OCTUBRE DE 1847, CRISIS EN EL IMPERIO BRITÁNICO. Por Cristófol Miró Fernández

 

 

 

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Europa, primera mitad del siglo XIX. Al margen de revoluciones y crisis políticas, en general la economía marchaba bien…muy bien. Las cosechas eran cuantiosas y las revoluciones de las diversas tecnologías favorecían que los costes de producción de las fábricas se abarataran notablemente al mismo tiempo que los intereses del dinero eran muy bajos…en pocas palabras, una era continuada de inventos que favorecían el desarrollo de nuevos bienes muy accesibles a su producción, ya fuera por la cantidad de cosechas que daba el sector primario o por la facilidad de comprar nueva maquinaria para producirlos…y para transportarlos a los mercados.

Año 1825: se inaugura la primera línea de ferrocarril, entre Liverpool y Manchester (ilustración superior) y un mundo que veía como numerosas maravillas fruto del ingenio de sus inventores se maravilla ante esta nueva máquina, a la que sin duda de acierto los nativos norteamericanos llamarían caballo de hierro. Y este caballo de hierro llevaría por sus vías toda esta producción de nuevos bienes de las diversas fábricas que los producían hacia nuevos mercados cada vez más lejanos y en menor tiempo, despertando el interés del gran público por su capacidad de generar riqueza.

Todo gobernante deseaba sumarse a esta lucrativa empresa que se movía a fuerza de vapor, y las inversiones en esta industria fueron de una importancia enorme en las diversas Bolsas, incluso cuando los proyectos eran simplemente eso: proyectos futuros…sin saber si se iban o no a realizar jamás. Las dos principales compañías ferroviarias eran tan poderosas en Bolsa que llegaban a pagar un 10% de intereses a sus inversores, cuadruplicando a la media del mercado.

En Gran Bretaña la euforia por invertir en empresas ferroviarias no tenía límite. Los bancos ofrecían   préstamos para las inversiones en ferrocarriles y surgían Bolsas en diversas ciudades inglesas como Glasgow, Edimburgo y Bristol para facilitar estas inversiones y su comercialización de sus acciones. Sir Robert Peel, Primer Ministro Británico, comenzó a alarmarse e intentó intervenir en los mercados para controlarlos, pero el Banco de Inglaterra le advirtió que esta decisión provocaría una gran alarma social entre la población que invertía en estas empresas ferroviarias, por lo que su intervención fue extraoficial.

 

El lucrativo camino de hierro.

 

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En el verano del año 1845 algunas acciones de compañías ferroviarias llegaban a ofrecer beneficios del 500% y muchas de esas compañías no habían llegado a clavar un solo clavo para iniciar sus proyectos, en una reedición de la crisis de los tulipanes en la Holanda del 1637-1638, hasta el punto que algunas no tenían ni permiso para construir el ferrocarril prometido a sus inversores. Todo el mundo construía ferrocarriles, hasta el punto, quizá el más delirante de todos, de Irlanda, donde se llegaron a proyectar cien líneas férreas.

La compra de acciones escondía que lo que se compraba, al estilo tulipanes holandeses, el derecho de comprar acciones, no las acciones…y nadie tenía intención de pagar por ellas, sino al contrario, de vender los derechos antes que los precios de las mismas cayeran hasta el mismo centro de la tierra. Estos especuladores se llamaron railway stag (venados ferroviarios) y sabían que estaban engañando a la gente…hasta el punto que la gente llegaba a comprar derechos de acciones que nunca llegaron a existir.

Para más inri, había administradores pluriempleados que trabajaban en varias compañías a la vez, incluso si estas mismas compañías para las que trabajaban eran rivales, y estos administradores además amañaban las cuentas de manera descarada y lanzaban informaciones falsas al público…y si esto fuera poco, el gobierno y el clero estaban metidos hasta el cuello. El junio del 1845, el Parlamento inglés emitió un informe donde detallaba los nombres de 20.000 especuladores que habían suscrito acciones ferroviarias por valor de 2.000 libras cada una y entre los cuales figuraban…157 parlamentarios y 257 clérigos…unidos a una gran cantidad de gente de clase media y baja que usaban la excusa de que los miembros del gobierno y el clero lo hacían para sumarse ellos al negocio suculento de esta estafa a gran escala y que toda la sociedad conocía…ellos habían servido de ejemplo, y si el gobierno y el clero no eran castigados…

Un caso extremo de este tipo de gentes fueron unos hermanos que suscribieron 37.500 libras en acciones, siendo ellos hijos de una limpiadora que ganaba una guinea por semana (lo que serían una libra y veinte chelines)…

 

Y se acabó el negocio…

 

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En octubre de 1847, el precio de las acciones empezó a bajar…y empezaron los suicidios. El día 14 de este mes Ellyot Bayswater se suicidó en Hyde Park y rebuscando en sus bolsillos se encontraron con documentos que hablaban de acciones, o derechos de acciones, de compañías de toda Inglaterra. Había que hacer algo, y rápido.

El 17 de octubre el Banco de Inglaterra decidió elevar las tasas de interés hasta el 3%…y la población se alarmó, sin ayuda de Sir Robert Peel (fotografía superior). La subida de tasas de interés provocó la ruina de muchos inversores endeudados y se extendió el pánico…todos corrían a vender las acciones compradas para no acabar completamente arruinados…pero lo peor aún no había llegado.

Empezaron a quebrar bancos, el primero el día 18 de octubre, el Royal Bank of Liverpool, y los banqueros acudieron en masa a Downing Street el día 23 de octubre para pedir, mejor sería decir exigir, que el gobierno les permitiera acceder a créditos del Banco de Inglaterra para salvar sus entidades.

Consumado el desastre, la prensa escribió que había sido un grave error dejar en manos de empresas privadas un proyecto nacional como eran los ferrocarriles, que “Si el Estado hubiera abordado los costes desde el principio, no sólo se habría efectuado más cómoda y económicamente para el país, sino que hubiera generado mayores ingresos”.

Pero no fue tampoco el final de la pesadilla. La Bolsa se había hundido, y a este hecho le siguió una prolongada crisis financiera…mientras los proyectos seguían adelante, pero ante la bancarrota de las compañías por falta de inversores, la deuda se disparó…y los gastos tuvieron que ser sufragados en muchos casos por los grandes propietarios de acciones, lo que ocasionó que perdieran gran parte de su riqueza…lo que a su vez influyó en la economía…

 

El hombre es el único animal que tropieza…todas las veces que hagan falta con la misma piedra…aún y sabiendo el lugar del camino en el que se encuentra.

 

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No se aprendió del error inglés, y en lugares como España el error se repitió con notable entusiasmo. Entre 1856 y 1866 se pusieron en marcha 4.300 kilómetros de vías férreas frente a los apenas 440 hasta el año 1855. El modo de financiar estas obras fue similar al que se usó con las inmobiliarias en la primera mitad del siglo XXI y que llevó a la crisis que padecemos desde el año 2008. E igual que en Inglaterra surgieron más de cincuenta casas de créditos entre 1860 y 1864 para financiar estos proyectos…

¿Cómo se conseguía el dinero? Mediante prestamistas europeos, uno de los cuales, el banco de crédito Overend, Gurney and Co., entró en bancarrota el año 1866, lanzando a Europa a una crisis financiera el año 1867 (Crisis de Luxemburgo)…teniendo seguramente algo que ver con la caída de la monarquía borbónica de Isabel II de España (fotografía superior) el año 1868…no olvidemos, y este factor no fue comentado antes en este trabajo, que en Europa estalló la Primavera de los Pueblos el año 1848, y que en París, la revolución que el mes de febrero de ese mismo año 1848 derribó a Luis Felipe de Orleans y su ministro Guizot y estableció una fallida república que posibilitó que Napoleón III llegara al poder como emperador el 2 de diciembre del año 1852, los obreros vivían una desesperada situación económica con una altísima tasa de paro…justamente cuando en Inglaterra había estallado la burbuja del ferrocarril por los aires el 23 de octubre del año anterior…curiosa relación de hechos, sin lugar a dudas…y ambos contemporáneos.

 

Autor: Cristóbal Miró Fernández

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