CARTAS BUZONES Y UN VIEJO. Por Paloma Hurtado.

 

 

CARTAS, BUZONES Y UN VIEJO

 

 

 

En uno de esos arrebatos de sensiblería que últimamente le daban subió al desván y revolvió entre los trastos allí almacenados, hasta encontrar la caja. Aquella famosa caja de madera tallada que había recorrido media Europa con él y que guardaba en su interior sus más preciados tesoros. Acarició con suavidad la flor hecha con incrustaciones de boj, ébano y sándalo rojo. Sus dedos recorrieron las esquinas esculpidas por unas manos expertas hacía ya muchos años, reflexionó por un instante y antes de abrirla dudó.

Instalado ya en su sillón de orejas y calor de la chimenea, retiró con sumo cuidado la tapadera y al observar aquellas cartas vestidas de sepia por el tiempo, sintió nostalgia de aquellos días en los que el amor menudeaba entre sus misivas. Epístolas que le concedieron el mayor de los dones: la esperanza. Recibir una carta a vuelta de correo suponía auténtico interés por parte de la destinataria y eso era sublime.

Las fuerzas le fallaron y cerró de nuevo la caja. No tenía el coraje suficiente para enfrentarse a la relectura de todo lo que  entre sus maderas preciosas se guardaba. Sus ojos fueron cerrándose hasta caer sumido en un sueño hilvanado en recuerdos y vivencias de un tiempo pasado.

Quizá sólo habían transcurrido tres minutos desde que cayó dormido, quizás fueran cien, pero allí, en su mundo onírico se sentía de nuevo joven y capaz de mover montañas. Esa extraña relación que a veces se establece entre la vigilia y el sueño, ese duermevela plácido que reconduce los recuerdos, se encargaba de desempolvar esos momentos maravillosos y lejanos en que la felicidad iba en su equipaje de mano.

Decidir sumergirse en el mundo de la memoria tiene sus riesgos, hay que hacerlo con la mirada inocente de un niño para evitar que nos hagan daño, porque aunque normalmente recubrimos los malos recuerdos de una pátina que los desfigura, siempre existe la posibilidad de que alguno de los que se escondieron en los más insólitos rincones, salte al escenario de nuestra realidad y nos haga revivir la misma desagradable sensación de antaño.

Por eso, entre sueños es más sencillo abrir la puerta de atrás sin hacer ruido, y de puntillas entrar en el desván de las remembranzas.

Su caja de madera era el pasaporte, no necesitaba visado, que los acuerdos entre el país de las evocaciones y el del los ensueños incluían un tratado de libre circulación.

Cartas y sobres matasellados testigos de toda una vida, cartas que recorrieron buzones de Correos a lo largo y ancho del mundo en el que le tocó vivir. Papel y tinta, palabras llenas de vida que crearon las páginas del libro nunca encuadernado de sus recuerdos. Esos salvoconductos a la felicidad que fueron acumulándose en su mente como las hojas caídas cuando el otoño viste de amarillo las calles, y que como ellas al ser revueltas por el viento, liberaban el perfume del pasado.

La nebulosa que le rodeaba, se abría poco a poco dejando paso a un sol radiante. En medio de la calle aparecía su figura corriendo hacia el buzón de la esquina con una carta en la mano; antes de enviarla depositaba un beso en el sobre. La distancia que le separaba de aquella mujer de ojos ambarinos propietaria de su alma, se reducía simbólicamente con cada misiva. Desde hacía unos meses el ritual se repetía invariablemente, y la espera entre cada escrito se hacía eterna. Cosas del amor.

Dedicarse de manera profesional a la fotografía fue una decisión largamente meditada porque suponía una aventura con final incierto. Su trabajo en la notaría le proporcionaba seguridad y tranquilidad, pero una vida sin algo de emoción era como un cava sin burbujas. Y él quería beberse hasta la última gota de una vida chispeante. El pliego con la renuncia sellado y firmado, también había encontrado acomodo dentro de aquel pequeño cofre de aromática madera.

La única fotografía contenida entre las cartas que ahora reposaban sobre su regazo, también desfiló entre los recuerdos que se iban amontonando a las puertas de su memoria. La veía tan bonita como entonces, con su pelo cortado a lo garçon,  y su boquita de piñón haciendo un coqueto mohín a modo de sonrisa. Y lo mejor es que aquella foto intrusa no había salido de sus manos. Fue un regalo que ella le envió. La preciosa imagen se había ganado el derecho a ser guardada entre tanta palabra justo por ese adorable guiño que seguía derritiendo sus sentimientos.

Su primer galardón, aquel certificado que le reconocía como ganador del premio de fotografía de paisaje, también tenía su hueco. Nunca imaginó que aquella estampa bucólica fuera la elegida. Más adelante se unieron otras dos distinciones, pero la primera fue como casi siempre son las primeras veces, especial.

El que guarda, halla. Preciosa sentencia de sabiduría popular que ahora más que nunca se hacía realidad, preservar del tiempo y sus estragos tantas vivencias le había llevado  a incluir en su cofre del tesoro los pequeños hitos que a modo de cincel dieron forma a su vida.

Entonces, aprovechando un descuido en su atención, se presentó ante sus ojos aquel documento que le consignaba heredero de los bienes de sus padres. Todavía conservaba el sobre con un Lérida desteñido. Allí, una lluviosa tarde de invierno, el coche en el que viajaban para celebrar su aniversario de bodas se precipitó al vacío. Le costó mucho asimilar su pérdida, lo inesperado de la situación le bloqueó durante mucho tiempo. Del tiempo dicen que todo lo  cura, pero la rehabilitación completa tardó en llegar. El dolor nunca es buen recuerdo.

Una factura amarillenta, dentro de otro sobre con un sello de color verde y con las palabras estado español y correos medio borrosas entre la tinta del matasellos, le trajo a la mente la compra de su primera Leica, con ella entre las manos pasó alguno de su mejores momentos. Fue sin duda la gran compañera fiel en sus primeras incursiones por el extranjero, en ese instante una fugaz imagen de la playa de Le Havre desierta un día de invierno pasó ante sus ojos, volvió a sentir el viento helado y respiró de nuevo el aire impregnado de agua salada. Si el azar guiaba sus pasos para realizar un nuevo reportaje, le estaba profundamente agradecido por transportarle otra vez hasta aquella noche en Venecia cuando vio  la luna reflejada en el Gran Canal.


Mundología a raudales.

Un dibujo con un gran ‘para el mejor padre del mundo’ firmado por Luis, plácidamente instalado al lado de otro sin leyenda y rubricado Ángela, trajeron una sonrisa a sus labios, al evocar las tardes en que juntos dejaban correr las horas pintando. Recibió aquellas pinturas cuando estuvo en París.  En la infancia de sus hijos su presencia tuvo lagunas, algunas de mayor profundidad de lo que a él le hubiera gustado. Aquellos humedales en los que  desaparecía, los desecaba en parte con las cartas que ambos le mandaban y que él respondía a vuelta de correo. La voz a través del teléfono se esfumaba con prontitud, pero aquellas letras escritas con lápiz todavía seguían vivas hoy. Si de algo estaba orgulloso con respecto a sus hijos era de haberles enseñado el poder de las palabras, el valor de la comunicación.

Ese sistema de intercambio de sentimientos todavía hoy lo practicaban, y de cuando en cuando se sentía el hombre más feliz del universo, al encontrar en su viejo buzón una carta de alguno de ellos.

Inmerso aún en el sueño liviano del duermevela seguía conjurando rememoraciones, ahora le tocaba el turno a algo olvidado por completo. No conseguía recordar porque su mente había traído ante sus ojos aquella entrada de teatro. Pero un parpadeo rápido aportó luz a su oscuridad. La palabra Barcelona en el matasellos del sobre le transportó de nuevo a esa localidad del patio de butacas,  desde la que presenció el estreno como director de teatro de un buen amigo. Aquella tarde disfrutó con el éxito cosechado por él y comprobó en primera persona que los sueños se cumplen.

De nuevo la tristeza se apoderaba de su ser, un sobrecito pequeño con sus bordes teñidos de negro le hizo sentir de nuevo el abatimiento y desconsuelo que ya vivió una vez. Cuando te quedas sólo, cuando sólo queda de ti la fachada porque tu interior ha desaparecido por completo arrastrado tras el vuelo de su alma, lo único que deseas es desplegar tus alas y volar a su encuentro. No pudo soportar tanta amargura ni siquiera entre sus sueños. Despertó.

Y se vio allí cubierto por su manta y con la tapa de su caja abierta y un montón de sus tesoros esparcidos por la alfombra.

Según iba recogiéndolos, una sonrisa se dibujaba en su rostro. No sabía muy bien cómo pero aquellos recuerdos tenían aromas de casa recién ventilada, de  aire fresco. Sólo su color amarillento en muchos casos denotaba su edad, sin embargo en su mente aparecían como si los acabase de repasar, una vez más. La mente humana le sorprendía.

Subió de nuevo al desván y guardó su preciada alhaja, según bajaba las escaleras sintió una especie de premonición que generó la imperiosa necesidad de abrir su buzón y hacia él se dirigió al paso más rápido  que sus torpes piernas le permitieron. Lo abrió y  allí, camuflada entre un montón de propaganda, entre las facturas de la luz y el teléfono se encontraba una carta de su hijo. Le escribía desde Roma.

Puso la mano encima del buzón que con sus desconchones en la pintura, evidenciaba el paso del tiempo y como quien habla a un camarada le dijo:

-Resiste compañero, reivindica tu derecho a mantenerte vivo y pide que los humanos no renunciemos nunca al placer de enviar y recibir sentimientos con matasellos de Correos.

Las noticias que su hijo le enviaba eran inmejorables, llegaría en dos semanas y al parecer tenía algo muy importante que comunicarle. Sonriente introdujo de nuevo la cuartilla en su sobre y subiendo el cuello del batín para evitar un poco el frío, se dirigió de nuevo hacia la escalera.

Seguiría abriendo su buzón, ese ritual le mantenía vivo.

 Manías de viejo decía su vecino cuando coincidían en la calle, pero él sacudía su cabeza y le corregía: manías de viejo no, manías de adolescente, que soy adicto a los buzones desde que era un chaval y pienso seguir siéndolo hasta que me muera. Y con una sonrisa dibujada en la cara acariciaba su deslucido buzón.

 

 

 

                                                                                             Quien tú quieras