ACTUALIDAD, PENSAMIENTO, POLÍTICA — 28/06/2013 at 07:51

MÁS ESTADO. Por Gabriel Alcolea

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Contra los sistemas o diferentes modelos de gobernación impuestos en los últimos tiempos, con especial incidencia en las tres pasadas décadas por las ideas de los grupos o partidos de corte social-demócratas, liberales, conservadores o como mal pretendan insinuarse ante los ciudadanos, hemos de reclamar urgentemente la presencia de personas, hombres y mujeres, que tengan por meta o fin la consecución de un logro solidario, de unidad y de justicia común.
Es ahora, cuando de aquellos polvos hemos podido constatar la malicia de los actuales lodos, cuando hemos de apartar de la vida política del país a los profesionales y partidos que no antepongan la estabilidad colectiva y una mayor igualdad social entre los ciudadanos. Es el momento de demandar, con la gravedad que el asunto requiere, la presencia de verdaderos estadistas que hagan del Estado el máximo exponente de la libertad, la igualdad y la solidaridad. Que conviertan en realidad y no de forma virtual como hasta ahora viene sucediendo, que el Estado español sea social y democrático y, además, de Derecho. Desde el segmento más humilde hasta sus élites económicas o financieras.
El fracaso sin paliativos ni subterfugios de los distintos sistemas -que, en verdad, se trata casi del mismo, sea quien sea el partido que gobierne- aplicados hasta la fecha deja a los pies de los caballos esas ideas trasnochadas y anacrónicas que dejan descontenta y maltrecha a la mayor parte de la sociedad. Esas técnicas de gobernanza en favor de las clases privilegiadas han de ser aparcadas definitivamente en pos de formas de gobierno donde prime una mayor igual social y una mejor redistribución de las rentas, riquezas o bienes comunes.
Necesitamos más Estado. Un camino y un edificio en común que no deje indiferente a nadie, ni deje tirado en el camino a cualesquiera de los componentes que lo forman. Un Estado que persiga una convivencia y un quehacer social, material o económico, regulando las medidas precisas para que nadie pueda aprovecharse desde una posición de trato o privilegio y que basado, no ya en el imperio de la Ley, sino en el de la equidad, la justicia o el Derecho natural y en el premio o recompensa al desarrollo, buen hacer y el esfuerzo común y solidario.
No estamos necesitados de políticos burócratas o de simples gestores tecnócratas o administrativos que es lo que determinados poderes fácticos tratan -por las buenas, por las malas o con auténticas falacias- de imbuir en nuestras sufridoras mentes, atareadas la mayoría de ellas, en buscar los medios para poder llegar a final de mes. Técnicos, peritos, contables, economistas, financieros, especialistas, etc. sólo tienen que hacer su papel en la sociedad en tanto en cuanto sea necesaria su colaboración, trabajo o presencia, pero jamás para establecer la estrategia y la táctica de cómo gobernar una sociedad, un Estado. Los políticos han de ser estadistas y los estadistas deben cuidar de la política del Estado.
Necesitamos un Estado fuerte, robusto y de verdad democrático, donde la igualdad de oportunidades sea normal y colectiva. Donde sea cierto aplicar la máxima de que la Justicia es igual para todos. Donde no tengamos que tener remordimientos o justos deseos de reivindicación o resarcimiento social. Donde las trampas, la corrupción, las injusticias de todo tipo sean debidamente perseguidas y no queden sin castigo. Donde la especulación de cualquier tipo, la explotación de las personas, la malversación, la ignominia, la prevaricación, la pobreza, el amiguismo, la dedocracia, el capitalismo salvaje y tantas y tantas iniquidades y vilezas, tan normales en estas épocas, sean sancionadas por la sociedad en pleno y sin piedad alguna.
Esto no es una utopía. No es un sueño imposible. No es una una ficción. Tal vez tenga algo de ilusión ciertamente complicada de llevar a la práctica, pero lo hemos de intentar por bien de la mayoría. Y para ello, sólo hacen falta dos premisas: una, hacer las cosas justo al revés de como se están haciendo. Dos, echar a la política actual y a los políticos que han mancillado ese noble arte al baúl de los recuerdos.
No queda otra, salvo seguir como vamos…o peor.

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