NINGÚN RUÍDO, NI CANTO DE GALLO, NI LADRIDO (RELATO CORTO) Por Concha Nieto

 

 

Reseña de Concha Nieto

Por  Raquel Viejobueno

 

Poeta y escritora, colaboradora de revistas literarias, tertulias y conferencias.  Galardonada con varios premios literarios así como varias publicaciones.

¿Conocen ustedes la calma aquella que se apodera del momento? Quizá sea necesario despojarse, descubrir, o iniciar nuevos lugares, como el caso del remanso de la poesía de  Concha Nieto. NO se puede  hablar de poesía a de temática o de formas o ideas, ni siquiera de estilos a la hora de componer. Nieto es mucho más que eso, es una voz, simplemente que suena y llora en el gemido de ser pronunciada. Aquella que esconde los sentidos , el significado de la vida expuesta como frontera de la carne, colgada como signo de valentía, de no rendirse, de continuidad.

Concha Nieto es un todo que traspasa tiempos, es decir, voz intemporal donde las hubiera. Su humildad personal la hace componer a la orilla de un piano, con su lámpara de olor a jazmín, y reconoce las palabras del aire que suena, y las impregna de belleza, de nostalgia, de vida.

Una de las colaboraciones más maduras, sin duda, no en el tiempo, que es de todos, sino en sus instrumentos de partida, su oleaje que nos cubre y nos arrolla como una gigante ola desmesurada. Sus publicaciones  son poemarios que se acercan al alma, susurros lejanos que nos recuerdan quienes somos, como vagabundos que nos sentimos sin tocar la letra, y la vuelta a una valentía entre las manos de la poetisa, que vive, y sueña, como tal como tal con su polvo de estrellas pegado a la ventana, con el rabiar de los años, con el posicionamiento de no rendirse nunca ante la invisibilidad de los otros.

He leído bastante de Concha Nieto, en las noches sin luz, se me hicieron días, y en las que el reflejo era ciego me enseñó el camino de no detenerte nunca, no decir stop a una vereda que continuaba.

Es una voz que calma y arrulla, desde los temas sociales, hasta aquellos íntimos que se pegan a la piel y parecieran no querer  salir nunca. Es su voz un delirio de cordura  en la locura de los días triviales, de la cotidianidad de lo absurdo, en el simple paso del tiempo que lo deja a la deriva de una hoja de otoño cuando dice adiós a al árbol donde coqueteó con el viento. Así es Concha Nieto, ese detener para atrapar la vida y empaparte de ella.

Su voz, es sólo su voz.

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Concha Nieto

Ningún ruido, ni canto de gallo, ni Ladrido

(“Ningún ruido, ni canto de gallo, ni ladrido ” este título respeta el principio fundamental del taoísmo)

Desde el momento en el que decidió subir al monasterio de Xuan Kong Si, suspendido entre el aire y la montaña, estas palabras constituían en cada instante su único alimento. Era el último día en la casa paterna. Lee se levantó antes del amanecer. Antes incluso de que el del arcón de madera. En silencio y acunada por el débil resplandor de un candil, inició la ceremonia, la última ceremonia antes de su despedida. Lee se sentó en la banqueta, con la espalda recta, con las sombras cubriendo aún su cuerpo. Delicadamente, ungió la cara y el cuello con aceite de lino, después difuminó con una brocha de bambú la pasta de arroz sobre el rostro hasta dejarlo como la nieve antes de tocar el suelo. Dibujó con carboncillo el borde de sus ojos y por último trituró unos pétalos de cártamo y mojó en ellos el dedo corazón hasta que sus labios se tiñeron de rojo. Con movimiento lento y cuidado, se levantó como un junco mecido por el viento. La eternidad la esperaba.

Tomó delicadamente la falda entre sus manos, la acarició con sus   pies diminutos y la subió sin prisa hasta la cintura. Colocó el kimono azul con ribetes morados sobre sus hombros y con destreza ajusto el Obi sobre su cuerpo. Con dedos ágiles peinó los cabellos y los fue recogiendo en la nuca, sujetándolos con dos grandes agujas de marfil. Por último, se calzó las sandalias lacadas en negro y miró su imagen en un trozo de vidrio. Se asomó a la ventana y vio a lo lejos un leve resplandor anaranjado. El gallo cantó. El último canto del gallo para sus oídos. La última música al pie de los nenúfares. Estremecida, volvió a sentarse. Tomo la pluma y la tinta, se acercó a la mesa y con lentitud de anciana comenzó a escribir.

 

Mi amado y querido Herbé:

 

Estas serán mis últimas letras. Las últimas letras que te escriba. Después, el brazo del silencio me tomará de las manos y mis oídos ya no oirán más ruido que el de mis pasos y el viento. Ante tu recuerdo, me despojaré de las ropas y cortaré mis cabellos y en el frío azul de la distancia. Entornaré mi vida y haré de mi palabra agua que entregaré al caudal del río. Porque sin ti, el Sol es una máscara negra, un diminuto punto en el cielo, una flor expulsada a las profundidades donde sólo Yan Luo habita. No, no creas que estoy triste o que mis ojos se mezclan con los de la lluvia. No lo estoy porque tu piel me acompaña y mi boca tantas veces refrescada por la tuya se libera en el infinito universo de mis sueños.

Aquella noche, aquella rojiza noche de enero, sobre las sábanas de seda, me entregaste tu alma y la mía quedó en la tuya. Fueron tus manos volutas de humo sobre mi pecho que hacían crecer el rumor de mis labios y la espuma del reposo se convertía en caudal de lava que azotaba mis muslos. Como la letra de una canción antigua, mi amor cantaba ante el temblor del cisne y tú cuello firme y seguro se hundía lentamente en mi noche.

Viajamos juntos por las caderas de la luna y escondidos tomamos el agua que dejaban las grullas en la hierba y subíamos a la vida y a la muerte. Y  fueron la vida y la muerte quienes te entregaron al destierro y los cerezos se apagaron y el pensamiento buscó la forma del sueño para derribar la frontera que ahora nos separa.  Estoy dispuesta, sí. Estoy dispuesta a entrar en la voz de la roca desnuda. Con tu nombre invisible arañando mi lengua. Ofreciendo la sed de mi sangre al olvido del mundo y en la sed… subiré los cien escalones que separan el cuerpo del alma y oculta en el blanco incienso de las nubes, recostaré mi cuerpo en el duro camastro que ha dejado tu ausencia.

Así, tiza en el aire, dichosa del pan que comí, me entregaré por ti sin ti, al canto desamparado de las estrellas y ningún ruido, ni canto de gallo ni ladrido perturbará este silencio al que ahora me acojo. Apartada la tarde, desmenuzada la noche, escribiré en la piedra tu nombre y el mío hasta que el universo salino nos vuelva oleaje.

Y ya no seré herida ni cigüeña en el paisaje ni mancha en el pecho ni amor incurable. Libres como el fuego o la ceniza al viento.

Por Concha Nieto

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