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CAMINANTE, ESTAMOS HACIENDO CAMINO. Por Ana González

No nos faltan los motivos para la indignación, pero lo que necesitamos son soluciones para avanzar y salir de esta podredumbre democrática, y del empobrecimiento, en derechos y posibles, de las personas que la componen.

La resistencia que nos toca ahora se debe trasladar a nuestros movimientos: bancarios, con los alimentos, la ropa,…

Tenemos mucho más margen de maniobra del que creemos. Pero, una vez más, la clave, la esencia, es la unión.

Somos el 99%. Somos fuertes y, juntos, sí se puede.

Madrid, 22 de julio de 2013

NECESITAMOS UN MUERTO. RELATO CORTO. Por Raquel Viejobueno

 

 

 

 

Se caían las ganas por las alcantarillas, como si fueran aguas torrenciales, dispuestas a perderse en un abismo sin retorno. No, no había nada de  donde extraer algo de fuerzas. El Decreto se había hecho público en la gran Plaza de la capital. Ya no se podía contabilizar los días que se perdieron entre manifestaciones y reuniones clandestinas. Germán continuaba en la misma postura. Sus ideales se caían como piezas de rompecabezas desarmadas, puestas al borde de la mesa, tiradas por un viento indomable, poseedor de todos los poderes del mundo.

Faltaba poco para la reunión en casa de Antonio. Se solían juntar pasada las siete de la tarde. Nada podían hacer desde la noticia por los medios de comunicación. El Decreto los dejaba desnudos, frente a un muro de fusilamiento de libertades e ideas, sin saber como taparse los ojos y rezar para que fuera un sueño. No quedaba más que reunirse y esparcir, de buena gana, las desilusiones encima del tapete, era como un juego de cartas, todos esperaban que alguien tuviera un as bajo la manga.

El país llevaba varios años cayendo como una pequeña pelota al fondo de un pozo, sin hacer ruido, silenciosa como los pasos de una niñera viendo dormir a un bebe. Era eso, el silencio de la indiferencia, el trato de despotismo, las ilustraciones de una  imagen que estaba difusa frente a la pared que se quedaba perpleja.

Desde las calles céntricas, en ellas, sobre ellas, yacían monigotes envueltos en cartones, vestidos con la desnudez del frío, y consumidos en un deseo por aliviar el hambre y la vergüenza. Al otro lado, los escaparates, decorados, ropas multicolores, abalorios exquisitos, con sus precios en euros, comida impolutamente colocada. Eran para otros, para el poseedor de la suerte.

Germán solía levantarse pronto, era una costumbre adquirida después de haber estado trabajando más de treinta años, su cuerpo no se adaptaba a la situación de no saber por donde andar, ni a donde ir. Sobre las siete de la mañana se tomaba un café, con un colador ennegrecido y medio lleno de posos  de varios días, echaba agua para ver si de ellos podía sacar algo más, y desde allí, veía desde la ventana la marcha desganada de las mujeres hacia la parada de los autobuses. Algunas se detenían en los cubos de la basura más próximos y miraban, primero desde lejos, luego, poco a poco, se iban  acercando y rebuscaban en sus alrededores, a los pocos minutos, tenía las manos dentro, y rascaban con la suerte de encontrar algo valioso. Poco quedaba. Eran tiempos que no se tiraban nada, ni las sobras, porque no sobraba, ni las ganas, porque no existían, sólo la miseria de uno mismo colgaba para airearse en las cuerdas de la ropa, pero ni el tiempo acompañaba. Hacia frío, una llovizna impregnaba todo y los ánimos empapados en desidia no se secaban.

-       No tenemos salida- musitaba Germán para él mismo.

No, claro que no, las salidas las habían tapado con la tiranía y las leyes absurdas de poner al pueblo en la cuerda floja.

-       ¿Hasta dónde llega el mundo? – se dijo Germán, mientras tomaba el agua con un leve color amarronado.

Nadie contestó, nadie se atrevía a responder. Todo eran deseos de luchar una guerra, donde estaban perdiendo, poco a poco, todas las batallas.

Sonó el teléfono, un ruido desagradable, un pitido en el oído, un silencio que se llenó de nervios. Germán contestó.

-       Sí.

-       Buenos días, Germán Rodríguez Sarmiento.

-       Sí, el mismo. ¿Quién habla?

-       Somos de la compañía telefónica. Queríamos comunicarle, que después de varios intentos de comunicarnos con usted por carta, y no haber obtenido respuesta, nos vemos obligados a cortar la línea por fata de pago, comprenderá…

El aparato quedó muerto encima de la mesa. Germán lo depositó sin ninguna desgana. Se dio la vuelta y continuó observando el mundo desde la ventana sin limpiar, desde el cristal donde se consumían las gotas de agua, desde donde su mundo se desmoronaba como un juego de naipes.

-       Serán gilipollas. Y ¿y qué más da?

Dejó la taza en el fregadero, allí se acumulaban otros cuantos utensilios de cocina, tenían aspectos de haber dormido varios días entre restos de comida y horas moribundas. Allí reposarían, de nuevo, otro residuo más de sus días de lentitud y de la insoportable levedad de la realidad.

Se vistió. Escogió unos pantalones vaqueros y un jersey negro de cuello alto. Se dio cuenta que no tenía mucho que elegir. El armario, con una sola puerta, vestía desnudo su vacío de ropa. Se puso los zapatos desgastados por los lados y se ató, como pudo, los cordones roídos por el tiempo. No se dijo nada, no gesticuló ni una sola mueca de impaciencia. Tenía asumida la situación, aunque en lo más hondo se resignase a perder toda esperanza.

Hacía varias semanas que el nuevo Decreto había causado estragos. Los habitantes de la capital, y del país, estaban sumidos en una perplejidad sin medida. No podía ser, otra ley donde los empujaba, si cabe, más a la pared pegajosa que les dejaría sin poderse mover,  de la miseria, al pozo sin retorno. No, no había escapatoria esta vez.

Germán se quedó inmóvil, de pie. No quiso respirar, pensó sarcásticamente que hasta el aire costaría dinero, ese dinero que no se encontraba ni debajo de las piedras.

Salió a la calle. Estaba dispuesto a encontrar una solución de inmediato. Caminaba con la cabeza semi escondida entre el cuello del abrigo de paño. Los pasos no sonaban, sólo se oía el ruido de la ciudad que despertaba otro día más. Mientras caminaba se le venía a la cabeza miles de ideas, muchas de ellas absurdas, otras puestas al límite de la desesperación.

Continuó caminando, la ciudad parecía un monstruo desnudo, con grandes colmillos. No quiso mirar al frente. El cielo continuaba pesado. El día con una suave llovizna empapaba el sentido, la esperanza.

 

Se dirigió al centro de la ciudad, por una de las calles angostas. El empedrado del pavimento dificultaba el andar, entre las grietas del suelo se podía ver la suciedad de muchos días acumulados, quizá meses. No le importó, tampoco reparó en la cantidad de personas que hacían cola a la puerta de una iglesia. Todos llevaban bolsas vacías con la esperanza de llenarlas, pero hasta dios parecía tener un Decreto, y muchos de ellos salían de las enormes puertas de madera con las manos igual que habían entrado. Una mujer con varias faldas puestas, se intentaba arropar de la llovizna escurridiza que se guarecía en las alcantarillas como sutiles hebras de agua. Llevaba plásticos en la cabeza y estaba sentada en un cartón doblado, que le daba un aspecto único. Parecía un naufrago, en su barca figurada recorriendo los suburbios de la ciudad, la letanía de voces pegadas en las fachadas. Nada, parecía no haber nada tras ese aspecto, y se escondía un mundo de miseria y ansiedad que se dibujaba en sus uñas mordidas por el hambre y la desgana. La vida pesa, pesa, ese era su logotipo pincelado en un rostro que no tenía años, en una piel sin arrugas, donde las brechas del dolor se aliaban dejando sombras a las luces del día plomizo.

Germán no miraba. Tenía grabado en su memoria el escenario de la obra de teatro. Siempre eran los mismos personajes, siempre los mismos caídos. Siempre y un siempre moribundo que se clavaba en la falta de esperanza de la misma clase social.

Las fachadas de algunos edificios estaban pintadas con insignias, otras empapeladas con enormes carteles, donde el pueblo se levantaba y gritaba en una voz consumida por la indiferencia.

Por un momento no supo dónde ir. Todas las callejuelas conducían al mismo lugar, a la enorme plaza de la capital. Allí se encontraba un escenario y unas vallas metálicas protegiéndolo. Era lo único que quedaba de los mítines sindicalistas. Hacía semanas que no se utilizaban, el penúltimo Decreto los había dejado a todos fuera de juego. El diálogo era una quimera que sonreía desde la lejanía más absurda. Parecían haberse rendido al destino, a la injusticia. Sólo quedaba alguna bandera donde se podía leer “justicia para el pueblo”, algo descolorida por el lavado del agua caída.

Germán prosiguió caminando sin dirección intentando organizar en su cabeza las ideas. Se paró en los escaparates de los grandes almacenes. Vio la ropa colgando de los esbeltos maniquís, maquillados, perfectamente coordinados con todos sus complementos. Le resultó curioso que tuvieran un aspecto mucho mejor que cualquier persona. Se retiró y los observó desde un ángulo distinto. Parecían humanos expuestos, sin vida, un escaparate real, de una sociedad que la estaban hundiendo. Un muerto colocado para demostrar que había existido, que era ese tipo de personas las que estaban buscando. Sí, se dio cuenta de inmediato que los Decretos resultaban como bombas para ellos. Un escaparate. Se quedó pensando. Se mordió suavemente la punta del dedo pulgar. Se echó el pelo enredado hacía atrás y pensó. La fina lluvia continuaba cayendo, se quedaba colgada haciendo malabares en su ropa. No le importó, sólo era agua, el agua lo lava todo, incluso la conciencia, la memoria, la osadía.

Continuó alejándose unos metros. Allí, casi en mitad de la calle se dio cuenta que deberían desplomar el escaparate, el de ellos, los que llevaban la soga y pretendían ahogarlos con papeles y leyes. Volvió a andar los mismos pasos y regresó por el mismo camino. Era pronto, pero tenía que ver a Antonio, para decirle que tenía una idea. Debían hacer algo que hiciera tambalear el enorme escaparate, tenían que transformar su imagen perfecta en otra difusa, para ello necesitarían hacer algo lo suficientemente importante como para hacerles temblar.

Aligeró el paso. Hubo por momentos que no se dio cuenta que dejó de llover. En un rincón del cielo parecía que el Sol se esforzaba por romper el ladrillo perfectamente construido por las nubes. No se percató del niño con un perro diminuto que estaba pidiendo haciendo malabares en la esquina de un edificio, ni de los cuatro coches de policía aparcados en frente de un portal, ni de la mujer que discutía con un señor y le insultaba sin compasión. Iba caminando con el único objetivo de encontrarse con Antonio y creer tener la solución para recuperar la dignidad perdida.

Atravesó las calles, varias, hasta llegar a un portal donde se dejaba ver el número 8 algo oxidado. De alguna de las terrazas colgaban sábanas empapadas de finísima lluvia caprichosa. Al otro lado un agente escribiendo en su cuaderno de multas. Llamó al portero automático. Una voz electrónica se oyó.

-       Sí.

-       Soy yo Antonio, abre.

La puerta emitió un sonido punzante y Germán empujó hasta conseguir despegar el pestillo.

El portal era pequeño, rectangular. En muchos buzones se veían acumulada la propaganda de varios días. En otros no se podía leer con claridad los destinarios. Las baldosas estaban dibujadas con minúsculas piedrecitas. A la derecha se alzaban las escaleras, algunos peldaños estaban desgastados y terminaban en una barandilla carcomida por los días tediosos de la dejadez. Un pequeño espacio inservible a la izquierda tenía aspecto de  cuarto oscuro. Dentro de él, casi al fondo un cubo de basura se dejaba ver como si se tratase de una exposición. Se dirigió hacia las escaleras, y subió hasta el segundo piso. Una puerta entre abierta le indicó que Antonio le daba paso para entrar a su casa. La empujó. Dentro no había casi luz. Tuvo la sensación que hacía más frío que en la calle. Cuando estuvo dentro cerró la puerta tras de sí.

-       Antonio – dijo con una voz medio apagada.

-       Estoy en el baño, entra y siéntate. Estela está en la cocina por si quieres compañía.

-       Anduvo unos metros hasta llegar a la cocina. Una mujer de mediana estatura estaba partiendo en trozos muy pequeños un pollo. De él hacía montones. Germán los contó. Llevaba siete.

-       Buenos días Estela.

-       ¡Ah! Germán no te oí entrar.

Se acercó a él y le dio dos besos, uno en cada mejilla.

-       ¿Cómo estás?

-       Bueno- dijo Germán- no te puedo contar ninguna novedad.

En una cazuela se estaban cociendo varias hojas de verdura, pensó que eran acelgas. Flotaba una pequeña patata redondeada entre ellas.

-       ¿Y vosotros?

-       Igual, continuamos igual. Antonio se va por las mañanas para intentar encontrar algo de trabajo, pero está todo cerrado. Después del Decreto, los medianos y pequeños empresarios han tirado la toalla. Nada pueden hacer.

-       Sí, la cosa se pinta fea.

-       Muy mal Germán. Mal. Los niños van a la escuela día sí y día no. La falta de profesores está obligando a suspender las clases, y parece que nadie se da cuenta de eso.

-       Si se dan cuenta Estela, sólo que ellos no lo sufren. Siempre somos los mismos. A  lo largo de la historia de este país, o de cualquier país ha sucedido lo mismo. Es como estar en una jaula y no poder moverte. Lo peor es que no te dan opción ni siquiera a cambiar de jaula.

-       Eso te iba a comentar. A lo mejor la solución está en la emigración, pero ni siquiera tenemos para poder comenzarla.

-       Bueno, vosotros por lo menso coméis pollo, eso en estos tiempos ya es un lujo.

Estela esbozó una sonrisa perforada por la sorpresa. Se peinó los mechones que le colgaban por los lados de una coleta de caballo despeinada y descolorida por los tintes.

-       No Germán, no es tan fácil. Mira cada montón de estos pedazos son las raciones que tenemos para cada día, y somos cuatro. Esto que ves es para toda la semana. Lo que ves en la cazuela es un puñado de verdolaga que me atreví a coger de los jardines del portal de atrás. Dicen que en la antigüedad la utilizaban para hacer ensaladas y pensé que no podría estar muy mala con un trozo de patata y algo de ajo.

Germán se quedó cayado, para él era un manjar. Llevaba días comiendo algún que otro trozo de pan mojado en su café descolorido. Sin duda era toda una delicia para su estómago.

-       Comprendo – musitó.

-       ¿Un poco de café?

-       No, no te preocupes.

-       ¡Oh vamos! Todavía tenemos algo del que nos regalaron en aquella reunión que fuimos el mes pasado. ¿Con azúcar?

-       Bueno, un ofrecimiento así no puedo rechazarlo.

Estela se dio la vuelta y abrió una de as puertas de los armarios. Por la parte inferior se quedó suspendida en el aire.

Cogió un azucarero de plástico y con una cucharilla echó el azúcar en la taza destinada para Germán.

-       Y, ya- dijo este- no me eches mucho, que se va sino el sabor del café.

Estela esbozó una sonrisa como si fuera hecha de cartulina.

Antonio apareció por la puerta con su característico andar. Los hombros hacia delante y un paso lánguido y lento.

-       Buenos días compañero. Se estrecharon las manos.

-       Cada día te levantas más tarde- Germán sonrió desde su cuello de la camisa.

-       Bueno, esto comienza a ser algo normal. El cuerpo se acostumbra a no hacer nada.

-       Sí, pero de normal nada. He venido porque quiero comentarte algo.

-       Dime.

Germán se quedó callado y sorbió un poco de café. Antonio se dio cuenta enseguida que deseaba discreción y un lugar más cómodo para hablar de lo que resultaba una cocina.

-       Ven vayamos al cuarto. Allí ya me cuentas.

Salieron  y Estela quedó dando vuelta a la verdolaga que, poco a poco, iba cogiendo  aspecto de verdura tradicional.

Se sentaron en un sillón a cuadros blancos y negros. No había reposabrazos, o mejor dicho el cojín del reposabrazos no existía.

-       Tranquilo- dijo Antonio- se lo comió el perro. Lastima de animal, al final vio sus días más pronto de lo que esperábamos. Fue imposible operarle. No había guita, y sin guita, ya sabes, nada se puede hacer. Tuvimos que dejarlo allí. A saber que hicieron con él. Los chicos se creen que se fue con una novia que le buscamos. Fue lo único que se nos ocurrió. Cuando se tiene hijos, es como estar en arenas movedizas, te sientes francamente vulnerable a cualquier cosa que les pueda suceder. La solución, me di cuenta, hace muchos años, es inventarse la vida. Sí Germán inventarse la vida.

-       Me imagino, me imagino. Esta situación ya es insostenible. Ayer recibí una llamada de Alianza Obrera, el sindicato mayoritario que rige parte de los convenios colectivos. No me dio buena espina, están totalmente parados, quietos.

-       Claro hombre, ¿qué quieres qué hagan? Ha  llegado un punto en que lo único que se hace es salvarse el propio culo. Este país no hay unión. Lo que uno hace, el otro quita, lo que uno utiliza, el otro lo desprecia. Reina el individualismo, y así nada se puede hacer.

-       Ya, llevas razón. Escucha, esta mañana he estado dando una vuelta. He llegado a la Plaza, allí arriba, donde dejaron el escenario de títeres y marionetas. Y no sé por qué razón se me ocurrió algo, sí, mirando un escaparate. Deberíamos de juntas a todas las fuerzas populares y hacer algo grande, algo que los deje desnudos, como a los maniquís que he visto esta mañana. Este gobierno tiene mucho de presencia. Algo que les haga pupa.

-       Sí, no estaría mal, pero ¿qué? Hemos probado todo y los Decretos no han dejado de sucederse en los últimos meses. No funciona nada del país. La sanidad ya no existe, ahora si estás enfermo tienes que acudir a una clínica privada y pagar. No te hablo de la educación. Mis hijos me cuentan cada cosa que me quedo sin palabra. Los empresarios no invierten, aquí no. Se han dado cuenta que es tirar el dinero. Mantener una empresa cuesta mucho, y los beneficios siempre son para los mismos.

-       Sí, pero nada se puede cambiar. Los Decretos los hacen para que no podamos hacer nada. Desde un punto de vista legal, son legales y se pueden hacer, y mira si lo hacen. No, yo no me refiero a eso. Necesitamos algo que conmocione a la opinión pública, que los deje en evidencia.  Necesitamos un muerto.

-       Que necesitamos ¿qué?

Antonio echó una carcajada.

-       Mira macho, de verdad que es muy bueno lo tuyo.

-       No, no es ninguna tontería.

-       Si bueno, ¿y de dónde sacamos un muerto?

-       Creo que sería bueno. Debe suceder algo que la opinión pública se conmocione, no sólo a nivel nacional sino internacional. Es así.

-       Sí, sí, pero sigo preguntándote lo mismo ¿de dónde sacamos un muerto?

-       No sé Antonio, no sé. Quizá sea una locura, como consecuencia de mi situación. Estoy francamente desesperado. No sé qué hacer. Esta mañana me han llamado los de la compañía telefónica. Ya me han comunicado que me van a cortar  la línea por falta de pago.

-       Bueno, si es el teléfono sólo. Nosotros no tenemos luz desde hace varios meses. Y como sigamos así, hasta el gas no vamos a poder comprarlo. La comida la catamos de refilón como se suele decir, y siempre prefiero quedarme con gusanos en el estómago, antes que mis hijos los tengan.  Te diré algo, en la situación que nos encontramos, toda idea es buena. Parece una locura visto desde un ángulo racional, pero creo que ya nadie tiene razón, ni ética y mucho menos humanidad.

-       Sí, cada vez hay más gente durmiendo en las calles, pidiendo, mendigando. No sé Antonio. Lo que tú digas.

-       Es interesante que llamemos a los dos grupos que están en activo todavía. Déjame que me ponga en contacto con ellos.

Pasaron unos días hasta que Antonio pudo barajear las cartas y ponerlas boca arriba. La suerte estaba echada. El próximo día veinticinco se había convocado una manifestación con el único objetivo de protestar por la situación del país. Los medios de comunicación lo repetían una y otra vez en las noticias. Los periódicos, dependiendo de sus tendencias, lo criticaban mientras otros lo apoyaban. El Ejecutivo hablaba utilizando palabras vacías. Desde su pedestal intocable lanzaba sarcasmos e ironías contra las revueltas organizadas. Las calles se decoraron con estandartes de protesta. Las líneas de transporte siguieron el apoyo de las únicas fuerzas activistas para el trabajador.

Familias enteras se asomaban a los balcones viéndola preparación de l recorrido de la manifestación fechada para el próximo veinticinco. Algunas cadenas de televisión internacionales daban la noticia como la última oportunidad para un pueblo arrinconado en el paredón de fusilamiento. Los ancianos se sentaban en los bancos los pocos días de Sol para cargarse del poco calor que otorgaba en los días de invierno. Se asemejaban a placas solares que se recargaban para tener energía en las horas de escasez.

Germán pasó los días hasta la fecha pactada sin salir de su casa. Las cortillas caían como racimos de una vid amputada. Ya no le quedaba café, ni siquiera los posos, y se conformó con beber agua y tomar alguna que otra infusión que recogía de los restos de los establecimientos de hostelería de los alrededores.

A cabo sin luz, pasado diez días, sin teléfono y en poco tiempo previó que el gas se le agotaría, y se tendría que conformar con frotarse las manos y acurrucarse en la cama como un despoja mal nacido.  Sintió miedo, y dejó los ojos cerrados hasta que el tiempo decidiera abrirlos.

El día veinticinco apareció una mañana soleada de invierno. La gente comenzó a juntarse varias calles más debajo de la plaza principal. Miles de personas de diferente índole se quedaban parados en medio del asfalto esperando comenzar a caminar y llegar a su destino.

-       Germán, Germán- se oyó una voz lejana.

-       Antonio, acabo de llegar. Parece que la gente ha hecho caso al llamamiento.

-       Sí bueno, esperemos que no se vayan al final y que podamos hacer algo. Tengo todo preparado. Intentaremos que resulte.

-       ¿Hablaste con Tomás?

-       Sí claro. Su grupo estás preparado. Cuando le dije la idea se sorprendió igual que yo cuando me la dijiste, pero la verdad, es que luego. Bueno, tenemos que intentar todo.

-       Ya bueno, esperemos que resulte, y que sobre todo sea creíble lo del muerto.

-       No te preocupes, esta gente es profesional, saben lo que se hacen.

A medida que iba pasando el tiempo la gente continuaba llegando de todas las direcciones. La ciudad parecía una colmena con todas sus obreras dispuesta a atacar. El enemigo, camuflado en trajes y corbatas, una comadreja dispuesta  a atacar.

La marabunta de personas comenzó a moverse. Poco a poco fueron recorriendo las calles. Los pequeños establecimientos estaban cerrados, y el tráfico había sido cortado. Las pancartas y las banderas ondeaban en un viento que no quiso aparecer en un día que era necesario que estuviera. Paso a paso fueron llegando hasta la plaza. Antonio y Germán iban juntos. Los grupos activistas encabezaban la manifestación. Algún que otro megáfono se oía, repitiendo, una y otra vez, los derechos de los ciudadanos. Un helicóptero sobre volaba los cielos como un abejorro en busca de un bella flor para extraerla el polen. Germán se sentía nervioso. La idea fue suya, pero no estaba seguro de lo que iba a suceder. La imagen de la cabeza de un muerto le dio miedo y vergüenza, ahora,  in situ, de haberla tenido. Antonio no le había dicho nada de cómo iban a desarrollarse las cosas. Los líderes de los grupos actuaban con mucha discreción. Él sólo era una pequeña pieza de un puzle que no se terminaba de armarse. Todos se unieron a la manifestación, las personas que pedían en la iglesia, aquellos que dormían en cartones,  los que no dormían porque les quitaron hasta el sueño. Se veían jóvenes con las manos alzadas, gente mayor con sus banderitas moviéndolas de un lado hacia otro, parejas abrazadas al unísono del miedo y la inseguridad. Grupos de  chicas pintadas el rostro con pintura blanca en señal de trasparencia. Mujeres de todas las edades, hombre solos, otros acompañados, algún que otro niño encima de los hombros de su padre.  Se veía a un pueblo caminando.

Llegaron a la plaza. Cientos de furgonetas brindadas les estaban esperando. Un cordón policial rodeaba toda la plaza. Las manos seguían levantadas, los megáfonos sonaban, se oía un clamor moribundo que fue cogiendo fuerza y consiguió levantarse en la mitad de la plaza.

Allí Germán sintió miedo y emoción. Se le nublaron los ojos. Tenía frio y se frotó las manos.

-       ¿Qué es eso? – preguntó Antonio.

-       ¿El qué? Ese sonido.

Entre el griterío de la gente se comenzó a oír más sirenas. Continuaban llegando más policías. La marabunta de gente se quedó en medio con las manos levantadas. Germán y Antonio se miraron.

Sí, hubo un muerto. Tenían un muerto. Saldría en las noticias de la mañana, la prensa internacional lo pondría en titulares. Tenían un muerto desde que salieron el día veinticinco para concluir en la plaza de la capital. Había muerto, su clase social. La llevan todos  cargada en sus hombros, en sus chaquetas, en el frío, en la incertidumbre, en la desgana. Hacía mucho tiempo que la habían asesinado, y fue allí, entre sirenas, pancartas, banderitas y megáfonos, cuando se dieron cuenta que sólo quedaba enterrarla.

Germán miró sus manos, le costó verse los dedos. Posiblemente ya inútiles para toda la vida.

El grito mudo se ahogo con un rotundo ruido de sirenas que continuaba iluminando a un muerto que ya no caminaba.