntima en el tendedero. Hasta que un día uno de sus vecinos, apostado en las cuatro esteras de su vivienda, tímidamente le dijo a Sixta: –Ve, ve, vecina, que qué buenos gustos tiene usted. Y Sixta muy suelta le contestó: –¡Espéreme un momento!. Descolgó la prenda y la arrojó al vecino, el vecino la cogió y la besó, y ella le dijo “ahí en el orillo está el número de mi celular”. Y desde aquel día el vecino y la vecina hacían el amor por celular. Pero Sixta seguía con su práctica de tender una prenda, y así otros vecinos la requerían telefónicamente hasta que se extendió la fama de la mujer por todo el barrio, y más aún. ¿Y quién así de pobre como el afortunado vecino no quisiera requerir a una mujer con fama de pituca de barrio?, la única con vivienda de ladrillos, y además, con marido empresario. Sixta se dio cuenta que debería cobrar por las llamadas y fue a la empresa de teléfonos para firmar un contrato, y después de ensayar múltiples voces se preparó para contestar las diferentes llamadas. Pasó de tímida mujer a osada fémina capaz de excitar al más frío de los hombres, a tal punto que le llegó a gustar su nueva y casual ocupación, ¡y muy bien!, porque además recibía dinero por lo que le gustaba hacer. El hambre de venganza la llevó a convertirse en empresaria sin siquiera haber visto el vídeo de Miguel Ángel. Sin capacitaciones ni camioneta ni nada, vivía aquellas conversaciones que mantenía con diferentes hombres dando rienda suelta a sus fantasías sexuales.
Buen tiempo ya que no era necesario que Sixta colgara prenda alguna, un día recibió la llamada de su propio marido que por su propio lado había ensayado una particular voz de clase A. Y empezó a practicar el amor por celular con él, de manera tal que el marido, sin saber que se trataba de su mujer, llegó a imaginarla como quería, y entre imaginación e imaginación él le proponía practicar el amor en vivo y en directo, y entre imaginación e imaginación ella aceptaba. Nunca llegaron a encontrarse en persona porque cada vez que se citaban él o ella se sentían vigilados. ¡Pucha, ahí está el baboso ese!. ¡Pucha, la conchasumadre esa! y, nada. Y fingiendo no darse por enterados se apartaban. Y esto sucedió hasta que ambos, ya muy enamorados como consecuencia de las repetidas entregas sexuales telefónicas, poco a poco se fueron soltando de sus apariencias hasta hacer uso de sus propias voces: ¡Oye, baboso!, ¡vesta conchasumadre!. Y descubrieron que ambos habían sido infieles, pero qué, el hombre estaba feliz porque la infidelidad de su mujer le había llevado a conseguir mucho dinero sin siquiera haberse entregado a otro hombre. ¡Eso era lo importante!, eso creía, y eso merecía festejarlo haciendo el amor, ya no en la azotea, ahora en un lugar del norte del país exclusivo para gente adinerada, como políticos y más, en el balneario de Punta Sal, para cuidar imagen empresarial.
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Por Walter Elías Álvarez Bocanegra

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