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El juego del viento y el agua ( Relato corto). Por Cristótofol Miró Fernández

Reflejosenlalluvia

 

Era mágico el juego del viento y del agua. El juego del agua del riachuelo que en tiempo en calma era llevada y traída por el aire que movía las ramas de los árboles creando olas que lamían la orilla, olas de mares pequeños que movían de un lado a otro hojas y demás objetos que eran llevados en su corriente. A Enrique esas pequeñas olas lo fascinaban y se imaginaba grandes tempestades que arrastraban a embarcaciones de hoja seca hasta hacerlas encallar en las costas más lejanas y peligrosas, tal y como lo relataban sus libros de aventuras que tanto le gustaba leer y soñar con ellos…y muchas veces hacía pequeños barquitos de papel cuando esta brisa soplaba para soltarlos en el agua del riachuelo y ver como se hundían poco a poco o llegaban a las orillas transformadas de un modo mágico y maravilloso del único modo que una infatigable imaginación puede hacerlo en enormes playas de fina arena allí donde era posible que, debido al nivel de las aguas y la tierra, los barquitos mojados encallaran, o peligrosos acantilados donde la tierra del riachuelo estaba a un nivel superior al de sus imaginadas playas, sus imaginados mares y sus imaginadas olas tempestuosas…
Cuando llovía y el fuerte viento empujaba las gotas de agua de lluvia contra los vidrios de la ventana de su habitación, el pequeño Enrique se imaginaba un ataque con proyectiles contra una posición fortificada inexpugnable, una de aquellas murallas de piedra que veía en libros y películas y cuando pasaba junto a un pequeño pueblo, con su viejo y muchas veces caído castillo allá en lo alto de la colina, coronando la llanura con sus derruidas murallas y torres…aquellos castillos de las batallas entre caballeros, aquellas batallas entre cristianos y musulmanes de la Reconquista, con sus valientes soldados defensores luchando contra asediadores y más asediadores, contra flechas y catapultas…y convertía su ventana en una de aquellas enormes paredes de piedra, y la lluvia eran flechas, o piedras de catapulta…el asedio del agua y el viento contra la ventana del cuarto de Enrique, el viento como arquero o como catapulta, y la lluvia como flechas o piedras…y la batalla era dura, muy dura…pero la muralla siempre resistía y nunca caía ante el ataque de los asediadores…
Cuando nevaba el agua se convertía en nieve y se amontonaba en el camino de su casa, hasta una elevada altura, y su padre tenía que salir con la pala a desalojar el camino nevado. Entonces Enrique se imaginaba como un valiente explorador que tenía que atravesar enormes distancias cubiertas de nieve, allá en Siberia o Alaska, en pleno invierno…el viento llevaba los copos de nieve en su rápido mover en el corazón del frío invierno, y los caminos nevados y el viento frío eran un campo perfecto para que su imaginación se desbordara sin cauce y sin freno como una presa llena de agua que desembalsa su agua en el río cercano…y se imaginaba que lejos, lejos, estaba una ciudad, y que él, valiente explorador perdido, tenía que llegar atravesando aquellos desiertos de nieve que le llegaba hasta las rodillas, y a lo lejos el viento movía una rama, y quizá esa rama podría ser…¿qué sé yo? Algún animal peligroso, algún oso feroz, algún lobo hambriento o incluso el mismo Yeti, el legendario Hombre de las Nieves…
Y así en cada ocasión el viento y el agua se convertían en algo mágico, en algo nuevo cada día, ya fuera en las tempestades que llevaban barcos a costas lejanas, o en asediadores de la muralla de vidrio de las ventanas de su dormitorio, o en las grandes llanuras de Siberia o Alaska en pleno corazón del invierno…y Enrique soñaba y soñaba, convirtiendo su fértil imaginación en un enorme río caudaloso y en un veloz y poderoso vendaval que convertía su mundo diario en magia, buscando cada día la magia que el mundo encierra…

Autor: Cristóbal Miró Fernández

El Ominoso Silencio de la Metáfora. (Narración) Por Ricardo Iribarren

Metáfora

El bodegón cerca de la Estación de trenes de La Plata, parecía una enorme
cucaracha prehistórica; eran los años sesenta y todas las noches nos reuníamos a
fumar, beber ginebra y escuchar los disparates más absurdos, expresados como
sesudas tesis o composiciones poéticas bellas y salvajes. Muchos de los presentes
frecuentaban talleres literarios de orientación ultraísta y yo mismo había asistido
con Carla a las conferencias que dictara durante seis meses Jorge Luis Borges en
La Puñalada, un viejo café de San Telmo.
Fue en medio de una tempestad nocturna del mes de agosto, cuando en aquel
bodegón, Carla expuso por primera vez su teoría sobre el sustrato óntico de la
metáfora. La escuchamos con atención, ya que no acostumbraba a volcar delirios
atizados por el alcohol. Afirmó que nuestra herencia nominalista nos llevaba a
considerar las metáforas como simples flatus vocis. Ella pensaba (intuía, presentía)
que una sentencia pronunciada en términos figurativos, tenía su correlato en otro
mundo donde era una realidad aplastante. Aún las imágenes más pueriles, como las
perlas de las lágrimas o la daga del adiós, corresponderían a mundos donde el dolor
destilado por las pupilas, se transformaría en piedras preciosas, y los jerarcas de
ese orbe cuidarían celosamente los coros de lloronas, que cubrirían diariamente las
calles de diamantes y zafiros. Del mismo modo, en ese o en otro universo, las
estaciones de los trenes rebosarían de cuchillos y sus habitantes tendrían que
tomar medidas para evitar que en el momento de dar un doloroso adiós, las armas
se dispararan y mataran a alguien.
Escuchamos en silencio el pequeño discurso de Carla, que terminó afirmando En
todo símbolo hay una realidad aplastante. Con esta expresión ya pensaba en el
silencio que se encuentra detrás de las imágenes y lo precisó al agregar: si llegamos
al punto en que podamos expresar una metáfora sin palabras, el universo podría explotar.
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Me extrañó que hablara moviendo las manos sin cesar; luego explicaría que era
necesario acompañar la voz con gestos rituales para que el mundo metafórico se
abriera y pudiéramos entrar.
Poco tiempo después, en medio del estudio y la militancia política, Carla y yo
iniciamos una relación apasionada, que duró quince años. En ese tiempo probó
varias veces la tesis del sustrato óntico, constatando su eficacia. Finalmente sus
apuntes completaron dos gruesos volúmenes de una minuciosa guía de viaje a esos
universos donde las metáforas se transformaban en una contundente realidad.
Yo la esperaba al final de los recorridos con un vaso de leche tibia y miel, la bebida
más indicada luego de varias horas en aquel medio asombroso y salvaje.
Algunas veces retornaba turbada, con expresión de miedo. He observado el silencio
de la metáfora — afirmaba — y puedo decirte que es más terrible de lo que podemos
soñar
En uno de mis cinco viajes a ese mundo imaginario, constaté la afirmación de
Carla. Al seguir la metáfora los silos de la aurora derramaron el trigo del sol, en el
mundo al que correspondía la imagen vi los plateados contenedores alineados en el
firmamento, hasta que una fuerza terrible los tumbó derramando el contenido
entre las nubes. En el momento en que el cereal empezaba a caer, pude observar y
sentir el silencio. Mezclándose al trigo se desplegaba como un brillo siniestro y
hermoso; por un segundo, todo mi cuerpo percibió el dolor, la desesperación, la
muerte misma como haces de dañinas vibraciones. Supe que desde el lenguaje, esa
fuerza destructiva podía llegar a la materia, a todos los rincones de nuestra vida y
quizá destruir el mundo que conocíamos.
Atemorizada por esa presencia silente, Carla estuvo a punto de dejar el proyecto,
pero la insté a que lo siguiera. Quizá el silencio ominoso fuera una percepción
nuestra; amigos y familiares que experimentaran la entrada al mundo metafórico,
nunca hicieron mención de él. Finalmente, establecimos varias reglas simples para
acceder sin peligro a la dimensión óntica de la metáfora: 1) Escribir un poema
rebosante de imágenes 2) Imaginar cada una de ellas, y realizar los mudras que se
describían en las instrucciones 3) atravesar la entrada al mundo metafórico que
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debía abrirse en un costado de la habitación del poeta. Un editor se interesó en el
manuscrito, exigiéndole a mi novia suprimir los complicados silogismos que
acompañaban las afirmaciones y reduciendo la publicación a un delgado
volumen.
En tanto, sin que practicáramos los gestos ni hiciéramos ningún tipo de invocación,
el mundo de las metáforas nos invadía con creciente frecuencia. Bastaba la simple
alusión a cualquiera de las imágenes implícitas en el lenguaje; si al mirarme al
espejo, pensaba Estoy pálido como un muerto, de inmediato una imagen de mí
mismo en un ataúd, con las manos cruzadas sobre el pecho, surgía en un rincón del
cuarto. Cuando Carla afirmaba ¡Estoy alegre como una mariposa!, a un fantasma
con su rostro y su cuerpo, le crecían alas y volaba unos metros hasta escapar por la
ventana o estrellarse contra la pared.
Las experiencias hubieran sido inofensivas, de no ser por el mutismo que las
acompañaba. Cada vez que aparecía el muerto al que se le atribuía la palidez, la
mariposa, o la versión del Rey Midas cuando Carla aseguraba que todo lo que
tocaba se convertía en oro, el silencio emergía como ese brillo desolador, hermoso y
terrible. Apartábamos la vista, porque sabíamos que bastaría una mirada intensa
para que se desatara con consecuencias incalculables.
El último poema que escribí en aquella etapa, contenía varias metáforas
encadenadas, y al terminar la última, el silencio afloró fugazmente, pero bastó que
un par de partículas microscópicas y chispeantes cayeran sobre el escritorio, para
que un puñado de papeles ardiera, produciendo un principio de incendio.
Con Carla tratamos de explicar nuestra sensibilidad exasperada ante las imágenes.
Asociábamos el mundo metafórico y su amenazante silencio a un espíritu alocado,
adolescente, y no a nuestras inclinaciones burguesas, a la aburrida mesura y al
miedo que aumentaba con el paso de los años.
Nuestro lenguaje fue perdiendo símbolos y para comunicarnos, escogimos signos
vacíos que garantizarían nuestra seguridad y la del género humano. Otra tarde
lluviosa de agosto, hicimos un pacto por el que debíamos renunciar a las metáforas
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mientras durara nuestra unión. Carla, como creadora de la teoría y por haber
descubierto la entrada a aquel mundo, sabía que las consecuencias podían ser
funestas. Acepté y en un acuerdo donde faltó firmar con sangre, nos propusimos
formalmente declinar el uso de símbolos en nuestro lenguaje.
En tanto, muchos jóvenes y adultos, siguiendo la guía descripta en el libro, se
precipitaron al mundo metafórico, formando un importante movimiento, casi una
nueva religión donde la imagen poética era el objeto de culto. Cantidad de vates
noveles o experimentados, entraban diariamente a los ámbitos donde los duendes
poblaban las tardes y los pájaros volaban con alas de pétalos.
Al cambiar nuestros hábitos de lenguaje, un trasfondo de tristeza desganada
desplazó rápidamente a la antigua pasión. Fue entonces que llego hasta mí lo que
parecía ser un secreto a voces; Ebúrneo González, un profesor de más de noventa
años, colega de Carla en la universidad, la festejaba, y habían salido algunas veces
a la ópera y a cenar; con dolor, un amigo íntimo aseguró que tenían relaciones a
mis espaldas. .
Finalmente, Carla me convocó junto al arce que había hecho plantar en el patio
para recordar a su abuela canadiense. Me dijo que estaba decidida a romper con
nuestra relación y en el extenso diálogo que mantuvimos, buscamos
cuidadosamente las palabras, pero siempre nos equivocábamos al elegirlas.
Procurábamos evitar las metáforas, o las expresiones que las recordaran; evoqué
con nostalgia los tiempos del bodegón de La Plata; entonces hubiéramos celebrado
los túneles que se abrían en el aire; nos hubiéramos quitado los zapatos para pisar el
terciopelo de la grama y perseguido las iguanas fantásticas que arrojaba el sol del
mediodía.
Ahora iban y venían vocablos cuidadosamente neutros, lleno de signos amables y
vacíos. Ella evitaba mirarme a los ojos, con esa vergüenza crispada que acompaña
al final del amor. El peligro era real; no debíamos conjurar al ominoso silencio que
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podría destruirlo todo, pero por primera vez sentí la consigna como un pretexto
para ocultar y contener las emociones
Con lentitud procuré explicar que el haberse convertido en una especie de gurú
femenino para todos aquellos que procuraban encontrar los mundos de la
metáfora, la había apartado de mí en términos de intimidad. De inmediato, la
indagué sobre el romance con Ebúrneo, el profesor anciano, especializado en la
poesía de T.S. Eliot durante su vida en Missouri .
Me respondió con un gesto de indiferencia intelectual; encogió los hombros y
murmuró algo que no venía al caso y que ya no recuerdo. Dije entonces que lo
nuestro era un hábito tenaz (cuidado: estoy rozando la metáfora) y aún cuando
frecuentáramos otros amantes, regresaríamos a los abrazos originales como…
Aquí me detuve; el silencio destructivo también se encontraba en las
comparaciones.
Finalmente arreglamos nuestra separación con otro pacto formulado en dos o tres
fórmulas lingüísticas desprovistas de connotaciones, como Demos una tregua
temporal a lo afectivo o Podemos vernos, pero manteniendo aisladas nuestras
intimidades (esta última oración también rozaba la metáfora y por eso decidimos
excluirla)
A pesar del pacto y de la aséptica separación, la idea de que ella y Ebúrneo
estuvieran juntos llegó a desesperarme y una madrugada, me levanté insomne y
escribí el poema. Con él desafiaba nuestro acuerdo, y me preguntaba con dolor si
Carla no reservaba el mundo metafórico para ella y su envejecido amante. Los
cinco versos parecieron redactarse por sí mismos.
Abre sus ojos el crepúsculo
Y vomita desde ellos su carne anciana
Las ebúrneas células repletas de monstruos
devoran los tenues pájaros que escapan de tu piel.
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Al escribir las últimas palabras, sentí un desahogo profundo y me dormí. Soñé con
los versos; en el primero, creaba un mundo en el que un crepúsculo perenne
miraba al mundo con ojos abiertos; formaciones de nubes, coágulos de luz y
legañas del día sumergiéndose en la negrura de la noche. La carne anciana que
vomitara el atardecer se trasformaba en murciélagos oscuros y enjambres de
insectos. (Aquí había utilizado el adjetivo ebúrneo que era el nombre de mi rival)
En un punto de la luz mortecina que cayera sobre aquel mundo sin noches, sin
tardes ni amaneceres, se dibujó la tosca figura de un hombre anciano.
Desperté en el orbe metafórico, donde atardecía y a través de la ventana vi al
crepúsculo dibujar una cara roja cuyos ojos me miraban arrojando remolinos
azules que confluían en un punto central veteado de gris. Pensé que en algún lugar
de la imagen estaba el tan temido silencio, pero la ansiedad se impuso y corrí las
siete cuadras que me separaban de la casa de Carla, repitiéndome que las paredes
eran tenues como fibras de luna, por lo que al llegar pude atravesarlas y entrar al
dormitorio. Allí estaba Ebúrneo, como una vil y lúbrica masa negra que se agitaba
sobre ella en movimientos de coito. Carla, desnuda, gemía y se entregaba… claro,
se entregaba literalmente, de acuerdo a las reglas ónticas de la metáfora; trepaba a
una enorme bandeja y abría las nalgas para poner entre ellas una manzana asada
y un talo de apio, gozando como nunca lo había hecho conmigo..
Salieron de su piel los pájaros de mi poema y eran tantos que se abalanzaron sobre
los ojos del crepúsculo y los picotearon hasta dejarlo ciego. Habiendo comprobado
la infidelidad, rogué a los mismos pájaros que picotearan mis ojos, que se
abalanzaran sobre ellos como nubes furiosas, como ciclones emplumados, como
alados cuchillos, pero rompiendo una de las leyes del mundo de la imagen, las aves
no atendieron a mi reclamo suicida y volaron con una indiferencia soberana. Casi
rozándome, se alejaron hacia el crepúsculo ciego, que ahora dejaba paso a la noche
y a una luna creciente como el vientre de una embarazada muerta.
Salí de la casa de Carla por las hebras de luna de las paredes y caminé hasta el
lago. Las metáforas se habían agotado, abriendo en mi interior un gran hueco, sin
paredes ni límites; la realidad surgía neta, vacía, solitaria. La luna era una
guijarro brillante y el lago una masa de agua que recogía su imagen a través de la
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vieja refracción del espejo. La brisa de la noche ya no era el aliento perfumado de
un gigante hembra, sino el simple y escuálido movimiento de las capas de aire.
En las semanas que siguieron, me sumergí en los tifones del dolor que poblaban las
paredes de mi casa y atravesaban las habitaciones. Carla me llamó sólo una vez
para confirmar su relación con Ebúrneo, al que describió como un caballero, ágil y
vital y me informó que se casaría en dos semanas. También me invitaba a la fiesta;
el profesor, que disponía de una fortuna personal, había comprado el bodegón de
La Plata, donde nos reuniéramos en nuestra juventud. Tras salvarlo de la
demolición, lo había remodelado para dejarlo como en los años sesenta.
Esas noches seguí soñando con los ojos del crepúsculo; se entornaban y los
párpados bajaban con una exasperante lentitud; cuando estaban por cerrarse, se
engendraba el tan temido silencio, que surgía de las pupilas del cielo, como una luz
rastrera y llena de poder.
Alquilé un elegante smoking para la fiesta. Era una celebración importante y
habían invitado a las fuerzas vivas de la ciudad. A fin de recrear la atmósfera de
los sesenta, Ebúrneo contrató a importantes conjuntos musicales que alternaban
temas melódicos y Rock de la época; la decoración era casi idéntica a la de aquellos
días, aunque faltaban detalles, como el empapelado deslizándose por las paredes
llenas de humedad, la iluminación amarilla y el exterior descascarado.
Carla estaba luminosa con un traje blanco y corto; en vez de tocado, una tiara
blanca adornaba su cabeza. Extendió su mano para saludarme, me agradeció la
asistencia y recordó nuestro acuerdo de no utilizar metáforas. Le contesté que no
era mi intención arruinar su fiesta. Mentía. En mi bolsillo guardaba el papel donde
garabateara el poema, aunque no estaba seguro si para convocar al silencio sería
necesaria una declamación; quizá con un solo murmullo pudiera presentarse el
costado silente y amenazador de la metáfora.
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Fue el propio Ebúrneo quien me brindó la oportunidad; luego del baile y los
brindis, a pedido de Carla, se procedió a evocar lo que fueran las reuniones en el
bodegón; cada uno de nosotros expondría una teoría descabellada con la más
absoluta seriedad.
Me incluyeron y esperé con paciencia a que hablaran de globos de helios movidos
por energía espiritual; de la fabricación de correas para perros fantasmas y de una
jalea hecha con excrementos de mosquito que prometía la inmortalidad.
Cuando me llegó el turno, y anuncié que iba a declamar un poema, vi que Carla
empalidecía y derramaba una copa de vino que sostenía en la mano. Antes que
pudiera detenerme, empecé con los versos
Abre sus ojos el crepúsculo…
Y vomita desde ellos su carne anciana…
Las ebúrneas células repletas de monstruos….
devoran los tenues pájaros que escapan de tu piel…
…………………………………………………
Las líneas de puntos suspensivos al final de cada uno de los versos, indicaban el
trabajo del silencio; mientras repetía el resto, seguía contemplando el momento en
que el cielo del atardecer cerraba sus enormes ojos y producía esa brillante
materia cargada de muerte. La línea de puntos final indicaba que el mutismo
había llegado hasta nosotros y caía sobre cada uno de los que estábamos en la
fiesta.
Carla extendió sus manos hacia mí y gritó un largo ¡¡¡NOOO!!! que caracoleó
sobre sí mismo y se hundió en un colosal tubo junto con los invitados, las paredes,
los muebles y los camareros que servían las mesas. El viejo bodegón fue un vórtice
que atrajo a sí a todo el universo.
Con una alegría jubilosa y cruel también me precipité en aquel pozo y caí sin
límites, arrebatado por el silencio. Las metáforas desfilaban a mi lado como
exhalaciones fluorescente; el silencio de la tarde que ponía cerrojos a la sombra; los
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muelles del alba convertidos en enormes gatos amantes del agua salada; peces hechos
de estrellas que se zambullían en un mar sin fondo; azules anémonas de las lejanías.
Ahora atravieso cataratas sin forma ni destino y sé que Carla está en alguna parte;
a veces la veo volar junto a mí con su hermoso traje blanco, sin soltar el ramo y
repitiendo aquel NOOOO que se prolonga en la melancolía de los abismos.
Entonces le grito que este caos universal fue el precio necesario para recuperar las
metáforas; que quizá en algún momento de esos amaneceres que me recorren
como relámpagos breves, nos encontremos en un mundo donde seamos el inicio de
todo. Allí hablaremos en imágenes, el cielo será verde, la brisa calma y el silencio
se habrá convertido en el inofensivo pendular de la mansa y poderosa sucesión de
días y noches; signos y símbolos; calores y fríos; de mis labios y los suyos,
buscándose en las luces rastreras de algún ciego crepúsculo.

Ricardo Iribarren
EL OMINOSO SILENCIO DE LA METÁFORA
Código: 1208172133956
Fecha 17-ago-2012 17:23 UTC

La venganza de Sixta (Narración). Por Walter Elías Álvarez Bocanegra

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Cada mañana, muy temprano, Sixta llegaba hasta el tendedero y colgaba una prenda de vestir, así tan rápido, tan pronto la terminaba de lavar. En aquel populoso barrio de la gran Lima, la precaria casa se ubicaba en la parte más saliente de la inclinada hondonada. Indiscretamente el tendedero estaba en la azotea de la vivienda, de tal manera que toda la vecindad centraba su atención en lo que sucedía en aquella azotea. El marido de Sixta era un albañil, un marido bien macho, de esos machos que de su mujer piden a gritos la comida y ropa que se les antoja, y además con un ¡carajo! como arenga, que si lograba un grito seguido de varios carajos, más macho se sentía, como que se llamaba Tenorio. Pero éste era un Tenorio de aldea serrana que llegó hasta un barrio marginal de la gran ciudad y ahí tomó conocimiento que para tener vivienda propia había que agruparse con muchos marginales e invadir terrenos eriazos al este, norte o sur. Y se asoció y buscaron al norte.
Plantó su estera y luego buscó mujer sin serenatas, sin ramos de flores, sin versos ni nada, sólo la tumbó a la prepo y luego se hizo albañil por casualidad. Y así, con los excedentes de los materiales que obtenía por trabajar en otras construcciones, fue construyendo su propia vivienda con su mujer como ayudante. Y cuando terminó de construirla hizo el amor con ella en todos los rincones y en todos los ambientes, hasta en la azotea, al mismo filo de ella para que pudiesen verlos todos los del barrio que aún vivían dentro de esteras, y repetía la práctica en la azotea cada vez que se le antojaba. Claro que, Sixta se oponía a esta práctica pero él amenazaba, que si no me haces donde yo quiero traigo a la otra, hay tantas que me buscan que ya quisieran tener esta casa. Y a la desdichada Sixta no le quedaba más que acceder a los requerimientos del marido.
Tenorio era joven, ingresaba para los treinta, trabajaba para otros empresarios que brindaban servicios de construcción a los diferentes municipios de la metrópoli, uno de esos empresarios quiso estimularlo y lo matriculó en un curso para constructores. En ese curso el principal expositor era un completo admirador de Miguel Ángel Cornejo, lo admiraba ¡hasta el fanatismo!, que sus exposiciones consistían en colocar el vídeo del susodicho una y otra vez, mientras la semana del curso, hasta que Tenorio entendió que el único requisito para hacerse empresario era el hambre, y a la sazón se dijo “vaya, sin darme cuenta yo hace tiempo soy empresario”. Y para sentirse como sus ocasionales jefes fue a buscar al alcalde de su distrito y le ofreció sus servicios, el burgomaestre le encomendó la construcción de un escalón de concreto por un monto sobrevaluado a su propio favor. Qué fácil le resultó, el mismo alcalde le constituyó la empresa constructora, Tenorio dejó de ser un simple obrero y empezó a trabajar por su cuenta. Se compró una camioneta 4X4, eso sí, cómo no, ¡entonces el tiempo le faltaba y el dinero le sobraba!. El tiempo le faltaba porque incursionó como conquistador de muchachas desocupadas y necesitadas, y como el tiempo le faltaba para dedicarse a su propia casa y a su propia mujer, Sixta, aburrida por los malos tratos de su jactancioso marido había planeado vengarse y por eso colgaba cada día muy temprano una prenda íntima en el tendedero. Hasta que un día uno de sus vecinos, apostado en las cuatro esteras de su vivienda, tímidamente le dijo a Sixta: –Ve, ve, vecina, que qué buenos gustos tiene usted. Y Sixta muy suelta le contestó: –¡Espéreme un momento!. Descolgó la prenda y la arrojó al vecino, el vecino la cogió y la besó, y ella le dijo “ahí en el orillo está el número de mi celular”. Y desde aquel día el vecino y la vecina hacían el amor por celular. Pero Sixta seguía con su práctica de tender una prenda, y así otros vecinos la requerían telefónicamente hasta que se extendió la fama de la mujer por todo el barrio, y más aún. ¿Y quién así de pobre como el afortunado vecino no quisiera requerir a una mujer con fama de pituca de barrio?, la única con vivienda de ladrillos, y además, con marido empresario. Sixta se dio cuenta que debería cobrar por las llamadas y fue a la empresa de teléfonos para firmar un contrato, y después de ensayar múltiples voces se preparó para contestar las diferentes llamadas. Pasó de tímida mujer a osada fémina capaz de excitar al más frío de los hombres, a tal punto que le llegó a gustar su nueva y casual ocupación, ¡y muy bien!, porque además recibía dinero por lo que le gustaba hacer. El hambre de venganza la llevó a convertirse en empresaria sin siquiera haber visto el vídeo de Miguel Ángel. Sin capacitaciones ni camioneta ni nada, vivía aquellas conversaciones que mantenía con diferentes hombres dando rienda suelta a sus fantasías sexuales.
Buen tiempo ya que no era necesario que Sixta colgara prenda alguna, un día recibió la llamada de su propio marido que por su propio lado había ensayado una particular voz de clase A. Y empezó a practicar el amor por celular con él, de manera tal que el marido, sin saber que se trataba de su mujer, llegó a imaginarla como quería, y entre imaginación e imaginación él le proponía practicar el amor en vivo y en directo, y entre imaginación e imaginación ella aceptaba. Nunca llegaron a encontrarse en persona porque cada vez que se citaban él o ella se sentían vigilados. ¡Pucha, ahí está el baboso ese!. ¡Pucha, la conchasumadre esa! y, nada. Y fingiendo no darse por enterados se apartaban. Y esto sucedió hasta que ambos, ya muy enamorados como consecuencia de las repetidas entregas sexuales telefónicas, poco a poco se fueron soltando de sus apariencias hasta hacer uso de sus propias voces: ¡Oye, baboso!, ¡vesta conchasumadre!. Y descubrieron que ambos habían sido infieles, pero qué, el hombre estaba feliz porque la infidelidad de su mujer le había llevado a conseguir mucho dinero sin siquiera haberse entregado a otro hombre. ¡Eso era lo importante!, eso creía, y eso merecía festejarlo haciendo el amor, ya no en la azotea, ahora en un lugar del norte del país exclusivo para gente adinerada, como políticos y más, en el balneario de Punta Sal, para cuidar imagen empresarial.
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Por Walter Elías Álvarez Bocanegra

PRELUDIO DE «JINETES DEL AGUA» . Fantasía épica. Por Albert García

“Dicen que desde la cima de la montaña más alta de la Sierra Madre pueden verse todas las Atalayas Celestes de Terranova. Sus torres son las columnas que aguantan el peso de los cielos; sus llamas, la luz que guía a los hombres en la oscuridad de la existencia; sus cimientos, la raíz profunda de la tradición de nuestros ancestros. Yo ya soy viejo y mis rodillas no me permitirían andar el largo y escarpado camino que sube hasta la cumbre del Rascanubes; pero, a veces, sueño con esa visión, y su belleza me sobrecoge.”

          Arcadio Varado, «Bajo la atenta mirada del Dios Vigilante»

 

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Mojó la pluma de ganso en el tintero y rellenó el informe de la ejecución. El acta debía llegar cuanto antes a la Atalaya Madre, por lo que era preciso que saliera con la próxima caravana. Altonogal no estaba lejos de la capital, sería un viaje corto y sin incidentes. Vertió el lacre caliente y estampó el sello con el Ojo Vigilante, insignia de la Cofradía de Xeros. Entonces suspiró aliviado por la satisfacción del trabajo bien hecho. Pero su vista se fue a posar, casi inconscientemente, sobre el anillo del cuélebre. Ese detalle fue suficiente para turbar su gozo. Seguía allí, sobre el escritorio, mirándole acusador y amenazante con las fauces abiertas y sus diminutos ojos de ámbar.

Con un gesto de fingido desdén, tapó aquel objeto con un pergamino. No sabía frente a quién fingía… quizás frente a sí mismo. «Ahora está muerta —se dijo tratando de animarse—. Y si hay más como ella, seguirán su misma suerte». Abrió una botella y se sirvió una copa de licor de nuez. Era un brebaje típico de la zona, no tan sabroso como los caldos de Monteverde pero con mucha mayor graduación. Eso era lo que necesitaba para aparcar tantas emociones aunque fuera por un momento: un dulce trago de olvido. En ese instante oyó el siseo. Suave, como una brisa, removió los documentos ya revueltos del escritorio. Su inconsciente le hizo creer que el sonido provenía del propio anillo que acababa de ocultar. Era una estupidez, sólo era una talla de madera, y de ningún modo era capaz de emitir sonidos o deslizarse como si…

Sus pensamientos se interrumpieron bruscamente cuando la vio, con sus escamas verdes y su gesto sinuoso. Con un par de movimientos se situó frente a él. Sacó la lengua bífida dos veces y comenzó a estirar el cuello. Era una serpiente esmeralda, uno de los animales más mortíferos de toda Terranova. Se quedó quieto, no debía respirar, cualquier movimiento podría ser fatal.

Antes de que pudiera reaccionar, oyó a sus espaldas un silbido que rasgó el aire, y, al instante, sintió un picotazo en la nuca. Se estremeció bruscamente pero la serpiente no se abalanzó sobre él, seguía mirándolo expectante con sus ojos de reptil mientras movía la lengua. Pensó en darse la vuelta para ver qué o quién le había atacado, pero no osó darle la espalda al animal. Notó como algo le recorría el interior del cuerpo desde el cuello hasta los pies, una sustancia fría, extraña. Sintió como sus músculos se tensaban a la vez en todo el cuerpo y no podía moverse. No podía darse la vuelta, no podía mover los brazos, no podía gritar. Se había convertido en una estatua viviente, atrapada en su propio cuerpo.

—Acabas de recibir el beso de un pulpo azul —dijo una voz femenina situada a sus espaldas—. Deberías estar agradecido, el veneno de un animal marino es un buen final para un Jinete del Agua. Mis hermanas han sufrido tormentos más impropios.

A pesar de sus palabras la voz de la mujer era un estanque en calma, no había en ella rastro de ira o sorna. Arcadio intentó hablar, pero de su boca solo salió un balbuceo incomprensible.

—No te esfuerces, anciano. No puedes hablar ni moverte, y en unos momentos comenzará a faltarte la respiración. Sé lo que estás pensando, crees que estoy aquí por aquello que vosotros llamáis venganza. Te equivocas también en eso. Es cierto que morirás lentamente y con sufrimiento, como también es cierto que podría haberte matado de otra forma, una más rápida y limpia. Pero el único motivo por el que has sido víctima del pulpo azul y no de Shiré —a Arcadio le pareció que la serpiente esbozaba una sonrisa al oír su nombre—, es que aún tienes una misión que cumplir.

El rostro del anciano comenzó a congestionarse, le faltaba la respiración y por más que luchaba no lograba abrir su garganta. Estaba cada vez más y más cerrada y el aire no llegaba a sus pulmones. La mujer se acercó y le susurró al oído:

—Recuerda lo que voy a decirte, porque vas a morir y no habrá oportunidad de repetirlo. Debes llevar un mensaje a tu Dios Vigilante.

 Tres días antes…

Vigila y endereza”, rezaba la inscripción del orbe de plata que presidía su escritorio. Era el lema de los Hermanos Pupilares, del que Arcadio Varado se enorgullecía de ser, a la vez, decano y Deán. La función de su orden era velar por la rectitud de la Única-fe-verdadera en nombre de la Cofradía de Xeros, Dios Vigilante y Supremo Creador del Universo.

Se rascó la coronilla, el único espacio de su cabeza donde su pelo cano empezaba a escasear. Tosió dos veces y lanzó un gargajo blanquecino a la escupidera. Lo hizo con fuerza y precisión, así que penetró limpiamente en el recipiente e hizo que el bronce sonara. Tomó de nuevo la pluma, la mojó en el tintero y siguió escribiendo.

En los pocos ratos libres que le dejaban sus múltiples responsabilidades, había comenzado a tomar notas y tratar de recopilar algunos de sus pensamientos y vivencias. No tenía intención que sus escritos salieran a la luz para que la literatura pudiera inmortalizar la efimeridad de su carne; de hecho solían repugnarle esa clase de vanidades. Tenía todo el fervor de su fe orientado a la recompensa eterna con la que Xeros reconoce el trabajo bien hecho: una morada póstuma en la Ciudad Celeste. El motivo por el cual escribía era bien distinto de la vana gloria de tantos nobles aficionados a juntar letras; para él, era una forma de descargar su ánima. Saber que nadie iba a leer aquellas notas y que, por tanto, nunca iba a tener que responder por ellas, le permitía expresar sus pensamientos con la más absoluta sinceridad; y ser sincero era lo que más añoraba de sus tiempos de mocedad, antes de ser ordenado Ojo de Dios, cuando el mundo era inocente y sencillo. Con los años todo se había complicado, y los males del mundo se habían ido abriendo ante los ojos vigilantes de Arcadio Varado como malignos capullos de rosa negra. Su ingreso en el Cuerpo de Hermanos Pupilares, donde llevaba ya más de cuarenta años, no había mejorado en absoluto esa percepción.

No se podía negar que corrían malos tiempos para la Fe. A parte de las herejías que se extendían por Terranova mancillando el nombre de Xeros, últimamente había tenido que lidiar con círculos secretos que practicaban las más degeneradas formas de brujería. También estaban los nativos; la Corona había decretado que los salvajes Hijos del Sol, así como muchos otros de los pueblos sometidos, pudieran seguir practicando con libertad sus primitivas religiones a cambio de lo que, eufemísticamente, denominaban la Tasa de Fe. La Única-fe-verdadera estaba amenazada por varios flancos pero, sin duda, y nadie haría que el viejo Arcadio cambiara de opinión en este punto, la más perversa de las amenazas era de naturaleza interna; un cáncer que carcomía las entrañas de la noble raza que un día fueron. La naturaleza de ese mal se hacía patente en la avidez de la propia Corona y de los burócratas que la rodeaban. Casi podía verlos ahora mismo… anidando cerca del rey como aves de rapiña y sin otro propósito que la codicia y la ambición personal. «¿Qué fue de la noble bravura y el fervor religioso de los primeros Jinetes del Agua? —se preguntó a sí mismo con amargura—. Se deshizo… como se deshace la miel en un vaso de leche caliente. Ahora la Cofradía es todo lo que se interpone entre el mundo que conocemos y el abismo». Y como Deán del Cuerpo de Hermanos Pupilares, le correspondía a él velar por el mantenimiento de esa débil luz que aún brillaba en la oscuridad. Por eso su trabajo, y el de sus hermanos, era tan importante.

Hasta tal punto se hallaba absorto en estos pensamientos que ni siquiera oyó llegar a su asistente. Amonio de Iuris lucía su túnica negra que, al igual que a Arcadio, le identificaba como miembro del Cuerpo. Ambos habían superado los sesenta años de edad. Habían entrado juntos a la orden hacía ya más de cuatro décadas, y tenían una buena relación basada en el mutuo respeto y una cierta, aunque nunca abiertamente manifestada, admiración recíproca. Ser un Hermano Pupilar exigía de una profunda vocación y ambos creían percibir, cada uno en el otro tanto como en sí mismos, esa preciada veta del más noble recurso del alma.

—Eminencia —dijo Amonio con cortesía—, hay una misiva para vos, de la Atalaya Madre.

—Gracias —respondió mientras tomaba el rollo de pergamino.

Rompió el lacre y leyó la carta.

—Parece que su Eminencia Florentín de Gémini nos honrará con su presencia, aquí en Altonogal, dentro de tres días.

—La visita del Agregado del Gran Ojo es siempre una buena noticia —apuntó el asistente con comedida satisfacción.

—Y eso no es todo —añadió Arcadio—, parece que el joven Nikola le acompañará. Me ruega que os informe personalmente.

—¡Mi querido sobrino! —sonrió Amonio mostrando sus únicos cuatro dientes—. Hace más de un año que no le veo. Será una gran alegría para mi viejo corazón…

—Ese joven es una promesa para la Cofradía. Su brillantez y su devoción no tienen parangón. Sabed que Florentín lo ha tomado como secretario personal. A su edad, eso es una prueba más de su valía. Deberéis de estar orgulloso.

—Xeros sabe que lo estoy —reconoció el asistente—. Renuncié a la progenie el día que hice mis votos, pero Nikola ha sido para mí lo más parecido a un hijo desde la muerte de su padre. Nunca le insté a que siguiera mis pasos, pero su fe y devoción le llevaron a entregar su vida a la Cofradía.

—Cada uno de nosotros es muy libre de elegir su camino, pero Aquel-que-Todo-lo-Ve nos juzgará por nuestros actos.

—Por eso doy gracias a Xeros por su temprana vocación —respondió satisfecho.

A Arcadio le asaltó el recuerdo del día que conoció al pequeño Nikola veinte años atrás; desde el principio supo que no era alguien a quien se pudiera olvidar fácilmente. El niño tenía apenas ocho años pero su mirada poseía un brillo de determinación absolutamente impropio de su edad. Fue llevado ante la Cámara de Altos Cofrades, convocados en reunión secreta, donde los mandatarios de la cofradía sometieron al rapaz a múltiples pruebas. Como su cargo exigía, él mismo fue parte del tribunal y, de este modo, pudo constatar que las sospechas de sus mentores eran ciertas: Nikola de Iuris poseía el Don. No era común encontrar a personas tocadas por la Gracia de Xeros, y menos aún a tan temprana edad, pero el caso de Nikola no dejaba lugar a las dudas. Impresionó incluso al adusto Pontífice, y la Cámara reconoció por unanimidad la autenticidad de los poderes del niño así como el origen divino de los mismos. En consecuencia, Su Vigilancia encargó a Florentín de Gémini, personalmente, que cuidara y educara en la fe a la joven promesa de la Cofradía. Un poder tan inmenso, requería de la más experimentada precaución y recta guía. Y todo parecía haber ido como una seda, pues, según le había informado Su Vigilancia Teófilo III, en los últimos años Florentín había satisfecho sobradamente las expectativas con respecto a la educación del chico; el mocoso se había convertido en un hombre de fe inquebrantable, así como experto en el sagrado y secreto arte de la taumaturgia. El Don de Xeros había florecido en él y era capaz de obrar los mayores prodigios. Sin embargo, el secretismo de la Cofradía había llevado a que la verdadera naturaleza de sus poderes no hubieran sido revelados a su propia familia. Ni siquiera el tío del niño, el fiel Amonio de Iuris, —aunque era indudable que algo sospechaba— había sido sido informado del inmenso poder que habitaba en el joven Nikola. Sólo los Altos Cofrades sabían la verdad, y así debía de ser, según estableció la Cámara, a fin de protegerle de todo peligro. Arcadio, sin embargo, no era ningún iluso, sabía que el verdadero motivo por el que el secreto debía ser mantenido radicaba en los planes que Su Vigilancia tenía para Nikola de Iuris. Semejante potencial podía ser crucial para el futuro de la Cofradía. No le culpaba por ello, el Sumo Pontífice había demostrado ser un hombre sabio y pío, y, aunque en ocasiones se hubiera mostrado —al menos a ojos de Arcadio—, excesivamente prudente, confiaba plenamente en él y en su criterio. Arcadio Varado, aunque firme en sus posturas, no era ningún estúpido, y entendía la difícil posición en la que se encontraba Su Vigilancia. La tarea de Teófilo —la de gobernar la Fe en un mundo hostil y plagado de herejes, paganos y falsos devotos— era una carga pesada que requería planificación… e incluso ciertos sacrificios.

—Por cierto —dijo el Deán, al que algo le había venido a la mente, inconscientemente, al recordar la palabra “sacrificio”—, ¿qué hay de nuestros “invitados”? —Arcadio solía llamar de ese modo a los presos que aún no habían sido declarados culpables. Después se refería a ellos sencillamente como los “reos” o como “aquellos que han de ser purificados”— ¿Alguna novedad?

—Siguen en la mazmorra. Parece que son más obstinados que los que nos trajeron el mes pasado.

—Estos serranos son obviamente más testarudos que la gente civilizada —apuntó Arcadio tratando de quitar hierro al asunto.

—Son más que eso, Eminencia —matizó Amonio de Iuris—. Tenemos a tres de nuestros mejores hombres trabajando en ello.

—Entonces no se hable más —sentenció el Deán mientras se levantaba con esfuerzo de la silla. Llevaba rato sentado y sentía las piernas algo entumecidas; le haría bien algo de ejercicio—. Yo mismo me encargaré de esas mujeres personalmente. Con ayuda de Xeros, es posible que todo haya concluido antes de la llegada de su Eminencia y podamos agasajarle con una buena Ceremonia de Purificación. En una semana, cuando todo haya terminado, cogeremos nuestras cosas y nos marcharemos hacia el norte, a los Llanos del Dragal.

—¿Órdenes de la Atalaya Madre?

—Su Vigilancia en persona me ha escrito para informarme de que allá requieren urgentemente de nuestros servicios —dijo señalando otra carta que yacía sobre su escritorio—. Apenas tenemos a dos Hermanos trabajando en la zona, por lo que nuestro apoyo es necesario —añadió como pensando en voz alta—. Me pondré manos a la obra con el asunto de las tres mujeres. Espero que todo marche según lo previsto.

—Si vos os ocupáis personalmente, no cabe duda de que así será —dijo Amonio tratando de utilizar un tono neutro que no convirtiera sus palabras en una apreciación demasiado halagüeña. Coincidía con su superior en lo referente a la vanidad, y no era su intención estimularla en sus congéneres.

—Xeros os oiga y quiera él también que así sea —respondió con humildad el viejo Arcadio.

No resultó tan fácil como había previsto. Al ponerse el sol por segunda vez, dos de ellas habían cedido. Se habían derrumbado con facilidad cuando Arcadio recurrió a sus apreciados “instrumentos de precisión”. La primera resultó ser una pobre disminuida que tenía el vicio de practicar el acto carnal con los animales. No era peligrosa, y tras contrastar su versión con las autoridades locales, decidieron ponerla en libertad. La segunda era otro cantar. Se trataba de una anciana nativa de la Sierra Madre que practicaba la brujería desde hacía años y que, según parecía, la había aprendido de su abuela. Según ella misma reconoció, poseía el poder de hacer su cuerpo más ligero que una pluma y hablar con los animales. Tras un par de sesiones, llegó a reconocer haber invocado al mismísimo Buitre Maldito, con el que tuvo relaciones carnales. Por suerte, aquella anciana no era ya capaz de engendrar… pero en otra situación, la cuestión hubiera podido complicarse.

La tercera mujer era una joven de tez morena y ojos almendrados, y, a pesar de su aparente fragilidad, fue una tumba. No dijo nada durante todo el proceso y ni siquiera gritó cuando Arcadio se vio obligado a utilizar algunos de sus técnicas más convincentes. Evidentemente, todos entendieron su silencio como una muestra clara de culpabilidad. Ninguna mujer que no fuera una bruja podría ser capaz de resistir tales tormentos sin venirse abajo. Pero todo ello llevaba a este juicio a una tesitura que nunca antes habían vivido. Podía ser que se encontrara ante una de las legendarias Brujas Bashir. Tal y como relataban las actas oficiales, no era algo nuevo para la Cofradía, aunque el último caso registrado fuera anterior a la ordenación de Arcadio. De todos modos, y aunque no hubiera tenido que lidiar nunca con un caso parecido, siempre le quedarían los libros.

Su antecesor en el cargo construyó todo un compendio, basado en los archivos, sobre las amenazas que suponían enfrentarse a una Bashir y los hizo coser a modo de un pesado códice cuyas tapas de cuero raído rezaban: “Grimorum de la Guerra Secreta”. La joven nativa poseía los mismos ojos almendrados de las brujas de las ilustraciones que poblaban las páginas del libro, lo cual parecía ser una confirmación más de sus sospechas. Según explicaba el compendio, las Brujas Bashir no practicaban una magia corriente sino una variante especialmente retorcida de la magia negra: el embrujo mental. Según parecía, eran capaces de hacer que el terror se apoderara del sacerdote más experimentado. Por ello, se recomendaba evitar mirarlas a los ojos durante largo rato y no quedarse nunca a solas con ellas. Incluso relataba el desagradable incidente que envolvió a un joven miembro del Cuerpo de Hermanos Pupilares setenta años atrás. Unas horribles pesadillas le atormentaron durante meses hasta que, una noche, se arrojó desde lo alto de una Atalaya Celeste. Había más de esas advertencias fatalistas y, entre ellas, varias hojas visiblemente arrancadas. Preguntaría más tarde sobre ello al Hermano Archivero. Gudul era un tipo metódico que se desvivía por sus libros; le extrañaba que no le hubiera comentado nada sobre los desperfectos del Grimorum al llevárselo esa mañana.

Leyó unas cuantas hojas más, y luego cerró el libro. Lo hizo de golpe y se levantó un polvillo que se le introdujo en la garganta y le hizo toser. Estaba claro que hacía años que nadie abría aquel compendio. Martilleó su escritorio con los dedos y reflexionó sobre los males de los que el libro trataba de prevenirle. Se le antojaron ciertamente exagerados, quizás esa clase de crónicas que uno deja escritas para engrandecer sus propias gestas.

Finalmente desoyó las advertencias de sus antecesores, y, en un gesto de vanidad del que más tarde se arrepentiría, pasó toda una noche entera en su celda tratando de hacer sucumbir a la mujer. No hubo forma humana. Ni una confesión, ni una queja… solo aquella mueca de superioridad que le dedicó cuando él le quitó un anillo de madera tallada que llevaba. Lo observó. Representaba un extraño ser mitológico; una serpiente alada con gesto amenazante. Sus alas de murciélago desplegadas ratificaban su fiereza, y sus ojos, dos piedrecitas brillantes engarzadas, remataban el inquietante aspecto de aquella figurita.

Gracias a las completas notas del Grimorum descubrió que se trataba de aquel animal legendario al que los nativos solían llamar “cuélebre”. Y también supo que los Hermanos Pupilares habían encontrado su silueta tatuada, en varias de las ejecutadas por brujería. Parecía ser un símbolo religioso que identificaba a las brujas. Le dio que pensar, pues él nunca había hallado semejante señal en la piel de ninguna de sus “invitadas”. El anillo, sin embargo, no parecía dejar lugar a dudas.

Todo parecía ahora mucho más claro. Tras años de letargo, las legendarias Brujas Bashir daban señales de haber vuelto a la acción; y él, Arcadio Varado, Deán del Cuerpo de Hermanos Pupilares, había sido el primero en advertirlo. ¿Estaría el reino preparado para combatir a la amenaza que se cernía sobre la Única-fe-verdadera? Tomó la pluma y anotó estas reflexiones, pero esta vez sintió que no eran sólo pensamientos y vaguedades personales; puede que, aquellos escritos estuvieran destinados a ver la luz, después de todo. Pensaría en ello después de la ejecución, cuando tuviera la mente fría y el corazón no le latiera tan fuerte.

(Relato) El Hombre Descalzo — “La pasión de las aves”. Por Ricardo Iribarren

Alberto Huerta Bernal
“Sin Título”. Obra en lápiz sobre papel 50 x 70 cm. Autor: Alberto Huerta Bernal, Puebla(1973). México

 

 

1

Gladys era el nombre de mi primera esposa. Rubia, delgada; ojos siempre sonrientes y asombrados. Reía por cualquier ingenuidad y solía atragantarse con las carcajadas. Delgada, con una sensualidad casi etérea, parecía una figura de Boticelli. Su rostro muy blanco enrojecía cuando en la intimidad le pedía que se desnudara y se parara en la misma pose que la Venus del pintor florentino. Nuestro matrimonio duró diez años. Un cáncer en el seno derecho surgió de pronto, se expandió con rapidez y no respondió a los tratamientos. En pocos meses, las metástasis se instalaron en los huesos y de allí migraron al cerebro, lo que hizo más dolorosa la agonía.

Aficionada al cine, Gladys prefería las películas de Alfred Hitchcock; en especial Los Pájaros, donde se relata una inexplicable rebelión de las aves que de pronto atacan con ferocidad a los seres humanos. Consiguió tres versiones, incluida una copia nueva y perdí la cuenta de las veces que proyectáramos el film en el viejo televisor de pantalla plana.

Mi abuelo fue un gran amante de las aves y miembro fundador de la Sociedad Colombófila y El Universo Ornitológico. Al construir la casa, montó sesenta viviendas para pájaros en el amplio jardín. Siguiendo el consejo de especialistas, importó especies casi extinguidas que pudieran adaptarse al clima de la ciudad y plantó un pequeño bosque al fondo de la vivienda. Madreselvas, Saúcos rojos, Cornejos, Espinos blancos y numerosas variedades con bayas y frutos, ayudaron a que el lugar se llenara de pájaros. Durante mi infancia, apenas salía el sol, me despertaban los gorjeos. Gladys no se quejó nunca del coro constante, pero en los días finales, cuando el cáncer horadara su cráneo y avanzara hacia el cerebro, imaginó que lo narrado en el film de Hitchcock ocurría en la realidad; que las aves la atacaban; que picoteaban sus ojos y cabeza; que nadie podía contenerlas.

Desahuciada, los médicos la enviaron a casa indicándome que contrate una enfermera para aplicarle suero y medicamentos que alivien los dolores. Elegí una anciana sueca, alta, corpulenta, de aspecto imponente.

 

― Debe hacer algo con esos pájaros ― dijo un día señalando a Gladys acostada, tensa, con los brazos a los costados y una expresión de sufrimiento, mientras los gorjeos nos ensordecían. En las mañanas y en las tardes gemía y a veces despertaba del sopor de la morfina gritando, convencida que las aves se arrojaban sobre ella.

Mi cuñado, hermano de Gladys, me alcanzó folletos de una empresa dirigida a agricultores y personas que por cualquier razón quisieran espantar a los pájaros. Ofrecían un par de robots de forma humana. Emitían ondas infrasónicas, que actuaban en los oídos y cerebros de las aves. Garantizaban que estas señales las alejarían de inmediato.

Las máquinas eran costosas y la enfermedad de Gladys se había llevado mis ahorros, pero la familia de mi esposa colaboró para adquirirlas. Cuatro operarios trajeron el par de muñecos con rostros de payasos, gorros rojos en punta, narices pintadas, ropa multicolor y zapatos enormes. En los brazos, pañuelos rojos y amarillos se agitaban con el viento para reforzar la función de ahuyentar a los pájaros. Los diseñadores de la empresa ordenaron ubicarlos en lugares discretos del jardín, de modo que no alteraran la decoración. La distancia entre uno y otro permitía que las ondas se potenciaran y expandieran.

La información de la compañía agregaba que el bombardeo sónico actuaría sobre la totalidad de los pájaros que visitaban el parque de la casa y una amplia zona aledaña. Yo tenía dudas sobre aquello. Pensaba que quizá pudiera ahuyentar a un buen número de aves, pero no a todas. La tarde en que los instalaron, el coro de gorjeos cesó de inmediato. Incrédulo, caminé por el bosque y constaté que no había un solo pájaro. Los ramajes solitarios lucían extraños y divisé nidos con huevos abandonados en algunas ramas. El silencio más absoluto reemplazó al coro de cantos.

Desde ese día Gladys pudo descansar, y antes de su muerte tuvo una leve mejoría. Se levantó y con ayuda de la enfermera dio breves paseos por el bosque vacío y silente. La pesadilla alentada por los gorjeos había terminado. Falleció cuarenta y cinco días después de la colocación de los espantapájaros.

Para garantizar el funcionamiento, los payasos electrónicos debían ser ajustados cada tres meses. No volví a llamar a la empresa, y con el paso del tiempo, se cubrieron de una capa salina, producto de las lluvias de la primavera y de la nieve del invierno. A pesar del abandono, debieron seguir funcionando, ya que los pájaros nunca regresaron.

 2

Según la profecía, Marcela no podía apoyar un pie desnudo en el suelo, ya que ello significaría la muerte. Ahora caminaba descalza tres veces al día, como si fuera un ritual. Iniciaba la marcha en el extremo nordeste de la casa y seguía una diagonal al sureste. Procuraba que fueran diecisiete pasos, cifra casi cabalística, ya que fue el número que recorriera por accidente seis meses atrás. En esa oportunidad Sandra se había presentado para recriminarla y advertirla. Ahora contaba más de cien pasos, repartidos en varias marchas a lo largo de un día. Al apoyar en el suelo los pies desnudos, mi esposa apretaba los labios y contraía el rostro. En la mitad de la trayectoria cerraba los ojos y por un momento, abandonaba la expresión crispada de aquellos días para sonreír con felicidad.

 En cuanto a los espantapájaros, al iniciar nuestra relación, Marcela me había pedido con insistencia que los quite.

― El canto de los pájaros es un regalo del Creador ― argumentaba ― Es un crimen evitarlo. Entiendo que lo hiciste para que tu esposa muriera en paz y se entregara a la Gloria del Señor, pero aquello ya pasó. Ella desde el cielo debe querer que en tu jardín retoñen los gorjeos y la alegría. Piensa que los pájaros son una bendición y si eligieron tu casa una vez, debes hacer lo posible para que regresen.

Por encima de las expresiones cursis, yo estaba de acuerdo con el planteo. Antes de la visita de Sandra y el augurio de la muerte, estuvimos por retirar los dos payasos de metal que en el jardín seguían emitiendo señales infrasónicas. Llegué a conversarlo con Dung, mi vecino. Tenía una huerta y hasta el momento lo beneficiaba la ausencia de aves. Al informar que los pájaros regresarían, el anciano asintió con una reverencia.

― No se preocupe, señor Ignacio. Protegeré mi huerta como lo hacíamos en Vietnam, con dos palos en cruz, un sombrero y un traje de estopa.

La profecía y los intentos de escapar a la muerte hicieron que Marcela olvidara su proyecto. Por último, recurrió a la organización médica y religiosa Arañas en Tropel. Recibió un par de botas cuyos tacones albergaban dos de las arañas más venenosas del mundo. Comenté a Lindsay, la médica encargada del tratamiento, que en nuestro jardín, el par de robots emitían día y noche aquellas señales. La doctora me pidió el nombre de la compañía y datos sobre las máquinas. Consultaron con el departamento técnico de la empresa.

― No hay peligro ― asintió por fin ― Estos productos han sido diseñados sólo para el oído de las aves. Nos tranquiliza esta presencia, ya que muchas especies de pájaros son enemigas de los Soldados. Es una garantía para todos que no frecuenten la casa.

3

 La Marcela que un año atrás, con espíritu bucólico exigiera retirar los muñecos para lograr que los pájaros regresen al jardín, ahora pedía dos modelos actualizados para lograr el destierro definitivo de las aves. Luego de su primera caminata descalza y sin peligro en la fangosa tierra del parque, el reclamo se hizo más insistente. Al verme vacilar, afirmó que era la condición para que nuestro sexo aumente tres días a la semana.

Llamamos a la empresa para que revisen a los actuales muñecos. El técnico conectó los robots a un ordenador y asintió con la cabeza frente a las sucesivas pantallas cubiertas de cifras y ecuaciones. Nos explicó que bastaría realizar algunos toques para coordinar la interacción de las señales.

― Los aparatos de esta época son de una calidad excelente, pero les aconsejo comprar otro par de unidades más modernas. Pueden combinarse las cuatro señales y de ese modo aumentar la cobertura. Hay una oferta muy ventajosa hasta fin de mes. Adquirirían los nuevos modelos por dos mil dólares, y de este modo ahorrarían la mitad del valor real.

Marcela insistió en que acepte parte de un dinero que ahorrara en un fideicomiso con la madre. En esos días, decidió tomar un mes de vacaciones en la atención de los pacientes y los derivó a la otra podomántica que trabajaba en la ciudad.

Quiero ocuparme tan sólo de la atención de los Soldados y de mis cursos de entrenamiento. Mis objetivos son espantar los pájaros y caminar descalza sin morir. ― Repetía diariamente ― Veo que estás muy pendiente de mí ya te prometí que cuando termine el tratamiento, todo volverá a ser como antes, pero ahora debo soportar estas tormentas que asolan mi alma. — agregaba cuando yo sugería la posibilidad de que se obsesionara con esos temas

 Fue en esos días que decidí limpiar el desván, una tarea que no me gustaba, y que había pospuesto varias veces.

Saqué tres cajas con fotografías y documentos. Ordenarlos y arrojar lo que ya no servia, me llevó más de una hora. Estaba terminando, cuando encontré el disco rojo y blanco en el que guardaba la filmación del cadáver. Hacía tres años, Romualdo, mi amigo médico, me había instalado en los dedos gordos un par de chips que filmarían mi marcha con los pies desnudos por la orilla del río. Al entrar a un embalse, el sistema registró debajo del agua el cuerpo de una mujer en el momento de ser arrastrado por las corrientes. Mas tarde, cuando procesé la película, descubrí el cadáver desnudo que se reveló al lente durante casi dos minutos. Ojos en blanco, piel serosa; al seno derecho le faltaba un trozo, quizá por las mordidas de los peces. La filmación la mostraba alejándose a lo profundo del río y por momentos parecía nadar con una gracia siniestra.

Volví a presenciar la proyección. Sentí nostalgia ante las imágenes. En los días de la filmación, disfrutaba de una paz parecida a la felicidad. Frente al estruendoso estrés que me rodeaba, pensé que mi tranquilidad se había marchado por el río con aquel cadáver del que nunca di parte a las autoridades. La evidencia que guardara en aquel disco no la había compartido ni siquiera con Marcela.

 

4

Lindsay Bart era la médica personal de mi esposa y una de las directoras de Arañas en Tropel. Cuando entregaba los saltamontes caramelizados (Así llamaba yo a los insectos envueltos en gelatina, alimento de las arañas), se ocupaba de controlar que los guardáramos en la nevera. Habiendo terminado el cometido, se relajaba, aceptaba un té y conversábamos sobre la situación política o los últimos estrenos cinematográficos. Mujer joven y locuaz, a veces traía revistas de moda y compartía con Marcela peinados o diferentes modelos de vestidos. En los momentos en que no se refería a Arañas en Tropel con pasión fanática, la médica era una mujer culta y muy tratable.

Cierta vez aclaró que estos interludios sociales eran parte del tratamiento. Por encima de mis prevenciones acerca del veneno de las arañas, los consideraba muy provechosos. Mi esposa nunca tuvo amigas y aceptaba la compañía de la médica porque llegaba de la organización. Frente a un plato de galletas de avena, y sendas tazas de té de canela, pasaban tardes enteras conversando, cuando Lindsay disponía de tiempo suficiente.

Nos asombró que aquella mañana, la médica se presentara con labios apretados y una mirada torva. No aceptó la taza de té y se negó a sentarse.

― No sólo he venido a traer la comida del día de hoy para los Soldados ― anunció con tono seco ― Debemos hablar. Como ustedes saben, nuestro objeto de culto en Arañas en Tropel es el Sol, una tarántula madre que descansa en el centro de un círculo. Se comunica con nosotros a través de líneas telefónicas especiales y en un idioma que sólo los elegidos podemos entender. Anoche recibimos un mensaje importante. Nuestro Sol afirma que en esta casa hay un ave.

Se detuvo y nos observó con atención.

— Eso es imposible — afirmó Marcela — No tenemos pájaros. No hay en las inmediaciones. Usted lo sabe. Esos hermosos muñecos de metal con ruidos que no se escuchan, no los dejan ni acercarse. Mi esposo que es ingeniero, se lo puede explicar. Compraremos otros dos para cerrar con broche de oro el tema de la seguridad.

—    Nuestro Sol es preciso en la información, así que debo desconfiar de sus palabras.

― No hay ningún ave ― repetí ― puede revisar toda la casa que no encontrará ni una pluma. Su propio técnico ha constatado que los pájaros no pueden acercarse a un kilómetro a la redonda. De hacerlo, sus cerebros estallarían.

—     Revisaré la casa a continuación. Es una condición para que el tratamiento continué. Seré aún más precisa. Nuestro Sol nos ha dicho que aquí se encuentra un ave blanca, muy parecida a una cigüeña que en otoño emigra desde el sudeste de Asia a las llanuras de China.

Estaba por decir algo más, pero callé. La médica se refería a la Nehnchimán. El ave existía, pero no encontraría su cuerpo físico. Tan sólo el canto que Marcela emitía en el momento del orgasmo. Dung, nuestro vecino oriental, creyó que esa ave venerada en Vietnam  había llegado a la casa, sin saber que el gorjeo era el grito que acompañaba el clímax de Marcela. Cuando el anciano, de más de noventa años, decidió subir a los techos para encontrar la legendaria cigüeña, decidí confesarle la verdad. Nunca había revelado a Marcela mi infidencia.

—    También nos ha dicho el Sol que Nehnchimán, en un idioma primitivo del lejano oriente significa Devoradora de Arañas.

La fijeza con que nos miraba la médica, me hacía suponer que estaba entrenada para detectar falsedades en los gestos y palabras de sus interlocutores. Marcela, con actitud segura, se limitaba a negar moviendo la cabeza. Yo procuraba que mi rostro no reflejara la sorpresa y el desconcierto. Las relaciones sexuales con mi esposa eran cada vez menos frecuentes, y hacía tiempo que no cantaba como el ave oriental, pero por alguna razón aquella araña que reposaba en el centro de un círculo, y cuyo ojo derecho emitía una eterna lágrima, había llegado a saberlo.

― Nuestra misión es la suya: no debe haber nada que perturbe el claro reposo de los Soldados. Venga por favor y revise la casa ― pidió Marcela a la médica.

Ante su firme actitud, el cuerpo y la expresión de Lindsay se relajaron. Repitió que creía en nuestra palabra pero que tenía la obligación de revisar todo para informar al Sol.

Empezó por la planta alta. Una semana antes había limpiado el desván y los pisos superiores, de modo que las habitaciones estaban ordenadas. Tan sólo halló un viejo libro con fotografías de pájaros de la zona que conservaba desde pequeño.

Al terminar, salimos al jardín donde examinó a los espantapájaros.

— Como verá, actúan sobre las aves que pueblan la zona a través de ondas de ultrasonido y otros estímulos ― expliqué ― Las arañas se encuentran a salvo de cualquier ataque.

La médica pidió privacidad y la conduje al cuarto de huéspedes donde volvió a comunicarse con el Sol. A través de la puerta, resonó su voz, pronunciando sonidos guturales. Regresó a los veinte minutos.

—    Nos dice el Sol que el ave está, pero en sentido virtual. Eso significa que se encuentra en la atmósfera y que puede presentarse en cualquier momento. Entonces las arañas estarían en peligro… Vengan y vean.

Nos condujo hacia las botas de Marcela y sacó de su valija una pequeña linterna. Yo me detuve a tres metros, en el límite de la zona de protección que estableciera en torno a los animales.

—    Quiero que observen lo que surge cuando proyecte la luz sobre los ojos del soldado… Trate de contener el miedo, señor Ignacio — agregó— si no lo hace, no podrá apreciar el fenómeno. Ahora observen los ojos cuarto y sexto.

Lindsay sacó una linterna a la que encendió y apagó varias veces. Noté que producía brillos de diferente intensidad Dirigió la luz hacia la superficie charolada y peluda. Una traspiración fría se inició en mi bajo vientre y bajó por los genitales. Sabía que la araña tenía cuatro pares de ojos, pero en ese momento no estaba en condiciones de contarlos. Marcela permanecía junto a ella, con el rostro casi pegado al tacón de la bota.

— ¡Acabo de ver un pájaro en los ojos! ― exclamó mi esposa ― ¡La silueta brillante de un pájaro que vuela!

—    Es la Nehnchimán — aseguró Lindsay apagando la linterna e incorporándose— La araña sueña, tiene pesadillas. Nos dice el Sol que si puede soñar es porque el ave está presente a pesar de todas las medidas de seguridad.

 5

 

Montamos los otros dos espantapájaros. De la empresa recibí un pequeño libro con más de doscientos nombres de especies de aves a las que afectarían las ondas. Disponía de un anexo con el título de Pájaros orientales, y allí en primer término figuraba la Nehnchimán.

Marcela extrajo mil dólares del fideicomiso, y yo retiré lo que quedaba de mis ahorros. A los dos días del pago, tres hombres se presentaron a instalar los muñecos. Uno de ellos, obeso y traspirando a pesar del día frío, era el ingeniero jefe Lo acompañaban dos operarios que se ocuparon de bajar las cajas de madera y cartón donde venían los robots. Si bien eran más altos que los anteriores, no llegaban a la estatura de un adulto normal. Uno de ellos tenía la forma de un hombre vestido con chaqueta, traje, corbata y elegantes zapatos negros. Levantaba el brazo derecho como en el saludo nazi. El otro era una mujer rubia, con los cabellos sueltos. Mantenía los brazos abiertos en actitud de abrazar o arengar. Los rostros de los muñecos me resultaron familiares. Le pregunté al ingeniero qué representaban. Antes de contestar el hombre se limpió la traspiración, bebió un trago de soda de la lata que llevaba y miró con seriedad mis pies descalzos.

― ¿No los reconoce? Son los más pedidos por todos.

― Creo conocerlos, pero no puedo precisar de dónde.

― El hombre es el señor gobernador del estado, el comisario Aníbal Venancio. La mujer es su esposa, la señora Julia Rybaneck Echenique, conocida como la madre de los pobres y los niños desvalidos Le repito que son los modelos más populares los más pedidos por los agricultores y ahora forman parte de la oferta. Por este precio son un regalo.

Me sentí mal. No quería tener aquellas figuras en mi casa, en especial la del comisario por el que sentía una profunda aversión. Además, Julia había sido mi novia anterior y eso podía crear problemas con Marcela. Le dije al hombre que no me gustaban esos diseños, que deseaba conocer otras opciones.

― No hay otras opciones ― contestó con tranquilidad ― Por un cambio de diseño, debería abonar dos mil dólares más.

Aquello fue decisivo. Le dije que todo estaba bien y que continuara con la instalación de los monigotes.

El hombre me explicó que las ondas se concentraban en el sur y al rotar hacia el oeste, se encontrarían con las radiaciones de los viejos muñecos. Entre los cuatro abarcarían un enorme círculo de un kilómetro de radio. A esto se sumaba un circuito cerrado de televisión, cuyas terminales instalaron en el dormitorio. Se encendería en el caso muy improbable que un pájaro perforara las defensas.

Ese mismo día los muñecos empezaron a funcionar, generando el férreo e invisible circuito a prueba de aves. A la mañana siguiente, Lindsay nos felicitó por la compra de los aparatos, asegurando que la araña gigantesca en el centro del círculo, lo autorizaba y celebraba.

Todo volvió a la calma. Los espantapájaros funcionaban, las arañas cumplían su cometido y Marcela se había sumido en una paz distante. Pensé en contar la confidencia que hiciera a Dung acerca de su grito durante el orgasmo, el que se correspondía con el canto de la Nehnchimán, pero renuncié a hacerlo. Cualquier detalle que la sacara de su rutina, la alteraba y desataba una reacción defensiva. Concluí que una confesión de ese calibre produciría más problemas que los que debiera solucionar. Además, no podía prever la respuesta de Arañas en Tropel cuando conociera la verdad. Era mejor callar y esperar el final del tratamiento; que Sandra se retirara para siempre; que las arañas volvieran a su hogar, y todos los peligros se conjuraran.

6

 

Pasaron dos semanas y Marcela, seguía desnudando sus pies en una rutina diaria y tranquila. A pesar de este aparente triunfo sobre el augurio, las líneas y la mancha ubicadas en el pie izquierdo, no se habían borrado. Cuando en las noches esperaba que se durmiera, calzaba mis guantes de látex y frotaba sus plantas con la loción de Dung, las notaba más nítidas, como si alguien las remarcara día tras día con tinta indeleble. En mi caso, luego de recibir la profecía y de caminar descalzo durante tres meses, el diseño se había convertido en un borrón oscuro con un vago aspecto de mariposa. Aquel dibujo era otra de las obsesiones de Marcela y día tras día examinaba el diseño del pie para comprobar si había cambiado. Desde el tatuaje profético, la muerte seguía acechando. Lo consultamos con Lindsay quien afirmó no conocer mucho sobre podomancia, pero opinaba que era necesario atender las señales del cuerpo como manifestaciones del destino. Por encima de cualquier consideración, el veneno de los Soldados podía curarlo todo.

La otra preocupación de Marcela era la visión del pájaro en los ojos de las arañas. Exigía a Lindsay que en cada una de sus visitas constatara si aquello aún se repetía.

― Es demasiado, Marcela ― afirmaba a veces la médica ― Una revisión de este tipo no afecta mucho a los Soldados, pero deberíamos tomar todo con más calma.

Marcela argumentaba y suplicaba, hasta que la médica accedía. La silueta del ave aparecía en dos de las ocho pupilas de los animales. La médica consintió en dejar a mi esposa una de aquellas linternas infrarrojas y explicó cómo utilizarla para chequear los ojos de las arañas. A partir de entonces, Marcela pasó horas arrodillada o tendida en la parte baja de la escalera, concentrada en las pupilas de las ponzoñosas tarántulas.

― Han pasado dos semanas y el ave no se retira de los ojos ― dijo a Lindsay una mañana

― Eso se explica por dos razones: a pesar de las precauciones que han tomado, la Nehchinmán tarda en alejarse. Es una existencia sutil que permanece en la atmósfera. Además, los cambios en las mentes de los soldados son muy lentos; es posible que la imagen permanezca en los ojos un tiempo más. De todos modos, por ahora el peligro se ha alejado. De no ser así, el Sol, nuestra madre, nos informaría de inmediato.

― Quizá sea como dice ― insistió Marcela ― pero yo quiero que se vaya, que se aleje de una vez. Que no haya ninguna amenaza entre las arañas y yo.

El técnico de los espantapájaros debía llegar una vez por mes, pero Marcela lo llamaba todas las semanas,. Con ayuda de su madre, reunía los cuarenta dólares que cobraban por cada consulta adicional. Me pedía que estuviera presente. Por mi condición de ingeniero, podría exigir explicaciones técnicas sobre el funcionamiento de los aparatos. El hombre me mostraba los estándares que figuraban en las tablas de la computadora y según ellos, todo funcionaba a la perfección. Los mecanismos no eran muy sofisticados: cristales de cuarzo, transductores, (dispositivos que transforman una potencia de sonido en otra) y altavoces para amplificarla. La función del técnico, además de constatar la integridad de los componentes, debía asegurar que la intensidad y la frecuencia de las ondas se mantuvieran constantes y adecuadas al programa.

― Tiene suerte que ninguno de sus vecinos tenga canarios, sino ya lloverían los reclamos ― repetía el experto en cada visita.

Los frecuentes chequeos de los aparatos no tranquilizaban a Marcela. Algunas de sus marchas descalzas las realizaba por el pequeño bosque, observando con desconfianza las ramas vacías de los árboles. Caminaba tensa, con los labios apretados, los ojos fijos y el cuerpo contraído. Tenía la seguridad que de un momento a otro, el lugar se llenaría de desesperantes gorjeos.

Una tarde al entrar al sótano, descubrí sobre la mesa de las herramientas un antiguo revólver con cinco recámaras que perteneciera a mi abuelo. Lo guardaba en la gaveta del fondo y la única que podía haberlo retirado era Marcela. Permanecía descargado, pero al revisarlo, advertí que en el tambor estaban las cinco balas.

Mi esposa se encontraba en una de sus sesiones semanales de Arañas en Tropel. Al regresar a las cinco de la tarde, le pregunté sobre el arma.

― Es necesario que me defienda ― dijo con tranquilidad ― si hay una pistola en la casa, debe servir para situaciones como ésta, en las que el llamado de la fatalidad redobla en las puertas.

― No entiendo lo que quieres decir. ¿Cuál fatalidad?

― Hay pájaros que acechan a las arañas. Pájaros que de dulces aves se transforman en feroces enemigos.

― . Sabes que estamos protegidos con los muñecos, para eso gastamos dos mil dólares. ¿Qué harías con esta pistola? ¿Dispararles?

― ¡Sí! ¡Sí! ¡Dispararles! ¡En estos casos, la muerte cruel es la única solución segura; eficaz!.

Mientras hablaba tomó la pistola, y con movimientos firmes y rápidos, destrabó el seguro y lo volvió a ajustar. Me miró con una sonrisa siniestra; tenía el cuerpo encogido, como a punto de saltar. La miré con sorpresa; practicante de budismo, Marcela siempre había proclamado su compasión por todos los seres del universo

― Te pido que dejes esa pistola. No sabes utilizarla.

― ¿Quién te dijo que no lo sé?

Levantó el revólver. La puerta que daba hacia afuera estaba abierta. Marcela apuntó. Mi intención fue quitarle la pistola, pero me contuve. Lo que menos quería era forcejear con mi esposa para arrebatarle un arma cargada. El disparo hizo vibrar las paredes y un poco más allá vi caer la rama de un árbol. Me miró con expresión triunfante

― Mi ex novio Federico, me enseñó a disparar.

Como si aquello la hubiera tranquilizado, aflojó el cuerpo y sonrió. La referencia a su ex novio, el luchador de Sumo, me desconcertaba. Alguna vez llegó a sugerir que la ruptura se produjo por abusos de Federico hacia ella, pero al preguntarle lo ocurrido, siempre desviaba la conversación.

Dejó la pistola. No se opuso cuando le quité las balas y la desarmé. Pregunté si estaba tranquila, si deseaba un té. Ella negó con la cabeza.

― Estoy bien. No necesitas tratarme como una estúpida y miserable enferma.

― Marcela, debes saber que este revólver es una herencia de mi abuelo y está registrado a mi nombre. Tengo la licencia para poseerlo, pero no para portarlo. El arma debe estar en la casa descargada y desarmada. Así la mantuve en un cajón todos estos años.

― ¿Qué sentido tiene guardar un arma descargada? Si llega un cruel ladrón sediento de tu sangre; un malvado que viene a atacarte, no le vas a pedir que espere a que armes la pistola y la cargues.

La escuché sorprendido. Con tranquilidad hablaba de la posibilidad de matar a alguien. Unos meses atrás, ella misma había redactado y publicado en un periódico local una carta abierta contra la pena de muerte. Circuló por Internet y por el estilo apasionado, logró cientos de firmas para presentar ante la legislatura nacional.

― Así me exigen tenerla ― agregué refiriéndome a la pistola ― En doce años he recibido dos veces la visita de los inspectores del Registro Nacional de Armas. Pueden multarme si encuentran el revólver cargado.

Marcela miraba hacia afuera. Ojos fijos, perdidos. No me escuchaba. Pretendió continuar la discusión.

― ¿Qué sentido…?

― ¡El sentido es que el arma es sólo un recuerdo de familia! ― la interrumpí con brusquedad ― ¡No pienso usarla para matar a nadie, ni pájaros ni humanos, ni quiero que tú lo hagas!

Al escucharme, se echó a llorar y corrió a la sala de huéspedes donde se encerraba con llave cuando discutíamos.

Pensé con desgano que un par de horas más tarde estaría golpeando la puerta y ofreciéndole un té; utilizando el tono casi suplicante de la reconciliación.

Ricardo Iribarren

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El Hombre Descalzo – La Pasión de las Aves Código: 1404230641092
Fecha 23-abr-2014 3:32 UTC
Licencia: All rights reserved

El libro, el mundo… Por Cristófol Miró Fernández

 

 

libros

 

Un libro encierra un auténtico mundo, un auténtico universo…ahora que ciertos círculos científicos pretenden buscar universos paralelos volviendo a la senda dejada por Einstein tiempo atrás…esos universos paralelos ya han existido desde siempre, están al mismo tiempo encerrados y profundamente libres entre hojas de papel y entre líneas escritas ya sea con tinta, lápiz o con teclado de máquina de escribir o de ordenador…la teoría científica demostrada.

La máquina del tiempo, la vieja fantasía humana, de una humanidad que no desea desaparecer, que siempre tiene el deseo de permanecer viva ya sea en la memoria ya sea en las fechas, ya sea en los libros de Historia…esa máquina existe, y no sólo como título de novela de H.G. Wells…pues un libro es en sí mismo una maravillosa, una única máquina del tiempo, pues nos puede trasladar ya sea a la época de la antigua Roma con El Satiricón de Petronio, o volver a los turbulentos años 20 en Luces de Bohemia, o a la época de la guerra de Cuba en El Árbol de la Ciencia, o al siglo XVII en las Novelas Ejemplares o El Quijote de Cervantes…pasen y vean tantas máquinas del tiempo como ustedes deseen, viajen en ellas adelante y atrás de Roma a la actualidad, del más remoto pasado de la tierra al más lejano futuro…la máquina del tiempo existe, y no está hecha de relojes ni manivelas, sino de papel, o en la forma más actual de electrónico e-books…

Cada libro encierra pura vida en sí mismo. La creadora y el creador de la obra escrita crean vida, como dar a la luz hijos que tarde o temprano crecen y se independizan, crean su propia vida y llega el momento en el que quien les dio vida los ha de escuchar, y entonces el guía del camino acaba siendo guiado, pues ha de escuchar otras opiniones que determinan hasta cierto punto sus últimas decisiones. Ha creado vida, ha creado mundos, y esos mundos que viven en un mundo que alguien creó de la nada, esas criaturas que tarde o temprano rompen el lazo que los une a su demiurgos, y empiezan a su vez a crear mundos dentro del propio libro, como un espejo que se refleja en otro y en otro hasta el infinito…

¡Y  ay de quien no acepte este hecho! Es imposible que esto no suceda…hasta el punto de que ciertos personajes han conseguido rangos de personaje verídico, como Merlín del ciclo artúrico, del que corrieron leyendas medievales que habitaba realmente y que volvería junto a Federico II Barbarroja para anunciar a la humanidad el final del mundo cuando llegará la hora del Juicio Final…

Porque es imposible que la creadora o el creador controlen a sus criaturas, ni aun dentro de las propias novelas…baste un ejemplo: en el Mundo de Sofía el Mayor Knagg da la vida a Sofía y a Alberto Knox, a ellos y a su mundo, y los hace sabios, los hace filósofos, los convierte en un reflejo suyo…pero estos reflejos de su espejo vital adquieren vida propia con el tiempo, adquieren conciencia de que son seres vivos, de que piensan por sí mismos…y luchan contra el control del Mayor, y lo engañan, y ganan la libertad, pues el Mayor no quiere dejar vivir a sus propias criaturas su propia vida…y ellas han adquirido vida propia con el paso de las páginas, han adquirido volumen propio, y destinos propios…el mundo de dentro del papel ha adquirido rango de mundo libre de pleno derecho, y los hijos han crecido bajo la pluma del autor…hasta que le piden que los escuche.

Y así es, damas y caballeros, esto es un libro…un mundo entero vivo de otro mundo, un mundo de papel hecho un mundo real que se intercomunican entre ellos, que conviven entre ellos continuamente hasta el hecho que como el ejemplo de Merlín, llegan a formar parte como una persona más de nuestro mundo real…el libro: un mundo, una máquina del tiempo, un universo entero, un espejo del nuestro, ya sea cómico, dramático, terrorífico o una mezcla de ambos con una parte muy importante de realismo…

Y fíjense ustedes de la importancia de los libros… que han creado religiones que condicionan nuestra vida, con la Biblia, la Torá o el Qurán, guerras, como el Western Design de Cromwell en América con la ayuda de Thomas Gage, y genocidios masivos como el nazi de la Segunda Guerra Mundial con el Mein Kampf de Hitler…

 

Autor: Cristóbal Miró Fernández

 

Fechado: miércoles, día 23 de abril del año dos mil catorce.

(Relato) El Hombre Descalzo — “Arañas en tropel”. Por Ricardo Iribarren

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1

A las diez treinta de la mañana dejó de llover y el sol asomó en un inesperado cielo azul. Seria, pálida y en silencio, Marcela vistió un impermeable marrón con capucha y calzó las zapatillas minimalistas. Por tercera vez pregunté si continuaba con su decisión y se limitó a asentir con la cabeza. Salimos de la casa, caminamos hacia el parque y tomamos los senderos de grava húmeda que conducían al este. Atravesamos el pequeño bosque y llegamos al límite de la zona abandonada. Un cartel gastado prohibía la entrada y como de costumbre, no estaban los guardias. Levantamos la floja cadena que debía impedir el acceso a los paseantes y pasamos al otro lado. La grama discreta y pulcra, se transformó en altos pastizales. Caminamos hacia el tramo de tierra removida que se extendía antes de llegar al lago de aguas contaminadas y los pantanos de turba. Fue en ese sitio donde nos conocimos con Marcela. A muy pocos se nos ocurriría caminar descalzos entre piedras puntiagudas, plantas espinosas y una enorme cantidad de alimañas que poblaban el terreno.

 ― ¿Dónde quieres ir? ― pregunté. Mi esposa señaló la zona cercana al lago, un fangal luego de la lluvia. En sus ojos azules brillaba una expresión de susto, y un leve tic agitaba la mejilla derecha.

 Remangué mis pantalones y caminamos tratando de evitar el agua oculta en la hierba. Cuando llegamos al borde del área más baja, Marcela me detuvo. Tomándose de mi brazo, se quitó la zapatilla izquierda. Su planta era blanca y suave; para la ocasión, había pintado las uñas de rojo con detalles azules. Cerró los ojos, apoyó el pie sobre la grama húmeda y permaneció inmóvil unos segundos. Soplaba un viento cálido del sur. Un hombre con auriculares trepaba corriendo la colina del parque. Dos gaviotas volaron hacia el lago; buscarían alimento en los pocos embalses que aún permanecían limpios. Marcela se quitó la otra zapatilla y parada sobre la hierba, con ambos pies descalzos, respiró tres veces. Me soltó el brazo, caminó hacia el fangal y hundió las plantas en el barro. Desde allí asintió con la cabeza: todo estaba bien.

 De acuerdo a las indicaciones de Arañas en Tropel, no debía permanecer más de siete minutos sin zapatos sobre la tierra. Regulé el cronómetro en mi muñeca y la observé vadear el pantano en varios sentidos. Por primera vez en aquellos meses, la expresión de los labios se había suavizado. Marcela sonreía y los colores volvían a su cara.

 Cuando el reloj marcó siete minutos, levanté el puño derecho; era la señal que habíamos convenido. Salió del fangal, frotó los pies contra la hierba húmeda y los secó con una toalla antes de volver a calzarse. Las plantas con restos de barro, se hundieron en las zapatillas. Me miró como si despertara de pronto. Llorando en silencio, se tomó de mi brazo y regresamos.

2

Nueve meses antes, Sandra, la profetisa extranjera experta en Podomancia, había augurado la muerte de mi esposa. Un par de líneas en ángulo irregular y una mancha surgidas en el pie izquierdo, presagiaban el fin. La sibila se presentó a llevarla y afirmo que no podría hacerlo mientras estuviera calzada. Que si alguna vez la planta sin protección tocaba la tierra, moriría sin remedio. Luego de este dictamen, por accidente Marcela caminó descalza. Sandra volvió a presentarse y reafirmó la amenaza. Aquella caminata con los pies desnudos no habría sido fatal porque sólo fueron diecisiete pasos y además, la casa estaba construida sobre seis pilotes que la aislaban del suelo. Si volvía a repetirla, el trágico oráculo dibujado en el pie, se cumpliría sin atenuantes.

 Aquella mañana, mi esposa caminó sin calzado en la tierra fangosa y continuaba viva. La adivina, que solía instalarse frente a nuestra casa para vigilarla, no se presentaba desde hacía un mes. Tampoco se mostró luego de ese desafío a sus designios.

 La ruptura del augurio tenía una explicación. En la última visita, Sandra había pronunciado una frase que parecía oscura “…se podría vencer a la muerte con la fuerza de la araña”. Marcela conocía una organización médico― religiosa, Arañas en Tropel. Allí trataban un gran número de enfermedades con pequeñas dosis del veneno de las tarántulas más ponzoñosas del mundo. Muchos sitios de Internet la señalaban como un culto. Esto sería un motivo para dudar de su seriedad, pero hacía años mis tendencias y lecturas se orientaban a posiciones que nada tenían que ver con la rígida postura científica recibida en mi carrera. New age; cultura de la Atlántida; Meditación Trascendental o implicancias espirituales de la física cuántica. Con placer, estudiaba y a veces aplicaba en mí mismo las disciplinas rechazadas por el pensamiento oficial. Esto me permitía aceptar, aunque con ciertas reservas, aquel tratamiento heterodoxo.

 Seis meses antes de la caminata en el barro, luego de pruebas previas que incluyeron tres exámenes y largos interrogatorios, Arañas en Tropel aceptó a Marcela. Por un tiempo, el ánimo de mi esposa mejoró. Dejó de regañarme, abandonó los accesos depresivos, cantaba todo el día y volvimos a salir al parque o a cenar.

 En la propaganda de la organización se afirmaba que el veneno de las arañas no sólo regeneraba los tejidos, sino que prevenía y combatía cualquier enfermedad.

Además, mejoraba la psiquis y corregía la vida espiritual. Para la organización, las arañas no eran los animales territoriales y depredadores descriptos por la Zoología. Aseguraban que aparte de razonar, guardaban en sus corazones fuertes tendencias filantrópicas hacia los seres humanos.

Las oficinas de la organización se levantaban en la zona residencial del oeste de la ciudad, donde el diseño corrugado de las baldosas hacía cosquillas en mis plantas siempre desnudas. Decoración burguesa y discreta. La publicidad del lugar se dirigía a personas de mediana edad, con dinero suficiente para pagar las gravosas prácticas. El tratamiento de Marcela costó cuatro mil dólares, casi la totalidad de mis ahorros.

  La organización publicaba testimonios de curas milagrosas de cáncer, diabetes avanzadas y cardiopatías agudas. Una de mis objeciones era que la terapia sólo podía servir para personas con enfermedades graves Dudaba que la inoculación de la toxina en Marcela hiciera retroceder a Sandra y a la profecía. Además, yo padecía desde niño de una intensa fobia a las arañas y me espantaba la idea de enfrentarme a uno de aquellos animales.

 Mi esposa empezó a asistir todos los días menos los domingos a la sede de la organización. La preparación era exclusiva para ella. Yo hubiera podido acompañarla sólo si me decidiera a iniciar un tratamiento. Sandra también había profetizado mi muerte, y unos meses antes del augurio de Marcela, se presentó para decirme que moriría si en algún momento cubría mis pies. Acepté esta condición y dejé de usar calzado. Templados, firmes y casi negros por el sol, luego de un año de llevarlos desnudos, mis pies habían adquirido una fuerza oscura. La sentía bullir como la base de mi vitalidad. Con preocupación obsesiva, trataba de prevenir los accidentes y por eso abandoné la preparación mensual de la barbacoa al estilo tejano, un viejo rito familiar. Uno de mis amigos, también aficionado a las carnes asadas, había pisado un carbón ardiente en un momento de distracción. Sufrió graves quemaduras en la planta del pie derecho y durante meses debió usar una bota especial. De haber sido yo y de acuerdo a la profecía de Sandra, al tener que calzarme hubiera muerto sin remedio.

 Luego de los prolongados y completos exámenes físicos y psicológicos, las autoridades de Arañas en Tropel fijaron el cinco de abril para la iniciación de Marcela. Me notificaron que debía acompañarla, aunque no podría asistir a la ceremonia. En ella sólo debían estar presentes quienes hubieran recibido el Toque de la Araña. Llamaban así a la primera aplicación de toxina. No sería una simple práctica médica, sino que pronunciarían invocaciones y fórmulas esotéricas.

 Llegamos antes de la hora al edificio de dos plantas. La empleada indicó que Marcela debía ingresar al piso superior a fin de prepararse para la iniciación. Me pidió que pasara a una sala de espera donde disponía de café, bocadillos y música ambiental. En una de las esquinas se levantaba una pequeña biblioteca con libros en alemán.  Eran tratados de Entomología. Como única decoración, colgaba un cuadro que mostraba a una araña con largas patas grises sobre un paisaje amarillo oscuro. El cuerpo era un rostro humano, de cuyo ojo izquierdo manaba una lágrima. La pintura se titulaba The Crying Spider. Un aviso  explicaba que el pintor, Odilon Redon, era un simbolista francés de principios del siglo XX. Se lo consideraba uno de los precursores del Surrealismo. La pieza habría sido adquirida por la organización a un coleccionista privado de Holanda y representaba el objeto de culto al que llamaban El Sol: una tarántula gigantesca, que por toda la eternidad, lloraría por las injusticias del mundo y por la maldad de los hombres.

 Luego de tres horas, Marcela salió acompañada por dos enfermeras. Pálida, con los labios apretados, me saludó con gesto ausente. Mientras la secretaria de Arañas en Tropel rellenaba unas planillas y yo preparaba un cheque para completar el pago, la miré con atención. En vez del calzado minimalista con el que entrara, lucía botas nuevas de color blanco. Los altos y anchos tacones abarcaban el largo de los pies. De acrílico trasparente, mostraban un leve tono rosado, quizá por las luces del lugar. En los topes brillaban los dibujos de sendas tarántulas, símbolos de la organización.

  Mi nombre es Lindsay y desde ahora seré la médica encargada de controlar la evolución de Marcela. Acabamos de proceder a su iniciación. Ella ha recibido en su sangre El Toque de la Araña…

  La mujer era rubia y joven. Tenía rasgos finos, nariz pequeña y ojos chispeantes. Vestía una bata verde con el dibujo de una enorme tarántula en el pecho. La escuché mientras seguía observando los pies de Marcela, visibles a través de la superficie de acrílico.

 …ahora volverán a su casa. No hay instrucciones especiales, pero será mejor que no salgan, que Marcela coma algo liviano, de preferencia vegetales y se acueste temprano.

 Los tacones de las botas estaban cubiertos de pequeñas rejas brillantes. De pronto sentí que mi espalda se tensaba; detrás de los transparentes barrotes, se agitaba algo negro.

 …instruimos a Marcela acerca de cómo proceder con los Soldados

 Debo repetírselo a usted como pareja conviviente. No pueden comer cualquier cosa. Por esta noche sólo deben alimentarlos con néctar que será preparado de acuerdo a la receta que lleva su esposa. Repito que no pueden alimentarse con ninguna otra cosa. Mañana me presentaré yo misma, con la primera entrega de comida oficial…

  Un leve mareo y un asomo de náuseas se iniciaron en mi bajo vientre. Deseaba huir. Entre dos de los barrotes de la bota izquierda, asomó una extremidad negra y azulada, que culminaba en una uña brillante.

3

 Debemos llegar a un acuerdo. Las arañas serán lo más importante de nuestra vida, ya que me arrancarán de las garras de la muerte. Te pido que hagas un esfuerzo, que te acerques a ellas y les hables con ternura. No tenemos hijos que alegren nuestro hogar, yo te he pedido muchas veces un perro, un gato, una mascota. Ahora estos soldados cuidan mi vida, me devuelven la existencia como un inapreciable regalo. Entonces tomémoslos como nuestros consentidos. Debes estar de acuerdo.

 A los seis meses de la iniciación en Arañas en Tropel, mi esposa caminó descalza sobre la tierra. De ese modo, enfrentó y venció la profecía de Sandra. Por mi parte, tenía dudas que no compartía con ella. En todas esas noches, durante su pesado sueño, yo frotaba los pies de Marcela con una loción que me diera Dung, el vecino oriental. El objetivo era limpiar de las plantas lo que el anciano llamara Los colgajos de la muerte; formaciones oscuras que él habría distinguido en sus huellas sutiles al caminar descalza. Acordamos que no lo comentaría con ella. Por su carácter impresionable, la noticia podría aumentar la tendencia a la siempre presente depresión. Ahora me preguntaba si la mejoría que le permitiera pisar la tierra con los pies desnudos y no morir, surgía del veneno de las arañas o del antiguo remedio oriental.

  Luego de la iniciación, instalamos las botas con sus ocupantes debajo de la escalera trasera que conducía al primer piso. Nos llevó horas de discusión acordar el sitio, ya que Marcela insistía en ubicarlas en el centro de la sala. La indicación de Arañas en Tropel era que debían permanecer en el lugar más importante de la casa. Alegué que doña Hilaria, mi suegra, pasaría unos días con nosotros en los próximos meses. Cada tanto debía viajar a la ciudad para tramitar su pensión. Mi esposa no quería que conociera los detalles del tratamiento, ya que la anciana tenía aprehensión a las arañas. Esto me sirvió para convencerla de colocar a los animales en un sitio importante, pero discreto. En el tiempo en que doña Hilaria permaneciera con nosotros, podrían cubrirse con un paño, lo que estaba permitido por la organización.

 En las primeras noches soñé que los animales escapaban de los tacones y se arrojaban sobre mis pies para morderlos e inocularme el fatal veneno. Desde que se instalaron junto a la escalera, dejé de usarla. Tracé un círculo imaginario, y las ubiqué en el centro. Al acercarme a los límites, el miedo crecía y amenazaba con paralizarme. La puerta que daba al jardín estaba a pocos metros de las botas. Si debía salir por ella, atravesaba el dormitorio y el cuarto de huéspedes, para   acercarme lo menos posible a las temidas arañas.

 El aspecto horripilante es una trampa malvada de tu mente. Si las miras con cariño y buena disposición, advertirás que los pelitos que las cubren son como el vello de un bebé, como la piel de un durazno…

 No era la primera vez que Marcela me exigía vencer el terror y adherir con entusiasmo al culto de las arañas. Expliqué con paciencia, que una fobia no podía solucionarse con rapidez ni con la simple voluntad. Requería un tiempo; un proceso.

 ― Te prometo aumentar mis meditaciones, mi introspección. Es lo único que puedo hacer para perder el miedo. Cuando esto ocurra, conversaremos otra vez.

 Marcela siempre asentía con un gesto y por su mirada ausente advertía que no me creía o no me escuchaba. Se limitaba a mirar el reloj, atenta a alimentar a los soldados o cantar aquellas canciones guturales que durante las tardes resonaban en toda la casa.

 Al repetir por tercera vez la caminata descalza en la tierra, mi esposa volvió a hablarme con tono admonitorio.

 Los Soldados merecen de nosotros una conducta ejemplar. Debemos ser dos santos o al menos estar cerca de ese ideal. En la organización afirman que el Soldado es la encarnación de un espíritu superior. Por eso corresponde que reduzcamos el sexo a dos veces por semana. Yo había pensado martes y jueves, entre las cinco y las ocho. He comprobado que en ese horario ellos duermen y no nos van a escuchar.

 ―Marcela, esto es un error. ¿Quién te dijo que el sexo es algo sucio, algo malo? Al iniciar lo nuestro, coincidimos en que la sexualidad era casi un ritual. ¿Es que acaso las arañas además de ser filántropos han hecho voto de castidad…?

 Me interrumpí. Mi mordacidad la afectaba. En otra época hubiera lagrimeado por palabras como aquellas. Ahora se limitó a mirarme sonriendo, con la expresión fría que mostrara desde el día de la iniciación.

 Pensé en una respuesta así de tu parte. Medítalo. Hasta que lo hagas no tendremos relaciones. He leído “Lisístrata” y pienso aplicarla.

  Se refería a la tragedia de Aristófanes, donde se describe la invención de la huelga sexual por parte de las mujeres de Grecia.

 Esa noche retomé el diálogo sobre nuestra intimidad. Entendía que Marcela se recuperaba de una situación difícil. No sólo la relación sexual, sino el cariño mutuo, serían una forma de brindarle fuerzas. Reconocía lo favorable del tratamiento con las arañas, pero el sexo no era algo sucio, sino una parte de la existencia. Si aquellos animales, como afirmaban en la organización, podían comprender los problemas humanos, estarían de acuerdo con las relaciones. Eran una forma de acrecentar la vida.

 Tras largos minutos de argumentos, Marcela se relajó. Apoyó la cabeza en mi pecho con un gesto de coquetería.

 ― Esta bien ― asintió ― vamos a tener relaciones tres veces por semana, lunes miércoles y viernes, pero con la condición que compres otros dos espantapájaros.

  En el jardín dos aparatos electrónicos con forma humana emitían frecuencias de infrasonido para ahuyentar a los pájaros. La empresa que los producía recomendaba la inclusión de otros dos para cubrir todo el perímetro, ampliar la cantidad de especies y reforzar las ondas dirigidas a los gorriones, los más resistentes a aquellas señales. Arañas en Tropel los aprobaba y aconsejaba, ya que las aves serían el enemigo natural de las tarántulas.

 ― Entonces hablaríamos de una inversión de dos mil dólares. Sabes que hemos gastado cuatro mil en el tratamiento….

 ― A fin de mes puedo disponer de mil. Los retiraré de un fideicomiso que tengo con mi madre. Ya lo hablé con ella y me dio su cálido consentimiento.

 Discutimos hasta tarde. Por último asentí. Todo fuera por proteger a las arañas.

4

 La primera noche preparé el néctar según las indicaciones que nos diera la médica: una parte de azúcar en dos de agua. La mezcla debía hervir hasta convertirse en un almíbar casi líquido que debía aderezarse con pocas gotas de esencias de coco y vainilla. Marcela se encargó de brindarlo a las arañas. A prudente distancia, la observé. Los dedos blancos, finos, enfundados en guantes de látex, se movían con gracia junto a las bocas negras y babosas de los monstruos. Por algún motivo me atraía esta visión aunque no me animaba a acercarme a los límites del círculo imaginario que trazara alrededor de las tarántulas.

 A la mañana siguiente, la doctora Lindsay Bart, encargada del tratamiento, se presentó con la provisión de comida para dos días. Ya no traía el uniforme, sino que vestía ropa de calle. Al entrar a la casa se quitó los zapatos; descalzarse era una expresión de respeto a los Soldados.

La invitamos a sentarse en una reposera en el balcón y servimos refresco de moras. La mujer explicó que las arañas eran dos ejemplares de Atrax Robustus, una de las especies más ponzoñosas del mundo. Un macho en la bota derecha y una hembra en la izquierda. Negras, azuladas, brillantes; medían cinco y ocho centímetros. El veneno, en condiciones normales, podría matar a un hombre por parálisis de los centros respiratorios. Desde los tacones de Marcela y tan sólo durante las caminatas, morderían unas almohadillas ubicadas en los talones. Allí, un delicado sistema controlado por ordenadores casi microscópicos, volcaría dosis milimétricas de ponzoña al torrente sanguíneo de mi esposa.

 ― Usted también va a convivir con los Soldados, señor Ignacio. Quiero conocer sus objeciones y dudas. Estoy aquí para responderlas. No debe quedar nada oscuro que luego genere resentimiento y rechazo a la presencia en su casa de estos seres celestiales.

 ― Doctora es poco lo que puedo decir. Antes que nada porque padezco de fobia a las arañas. Admití que Marcela realizara el tratamiento y mi única condición es que no me exijan tener contacto con los animales.

 ― Eso ya está concedido. Su esposa nos explicó todo. Ella se ocupará de la atención de los Soldados, por eso no debe inquietarse. Las jaulas en los tacones cuentan con un sistema de seguridad absoluto. Sólo por precaución, usted no puede tocar los pies de su esposa con las manos desnudas. Adelante, señor Ignacio. Le repito que hoy es el momento de responder a las dudas que pueda tener sobre nuestros queridos Soldados.

 ― Le confieso que cuando escuché hablar de Arañas en Tropel imaginaba que el veneno sería aplicado por medio de agujas hipodérmicas en un lugar que cumpliera con condiciones de esterilidad.

 La médica tomó un largo trago de jugo y en las comisuras de sus labios se dibujaron un par de bigotes morados.

 ― Usted describe lo que fueron nuestros primeros experimentos. Luego de numerosos fracasos, concluimos que lo único efectivo es la inoculación directa en el torrente sanguíneo del paciente por parte del Soldado. El sistema computado no altera en lo más mínimo el cuerpo sutil que recubre la toxina y las dosis exactas de micronutrientes. Esto es lo que se pierde por evaporación cuando pasa a una jeringa convencional. Marcela tiene en los pies un complicado laboratorio donde se aseguran las condiciones de esterilidad que usted menciona. Le dejaré material escrito con una descripción completa. Por su condición de ingeniero, quizá le interese conocer esta pieza de precisión, así como saber con exactitud la dosis de veneno que día a día recibe su esposa.

 Marcela seguía nuestra charla con expresión ansiosa. Ubicada detrás de la médica, de tanto en tanto hacía señas indicando que debía callarme.

 ― Tengo una objeción más La definiría como una preocupación ética. Ustedes afirman que las arañas son seres superiores, entonces no entiendo por qué las obligan a permanecer todo este tiempo encarceladas y sometidas a un fuerte estrés, sin posibilidad de salir de sus celdas. Creo que estos animales serían más felices en sus medios naturales…

  Las señas de Marcela eran desesperadas. La médica me interrumpió con voz firme y tono severo.

 ― Señor Ignacio, usted insiste en llamarlas arañas, pero para nosotros son Soldados, seres preparados con rigor para una misión de importancia Han sido ellos mismos quienes solicitaron ser encerradas en los tacones de las botas que la organización brindara a su esposa como parte del tratamiento. Son ellos mismos quienes informan todos los días a su madre, nuestro Sol, del estado en que se encuentran. Han renunciado a su bienestar para servir a la humanidad.

  La médica hablaba con una seriedad absoluta, convencida que aquellas arañas eran seres generosos hasta la muerte. Tenía más objeciones, pero preferí no continuar.

  Marcela dedicaba casi todas sus horas a atender los animales. Les daba de comer saltamontes envueltos en una gelatina y el resto del tiempo entonaba las extrañas y guturales melodías, o sentada al pie de la escalera, leía textos de García Lorca, Raymond Carver, Pablo Neruda, Nicolás Guillén y otros poetas.

 La clave del tratamiento era que caminara todos los días con las botas durante noventa minutos. Apoyadas en las patas traseras, las tarántulas inoculaban el veneno en las almohadillas de los talones. Debía llegar a la sangre de Marcela en forma de microscópicas gotas que derrotarían el designio de la muerte, como pronosticaran en Arañas en Tropel.

 Leí el manual que me alcanzara Lindsay. En las arañas, todo era un símbolo. Desde el número ocho aplicado a las patas, que simbolizaban rayos de energía, hasta el brillo de los ojos, que en parpadeos casi instantáneos expresarían un complejo idioma paralelo al de los sonidos guturales. Miembros selectos de la organización podían escucharlo en aparatos de ondas especiales. Habría llevado años descifrar el lenguaje, pero ya disponían de un diccionario y una gramática de uso interno. En cuanto a las dosis del veneno, eran cifras despreciables comparadas con las que se necesitarían para matar a un adulto. Revisé estudios realizados sobre las Atrax Robustus en la Universidad de Harvard. No habían investigado en los seres humanos los efectos de cantidades microscópicas como aquellas.

 Tres veces por semana, Marcela debía cumplir jornadas de ocho horas en la sede de Arañas en Tropel. Como yo no recibiera la iniciación, no podía trasmitirme lo que hacía en esas reuniones.

 ― Mañana me corresponde llorar ― dijo una tarde al volver de uno de aquellos encuentros. En principio pensé que se refería a uno de sus accesos depresivos.

― Las lágrimas en el ojo izquierdo del Sol han aumentado ― aclaró ― La guerra de Irak ha retorcido sus entrañas con el alicate del dolor.

 Dos días atrás se había desatado una feroz contienda entre Irán e Irak. Al parecer, la interrupción de la paz y la cantidad de muertos, desataba la tristeza en esa enorme araña, ubicada en el centro de un círculo, que a través de teléfonos celulares guiaba los destinos de los fieles. A fin de aliviar al Sol, los miembros de la organización debían vivir su tristeza. Al día siguiente, Marcela vistió un pijama negro que no se quitó durante la jornada. Las canciones que entonaba a las arañas adquirieron un tono lúgubre; hizo sonar hasta el cansancio la Marcha Fúnebre de Beethoven y recitó diez veces los poemas “Prendimiento y Muerte de Antoñito el Camborio” de García Lorca y Elegía de Miguel Hernández.

 Esta suerte de representaciones del dolor, que cada uno de los miembros debía repetir en sus casas, habrían   resultado, ya que al día siguiente, Lindsay anunció que se había reducido el caudal de llanto de la Araña Madre. A partir de entonces, Marcela repitió cada quince días la Jornada del Dolor, vistiendo de negro y hundiéndose en lamentaciones ruidosas y dramáticas.

 Al cumplirse cinco meses del tratamiento, la médica autorizó a mi esposa a caminar descalza en la casa. Debía recorrer tramos de diecisiete pasos, desde el dormitorio a la puerta trasera. Por último, se le permitió caminar siete minutos sobre la tierra húmeda, lo que debía conjurar el núcleo de la profecía. Las palabras de la adivina en la última visita habían sido: En caso que pise descalza la tierra, morirá de inmediato.

 Al volver a andar con los pies desnudos, la salud de Marcela mejoró día tras día. No ocurría lo mismo con el ánimo y con nuestra relación, pero yo confiaba en que al terminar el tratamiento, todo volvería a equilibrarse. Años atrás me había acercado a una escuela Budista donde aprendiera una frase muy simple, pronunciada por el fundador en el Japón del siglo XIII. Sonaba a perogrullada, pero en circunstancias como aquella servía para tranquilizarme. Debía repetirla veinte veces en la mañana, apenas me despertaba y recitarla como un mantra a lo largo del día:

 Al terminar el invierno, siempre llegará la primavera.

Ricardo Iribarren

 

 

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(Relato) La boda del Hombre Descalzo. Por Ricardo Iribarren

descalza5ª narración

 

Hacía una semana, Marcela había caminado descalza desde el dormitorio hasta el baño. Sandra, la sibila embajadora de la muerte, anunció que de colocar la planta en el piso, moriría sin remedio. Nos desconcertó que continuara viva. La profetisa se presentó a la mañana siguiente y afirmó que fueron diecisiete los pasos   que mi novia recorriera con los pies desnudos; que de haber sido dieciocho, la hubiera llevado. La salvó que la casa estuviera construida sobre seis pilotes que la separaban del suelo y la convertían en “un enorme zapato”, según sus palabras.

 

Al día siguiente de la visita de Sandra, permanecimos en cama hasta tarde. Marcela hizo bromas con lo ocurrido: sentada descalza en la cama, amenazaba con apoyar los pies en el piso, pero a último momento los retiraba. En las semanas que siguieron y en contra de lo que esperaba, el ánimo de mi novia mejoró Adaptada al calzado minimalista, me acompañó en mis caminatas por el parque durante cinco días seguidos.

 

Una tarde, mientras ella atendía a sus pacientes, encontré a Dung trabajando en la huerta. Al saludarme, sonrió con gesto cómplice.

 

―Disculpe mi impertinencia, pero estas noches he escuchado cantar a la Nehchimán —afirmó —Entiendo que todo está mejorando.

 

El anciano se refería a la exótica ave oriental cuyo canto, aún sin haberlo escuchado, Marcela reproducía durante los orgasmos.

 

 

En la última visita, la profetisa hizo alusión a “La fuerza de la araña” como una alternativa para romper la profecía. No quiso extenderse y aclaró que Marcela se encargaría de explicarme. Dos días después, le pregunté sobre esta extraña referencia de Sandra. Antes de contestar, mi novia me besó en la boca y se sentó en mis rodillas.

 

―Sabes que esa mujer me llena de terror, pero esas palabras me proveyeron de una dulce esperanza. Tú preguntaste si existía alguna forma de vencer a la muerte. Ella respondió que podría ser con la fuerza de la araña. No sé cómo lo supo, pero hace meses estoy averiguando en Internet acerca de “Arañas en Tropel”. Dicen que pueden solucionar mi problema con dosis mínimas de veneno. Quería hablar contigo sobre el tema. Conocer tu opinión. Además, es un tratamiento costoso y de decidirme, te pediría ayuda.

 

Desconfiaba de organizaciones como aquella. Además, siempre tuve una fuerte aprehensión por las arañas. Sin embargo,   la propia Sandra lo aconsejaba y la posibilidad del tratamiento estimulaba el alicaído ánimo de Marcela. Contesté que sí.

 

El costo de un proceso terapéutico completo en “Arañas en Tropel”, era de cuatro mil dólares y duraba un total de ocho meses, con garantía de resultados. Marcela me explicó que antes debía someterse a una evaluación diagnóstica de treinta días. Las exigencias de la organización, era que asistiera sola a consultas y  entrevistas. Si la consideraban apta, sería sometida a una iniciación en la que recibiría “el Toque de la Araña”. Recién entonces, como su pareja conviviente, requerirían mi presencia para informarme sobre los detalles de la terapia y definir cuál sería mi participación.

 

―La política es que sólo puede participar la persona que va a recibir el tratamiento. En caso que decidiéramos recibirlo los dos podríamos hacerlo juntos, pero sé que odias a las arañas y te exigen cierto contacto con ellas. Además, el costo sería demasiado elevado.

 

Aquello era cierto Además, era útil para Marcela, pero no sabíamos si lo sería para mí.    Fuera de las molestias cotidianas, ya estaba acostumbrado a caminar descalzo. En cuanto a la época invernal, años atrás,  en uno de los tantos cursos de supervivencia que realizara, me dieron instrucciones para andar en la nieve con los pies desnudos. Conseguí  lociones hechas con mezclas de plantas tropicales que trasmitían un fuerte calor a la piel. Solía jactarme que mis plantas, marrones y curtidas, eran capaces de recorrer todos los suelos bajo todos los climas. Cada día que pasaba sin calzarme, aumentaba un sentimiento de poder, casi de omnipotencia; en esas veinticuatro horas, había vencido otra vez a la muerte.

 

Esa misma tarde busqué en Internet datos sobre Arañas en Tropel. La página oficial se dividía en una sección médica y en otra religiosa. La primera se limitaba a ponderar el valor terapéutico del veneno de arañas, enumerando las culturas tradicionales que lo usaban como terapia. En cuanto al culto, adoraban a algo que llamaban “El Sol”  y lo describían como un disco brillante en el centro del cual, reposaba una gigantesca araña. Tenía la capacidad de hablar y razonar, y orientaba a todos los miembros de la organización acerca de la solución diaria de los problemas. Según el texto, era capaz de comunicarse a través de teléfonos celulares, utilizando un idioma arcaico que sólo los elegidos conocían.

El pescado era lo único que interrumpía la dieta vegetariana de Marcela. Desperté temprano para preparar tres salsas. Una de mangos, otra de camarones y la tercera de vino Merlot y tomate. Debían acompañar a una excelente tilapia que macerara durante  la noche   en una mezcla de licor blanco y limón, aderezada con especies.

 

Me dispuse a pelar los mangos. Los había comprado en el mercado del sur de la ciudad, donde las veredas cubiertas de baldosas cuadriculadas producían agradables cosquillas en mis plantas.

 

Aquella tilapia era una prenda de paz. La mejoría del ánimo de Marcela fue interrumpida por mi culpa el día anterior.

 

Disponíamos de una sola llave de la casa. La cerrajería quedaba a menos de diez minutos de marcha, pero pospusimos el trámite una y otra vez y por último, lo olvidamos.

 

La zona era demasiado tranquila. El último atraco que se recordaba databa de diez años atrás, y los vecinos, una pareja de ancianos que llegaron a conocer a mi abuelo, eran de absoluta confianza. Si Marcela y yo salíamos separados, dejábamos la única llave bajo una maceta, junto a la puerta.

 

El día anterior a la preparación de la tilapia, debía correr en la orilla del río. Mi novia no me acompañaría. Terminaba el invierno y una excesiva humedad se añadía a jornadas cada vez más cálidas. Marcela traspiraba mucho, se deshidrataba con facilidad y en la piel demasiado blanca, las picaduras de los mosquitos producían gruesas ronchas que no tardaban en infectarse. El único repelente eficaz, le producía alergia. Además, esa mañana  debía entrevistar muy temprano a dos nuevos pacientes.

 

Mientras desayunábamos,   mi novia me informó que su móvil no encendía. Era un modelo viejo,  y luego de revisarlo, comprobé que la pila ya no funcionaba. Estábamos dispuestos a comprar un aparato de buena calidad, pero también postergamos una vez y otra la visita a la cadena de tiendas de la zona oeste, donde ofrecían cantidad de modelos y de precios. Prometí solucionar aquello al día siguiente. Al regresar a la casa, Marcela podría llamarme desde el teléfono de línea en caso que fuera necesario.

 

Salí diez minutos después que ella. Conduje hasta la orilla del río e inicié mis ejercicios. Caminé algunos tramos y en otros corrí hasta completar los primeros veinte kilómetros. En una vianda llevaba arroz cocido con vegetales. Al mediodía comí, descansé media hora y en la tarde corrí los diez kilómetros que faltaban. La última lluvia databa de dos semanas y eso permitía que la tierra a lo largo de la orilla, tuviera una consistencia perfecta bajo mis pies desnudos.

 

A eso de las cuatro, cansado y hambriento, decidí volver. Caminé hasta el pequeño estacionamiento donde dejara el automóvil, y al sacar la llave para encenderlo, encontré la de la casa. La había guardado en mi bolsillo en vez de colocarla debajo de la maceta. Eran casi las cuatro de la tarde. Esa mañana, luego de atender a los pacientes, Marcela no habría podido entrar. Recordé que la puerta de atrás permanecía cerrada con seguro.

 

Conduje de vuelta con la mayor rapidez que pude. Me tranquilizó pensar que mi novia podía haber vuelto al consultorio. Aquella fue su casa antes que    viviéramos juntos y allí disponía de una pequeña nevera con alimentos. Con ellos podría  improvisar un almuerzo.

 

Eran las tres y media, uno de los primeros horarios picos de la tarde. Por la radio informaron de un embrollo de tránsito producido por un accidente en la autopista del norte. Tuve que esperar detrás de largas colas de automóviles. El cielo, hasta el momento claro y azul, se nubló de pronto. Destellaron relámpagos y en segundos se precipitó una tormenta no anticipada por los pronósticos del tiempo.

 

La lluvia arreció a medida que avanzaba. Llegué a eso de las seis de la tarde, con el cielo oscurecido. Antes de estacionar, un par de rayos iluminaron la calle y vi a Marcela sentada en el umbral, sosteniendo la cara con las manos. Bajé del automóvil y me acerqué a ella. Antes de llegar, escuché los sollozos. Me miró con una expresión de reproche implorante Estaba empapada y luego supe que todo ese tiempo había permanecido afuera; que ni siquiera pensó en buscar refugio en el consultorio.

 

—    Me olvidé la llave… —Dejé de hablar. La justificación me pareció ridícula y obvia. Ella no contestó y siguió llorando. Llovió con más intensidad y tuve que tomarla del brazo e incorporarla para hacerla entrar. Ante mi gesto, los sollozos se redoblaron.

 

Una vez dentro, se negó a beber o comer. Sollozaba desde el pecho con un sonido ronco. No contestó cuando le pregunté por qué no volvió al consultorio para evitar la tormenta.

 

Durante horas se negó a bañarse y a cambiar de ropa. Sentada en el sillón de la sala, el mismo que usaba para ver las puestas de sol cuando estaba deprimida, siguió llorando. Cuando comprobé que era inútil todo intento de dialogar, me limité a encender la calefacción para evitar que se enfriara demasiado y permanecí junto a ella. Dieron las tres de la mañana en el reloj de carillón que perteneciera a mi abuela. Como si fuera una señal, los sollozos se interrumpieron. Con los ojos y la nariz rojos, se volvió hacia mí y me sonrió.

 

―No es nada, no te preocupes —dijo con respecto a mi olvido de la llave —fue un error. Pudo pasarme a mí.

 

Dicho esto se quitó la ropa y se bañó. El agua caliente llenó el baño con nubes de vapor. Marcela acostumbraba a mantener la puerta entreabierta, para que adivine su silueta entre la niebla. Era un juego erótico no formulado. Para provocarme, movía las caderas, se estiraba o dejaba caer el jabón en la bañera; al agacharse para recogerlo, exhibía las nalgas

 

Esa madrugada repitió el juego, y como siempre, logró excitarme. Tuvimos sexo intenso y en los orgasmos sucesivos, cantó cerca de una hora como la Nehchimán.

 

Al terminar, quedamos abrazados. Marcela aún suspiraba por el exceso de llanto.

Ya estaba por dormirme, cuando sentí el pinchazo de la uña de mi novia sobre la yugular.

 

—Si alguna vez llegas a dejarme, te degüello — dijo con el suave gesto de cortarme el cuello.

 

 

Eran las once de la mañana. La tilapia y las salsas estaban en marcha. Rechacé la ayuda de Marcela y le sugerí que se dedicara a descansar. Decidió arreglar sus uñas; aquel día tenía las sesiones normales de podomancia y un par de masajes en horas de la tarde.

 

En la preparación del pescado, lo más difícil eran las salsas. Ya había terminado con la de mango y la de camarones. Acababa de poner en el fuego la de Merlot, cuando Marcela me llamó desde la sala.

 

―Ignacio, debes ver esto —dijo refiriéndose a un programa en la televisión. En el noticiero del mediodía, reporteaban al comisario Venancio. Desde que lo eligieran alcalde de la ciudad, pidió licencia como policía, y ahora estaba empeñado en una estruendosa campaña para postularse como gobernador. Marcela había detenido la programación y la puso en marcha cuando llegué.

 

… el comisario Venancio, a quien hasta ahora se lo conocía como el “lobo solitario”. Un soltero adalid empeñado en combatir las malas costumbres y la falta de higiene de la población. Ahora continúa el adalid, pero estamos en condiciones de asegurar que ya ha dejado la soledad.

 

Me dispuse a retirarme. Aquel hombre me resultaba desagradable en extremo, pero Marcela me tomó del brazo y con un gesto, me indicó que siguiera escuchando.

 

―Para este canal, tenemos en exclusiva a la prometida del comisario…

 

Tomaron a una mujer más joven que él. Al principio no la reconocí, pero al observarla mejor, advertí que era Julia. Sonreía a la cámara. Estaba tal como la viera el último día, cuando decidiéramos reproducir el drama de Orfeo y Eurídice y ella caminara descalza por el parque, hasta que una saliente aguda atravesó su pie izquierdo. Con ese incidente había terminado una intensa relación de tres meses y desde entonces no nos volvimos a ver.

 

―Julia Rybanech Echenique de 25 años, flamante Ingeniera Agrónoma ―presentó la locutora —según me han dicho, dentro de poco tiempo contraerán enlace.

 

Julia respondió con voz suave y sonrisa seductora.

 

―Venny es un amor —utilizaba el apellido del comisario como un diminutivo —Es el ideal del hombre con el que sueña cualquier chica. Amable, caballero, un verdadero príncipe azul.

 

El reportaje continuó con preguntas convencionales, hasta que la cámara tomó el pie de Julia. Estaba vendado; la conductora pidió que caminara y lo hizo con dificultad.

 

―Sabemos que la prometida del comisario ha sido víctima de aquello que siempre ha atacado tan duramente el futuro gobernador: el hábito de muchos ciudadanos de caminar descalzos. Al parecer, Julia, hace ya tiempo  fuiste coaccionada a caminar sin calzado y a raíz de eso has lastimado tu pie con gravedad.

 

―Así es —intervino el comisario antes que ella pudiera contestar —mi novia aquí presente, fue seducida por la creencia errónea que caminar con los pies desnudos es algo bueno. Aquí tenemos el resultado. Un accidente que seccionó el tendón. Ha sufrido una cirugía y aún le aguarda un largo y complicado proceso de rehabilitación.

 

El comisario la abrazó. La cámara tomó un primer plano de sus ojos metálicos

 

—    Esta es mi novia, mi bienamada —anunció con voz firme —sin embargo, se ve obligada a transitar coja el camino de la felicidad, debido a la acción irresponsable de alguien que nombra esta abominable costumbre con el pomposo y foráneo nombre de “Barefooter”.

―Supongo que habrá intentado un resarcimiento jurídico — comentó la conductora

―Cuente con ello, señorita. Las ruedas de la justicia se echaron a andar, quizá no con la rapidez que uno espera, pero sí con su carácter implacable.

 

Terminó el reportaje con un primer plano de Julia que no dejaba de sonreír a la cámara.

 

―¿Estás bien? —preguntó Marcela.

 

Noté que mis manos temblaban. La furia me desbordaba. Fui al teléfono y llamé a Ambrosio, mi abogado y amigo. Estaba por salir a Tribunales. Expliqué lo que acababa de ver.

 

―Tenía entendido que aquello estaba terminado. El juez determinó que era una imprudencia de ella —dije refiriéndome al accidente,

 

Mi amigo me tranquilizó. Había sido mi abogado patrocinador, y de iniciarse un nuevo proceso, lo habrían notificado. Preguntaría por alguna novedad en el expediente.

 

Marcela me miraba fijo, con expresión entre preocupada y hostil.

 

―Ignacio, creo que tu reacción es excesiva.

―Puede ser —admití —pero ese hombre siempre me saca de las casillas.

―¿Ese hombre o esa mujer?

 

Me miró con expresión suspicaz y desafiante.

 

―¿Qué quieres decir?

―Creo que la reacción excesiva se produjo cuando viste a tu antigua novia. Tendrá el pie lastimado, pero comprobaste que sigue hermosa.

 

Me acerqué tratando de besarla, pero me apartó con violencia y se colocó las botas con el dibujo de la araña. En ese momento sonó la alarma del horno eléctrico: la tilapia estaba lista; se la ofrecí, pero Marcela no contestó y sin almorzar, se marchó al consultorio dando un portazo.

 

En la tarde, al regresar, apenas me saludó. Pasó al dormitorio y allí arregló las valijas. Se fue sin despedirse, con otro golpe de puerta. Tres horas después, a eso de las nueve, llamé a la casa de su madre. Me atendió Doña Hilaria.

 

―Marcela acaba de llegar —anunció al reconocer mi voz —ella me pidió que no se lo diga, pero entiendo que debo hacerlo. Usted se lo merece. Ahora discúlpeme, Ignacio, pero debo colgar.

 

 

 

 

 

Ambrosio tenía tres años más que yo y parecía aún de más edad. Robusto sin ser gordo, lucía un peinado a dos aguas y un grueso bigote que parecía llenar toda la cara. En una conversación, los ojos azules se movían a un lado y al otro con expresión de asombro y susto. La mirada se desviaba de pronto, y cuando parecía haber perdido el hilo, volvía a observar al interlocutor con una sonrisa entre astuta y divertida.

 

―Vuelve a contarme lo que ocurrió, Ignacio.

―Discutimos. Me acusó de seguir enamorado de mi última novia y salió furiosa dando un portazo. Fui a caminar por el parque para calmarme y compré flores, pero al regresar se limitó a preparar su maleta y se marchó sin saludarme.

―¿Sabes dónde fue?

―A casa de su madre. Está en el pueblo de Parrish, a unos sesenta kilómetros de aquí. No responde mi celular.

―¡Esto tiene solución! ¡Fue a Parrish, no a París…!

 

Ambrosio rió con estruendo de su chiste y yo lo acompañé por cortesía. Casado desde hacía veinte años, el matrimonio de mi amigo era sólido. Tenía tres hijos y yo fui padrino del mayor. Formaba parte del grupo de amigos de la secundaria que hicieran dinero con sus carreras Del mismo, yo era la excepción. Con el título de ingeniero arrumbado, sólo recibía el producto de las rentas y en épocas de examen preparaba alumnos en matemáticas para completar mis finanzas.

 

―En el programa que Marcela me hizo presenciar, el comisario Venancio hablaba de las ruedas de la justicia y me achacó un delito en forma pública Marcela, al verme nervioso, interpretó que aún me gustaba Julia.

descalza5ª narración

Ambrosio acababa de confirmar que no había procesos en mi contra. Aquellas declaraciones habrían sido parte de la campaña del comisario para su candidatura como gobernador.

 

―¿Eres sincero, Ignacio? ¿No te altera que Julia sea la prometida de tu enemigo?

―Debo reconocer que me molestó. Nos separamos de pronto. No conversamos sobre lo ocurrido. Imagina que un día te encuentras muy bien con tu esposa y al siguiente ella no quiere saber nada de ti; desaparece; se niega a atenderte y pasado el tiempo se compromete con otro. Lo siento como una infidelidad.

―Entonces, ¿La sigues queriendo?

―No la quiero, Ambrosio. Es muy loca. Además estoy con Marcela y tengo una historia con ella. Pero te confieso que me siento un poco herido.

 

Agregué que al irse, Marcela había dejado una carta. Aconsejaba que pusiera todo en claro y para ello debía tomarme tiempo. Estábamos en la antecocina de mi amigo; la puerta entornada daba al parque; desde allí podía ver la calle. Sandra, la profetisa, me había seguido hasta la casa. Parada en la esquina, observaba con actitud vigilante. En la charla con mi amigo no la había mencionado. Ese vacío, llenaba la historia de lados flojos. Ambrosio se limitó a una sola alusión.

 

―Sabes que no me gusta dar consejos personales, pero hay algo que cae de su peso. Desde hace un largo tiempo, nadie te ha visto calzado. ¿Te cuesta mucho ponerte un par de zapatos de vez en cuando, aunque sea unas sandalias? Fíjate que de ese modo podrían evitarse muchos problemas; todo sería… ¿cómo decirte?, un poco más normal; y créeme que tu vida necesita de un poco más de normalidad.

 

Mi amigo era la voz del sentido común y aquellas palabras eran indiscutibles. Me pregunté cuál sería su opinión sobre Sandra; sobre la advertencia de no calzarme como condición para que no se cumpla mi destino.

 

―Ambrosio, te voy a decir la verdad, pero te pido que lo tomes como una confidencia. No lo debe saber nadie, y mucho menos nuestros amigos.

―Puedes contar conmigo. Un abogado es especialista en manejar secretos.

―Estar descalzo es una promesa que hice a Santa Catalina de Siena.

 

Me miró con asombro.

 

―¿Una promesa? ¿Tú…?

 

Conté que un año atrás, en un examen médico sospecharon que podría tener cáncer. Prometí entonces que, de ser negativos los resultados, caminaría descalzo durante tres años. Afirmé que había recibido la confesión y la comunión por primera vez en dos décadas.

 

Me sentí mal al mentir. Ambrosio era un ferviente católico que asistía a misa varias veces a la semana. Su hogar estaba formado de acuerdo a los preceptos de la Iglesia y era un miembro destacado del Opus Dei. Cristiano creyente en las promesas, en ciertas fechas se trasladaba con toda su familia a santuarios lejanos, casi desconocidos con tal de cumplir lo acordado con la Virgen o algún santo.

 

―No sé si se trata de una conversión —agregué —No quiero forzarme, sino dejar que mi espíritu siga su camino.

 

Mi explicación entusiasmó a Ambrosio y me pidió más datos de Marcela. Le expliqué que adivinaba el futuro y la salud de las personas por las líneas de los pies. Pertenecía a un hogar creyente, fue bautizada y creía en Dios con firmeza. Profesaba la fe católica, aunque no recibiera con frecuencia los sacramentos.

 

— Había entendido que es divorciada

―Es soltera. Nunca se casó.

 

Rojo de excitación, Ambrosio me miraba con los ojos brillantes.

 

—Ignacio, es el segundo consejo que te doy: debes casarte con ella, casarte por la Iglesia, por supuesto. Me ofrezco como padrino.

 

Sugirió que él y los otros amigos me acompañaran al pueblo de la madre de Marcela, para cantar una serenata al pie de la ventana. Alegué que mi ánimo no estaba dispuesto, pero las ideas de mi amigo eran excelentes, en especial la del casamiento. Pedí que me dejara pensar y madurar la decisión.

 

―Por ahora quiero cumplir mi promesa de caminar descalzo. Después, ya veré.

 

La mentira sobre Santa Catalina de Siena y el compromiso de mi salud, me remordió por varios días. Luego de la charla, la sugerencia de Ambrosio de casarme con Marcela quedó flotando en mi mente. Hacía tiempo lo había pensado. Con Gladys, mi primera esposa, el matrimonio había durado ocho años y fue excelente hasta la enfermedad y la muerte. Añoraba las tardes tranquilas cuando nos concentrábamos en la lectura; las mañanas en las que arreglábamos el jardín, o los impulsos súbitos de viajar a sitios inesperados. Habíamos recorrido Europa y varias ciudades del Oriente Medio, incluida Jerusalén.

 

Estaba convencido que las reacciones intempestivas de Marcela, como el ataque de celos y la tendencia a refugiarse en casa de su madre, podrían mejorar. La presencia de Sandra, la amenaza de la muerte, la depresión endógena: estaba seguro que superaríamos todo. No podía evitar compararla con Julia. Con mi antigua novia, cada día terminaba en una sensación de fracaso. Eso  no ocurría con Marcela.

 

Aquella noche, llamó desde la casa de su madre. Quería saber cómo estaba.

 

―En cuanto a lo que pasó…

―¿Quieres casarte conmigo? —la interrumpí. Repetí lugares comunes; dije que la amaba; que deseaba envejecer con ella. Aseguré que me daba lo que no había recibido de ninguna mujer.

 

Me escuchó en silencio. Contestó que subiría al primer bus para hablar conmigo.

Por supuesto, asintió. Se entusiasmó ante la idea de casarse por la iglesia, pero exigió una boda modesta, con lo que estuve de acuerdo.

 

Elegimos una capilla en la zona baja del centro de la ciudad. Asistieron mis seis amigos, doña Hilaria, y las tías de Marcela. Por pedido mío, invitamos a Dung que se presentó con un vestido típico de Vietnam. Túnica amarilla, y sombrero muy vivo del mismo color.

La madre de mi novia era una mujer pequeña, delgada y nervuda. Miraba a todos con seriedad y determinación, pero cuando hablaba, el rostro y el tono cambiaban. Los ojos seguían firmes, pero los labios caían hacia abajo en una súbita e implorante mueca Como Marcela, mezclaba palabras comunes con términos cursis y a veces exóticos. Al terminar la ceremonia, sostuvo mi mano y me habló lagrimeando.

Le confieso  Ignacio que siempre consideré cerca de la delincuencia a un hombre que vive descalzo, pero con usted he cambiado la opinión. Sé que es tierno y gentil como una estrella que cae en la noche. Lo único que le pido en esta tierra es que colme de felicidad a mi querida hija”.

 

Ricardo Iribarren

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La Boda del Hombre Descalzo
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Fecha 15-mar-2014 22:24 UTC
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