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NO HAY MILAGROS AHORA PORQUE NO ESTAMOS EN OCTUBRE…NO ESTAMOS EN LIMA. Por Walter Elías Álvarez Bocanegra, de Pallasca, Ancash, Perú.

No hay milagros ahora porque no estamos en octubre…no estamos en Lima.

 

Es una fría tarde de marzo, mes de crudo invierno, llueve y deja de llover, y otra vez llueve, y deja, y llueve. El día no sé ni me importa, sólo sé que durante nueve meses he parido tres páginas de este escrito muy personal y desde luego informal, y no sé si podré seguir pariendo, porque me place sobremanera sumergirme en mis escritos programados, mis novelas, que por pésimas y absurdas que sean alguna vez para los demás, ahora me dan felicidad, y esto es lo que importa para mí, por lo mismo ignoro los comentarios de las gentes que pasan por la calle y se detienen a propósito para comentar burlonamente:

 

¿Está  durmiendo?, ¡ese conch… no trabaja!.

 

¡Ja, ja,ja,…!, ríe mi vecino de confianza, como queriendo dar credibilidad a lo comentado, disimuladamente, para que yo no me dé por enterado.

Bueno, ¡al diablo con todos esos!. Hoy, no hay agua, agua de la llamada potable, felizmente he recogido agua de lluvia. Dicen que la tubería se ha roto, el mismo alboroto de siempre, de todos los días, “sia roto la tubería, sia roto el tubu”, cuando yo niño, solían decir : “sia quebrao la cequia”. ¿Cómo no se va a romper la tubería si la red de agua esta hecha a la diabla?, por eso, apenas llega una persona de talla y peso completos y se pone a pasear por las calles, se resquebrajan los empedrados y las tuberías se rompen de puro susto, ¡claro, cómo no, si las obras están proyectadas y ejecutadas por enanos en toda la extensión de la palabra!.

Seguiremos “chupabarros”, no hay milagros ahora porque no estamos en octubre, y peor aún, no estamos en Lima, sólo castigos en este pueblo lejos de todo periodismo.

Ha dejado de llover y la neblina, ahí afuera, se ha despejado, quería plasmarla tal como la veía, pero, mientras esta Pentium dos se activaba, pasó el momento. Se escucha el ruido del agua discurriendo por la calle, con lo absurdos que son los drenajes de las obras municipales el agua formará un torrentoso río a partir de una cuadra de aquí y arrasará con los sembríos aledaños, ya lo veo como lo he venido viendo. ¿Será tan difícil, para los alcaldes, hacer obras que permitan que el agua de lluvia discurra a los desagües?. ¿Será tan difícil conducir el agua de lluvia hasta quebradas colectoras, de tal manera que los vecinos no salgan perjudicados y los sembríos no resulten arrasados?.

Me gustaría ver a los alcaldes inspeccionando el beneficio de sus obras, obras que obedecen a proyectos técnicamente estúpidos y económicamente embusteros, lejos de la realidad concreta del lugar, proyectos encarpetados por inescrupulosos ingenieros que facilitan se pongan en marcha, indistintamente, ya en Pallasca, ya en Conchucos, ya en Conchamama, ya en Sacaycacha. No sucederá que un alcalde evalué el impacto de sus obras, creo yo, y me gustaría que alguien me demuestre que estoy equivocado. Pero, quién soy para merecer tal demostración, dirán con soberbia actitud, en afán de tapar evidente y vergonzosa irresponsabilidad.

La neblina está hacia allá, del río Tablachaca para la Libertad, en el norte, y por el este, cubriendo el cerro cercano, el Muash, a diez kilómetros en línea recta, talvez; al sur no puedo precisarlo, ahí están todas las casas del Tambo besándose con la neblina, tras de ellas está el barrio de Chaupe, y al oeste no distingo más que la pared de mi cuarto y en ella un perchero fatigado por mis mugrosas prendas de vestir. Están pasando una novela, por América televisión, una mejicana tan tonta como la gente que la ve, mejor apago la tele.

Los gorriones cantan en el árbol de afuera, en el patio, y me hacen sentir que aún vivo. La neblina empieza a tupirse, apenas se divisan las siluetas de las casas al sur, cual fantasmas que se dejan entrever, y al este apenas se ven los árboles de eucalipto, ahí nomás, donde se inicia la quebrada de El Común, y ahí están pastando unos cerdos, a su antojo. Los árboles se agitan irritados por el viento, como queriendo escapar de la tupida, viento y neblina ¡qué miedo!, luego, ¡jua!, los árboles desaparecen, la neblina los sepulta, y luego avanza a mi ventana, ¡desafiante!, talvez piensa en sepultarme igual que a los eucaliptos, y tropieza con el vidrio, favor a tiempo, ¡caramba!, es bueno tener un techo de barro con algo de vidrio, ahora me doy cuenta de su importancia, naturaleza y tecnología en comunión. ¡Vapor!, vapor de agua hirviendo, después de la ventana, puedo ver.

Se escucha un motor por el este, lo puedo escuchar atronador, claro que lo escucho, y ahora la ajetreada bocina, ¡caray!. Se detuvo.

Deseo un cigarrillo, no sé porqué, pero deseo. Talvez sin saber porqué los políticos desean mentir y los ladrones desean robar y las aves volar. Dejo de escribir, llevo el cigarrillo a la boca, ahí se queda. Escribo, me rasco la mano derecha, prendo el cigarrillo y vuelvo a escribir con el cigarro en la boca. Dejo de escribir, cojo el cigarrillo, jalo y boto el humo y otra vez a la boca y a escribir, y aquí me quedo… Y a fumar tranquilamente mientras el motor del vehículo está encendido, a unos sesenta metros talvez, sobre el puquio, ahí hay agua por siempre, no se quiebra ni se rompe desde que me acuerdo. La neblina me ha circundado, sólo alcanzo, apenas, a ver la confusa silueta del árbol del patio. Doy otra jalada de humo y cigarro en boca escribo, y el humo me ciega, ahora comprendo porqué el pueblo es ciego…, mejor termino el cigarrillo con largas jaladas de humo, ¡no más ciegos!, y ahora mis pulmones cómo estarán…, ¡qué tal estupidez el habito de fumar!, ¡qué masoquismo!, en contraposición con el robo y la mentira, ¡qué sadismo!, espero poder dejar de fumar, pero, ya,…dejo de pensar y me retuerzo en ademán cansado.

Sigue sonando el motor y yo tras la cortina de nube que no se decide a partir, por fin veo la primera casa frente a la mía, la de don Tomás Zúñiga, ¡y el motor se apaga!, “¡aguanta, aguanta!”, grita el gentío y se arma la confusión parlanchina. “¡Pon piedra, piedra, carajo!”. Me rasco el mentón, y a las teclas, me rasco la mano y a las teclas, me rasco la mano porque sufrí una picadura de abeja mientras limpiaba una colmena.

La neblina se acerca de nuevo, pienso en el pobre caballo “Recuerdo”, alias “Alcalde”, que está en el corral de mi hermana, nada más que a cuatrocientos metros al este, desde aquí se ve cuando está despejado el ambiente. Mi amigo caballo está flaco, no por falta de comida, por exceso de lluvia y frío, el hombre debe tener un pesebre con techo, se lo merece, pero cuando yo no estoy, ¿quién le pondría bajo techo?, sufriría más aún, es mejor que siga como está. Es que a veces yo me voy, a Lima o Chimbote, y se queda al cuidado de otros. El gato gordo y blanco de mi sobrina ha sido mimado por ella y no sabe defender su alimento frente a los otros, ni buscar los ratones ni las lagartijas en los corrales aledaños como lo hacen sus compañeros, el pobre sufre, lo sé porque su maullido es lastimero, por lo mismo tengo que acogerlo y vigilar que coma solo. Y el camión ese, recién prende el motor, de nuevo, y los gritos del gentío, “¡dale, dale, carajo!”, y pasa frente a la casa. Y escucho otros vehículos más, el sonido es peculiar, son camionetas, las cuatro por cuatro que vienen de las minas de la libertad o de Pasto Bueno, son dos camionetas y más de las cinco de la tarde, no soporto tres carros en línea pasando, no soporto el ruido, ¡a la m…!, tendré que usar tapones. La situación se agrava para mí cuando corren ómnibus, camiones y camionetas, desde la Libertad, desde Pampas y desde Conchucos.

Que el ilustrísimo Alcalde haga un desvió a fin de que en verano los tarados de los conductores que pasan fierro a fondo no nos arrojen tanto polvo, pero, ¡qué lo va hacer!, a la gente le gusta el ruido de las máquinas, a propósito salen a mirarlas y gozan con ello, a propósito suben a los volquetes vacíos y desde la tolva arman una confusión sonora de gritos y silbidos con ronco motor, ¡es el adelanto!, si yo propongo un desvío me consideran antisocial, ¡ya los escucho!.

Y ahora, dónde estará el Alcalde, casi siempre está de viaje y los empleados del municipio en desgobierno total, talvez está viajando, haciendo gestiones importantísimas en beneficio del pueblo, beneficio que yo no alcanzo a percibir, ¿qué harán con tanto dinero?, hay un volquete y un cargador frontal, hacen mayormente servicio comercial para terceros (para quién, pues, sino para los más…), pasan todo el día por la calle de enfrente, el volquete carga leña y arena, y el cargador frontal piedras desde Murahua hasta la plaza y adobes desde el común hasta no sé dónde, como si se tratara de un volquete, ¡tienen uso indebido!, ¿no sería mejor que el cargador frontal estuviera limpiando las carreteras de acceso al pueblo y las lagunas de Chaupincocha y Shulgarape, y, además, las cunetas aledañas al pueblo para que las crecidas del agua de lluvia no malogren los corrales de los vecinos?. ¡Les importa un silvestre ballico!, y si no es así, se puede decir que ignoran lo que se debe hacer en el pueblo.

Los conductores de los vehículos motorizados del Municipio son el colmo del irrespeto, los manejan como si fueran de su propiedad en las circunscripciones de sus chacras, ¡nos atropellan!, son iguales, con escasas excepciones, sucede en todos los Gobiernos Locales de turno, merecen un jalón de orejas, porque los vehículos son nuestros y nuestro el Pueblo; pero, quién podría apoyar abiertamente lo que aquí digo, somos cobardes y murmuramos en pequeños círculos, solamente, y luego corremos con el chisme, ¡y a ver si nos ganamos alguito!, somos arrastraditos, actuamos de acuerdo a conveniencia pecuniaria.

Somos pallasquinitos, antes éramos pallasquinos, y los demás eran: conchucanitos, pampinitos, mollejoncitos. Ahora nos han superado. Es la dialéctica de Marx, ¡pues!, qué dirán mis compatriotas, los rojos institucionalizados, bifurcados a la sazón en demócratas y terroristas, los otrora dirigentes estudiantiles en las Universidades Nacionales, qué estarán haciendo, ¿habrán experimentado un salto dialéctico?, ¿o le habrán dado la razón a don Víctor Raúl Haya o no haya, que solía llamarlos RÁBANOS: rojos por fuera y blancos por dentro?. Estoy seguro que, si se enteran de esto, saltarán aburridamente con sus teorías revisionistas e instituciones internacionales desde la primera hasta la enésima, pasando por la Cuarta Internacional; ¿o talvez dirán que estuvieron equivocados y se han enrumbado, por fin, por el camino correcto?. Sin querer he llegado hasta Rusia, Rusia y no rucia, tan burra como la burra shapra y chueca que tiene un pallasquino y que sólo sirve para parir crías casi shapras y  medio chuecas.

Mejor, mejor vuelvo a casa, sin comunismos ni capitalismos, sin globalizaciones ni libres tratados, en casa hay mucho que decir, mucho que ordenar, ordenar, por ejemplo, ordenar lo que estoy escribiendo, para que alguno de mis parientes que se quedó en tiempo pretérito estúpido perfecto del modo despectivo, no diga que he estudiado por las puras: “Ese conch…escribe guevadas… ¡qué va a ser mi familia!”. De alguna manera mi pariente tiene razón, porque la gramática siempre me resultó, me resulta y me resultará muy difícil, con eso de los tiempos y los modos y la sintaxis y la con taxis, y la semántica y la sé nada, etc, etc,…, muy fácil, facilísimo, me resultó saber que dos más dos es cuatro, y dos por dos es cuatro, y dos al cuadrado, cuatro, cuatro los lados del cuaderno, cuatro los lados del salón, cuatro las patas de la mesa, etc, etc, y uno elevado a cualquier potencia siempre es uno y no puede ser otro, en Pallasca, en Lima o en Zarrapastra, con burro propio o con auto prestado siempre es uno y no puede ser otro…Vuelvo a casa:

¿Qué cosa es un Alcalde, ahora, sino un Cacique a lo moderno, con aires de Condesa, plagado de adulones y titiriteros, y además, con presupuesto fácil de gastar?. Si hay alguien que no lo ha sido, en los últimos tiempos, me arrodillo ante él.

Mejor, prendo la tele para relajarme, el único canal que se puede captar bien aquí en la casa es América TV, ahí está “El chavo del ocho”, más de treinta años lo encuentro en el mismo canal, los mismos episodios, la letanía de la tele, no quiero decir que el programa es malo, al contrario es el mejor programa infantil que he visto, pero me aburre la repetición, por lo mismo me aburre la reelección de las autoridades. Seguro que pronto entrará Raúl Romero, esforzándose con jergas y gestos para salir de lo común, finalmente es su negocio privado, privado por fin, cada uno vive como puede, siempre y cuando no choque con el patrimonio común. Mejor, hasta otro día, mientras, ¡a ver si se despeja la neblina!.

Es otro día, otra tarde, y nuevamente la neblina y la lluvia, y los vehículos motorizados, y faltan tres días para que termine abril, esto parece ser un quiebre en el normal desarrollo del tiempo, no suele llover así por este tiempo. Otra vez no hay agua potable, precisamente ahora que vuelvo a escribir, “la tubería sia roto”, la misma letanía. ¿Cómo no se va a romper la tubería si la red de agua está mal cimentada?, tendré que recoger agua de lluvia. Bueno, pero la razón por la que me he puesto a escribir es para sentirme bien, y nada más.

Son las 7 de la mañana de otro día, del 5 de junio, de éste o del año pasado o del siguiente, me es indiferente, dos años ya que el medio ambiente obedece a similar comportamiento, siete de la mañana del cinco de junio y cero nubes en el amplio cielo azul, es indescriptiblemente hermoso con el sol todavía acariciándose con el Muash, ¡hasta mañana!, parecen decirse. Hoy no hay gente ni vehículos para mí, hoy los ignoro. Me quedaría contemplando todo el día, ¡sólo existiría el cielo y yo!, pero, debo ir a desayunar a la Plaza y comprar pan para los gatos. Voy, disimuladamente mirando al cielo, ingreso al restaurante en la casa del tío Beto Zanelli, me ubico frente al oriente, ahí está el cielo azul, sirven mi pedido, rápidamente doy cuenta de él, pido un sol de pan y, ahora, me voy a casa, disimuladamente mirando al cielo.

Doy de comer a los gatos, ahora debo sentarme en el centro del patio para contemplar el cielo, ahí está la silla desde ayer que estuve lavando…..,ocho de la mañana y el cielo sigue completamente limpio. Nueve de la mañana, igual de limpio. Diez de la mañana, puedo ver por allá por el cerro Guaura que aparecen unas nubes, ¡caramba!, Guaura ha nevado, igual que el otro día y el otro también, y un día lo hizo el Chonta, como cuando yo era niño, burlándose ahora del calentamiento global, ahora el tiempo está queriendo formar nevados, pero, con la tarde se habrá ido la nieve para regresar mañana, ya lo he visto días atrás. ¡Caramba!, por todos los cerros que alcanzo a divisar, al norte y al oriente, y que limitan con el infinito, aparecen nubes, cual humo de escondidas fogatas casi ahogadas. Las ralas nubes que aparecen van formando copos a medida que ascienden, algunas se esparcen, se escarmenan y vuelven a conglomerarse, y así se van desplazando, lentamente, rumbo a la conquista del abierto cielo, pero, son pocas, por supuesto, sencillamente adornan el azul cielo, y el sol está radiante e invita a caminar por los senderos, ¡pero, qué!, no puedo, tengo que fabricar mi almuerzo, ahí voy.

Lo hago saliendo intermitentemente al patio mientras la cocción, cielo azul y escasas nubes ahí arriba, y en la cocina, tallarines llegando a su punto, ahora no con gallina, ahora con enlatado de pescado desmenuzado, igual que lo hacía mi tía Elmita en Chimbote, ingeniándose para cubrir la dieta…,. Ya está, están sabrosos, ¡qué bien!, podré compartirlos con los gatos. Primero yo y luego los gatos. No, primero los gatos y luego yo. No, así no, mejor, todos juntos…,. ¡Cómo lo saborean!…

Salgo al patio, miro al cielo y lo fijo en mí, ingreso a mi cuarto e inicio la lenta Pentium, miro a través de las ventanas mientras se activa. Y, ¡ya está!. Dos de la tarde con diez, y, (“Dos y picos”, dijera don José María, mientras se aprestara a terminar unos zapatos de “Bozcal, para mujer” o de “Impermeable, para varón”). Y ahora, mientras me llegaba la figura de don José María, dos de la tarde con doce, y…, de este mismo 5 de junio. He visto desde el patio, hace un momento, que las esparcidas nubes, más osadas, no han alcanzado perpendicularidad con el punto en el que me he ubicado como vértice de un cono invertido respecto a las nubes, se han quedado a cuarenta y cinco grados, talvez, eso creo; y veo desde aquí, que el Guaura ha perdido toda la nieve formada durante la noche de ayer y la madrugada de hoy, hasta este momento el sol ha girado más de noventa grados hacia el poniente, ¡y volverá mañana!, y yo, sólo yo, ciento veinte grados hacia el ocaso, si es que algo no me quiebra antes de llegar a ciento ochenta,… ¡Y no volveré!…

 

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“DOCTOR DIETER GOEPFERT”. Por Walter Elías Álvarez Bocanegra, de Pallasca, Ancash, Perú.

“Doctor Dieter Goepfert”.


Autor: Walter Elías Álvarez Bocanegra.

Pallasca – Perú.

 

Dos semanas, nada más, había invertido el funcionario en el Informe de Impacto Ambiental, una en trabajo de campo y otra en oficina. Y ahí estaba, otra vez, ahí tras del escritorio, en lo que él llamaba su oficina, en un edificio de siete pisos de La Minera, en Surquillo, sentado en el sillón que se balanceaba con el bambolear del funcionario minero de confianza de La Minera, ahí ojeando algunos papeles y contestando el celular con la portátil computadora abierta alertando me gustas y comentarios por el nuevo estado del funcionario “Los pobres del país por fin serán ricos gracias a la explotación del oro”, mientras sonaba persistentemente el teléfono fijo…


Sabía que la explotación minera llevaba implícita la idea de explotación del hombre en pro de una plusvalía del mineral para el crecimiento de La Minera, lo sabía muy bien pero no quería admitirlo, porque eso significaba contradecirse a sí mismo como profesional, y lo peor, dejar de ser personal de confianza de una de las empresas de clase A del país y que le había dado el estatus que se merecía permitiéndole vivir en uno de los barrios exclusivos de Lima Justamente allá en La Molina, donde se mimetizaba el alto costo de su vivienda con el perfume andino del nombre de su calle, él vivía en Los Eucaliptos, una casa con garaje y piscina, además de parrilla en una esquina del amplio patio cubierto con césped artificial. Para qué entonces pensar en la explotación del hombre por el hombre, si él estaba bien y muy bien, eso sí, a mucho orgullo porque era hijo de un obrero minero, un obrero que miraba a sus superiores como algo inalcanzable.

Pero lo malo de todo era, que Pedro Bermúdez Lavado, el ingeniero y personal de confianza de La Minera, se sentía atosigado tras del escritorio haciendo todo lo que ahora estaba haciendo, por todo eso que le estaba sucediendo, y más que atosigado invadido por el encuentro que tuvo, durante la semana de trabajo de campo, con el doctor Dieter. 
Fue la semana anterior a la semana de trabajo de campo que el Directorio de la Empresa le había encomendado la ingrata tarea de buscarle justificación a la explotación minera en el paraje de Magistral, en la puna, al noreste del departamento de Ancash, de tal manera que el impacto ambiental de la explotación no tuviera efectos negativos que lamentar en la población.

Él sabía que la contaminación era inevitable y a la larga arrasaría con la vida de todas las especies vivientes, especialmente de las truchas que tanto le gustaban, pero ni hablar, él tendría que convencer con su informe previo, convencer de que la contaminación unida a la gran tecnología no es contaminación, que el cianuro y el arsénico no son extremadamente venenosos, y que es más, las fuentes de trabajo y las ganancias obtenidas de la minería superarían con creces cualquier riesgo alertado por los quedados opositores de la minería.
Pero había regresado del trabajo de campo y de su excepcional encuentro con el doctor Dieter, regresó en tiempo record, cinco días incluido el largo viaje en camioneta, para que más. Había regresado, había elaborado y entregado el Informe, pero, estaba super perturbado, tan perturbado que ni la suculenta gratificación por fiestas patrias pudo equilibrarlo. Así que, entre lo que tenía que hacer dentro lo que le estaba sucediendo, es decir, entre la aburrida rutina diaria de oficina, ahora angustiosa por la llamada del teléfono fijo, y los recuerdos de Dieter, se armó una turbadora en su cerebro, una confusión de los mil diablos que, más turbado ya, no atinaba a qué hacer. Pero tuvo un mísero momento de lucidez y se paró para internarse en el servicio higiénico de su oficina, y ya dentro, luego de mirarse en el espejo, no encontró otra forma de entrar en lo maravilloso de aquel viaje que sentándose en el sanitario.
Antes de que le encomendaran aquella molesta tarea, se encontraba aturdido sentado en el mismo sillón del mismo escritorio con el mismo ajetreo de siempre y, además, una llamada de su esposa que le incitaba a comprar un nuevo televisor porque el que estaba en uso ya se encontraba fuera de moda, eso, ¡oye!, y también una portátil para mí ¡oye!, la computadora que tenemos es muy lenta y ocupa mucho espacio, ¡caramba!, pero no importa, esa la usan los chicos para sus tareas del colegio.

Sí pues, los hijos aún estudiaban la secundaria porque se casó algo viejón, muy cuarentón, con una joven limeña del cerro El Agustino mucho menor que él, pero que tuvo la suerte re removerlo todas las hormonas masculinas. Y ahora qué, agradeciera que la saqué a vivir en un buen lugar, que se cree la cojuda de mi mujer, ¡carajo! si supiera el estado de cuenta de mi tarjeta VISA, ¡ni hablar!, tendré que inventar un viajecito a la sierra. Qué inventar ni qué nada, la propuesta le llegó a pedir de pensamiento porque ése, era su trabajo.
Ingeniero Bermúdez, le habló por el teléfono fijo una voz entre inglesa y española, le estamos adjuntando por correo electrónico un Acuerdo de Directorio para que se encargue de dar inicio al Estudio de Impacto Ambiental, usted mismo es, ingeniero.
Entonces armó el viaje en una toyota 4X4 alquilada. Y bien que le gustaban los viajes de comisión en toyotas, no sólo porque él tenía una, ni por lo relajantes que le resultaban los viajes a la sierra a pesar de todo, sino porque, además, esos viajes significaban suculentos viáticos y reembolso de otros gastos de representación. Dinero adicional que le serviría para ponerse en onda con los requerimientos de su esposa, y lo mejor, esa noche tendría una esposa alegre y cariñosa por la noticia.

Y partió después del medio día, a toda máquina, que los neumáticos salpicaban el lodo del pavimento, era lunes de la segunda semana de julio, y lloviznaba en Lima. La panamericana en la variante de Pasamayo sería de tupida neblina, pero a él nada le inmutaba, estaba preparado, era proactivo por eso lo contrataron, no existía para él malos tiempos ni nada por el estilo, el generaba su propio tiempo, si llovía sólo tenía que pensar en que no llovía, así lo había aprendido en seminarios y cursos de capacitación pagados por La Minera. 
Pasó por la variante de Pasamayo y ni siquiera se percató de la tupida neblina.

Después de cinco horas llegaba a Chimbote, y luego de aprovisionarse de gasolina, cigarrillos y comestibles rápidos, penetraba en la sierra. Conocía la ruta, aunque hacía tiempo que no iba por ahí, por esa carretera de penetración ahora asfaltada, la noche entraba conforme el penetraba aferrado al volante con la mente recorriendo su infancia en la mina de Pasto Bueno, justamente por ahí pasaría ahora, pero antes se quedaría en algún hotelillo del pueblo de Pampas, en la casa de algún amigo de su padre, o por último unas horas de sueño en la misma camioneta, nada era imposible para él. ¡Ah!, y al siguiente día luego de un caldo de carnero en doña Ursula, compraría una caja de cervezas para tomarla con los lugareños que hubieran mientras el radiante sol en cielo azul, pero, mejor, no, será cuando regrese, primero está el trabajo, cuando regrese sí, pediré una caja, y no sólo una, quizá otra, para dejarla con los amigos. Les hablaré de mi buen empleo en La Minera, ellos se encargarán de hacer saber a los demás, ¡carajo!, dejaré en alto el apellido de mi padre. Y seguía compenetrado en sus ayeres lastimeros y en sus mañanas comentados por gente del lugar, que vean, pues, quienes somos los Bermúdez. Diría que sus hermanos tienen un estudio de asesoramiento minero, en fin, ya lo pensaría en el momento adecuado.

La camioneta comenzó el ascenso en zigzag y un aire frío penetró por la ventanilla a medio cerrar, Bermúdez lo sintió en la nariz con una alegría infantil y murmuró, ¡airecito de puna!, y apuntaló tarareando un huaynito. No era la puna, él lo sabía, recién empezaba el ascenso por las estribaciones de la sierra, pronto divisó unas luces de alumbrado público, ¡Llaymucha!, exclamó, y aceleró para hacer su entrada triunfal y se detuvo en la primera chingana abierta que encontró.
–Cigarrillos –gritó desde su asiento, dirigiéndose a los que estaban dentro.
Pero, para qué se paró con el pretexto de cigarrillos, si ya se había aprovisionado de ellos, ¿para qué, pues, si no para hacer notar que el ingeniero estaba pasando por ahí?. Los parroquianos se miraron mutuamente como preguntándose ¿qué dice el tipo ese?, Bermúdez no se inmutó y aceleró en neutro mientras pisaba el freno, apagó el motor y se bajó del vehículo cerrando la portezuela de golpe para dirigirse al que parecía el tendero, plantado tras de la mesa que hacía de mostrador. Entonces, disimuladamente accionó el control remoto de la alarma del vehículo y mientras sonaba pidió cigarrillos, naturalmente el interpelado no escuchó bien el pedido y con movimiento de cabeza se dirigió a los demás de ese ambiente, y todos rieron con grandes risotadas. Entonces Bermúdez cambió de táctica.
–Buenas noches señor –Le dijo al dependiente, soy el Ingeniero Bermúdez, me podría vender cigarrillos con filtro.
–Nacional, con filtro –respondió el tendero.
–No, no no no, eso no.
–Pal mal aire, ingeniero, pal aire de los pishtacos –corearon los parroquianos, burlonamente.
–Cuánto ha cambiado Llaymucha, antes vendían buenos cigarrillos aquí.
–¿Llaymucha?, esto es Ancos.
Efectivamente era eso, Ancos, un pueblecito fundado por los sobrevivientes de lo que fuera la mina Carbonera Ancos, Bermúdez se había desviado de camino siguiendo la carretera asfaltada, pero no quiso reconocerlo, y muy él se subió a la camioneta y siguió el ascenso, por ahí llegaría al mismo lugar sólo que, con mayor kilometraje, pero llegaría.

Aunque ya no se quedaría en Pampas, la tierra de su padre, se quedaría en Cabana la tierra de Toledo, del presidente Toledo, ¡qué carajo!, el que mandó asfaltar esta carretera. Bermúdez, ahora pensaba en Toledo siendo de García. Iré por Cabana, algún día estaré con Toledo y le hablaré de su tierra, esto está mejor que quedarse en Pampas, compraré unas cervezas que tomen los lugareños, ¡ay chucha!, el alcalde es choledista, qué bien, me quedaré en el Hotel del Municipio. Y enrumbó cuesta arriba, cigarrillo tras cigarrillo, pensando en el mal aire y en los pishtacos, y salpicadamente en el impacto ambiental de la explotación minera, qué mal aire ni que nada, invenciones de serranos, igual que esa de los pishtacos. Y qué si convencemos a los ignorantes comuneros con una fiesta con mucha cerveza y whisky, nos dejarían trabajar tranquilamente, se mueren por tomar con nosotros, y claro que se morían como se moría él por entrar al circulo de ingenieros de la mina esa en la que trabajaba su padre, y en eso tenía acierto, sin esforzarse por pensarlo. Pero ahora eso del mal aire por la falta de cigarrillos, el mal aire de los pishtacos, ¡claro!, ¡los pishtacos!, él conocía que en Llaymucha existió uno de gran fama, pero ahora no iba por ahí para suerte propia, más le temía al rebrote de los de Sendero Luminoso, esos sí que son pishtacos, se dijo para sí, lleno de miedo, y entonces, mientras soplaba la brisa por la oscura pradera de Cabraespina, se olvidó de su proactividad y quiso retroceder. Pero qué, le daba igual, ya había avanzado lo suficiente, estaba cerca de la colina, de la que se mira Cabana la tierra de Toledo, el presidente cholo, cholo como él también pue, y a mucho orgullo, pero Toledo no había nacido ahí, nació más arribita, en Ferrer, los cabanistas lo adoptaron como suyo porque necesitaban subirse al carro del cholo, y a quién más, si no había otro. Aunque al final, ¡la cagaron!, pero yo no la cagué, porque si supiera el cargo que ahora tengo hasta me felicitaría. Él no, pues, porque tenía otro patrón, pero sus dos hermanos, uno en el Ministerio de Producción y otro en esa inconclusa carretera asfaltada, sí, y qué bien. Y pensando en el alto cargo que tenía el miedo se le fue por un segundo, luego sintió que ensordecía, se le había subido todo el torrente sanguíneo a la cabeza y pensó en el mal aire, no le quedaba otra que empezar a rezar después de persignarse, encomendándose a todos los santos desde San Valentín hasta sanseacabó, porque se le acabó el miedo al entrar en la montura de la colina desde la que se divisaba Cabana.

Y aceleró su poderosa camioneta hasta entrar al pueblo de Tauca, alma madre de los mejores cocineros y bármanes, antes que Gastón Acurio, cuando el oficio era tal que al nombrarlo sonaba a desperdicio, que los enternados tauquinos de tal oficio con mucho dinero en las fiestas patronales, eso sí, se veían obligados a decir que eran administradores en esos tres y cinco estrellas en que trabajaban. Ahí, a la entrada del pueblo se detuvo un momento para llamar a su amada esposa e informarle dónde y qué bien se encontraba, el celular marcaba las diez de la noche. Bermúdez se engoriló, luego de la llamada, y se subió a la 4X4 dispuesto a llegar a Cabana a las once de la noche cuando más, pero apenas abandonó Tauca entró en polvorienta e irregular carretera y entraba al pueblo quince minutos después, sin ánimos de nada, y tuvo que hospedarse en el primer hotel que encontró a la entrada.

Ahí recibió la noticia, de parte del dueño del hotel, que Cabana era más que Toledo, era orgullosamente la tierra de los Pashas, una civilización Inca que Toledo y su doctorada gringa habían subestimado, y eso le amargaba la vida al anfitrión, pero Bermúdez, tan pronto terminó de cenar, cabeceaba de fatiga y pidió su cama. Apenas se quitó los zapatos se quedó dormido. 
Soñó que unas criaturas deformes lo degollaban, y así degollado como estaba lo hervían en una tremenda paila de cerámica inca mientras lo conjuraban a ebullición eterna, y en afán por explicar que era inocente se vio ahogado por su propia sopa y finalmente convertido en apacible vapor tranquilamente muerto. Muerto dormido hasta las ocho de la mañana del siguiente día.

Durante el desayuno, mientras el ingeniero hablaba del efecto positivo de la minería, el anfitrión se acomodó con una taza de café junto a él para seguir hablando de los Pashas, y de las lagunas de la puna, atractivos turísticos indiscutibles del pueblo.
–La fortaleza es toda de piedra, yo diría misma cultura Chavín. Tenemos un museo en la Plaza. Y las lagunas, las lagunas…
El ingeniero, seguía en lo suyo y en anfitrión en lo de él.

Terminado el desayuno Bermúdez abordó su vehículo. Ya al volante se acordó que debería dejar huella de su paso por ahí, y esa huella sólo sería visible si se pedía una caja de cervezas en la misma Plaza junto al municipio y pegado a la tremenda camioneta, para llamar la atención del alcalde y alardear sobre su trabajo como ingeniero minero, y fanfarroneó para convencer al anfitrión.
–¿Me acompaña a la Plaza?, señor, quiero conocer el museo, usted sabe, me interesa demasiado, a ver si les consigo algo del gobierno para colocarlo en el sitial que se merece como museo.
El anfitrión no necesitaba ser convencido, sin más se subió junto al ingeniero, y en la Plaza se estacionaron frente al museo, al ingeniero no le quedó más que seguir a su accidental guía y aguantar todas las explicaciones y emociones que éste resaltaba.
–Bien, ¡ahora llévame con el alcalde! –dijo el ingeniero.
–¿El alcaldeeeee?, no se encuentra, está de viaje haciendo gestiones.
¡Otro pendejo!, dijo para sí, el ingeniero. Pero no pasaría por alto eso de las cervezas, ya eran las diez de la mañana y el sol sofocaba refractando en el concreto de la Plaza, con sol o sin él, pediría las cervezas, ¡qué carajo! soy un Bermúdez, conozco mi trabajo, sé cómo lo voy hacer.

Y pidió las cervezas, mientras se arremolinaban los notables y poco ocupados pueblerinos, unas y otras después de la primera caja, era un bebedor que había cogido maestría, necesitaba de licor para templar sus nervios, sabía hasta dónde bebería, y así fue. Dejó escrito su buen nombre con buenas cervezas y alardes de grandeza, y partió a toda máquina, no se estacionaría en ningún ¡pueblito de mierda! hasta llegar a Pampas, su tierra natal, y claro que, él no había nacido ahí había nacido más arribita, pero ahí pediría unas cervezas más y nada más, a trabajar, ¡carajo!. Qué trabajar ni que nada, solamente necesito informar que no hay peligro alguno, luego el equipo de ambientalistas arreglará mi Informe al estudio de ellos, esos conchasumadres que se basan en estándares y proyectos modelo para ajustar su estudio definitivo, por último hablaré de frente con el más más de La Minera y le diré que entre trago y trago he convencido autoridades y comuneros para que se echen a nuestro lado, ¡ah!, y en Pampas tomaré con el Presidente de la Comunidad y el Alcalde, ¡carajo!, igual en Conchucos, esos ignorantes no saben nada de impacto ambiental, les ofreceré chamba para ellos y su familia qué más quieren, a ellos les interesa el dinero, lo demás es puro cuento. ¡A la mierda!, se me aclaran las ideas, porqué no darles algunos miles a cada comunero, unos miles nada más, que son como un sueldo mío, La Minera es transnacional, plata como cancha de maíz paccho, ni siquiera plata, cheques, nada más, compromisos de pago, cartas fianza sobre otras cartas, dinero electrónico, ¡uy, carajo!, no me había dado cuenta de esto, si no me despejo por aquí, no me daba cuenta.

Pero no pasó de un solo tiro hasta Pampas, se detuvo donde confluyen los ríos Pampas y Conchucos, apenas se detuvo y fue cubierto por la espesa polvareda que había ocasionado en su carrera. Pero para qué esperar que se disipara, sacó la filmadora y gravó la confluencia, ahí donde se juntan las aguas turbias del río Pampas con las cristalinas de Conchucos, turbias estaban pues, desde mucho antes que él naciera, desde que empezó sus labores de explotación la mina de Pasto Bueno, turbias y sin vida mientras en las cristalinas ondeaban algunas pequeñas truchas, “y pensar que la mina de Pasto Bueno muchos años ya que ha parado, pero bueno…, ¡Pasto Bueno volverá a trabajar!, de eso estoy muy seguro”.

Y llegó a Pampas, un pueblo de gente abajo del metro sesenta de estatura que ha vivido por siglos subyugado al penoso trabajo de mina con pobre alimentación y rico alcohol de caña, y ¡eh ahí el porqué de su baja estatura!. Llegó seguido por densa polvareda, auto encumbrándose en sus logros, a eso de las tres de la tarde, y buscó autoridades, el Alcalde había viajado para gestionar, pero el Presidente de la Comunidad, ahí. Se aproximaron otros, no necesitó ni siquiera gastar, le bastó con ofrecer buenos empleos, y mientras departía con los pobladores su cerebro urdía el Informe en base a uno que tenía como patrón y que conocía de memoria como padre nuestro. Así que, después de la borrachera se quedó dormido en el hotel de la Plaza, no tenía casa ahí, ni siquiera la tuvo su padre, vivían más arriba en campamento minero y bajaba con sus padres y hermanos cuando niño, y solo después, hasta ese pueblo, de paseo. Quedó placidamente dormido con una sonrisa entre labios, había logrado escribir su buen nombre con cervezas que ni a él mismo le costaron, todo le salió a cambio de promesas, en un país tan rico lleno de gente pobre, pobre de todo, sólo es necesario un poco de pendejada.


Al siguiente día armó el mismo ardid en Conchucos y entonces, ¡misión cumplida!, un día después regresó muy temprano por el mismo camino hasta Pampas y pasó a la mina abandonada de Pasto Bueno, donde había trabajado su padre como obrero de socavón. Menos mal que el viejo no era tan bruto, porque abandonó el socavón para convertirse en empleado de maestranza, nada menos que como jefe, por tener una hermana nada despreciable al gusto del Jefazo. 
Los deteriorados techos metálicos de instalaciones y campamentos reflejaban los rayos solares mañaneros del otrora asiento minero. Pasó por la planta procesadora ahora en sepulcral silencio, ahí el primer socavón del primer nivel colapsado, pasó frente a lo que fuera la instalación de la potente compresora de aire que insuflaba a los socavones y que veinticinco años atrás dejó de respirar, y luego le vinieron lágrimas porque pasaba frente a la maestranza a donde cuando niño corría, en cuanto podía, a abrazarse a las piernas de su padre, no quiso detenerse, aceleró dejando atrás tupida polvareda, y así pasó tratando de ignorar lo que era la sala de cine. Quiso seguir con la misma marcha rumbo a Magistral, una de las tantas minas de sus patrones y ahora motivo de su viaje, pero no, el recuerdo de sus días por ahí pudo más, y se estacionó frente al campamento en el que había vivido mientras estudiaba la primaria y más. O sea, loco que, o sea loco que mientras sus vacaciones cuando la secundaria y la facultad y no más, porque la mina paró cuando cayó la demanda de los minerales en el mercado internacional, del tungsteno más que todo. No obstante, no le cayó el optimismo de hacerse ingeniero aunque fuera para sentirse tal como se sentían los adustos ingenieros que admiraba por el buen sueldo que ganaban y las múltiples hembras que se les echaban. Le gustaría volver a trabajar en la mina La Buena Aventura en la sierra de Lima sólo por eso, por las hembras, pero qué, ya no ya, porque estaba en Lima, y en La Molina, por influencia de arriba y en Lima se quedó, y lo miraban para arriba y eso era lo importante, no importaba la limeña del Agustino que tenía como esposa y que administraba los ingresos que le venían, no importaba, porque él había vivido junto a sus padres y hermanos en Independencia, en la falda del cerro y muy cerca de la Universidad Nacional de Ingeniería. Y como no le cayó el optimismo para hacerse ingeniero de minas, ingresó cuando el prestigio de la carrera decrecía, justamente por la falta de empleo, que después los otrora adustos ingenieros tuvieron que migrar a la costa para establecerse y colocarse tras de un mostrador en negocios de poca monta, menos mal que el padre de Pedro Bermúdez se había jubilado junto con la mina y montó su propia chingana para ayudarse, si no, ¡sino que pue!. Y como la demanda de ingenieros se vino abajo, pudo ingresar sin mayor competencia a la universidad, y no a cualquiera, ingresó a la Universidad Nacional de Ingeniería, y cuando terminó marchó a la mina La Buena Aventura para realizar prácticas preprofesionales y ahí se quedó como Asistente de Seguridad Minera. Al finalizar el milenio la minería reaparecía con fuerza, entonces para la explotación del oro, y Bermúdez se hizo fujimorista. Lo de Ambientalista le quedó aquella vez que el Superintendente de La Buena Aventura le autorizó asistir al primer seminario internacional de impacto ambiental organizado por la embajada británica, luego asistió a diversos eventos de tal naturaleza, porque se hacía necesario e imprescindible que los Proyectos de Inversión estuvieran ligados a un Estudio de Impacto Ambiental que se ponía de moda en el país, y con la influencia de Fujimori en el poder ingresó a trabajar para La Minera. Así que ahora, enfrascado en su pasado, estaba frente al abandonado campamento minero de la mina Pasto Bueno, que fue como los demás campamentos, indistintamente de obreros y empleados comunes, ahí estaba, apoyado en el muro justo frente a la puerta del departamento que antes habitaba.

Súbitamente llegó a su mente la misteriosa laguna de Pelagatos, la que se llevó a su amor platónico, aquella codiciada jovencita que era asediada por los ingenieros, y que subió con uno de ellos en un bote artesanal para pasear por la laguna, y como era tan bella la muchacha la laguna la atrapó devolviendo al feroz de su acompañante hasta la orilla. ¡Mierda!, tengo que ir, murmuró el ingeniero, y se subió a la camioneta. 
Se sentó al mismo borde de la laguna y lloró mientras su mirada se perdía en el otro extremo de la masa celeste. Y apareció por allá, por ese extremo, como saliendo de una luminosa neblina, una silueta informe, ¡Amatista!, exclamó el afligido hombre bañado en sollozos, la silueta se le acercaba tomando forma humana, ¡es ella!, exclamó el delirante. Y sí, para él, era ella. Pero cuanto la tuvo enfrente en tierra firme, sintió miedo, un gélido miedo que le produjo aturdimiento, no era ella, era él, un hombre con un gran crucifijo que pendía de su cuello, arriba del metro ochenta, mucho más alto que el robusto Ingeniero, un flaco desgarbado de frente prominente y cuadrada que con sonrisa franca le entregaba un ¡hola! amical. Se puso de pie como queriendo huir, pero, él conocía a ese gringo, bueno, para él todo rubio y alto era gringo, suficiente para sentirse subyugado. Como aquella vez cuando él apenas había terminado la secundaria, y no tan cincuentón como ya, lo vio por primera vez en la Plaza de Pampas, lo vio como a un Dios muy superior a todos los hombres superiores que conocía, los ingenieros mineros.

Y ahora lo tenía ahí frente a él, ¡el doctor Dieter!, el que jugaba ajedrez con los escasísimos y desocupados rivales del pueblo en una banquilla de la tranquila y casi desierta Plaza, y jugó con Pedrito como enseñándole, y Pedrito no aprendió el juego porque, mientras lo enseñaba, el muchachito se concentraba en el celeste de los ojos de aquel maestro forastero. 
Doctor Dieter Goepfert, así se hacía llamar aquella vez que entabló una no disimulada amistad cuando el ingeniero era sencillamente Pedrito, le dijo que andaba por ahí en busca de pacra, una planta de flor verde y carnosos pétalos que crece arriba de los cuatro mil quinientos metros sobre el nivel del mar, y que, los ganaderos de la puna administran vía oral para activar el erotismo del ganado. Dijo que trabajaba para la Academia de Ciencias de Alemania Federal, y hasta le entregó su dirección, Sudstr 17, Stockdorf, Munich (Munchen), Alemania Occidental. Pedrito se prendió del gringo y se ofreció acompañarlo hasta la misma planta de pacra, arriba de la laguna Pelagatos. Dejaron el ajedrez y se subieron a la tolva de un camión hasta llegar al campamento minero de Pasto Bueno donde vivía Pedrito, ahí la madre, la atenta madre del muchacho se las arregló para hospedar al gringo. Y al siguiente día partieron carretera arriba rumbo al objetivo. Ya arriba de la laguna, por camino de herradura, el gringo empezó a jadear y Pedrito se asustó. Regresa hombre, le dijo el gringo, yo iré solo, regresa antes que se haga muy tarde. Favor a tiempo, pensó Pedrito, y sin más ni nada dio media vuelta sin mirar atrás, conforme avanzaba el cargo de conciencia lo atormentaba, pero qué, regresaré mañana domingo con mi padre a socorrer al gringo, ¡qué carajo!, por último, qué mierda, se hace noche. Ya en el hogar y mientras la cena, informó a sus padres y a sus tres hermanos menores, dos varones y una niña cerrando filas, los informó que el gringo había preferido quedarse solo en el rancho de la china Rosha.
–¡Jajajajajaja!… –el padre se desató en carcajadas y los hermanos también–, qué gringo pa pendejo, se enpiernará con la pastora.
–Mal pensado –murmuró la madre, muy molesta y todos callaron.
Así que el domingo Pedrito no fue a buscar al gringo, y el gringo no llegó. Mas, en casa todos estaban tranquilos menos Pedro, esa noche no durmió y al siguiente día se levantó con la aurora a buscar a uno de sus amigos de confianza para contarle todo y marchar al encuentro del gringo. 
–No cho, no, y si está muerto nos echan la culpa, carajo. ¡Mi cocho me saca la mierda!, yo no voy, cho, tú conoces a mi viejo.
Y Pedro, se sintió muy solo, se culpaba por el incidente, ese día no almorzó, perdió el apetito.

Ya por la tarde, para aliviar su culpa, enrumbó carretera arriba, y cuando hubo avanzado algo más de un kilómetro su ánimo explosionó en alegría, en dirección opuesta venía el gringo con la mochila reventando por las plantas de pacra y otras yerbas de puna que contenía.
Un día más permaneció el gringo en compañía de la familia de Pedro, hablaba un castellano perfecto, instruyó que la gramática castellana era la más complicada de todas las gramáticas, pero que sin embargo, era la más florida. Además bromearon como si se conocieran de años, por la noche hasta se tomaron un gro para el frío, nada más que aguardiente y algo de jugo de limón diluidos en agua recién hervida, nada nuevo para el gringo porque en Alemania había tomado algo parecido.

Y al otro día muy temprano se trepó en un camión que iba por la puna rumbo a Trujillo. Y nada más pue, desde entonces no lo he vuelto a ver hasta ahora que lo tengo aquí frente a mí, esta igualito no ha envejecido para nada.
–Sí –respondió el gringo dejando confundido al ingeniero, “cómo pudo adivinar mi pensamiento”–, justamente desde aquella vez.
–¿Has vuelto por más pacra? –ahora lo tuteaba, porque lo veía menor en edad, un hombre de cuarenta como cuando lo conoció, lo tuteaba porque además ahora era un funcionario de alto nivel de una gran compañía.
–No, ahora estoy buscando una piedra.
–¿Cuarzo, amatista, piedras preciosas?.
–Piedra granito, piedra común y corriente, sólo que, sólo que tiene un grabado especial, un símbolo.
–¿Qué símbolo?.
–Una cruz.
–¡Va!, cualquiera puede tallar una cruz en una piedra bruta.
–Sí, claro, pero lo importante es cuando y para qué, mejor dicho, cuando y para qué fue tallada, ahí está la importancia. Es una piedra precolombina.
–Deberías buscarla por allá, por donde crucificaron a Jesús, los incas no conocían la cruz.
–Eso crees tú, toda cruz tiene un significado que va más allá de lo que todos conocen, es una revelación disimulada, todas las civilizaciones antiguas la tenían y las modernas se han quedado con el legado. La cruz cristiana, la esvástica, la griega, la hoz y el martillo, la Chacana. 
–¡La chacana!, claro, el símbolo del cholo Toledo, la gringa malhumorada de su mujer fue la que la eligió como símbolo del partido. Pero, ¿la hoz y el martillo?, no te pases, Doctor, nada que ver con la cruz, la hoz y el martillo es un símbolo de muerte.
–Igual que las demás. En las civilizaciones antiguas el primer hombre que cometía la osadía de hacer una cruz era condenado a morir atado a ella.


El doctor siguió hablando de las cruces de las diferentes civilizaciones, mientras el ingeniero lo escuchaba, y a medida que el doctor se compenetraba en el tema el ingeniero se distanciaba, porque aún le faltaba completar su trabajo de campo en la misma mina Magistral, yo que tengo que ver con curses, yo vivo de la mina, tengo que ir a filmar y levantar todo eso, qué me importa lo que diga este gringo de mierda…
–Ingeniero –interrumpió el doctor– son las diez de la mañana y tú tienes mucho que hacer, así que súbete a la camioneta y aquí te espero.
–Sí, claro, mañana temprano, aquí mismo.
¡El ingeniero!, el ingeniero aceleró la maquina dejando una montaña de polvo en el ambiente, generando su propio impacto ambiental, y llegó tan pronto como pudo para ordenar un almuerzo a base de truchas y filmar, levantar, lo que debería, además de conversar con el personal subalterno de la mina aún en labores de exploración. Esa noche, después de la cena, se emborrachó con el whisky que para casos especiales reservaba el Jefe de la mina.

Y al siguiente día después de un opíparo desayuno con truchas, mientras el encargado revisaba la camioneta para garantizar el viaje de retorno del ingeniero, con el frío de puna hasta los huesos se aferró al volante. Y aceleró cuesta abajo cual cometa sideral, muy tranquilo por la labor cumplida, y ahora sí al encuentro del doctor, que entonces ya no le parecía tan interesante como antes, le parecía un viejo loco, viejo loco con tremenda cruz en el pecho, claro, viejo y acomplejado, ¡carajo!, cuantas cirugías estéticas tendrá, debería reducirse esa horrible frente de Herman Monstruo, ¡mierda!, pero ¿cómo pudo caminar sobre el agua hasta llegar a mí?. Primero me pareció ver a mi amor imposible, Amatista, estaba tan confundido pensando en ella, pero más que todo en ese beso que ella me dio casi en la boca, por poco le doy un beso al gringazo ese, claro, él apareció mientras yo pensaba en ella, creo que la imaginé caminando sobre el agua, quién podría caminar sobre el agua, sólo Jesús nuestro Señor. Y ahora el gringo anda interesado por una cruz incaica, eso entendí, más loco que una cabra porque cree que la chacana es una cruz, ¡y la hoz y el martillo de los comunistas de mierda!, otra cruz. En un momento creí que adivinó mi pensamiento, pero luego me empezó a contrariar con su aburrido discurso, menos mal que se dio cuenta y fue él quien me sugirió continuar mi camino. Anoche con qué pastora se dormiría, le gusta la mugre al gringo este. En Alemania ¿no habrán mujeres?, ¡qué van haber!, aguachentas, quesos frescos, seguramente, si no porqué este gringo se viene a buscar hueco por aquí.
Y llegó el ingeniero, y luego de estacionarse cerca de la laguna prendió un cigarrillo muy tranquilamente, recorrió con la mirada todo su entorno, el gringo ni noticias. Así que se bajó de la camioneta y se sentó en el mismo lugar de ayer, y por allá, por el otro extremo de la laguna, agitándose dentro una impresionante neblina, cual aurora boreal, apareció una silueta, igual que ayer, e igual que ayer se acercaba, mientras muy dentro de sí, el ingeniero, percibía la voz del gringo amonestándolo “hombre de poca fe, te burlas de mí, pues aquí me tienes, trata de correr y no podrás porque te tengo controlado”. Lleno de miedo, el ingeniero, se preparó para huir de ahí a toda máquina, pero no pudo, estaba inmóvil, pegado al suelo, mientas el cigarrillo le quemaba los dedos, sin que pudiera percibirlo, ¡qué miedo!, “cuánto miedo tienen los soberbios incrédulos como tú, encumbrado ingeniero, te torturaría en tu propia cruz hasta que declines tu soberbia…”, aquella voz siguió en el cerebro de Pedro el ingeniero hasta que el doctor tocó tierra firme.
–Perdón, Doctor, no hice nada que le molestara.
–Mientras venías en ningún momento dejaste de subestimarme.
La respuesta hizo que el ingeniero entendiera perfectamente quién era el doctor, Dios, y nada más, para qué complicarse la vida, un Dios que lee el pensamiento y camina sobre el agua, un Dios que tomó la forma del doctor Dieter, un Dios que me está poniendo a prueba, lo sabe todo, no necesita buscar nada, para que buscar una cruz precolombina en piedra.
–No te confundas, no soy Dios, soy igual que tú, soy tu pasado.
–No más pruebas, Dios mío, aquí estoy y ahora me arrodillo ante ti, soy tu humilde siervo, puedes hacer de mí lo que sea tu voluntad, sólo te pido por mi familia y mis ancianos padres.
–Levántate no seas servil, ¡qué no soy Dios!, a Dios no le gustaría verte arrodillado, te condenaría al fuego eterno. Levántate, somos amigos, al menos yo me considero tu amigo, olvídate que soy Dios, por lo menos mientras estés frente a mí.
Entonces se abrazaron, en abrazo tan humano que el ingeniero así lo sintió, y sintió más, todavía, un Dios hecho hombre o un hombre hecho Díos.

Pero Bermúdez se consideró, en aquel momento, un hombre ilimitadamente afortunado, tenía la confianza de La Minera porque tenía la facilidad de treparse en cualquier carro, y ahora estaba en fuerte abrazo con Dios, no menos que Cristo quizá, y más afortunado que Monseñor Bambaren que había logrado la santificación en vida haciéndose pintar recibiendo la mano de Cristo en camino al paraíso celestial, nada menos que en el altar mayor de la Iglesia de Nuevo Chimbote de la provincia de Santa. Estaba feliz y todos los malos pensamientos se le despejaron.

Terminado el abrazo, y aturdidos por el frío, doctor e ingeniero se subieron a la camioneta.
–¿Y ese crucifijo?, antes, usted no lo llevaba –inició la conversación el ingeniero.
–Siempre, lo llevo conmigo , sólo que antes no lo mostraba.
–A propósito, me gustaría saber acerca de la cruz que usted está buscando.
–Es la aproximación más cercana a la esvástica, conozco la historia de la cruz sólo quiero ratificarla, sucedió en una sociedad antigua de por aquí –el doctor manipuló su crucifico y apareció una fotografía en un visor, tipo celular–, es ésta. 
–La tengo, Dios mío –dijo el ingeniero.
–¿Dónde la tienes, en tu casa?.
–¡En el museo de Cabana! – respondió en primera, no podía entrar en rodeos, el ingeniero, el doctor leería su pensamiento.
–Vamos a Cabana.
–Sí vamos, por ahí tengo que regresar, tres horas a Cabana.
–Que sean cuatro, para no contaminar el ambiente.
–Lo que usted diga, Doctor. Vamos.
–Vamos y trataremos de no entretenernos con los lugareños.
–Sí, de acuerdo. ¿Puedo preguntarle algo?.
–Sólo pregunta y te respondo.
–¿Sigue usted en Alemania?.
–Vivo en otro planeta, muy lejano a éste.
Mutismo en el preguntador, y miedo, incredulidad.
–¿Otra vez dudando? –dijo el doctor.
–No, no, no, cómo cree. No dudo para nada.
–Entonces sigue preguntando.
–¿Cómo llegó hasta la laguna?.
–Bueno, precisamente ahora no llegué, soy una réplica de mí mismo, estoy aquí y en otras partes si así lo quisiera.
–Como Dios en todas partes.

Y ahora estaba multiconfundido, el ingeniero, no podía dejar de dudar y creer a la vez. El doctor lo dejó sumido en dudas y cavilaciones, no quería interrumpir porque al ingeniero le resultaba imposible comportarse de otra manera, el doctor lo sabía, era la naturaleza humana, la misma que él tenía, dejó que la mente del ingeniero se portara como tal, iba al volante y otro golpe de sorpresa podría hacer que perdiera el control de la camioneta. Por fin volvió a preguntar.
–Aquella vez que le conocí ¿también fue una replica de usted mismo?.
–Aquella vez llegué en mi propia nave que estacioné en la laguna de Pelagatos.
–¿Cuántos años demoró en llegar?.
–Horas, menos horas que a Cabana.
–¿Tan cerca está el planeta de donde viene?.
–Infinitamente lejos.
Y nuevamente el infernal mutismo lleno de dudas en el ingeniero, mientras se desplazaban por la polvorienta carretera, que pasó de largo por el pueblo de Pampas sin fijarse en la multitud que lo esperaba, y eso estaba bien, funcionaba el viaje sin interrupciones sin que siquiera pudiera darse cuenta el ingeniero. Y ya en la serpenteante y polvorienta carretera que va a dar a la confluencia de los dos ríos para dar origen al Tablachaca, volvió a preguntar.
–¿Cómo se puede llegar tan rápido de un planeta infinitamente lejano, doctor?.
– Sé que conoces algo de magnetismo.
–Vagamente, muy poco, casi nada.
–Suficiente. Vine por un carril electromagnético, en otras palabras, por líneas de fuerza de diferentes campos magnéticos.
–Creo que tendré que estudiar mucho de magnetismo, mientras tanto no podría entenderle perfectamente.
–Te comprendo.
–¿Qué combustible usa su nave?.
–Ninguno, fuerza magnética. Aunque a veces se hace necesario usar hidrógeno.
Campos magnéticos, líneas de fuerza carril en el vacío, todo eso totalmente inalcanzable para un ingeniero de minas ensamblado para transformar rocas en minerales, pero seguiría preguntando porque ya se estaba acostumbrando a escuchar esa realidad, abstracta para él, y común y real para el doctor.
–

Doctor, ¿o sea que aquella vez que abordó el camión rumbo a Trujillo, usted se fue a la laguna?.
–Exactamente.
–¿Y si yo le hubiera ido a buscar en Alemania, no le hubiera encontrado?.
–Sí, porque tenía que entregar la pacra allá, era parte de mi misión.
–¿Y su nave, se quedó en la laguna?.
–No, me estacioné en un lago de los Alpes. Ya había estado antes, ahí, y en otros lagos, también.
–¿Sabía usted que por esos días desapareció una muchacha en la laguna de Pelagatos?.
–¡Amatista!, sí, volví a la laguna para llevarla a mi planeta y regresé para establecerme en Alemania. Amatista era una criatura inocente aún, que merecía ser rescatada de este planeta. No, no sientas celos, no la llevé para mí, la llevé para salvarla, ella vive allá y es muy feliz.
–La buscaron en la laguna hasta agotar todos los medios, y ni rastro de ella, los buzos dijeron que posiblemente fue atrapada y digerida por las plantas acuáticas de lo más profundo de la laguna, los ingenieros decían que fue atrapada por un remolino que hay al fondo y al otro extremo de la laguna y que da origen a una corriente de agua subterránea, pero otros decían que fue engullida por un monstruo acuático que tiene un solo ojo como faro de camión y que por las noches emerge desde allá desde el otro extremo de la laguna para inspeccionar su dominio.
–Lo siento por todo lo que ocasionó su desaparición, pero fue por su bien, y si tú no me abandonabas aquella vez en la puna, también hubieses ido conmigo. ¡Caramba!, vieron el faro de mi nave como el ojo de un monstruo, interesante, eh. 
Pensar en esa pasada posibilidad le entregó un mundo de felicidad, imaginando su vida a lado de la mujer que amaba, hubiese sido su primer hombre y ella su primera mujer, en un paraíso desconocido que aún no imaginaba.
–¿Cómo era esa nave suya, la tenía sumergida en la laguna?.
–Ahora está ahí, y no sumergida, aunque podría estarlo.
–No la he visto.
–No podrías verla, nuestras naves tienen un camuflaje que refleja todos los rayos de luz y absorbe las ondas sonoras. En verdad, son naves muy simples, ¿no crees?. Son de forma cónica regulable, compuesta por troncos de cono huecos y concéntricos, que se alargan y se acortan según se necesite despegar, estacionar o navegar, y funcionan con energía magnética. Inicialmente, nuestras naves no respondían a la energía magnética cuando entraban a la atmósfera de los planetas, entonces se hizo imprescindible el uso de hélices y propulsión a reacción dentro de la atmósfera, usando hidrógeno como combustible, hélices para controlar el descenso, ascenso y movimiento radial dentro del planeta, y propulsión a reacción para despegar. Ahora nuestras naves, además de energía magnética, siguen usando hélices y propulsión a reacción en desplazamientos internos dentro de los planetas, como alternativa de diversificación de uso. Podríamos haber ido al museo de Cabana con la nave, pero, para qué, si además tiene sesenta metros de diámetro. Siempre nos hemos estacionado en lagos y mares para obtener el hidrógeno que necesitamos, pero preferimos los lagos de agua dulce porque la salada es corrosiva.
–¿Cómo es el planeta en el que vive?.
–Muy parecido a éste, sólo que un poco más grande.
–¿El doble?
–Sólo un 20 % más .
–

Quiero preguntarle algo, pero no lo tome a mal.
–Sí ya sé, me ves igual que antes, para ti no he envejecido nada, es que nuestro promedio de vida es de mil años.
–¡Ay chucha!
Esa edad si le era familiar porque procedía de padres católicos y se formó en un mundo católico, y bien lo sabía por eso que registra la Biblia sobre Matusalén y los otros hombres bíblicos de larga vida.
–

Justamente, lo que estás pensando, ahora comprenderás el porqué te dije que soy tu pasado.
–En un inició acepté la existencia de esos hombres de Dios, pero, después razonando un poco, pensé que los años de aquellos tiempos eran algo así como los meses de ahora.
–Razonamiento equivocado, porque aquí me tienes.
–¿Y porqué ahora nuestra vida es más corta?.
–La de los humanos terrestres, pero no la mía ni la de los demás de mi planeta, tengo cuatrocientos treinta y cinco años.
¡Cuatrocientos años!, con cuatrocientos años Pedro Bermúdez sería dueño del planeta tierra, para qué más, todo un planeta para el solito, a todo lujo y a todo dar, y hasta me lanzaría al espacio con mi propia nave a la conquista de otros mundos, ya quisiera yo tener la larga vida que tiene este…
–

Justamente, la codicia, el egoísmo, la desmedida ambición y todo eso, propio de ustedes, han desgastado la vida de los terrenales, tú mismo lo estás explicando en tu pensamiento, mi querido ingeniero.
–Perdón Doctor, mi Doctor, Dios mío, he pecado de pensamiento.
–Pero también de obra.
–Perdón, no fue mi intención.
–No pidas perdón, es tu naturaleza moldeada en este planeta.

Su pensamiento se concentró en Amatista, la temprana mujer que removió su corazón, qué estaría haciendo por allá por ese planeta tan lejano, cuanto de vida tendría.
–Amatista vivirá mil años, si eso te tranquiliza.
–Me gustaría vivir con ella, dejaría todo en este mundo y me iría para allá si usted me concede el favor.
–Estás demasiado contaminado para ir allá pero no imposibilitado.
–Entonces, ¿me llevaría?.
–Primero vayamos a Cabana, quiero ver esa piedra, mientras tanto puedes seguir preguntando algo que quieres saber.
–Eso de que Adán fue hecho de barro y Eva de la costilla de él, me parece muy ingenuo –dijo eso, el ingeniero, y se persignó.
–Bueno, no precisamente fue hecho de barro, arcilla moldeable, es una forma de explicar que el humano es moldeable, adaptable, social y ecológicamente, lo cual explicaba la adaptación de mis antepasados en la tierra después de repetidos intentos. Luego, eso de la costilla, no es más que una explicación disimulada de lo que ustedes llaman ingeniería genética que tuvo que aplicarse para la adaptación en este planeta, ya que existía el antecedente de que todas las mujeres que antes vinieron en pareja en misión de colonización se aterrorizaban hasta no más en este mundo, que terminaban pariendo hijos de igual apariencia terrorífica. Eran sus hijos extrañas criaturas que se lanzaron a poblar las junglas.

Qué explicación era ésa que tiraba por la borda sin asco alguno todas las teorías del origen del hombre en la tierra, el ingeniero admitía que el hombre fue creado por Dios, pero también admitía que el hombre descendía del mono, pero jamás se preguntó el porqué Dios no sigue haciendo hombres tan puros como el primer hombre, como jamás se preguntó el porqué los monos no siguen originando más hombres. Estaba acostumbrado a trabajar con normas, normas técnicas y administrativas, normas de calidad, de calidad total, bajo las cuales debería enmarcarse, estaba acostumbrado a que lo impusieran, aunque nadie le había impuesto trepar y subordinar a como de lugar, lo practicaba porque era una norma impuesta de hecho por la sociedad, pero entonces nadie le imponía nada y no tenía porque aceptar la explicación.

Perdón, Doctor, pero no me convence.
–No tengo porqué convencerte.
–No, no, usted es Dios. No hay más que comprender. Le he visto caminar sobre el agua.
–Bueno, sí, se puede levitar tranquilamente sobre el agua por magnetismo controlado por un ordenador, recuerda que el agua es un buen conductor de electricidad, y si a esto sumamos el poder magnético de la montaña, entonces también se puede levitar fuera del agua.
–Bueno, eso si no está a mi alcance, sinceramente.
…
–Usted dijo “Eran sus hijos extrañas criaturas que se lanzaron a poblar las junglas”, ¿ me podría explicar con mayor detalle?. 
–Con todo gusto, pero, pero para la camioneta para que puedas escucharme perfectamente.
–Justamente, me moría por un cigarrillo.
Frenó y estacionó la camioneta al costado derecho de la carretera, venía tan compenetrado en aquella conversación de otro mundo que no tenía ojos para admiran los campos amarillentos prometedores de buena y madura mies que tenía al frente, y le pareció que la camioneta había levitado hasta estacionarse ahí donde ahora estaban, porque no pudo percatarse de su paso por abajo por la confluencia de los dos ríos. Ahora estaban ya frente a la campiña de Shindol, en una saliente de la ladera, y por abajo circulaba el turbio río Tablachaca, que más turbio se tornaba con la avalancha de rocas y tierra que caían a su cause desde la misma cima del cerro Parihuanca. Ahí trabajaba otra minera a tajo abierto en busca de oro, y arrojaba sus desechos al río, la Minera SS, no de las cámaras de gas, sino, la de los ambientes de polvo, trabajaba por las noches para disimular la polvareda, y por eso los campos amarillentos y no por la mies madura. ¡Qué estupidez!, exclamó el doctor mirando al Parihuanca, eso y nada más, dijo, porque tenía que complacer al ingeniero.

–Ponte cómodo. Bien. Cuando mis antepasados se enteraron que nuestro planeta quedaría desierto en cinco millones de años, perfeccionaron la navegación espacial y empezaron a buscar planetas similares al nuestro para colonizarlos, y encontraron éste, entonces de exuberante vegetación, agua y agua limpia en todas sus formas, aves y más criaturas que las que ahora tiene.

Los cosmonautas nunca regresaron porque les tomó casi toda una vida llegar hasta aquí, pero reportaron lo que encontraron. Con toda la información obtenida los científicos optaron por mandar hasta aquí jóvenes parejas de humanos en sendas naves, que controladamente se reproducían en el trayecto. Ya aquí, se estacionaron en diferentes lagos y mares entre lo que ustedes llaman trópicos, la reproducción arrojaba crías deformes en lugar de humanos, era de esperarse, porque el proceso de reproducción se estaba dando en condiciones diferentes a la naturaleza del planeta de origen, así que el humano deformó gradualmente hasta llegar a lo que ustedes llaman monos.

Y ahí quedó todo, porque, mientras tanto, mis antepasados habían encontrado un planeta semejante al nuestro, y además unido a él por un carril magnético que reducía notablemente el tiempo de viaje. Y abandonaron el planeta de origen antes de que fuera demasiado tarde.
–¿O sea que usted?.
–Sí, yo vengo del planeta conquistado, el planeta moribundo gravita alrededor de un planeta de masa ochenta veces mayor.
–¿Y no tenía vida el planeta ese?.
–Sí, y tan cerca del planeta de mis antepasados, poblado con criaturas gigantescas, entre ellas seres que dominaban ese mundo, parecidos a nosotros, pero con un solo ojo.
–¿Porqué no lo colonizaron?
–No fue posible vivir ahí, los que iban quedaban pegados a la superficie, la adaptación hubiese sido muy penosa, ni hablar, además estaba superpoblado.
–Usted dijo “Y ahí quedó todo”.

Si ahí hubiera quedado todo, usted no estaría aquí.
–Claro, quise decir que ahí quedó el intento de colonización de la tierra, pero, además, la tierra ya era parte nuestra, habíamos enviado aquí a nuestros semejantes y degeneraron, y vino la inquietud por ellos, el querer saber que pudo haberles pasado. Nuestra navegación espacial había alcanzado ya gran nivel, habíamos superado en eso a otros habitantes de otros planetas, y empezamos a venir como de paseo. Se dio inicio a un proceso de adaptación, ya te he mencionado, lo que aquí se llama ingeniería genética, se puso en práctica en eso que ustedes llaman Edén, se puso en práctica en lo que ahora se llama Europa, Asía, África y América, en épocas diferentes, estaban vigilados por nosotros.

Y algunos milenios después los colonizadores perdieron la capacidad de comunicarse mentalmente, no resultó la adaptación conforme lo esperábamos. Los terrestres obtuvieron rasgos diferentes según sus colonias, se habían formado razas, las que todos conocen. No trabajaban, ¡para qué en un mundo de abundancia!, la ociosidad los llevó a inventar juegos para entretenerse y nació el odio entre contrincantes hasta destruirse mutuamente disputándose la supremacía. No atendían nuestros consejos y se sublevaron contra nosotros porque nos consideraban extraños, extraños pretendiendo apoderarse de la tierra que la consideraban suya. Por su rareza y maleabilidad les enseñamos a trabajar el oro, nada más para que se entretuvieran, y consideraron que nosotros estábamos interesados en el metal para construir nuestras naves, era natural que pensaran eso, las naves, ocasionalmente, brillaban y aún brillan como el oro, ya te había dicho que reflejan todos los rayos luminosos. Inspirados por el reflejo de nuestras naves se lanzaron a la conquista del oro, en todas las colonias, para construir sus propias naves y seguirnos, y al no poder construirlas le dieron al metal un trato divino, y lo apostaban durante sus juegos. Hubieron escasos humanos que conservaron intacta su naturaleza primigenia, así que con ellos manteníamos reuniones en nuestras visitas, y nos apartamos de las muchedumbres, sólo manteníamos comunicación con nuestros escogidos. Oro y más oro, se formaron grupos delimitando territorios, y se inventaron guerras para conservarlos, y para ganarlas reclutaban a los jóvenes ¡a la fuerza!, las madres lloraban estos arrebatos porque sus hijos no regresaban con vida, y se apoderó en ellas el miedo por procrear que de tanto miedo por perder lo mejor de lo creado, perdieron su capacidad de ovulación, aquella capacidad de procrear de por vida, y lo peor, en ese infierno de guerras sin sentido se les acortó significativamente la vida. Teníamos el poder para destruirlos, pero no es nuestra naturaleza usar tal poder, así que, los nuestros, para hacerse escuchar, tuvieron que decir que eran hijos de un Ser todopoderoso, creador del universo y dueño de las criaturas de la tierra, pero los líderes de los otros, en ciego afán por dominar, también se hicieron llamar hijos de Dios. Los dominantes sabían de nuestra existencia, y decretaron leyes que impidieran a los terrestres todo acercamiento con nosotros. Empezamos a recuperar a los nuestros, pero se quedaron los intermedios, ¡y nos imploraban!, y en sus manifestaciones artísticas disimuladamente nos perennizaban con la esperanza de que los llevásemos con nosotros, pero no podemos llevarlos a todos los que quieren, sino, a los que nosotros elegimos.

No hubo más, el doctor lloraba y el otro , el otro roncó su camioneta y a Cabana, inundando el ambiente con polvo de carretera. 
Ingresaron al museo, y el doctor acarició la piedra cuadrada recorriendo el grabado en bajo relieve. Y lloró como un niño. No era más que una hélice de cuatro aletas, idéntica a las hélices de las naves que él muy bien conocía. Y una escultura de piedra, ni más ni menos, la cabeza de un cosmonauta. Y todos esos gravados curvos en cerámicas y otras piedras, formas aerodinámicas, fluidos aerodinámicos, corrientes de aire expulsadas por las hélices. Y portezuelas, y añadiduras de naves espaciales, todo eso que cualquiera no podría ver. Celular a la oreja, el Alcalde y su séquito llegaban en busca del ingeniero, “unas cervezas antes del almuerzo”, corearon. El doctor Dieter, dijo el ingeniero, qué doctor ni que nada, ellos no podían verlo, sólo el Ingeniero. El doctor se subió en la camioneta y el ingeniero también, dejando perplejos a los demás, e iniciaron el retorno. Aún había interrogantes.
–Doctor, porqué te portaste insolente, ése era el Alcalde.
–Era inútil, ingeniero, ni él ni los demás podrían verme.
–¡Oh!, mi Dios, perdón, pero, ¿qué encontró usted en ese museo que se puso a llorar?.
–La cruz, mejor dicho la hélice, de esas que tienen nuestras naves, cosmonautas y mucho más.
–Bueno, sí, claro, lo que resaltan esas dos piedras, parecen hélices, pero no son más que molinetes de maíz de los indios. Pero, ¿cosmonautas y más?.
–¿Cosmonautas?, creo que no te diste cuenta, hay gravados que evidencian cosmonautas, pero hay una escultura reveladora semejante a las que ustedes llaman cabeza clava de Chavín. Por ahí, talvez se encuentre un cosmonauta en tamaño natural, parecido al lanzón de Chavín, expresión fundida de un cosmonauta y su nave.


Se le aclararon las ideas al ingeniero, se acordó, inclusive, que los fundadores del imperio incaico salieron del lago Titicaca, y el Dios de los mochicas, del mar. Todo estaba claro, ahora. Y el doctor, no era más que un científico de Alemania que había alardeado de su procedencia extra terrestre, y recién de su invisibilidad para los demás.
–¿Otra vez dudando?.
–Sí pues, Doctor, cómo es eso de que usted es una réplica de usted mismo.
–Es muy simple, me he subido en mi planeta a un ordenador y me he disparado por todo el universo donde hay una nave como la que tengo en Pelagatos.
–¡!.
–Se nota que no te has dado cuenta cómo funciona eso que ustedes llaman Internet.
¡Otro mutismo!, y ahora hasta llegar a la misma loma de Ferrer, la tierra de Toledo, ahí se paró el ingeniero, sin saber porqué lo hacía, sólo se detuvo en plena loma.

El doctor manipuló la cruz que llevaba al pecho, y le dijo:
–Esta cruz, así como la esvástica, la hoz y el martillo, la cruz cristiana y tantas otras, son hélices muy bien disimuladas por artistas, hélices empotradas en las bases de nuestras naves. Ya te he dicho que se decretaron leyes para alejarlos de nosotros, se instituyó el terror en nombre de Dios, aquel que osaba revelar la verdad era condenado a morir. Bien, y de todas las cruces conocidas, la del museo de Cabana es la más reveladora, es idéntica, tallada por un gran hombre que no le temía a nada, lo rescatamos y vivió con nosotros. Ese hombre, ese hombre era mi bisabuelo, y por lo mismo, yo amo a este planeta.
Y manipulando la cruz apareció en la pantalla, ¡Amatista!, la mostró al ingeniero, y él la vio como en aquellos tiempos, muy hermosa, como en sus primaverales años. Sonó el celular del ingeniero, ¡Piter!, dónde estás, Piter, Piter porqué no llamas, nosotros por aquí preocupados y tú, ¡nada!… Sí, mi amor, mi reina, mira ve, es que, nada…
Nada, pues, nada se hizo el doctor desapareciendo en silencioso relámpago rumbo a Pelagatos, mientras el ingeniero enmudecía por la sorpresa.
Pero qué, no pasó mucho tiempo y salió de su ensimismamiento.
Dos de la tarde, se dijo el ingeniero, mientras guardaba el celular.

Hinchó el pechó y se subió a la camioneta, ahí se detuvo un momento para decidir el viaje a Lima, ¿por Cabana o por Llaymucha?, mejor por Llaymucha, así tendré que pasar por Pallasca y hablar con las autoridades, no está demás, que me vayan conociendo por si La Minera tenga algo por ahí, sólo un saludo y nada más, debo llegar a Lima como sea. Mejor, ¡machete en tu vaina!, nunca dejes lo seguro por lo incierto, me repetía mi padre. Medía vuelta, carajo, pasaré veloz por Cabana, qué almorzar ni qué nada, tengo galletas y gaseosas, por aquí cocinan que es un asco. ¡A Chimbote! y luego a Lima.
Llegó a Lima, a la misma Molina, a las tres de la madrugada del siguiente día.

Y la siguiente semana trabajó perfilando el Informe. La última de las siete recomendaciones contemplaba:
“Entregar veinticinco mil soles a cada comunero para aliviar la pobreza en la que se encuentran”.
No era una recomendación técnica, no encajaba en la plantilla que tenía como modelo, lo recomendó porque en fin, porque no tenía más que recomendar, y porque se le había ocurrido en el viaje. Lo recomendó sin imaginar que seis meses después La Minera compraría la felicidad de los lugareños con veinte mil soles por cada comunero. Llegaron en helicóptero para entregar el dinero, y los comuneros aplaudieron a rabiar desde antes que aterrizara hasta después que despegó y se perdió rompiendo el horizonte. 
Pedro Bermúdez Lavado, el ingeniero, había remitido un Informe de cien páginas, con fotos, estándares, monitoreos, mapas y tantos otros anexos de relleno.

Dos semanas, nada más, había invertido el funcionario en el Informe de Impacto Ambiental, una en trabajo de campo y otra en oficina. Y ahí estaba, otra vez, ahí tras del escritorio, en lo que él llamaba su oficina, en un edificio de siete pisos de La Minera, en Surquillo, sentado en el sillón que se balanceaba con el bambolear del funcionario minero de confianza de La Minera, ahí ojeando algunos papeles y contestando el celular con la portátil computadora abierta alertando me gustas y comentarios por el nuevo estado del funcionario “Los pobres del país por fin serán ricos gracias a la explotación del oro”, mientras sonaba persistentemente el teléfono fijo… Descolgó el teléfono, y ¡oh!, ¡sorpresa!, desbordante alegría, lo felicitaba por el Informe el mismo Presidente del Directorio, para que vean quiénes somos los Bermúdez, sí, pues, pero, también, de otro lado, el mismo Presidente lo destacaba a trabajar en Magistral como Jefe de Seguridad Integral, y esto, esto sí que lo catapultó.

Comprendió que era el inicio del fin, luego lo despedirían, por eso entró en angustioso aturdimiento, y recordando se quedó dormido para siempre, muerto, sentado en el retrete.

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SUERTE DE CABALLO, por Walter Elías Álvarez Bocanegra., de Pallasca, Ancash, Perú.

Walter Elías Alvarez Bocanegra



 

Suerte de Caballo

Era el más hermoso de los caballos que jamás se había visto en aquel pueblo andino, un alazán de cuatro albos y frente blanca, hasta abajo, hasta perderse entre nariz y nariz. La impresionante melena le caía en la frente y al lado izquierdo del cogote, impresionante el liso pelaje del cuerpo como impresionante la tupida cola, corvo el cogote, ancho el pecho, las ancas redondas y suave al montar, era todo eso que los expertos en caballos andinos calificaban y califican como excelente. Tenía cuatro años y trotaba alegre y desafiante por los potreros demarcando lo que sentía su propiedad, y lo sentía con orgullo por esos alfalfares bien llevados que sólo ahí resaltaban, luego se detenía en el centro del pastizal y parándose en las patas traseras daba un relincho mientras con las delanteras desafiaba a quien de su especie por ahí anduviera, pero nada, nadie osaba responder el desafío. Y arrogante, el hermoso caballo, ya con las cuatro patas sobre tierra, curvaba el rabo y el cogote con indescriptible elegancia para desfilar en círculo y con trote retenido emitiendo amenazadores ronquidos que armonizaban con potentes chorros de aire disparados por sus narices, y por eso el hijo menor de Ambrosio lo llamaba ¡Ronco!, mientras disfrutaba al contemplarlo.

Los dueños de las yeguas de aquel pueblo lo miraban con codicia, anhelantes, hasta no más, por tener algo parecido.
Ambrosio, así se llamaba el dueño del caballo, era un hombre de negocios con varias hectáreas de terrenos de cultivo y ganado variado, además de muchos hijos y mujeres como parte de su patrimonio, y según decía, los tenía porque podía mantenerlos. Ambrosio no se quedaría con el animal si podría obtener por él un buen precio por su venta. Un día llegó hasta la finca de Ambrosio, jalando una yegua en celo, uno de sus cercanos parientes y ofreció pagar por el servicio de apareamiento nada más y nada menos que lo que costaba su maltratada yegua. Se prendió en Ambrosio la chispa de negociante y aceptó de muy buena gana aquella suma de dinero, en ese momento desapareció de su mente toda posibilidad de venta del hermoso animal, estaba feliz, ¡por él que llegaran todas las yeguas del mundo!, y feliz el noble e imponente Ronco porque le llegaran aquellas hembras. Mas, dada la elevada tarifa por el servicio del semental, muy pocos lugareños podían pagar, así que Ronco se pasaba gran parte de los días de relincho en relincho, solamente mirando a las apetecibles hembras…
Y Ambrosio creyó conveniente publicitar a su brioso animal en los pueblos vecinos y se ocupó personalmente de chalanearlo en concursos de caballos de paso de las fiestas patronales ganando los codiciados premios.

Así que, la fama del multi galardonado Ronco se acrecentó, y, el placer volvió con el caballo y la alegría inundó el rostro de Ambrosio, el hombre era feliz porque el dinero recaudado engrosaba día a día con el coito de exportación. 
Tiempo después, los hijos del semental se encontraban ya en edad de reproducción, muchos nuevos sementales remplazaban a Ronco, por consiguiente el precio por monta disminuyó, y el semental de Ambrosio envejecía del mismo modo que la preferencia por sus servicios decrecía.

Uno de esos días el ardiente animal no aguantó más su impulso sexual y saltó la cerca para trepar a una hermosa potranca que pastaba en la parcela vecina, desde aquel día y en adelante repetía la acción de saltar la cerca para dar rienda suelta a su apetito sexual con cada hembra que se le presentaba, tantas y tantas veces que Ambrosio comenzó a aburrirse del comportamiento del semental, fue más, hasta tenía que pagar a los dueños de las parcelas por los daños que Ronco ocasionaba en su desenfrenada carrera por conseguir hembra. Y Ambrosio optó por atarlo a una estaca, pero, pronto el animal aprendió a jalar la estaca, y así, con la estaca arrastrando emprendía su aprendido hábito de saltar las cercas para conseguir mitigar su apetito sexual.

Ambrosio, como buen empresario agrícola, evaluó que el animal ya no le resultaba rentable como semental. Además, cuantificó que el dinero que le había ingresado, por los servicios de monta, ascendía a quinientas veces el precio del mejor semental, así que decidió castrar al animal para usarlo en los diarios y duros trabajos de campo o para ponerlo a la venta, a esta decisión se opuso el último de sus hijos, pero con oposición o sin ella el animal sería castrado porque Ambrosio no admitía que se opusieran en sus decisiones. ¡Castración que no sucedió!, porque quiso la casualidad que ese día estuviera por ahí un aficionado yegüerizo de un pueblo lejano que gustó de la estampa del cuadrúpedo y le pidió a Ambrosio le vendiera al animal, a esto se volvió a oponer el hijo menor de Ambrosio, pero Ambrosio, terco como era, echó al hijo de su casa y vendió al cuadrúpedo.

El nuevo amo lo llevó hasta su pueblo, y los aldeanos enterados de aquella semental aparición empezaron a llegar con sus yeguas para aparearlas, pero el pobre animal ya era viejo y se encontraba agotado, y aunque se valían de un hurgón para hacer llegar el miembro de Ronco a la caverna de la yegua, la virilidad no respondía. Y el nuevo amo creyó conveniente castrar al animal para ponerlo en venta. ¡Y lo castró! y lo puso en venta.

¡La suerte que le esperaba al pobre animal!, por allá, por esos mundos, los caballos no usan herraduras, los amos consideran que herrar a los cuadrúpedos es un gasto de más “¡tantu gastu!”. Entonces el otrora engreído Ronco fue introducido en la tropa de acémilas de un arriero, hay muchos arrieros por ahí y todos tienen un solo patrón, y es el mismo patrón que tiene Ambrosio, un patrón que claman a gritos cada día pero que sin embargo él no los conoce porque ni a sí mismo se conoce. Un hedor a carne podrida emana en los pesebres de los arrieros, las pobres bestias llevan una herida desde la cruz hasta el rabo, ninguna tiene herraduras, los burros y mulas no sufren tanto por esta omisión, aquí los caballos por ser los más sensibles se llevaban lo peor. 
Las piaras mueren día a día por el mal trato y contradictoriamente crecen día a día por el impulso sexual de la especie. Las bestias caen con carga y todo en el escabroso camino mientras el látigo del arriero revienta en sus maltratados lomos. Las bestias caen y ahí son abandonadas, algunas se recuperan mordiendo las yerbas del camino y son vendidas a las fábricas de embutidos, otras, las más prometedoras son reincorporadas a la piara, y otras ahí no más, al tercer día, mueren, pero antes de morir llegan hasta ellas los buitres y conversan con las bestias:
–¿De que quieres que padezcan tus diferentes amos antes de morir? –preguntan al unísono, los buitres.
Y después de cruzar miradas los buitres inician su opípara merienda. Tiempo después los amos terminan muriendo por dónde empieza el buitre a picar a la bestia. Los arrieros mueren de todo y, ¡y el patrón nunca muere porque no tiene corazón!.

Pero el último hijo de Ambrosio, que pasó los primeros años de su vida junto a Ronco, él sí, ¡él sí tiene corazón!, así que apenas se hizo hombre y consiguió libertad económica se encamino en busca de Ronco. Y antes que los buitres iniciaran su merienda lo salvó y lo llevó a vivir junto a él. 
Y desde entonces Ronco vive protegido, mientras Ambrosio, impotente, corva su enfermizo cuerpo recorriendo día a día sus pertenencias ante la mirada codiciosa de sus demás hijos, y cada día que lo hace las encuentra disminuidas y al evaluar el decremento de su riqueza se le quiebra la vida sin conseguir la muerte.

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SHUGUL, por Walter Elías Álvarez Bocanegra., de Pallasca, Ancash, Perú.

Walter Elías Álvarez Bocanegra

SHUGUL

 

Allá en la Corte Superior de Trujillo, mientras se ventilaba un caso de violación, el fiscal preguntó al reo.
–¿Cómo la violaste?.
–Ha la gandola –respondió el reo, tartamudeando, deletreando, mientras miraba una inscripción hecha en el dorso de su mano izquierda.
Silencio en la Corte, la frase “a la gandola” no la digerían los magistrados, todos se quedaron perplejos, repentinamente a un vocal de mucha apariencia serranil se le ocurrió preguntar al reo.
–¿De dónde eres?
–De Shullugay.
–¿Dónde queda eso, en que pueblo en qué provincia?.
–En el pueblo de Shullugay, en la provincia de Pallasca –respondió con evidente nostalgia.
Alivio en la Sala, los magistrados cruzaron miradas y hablaron al unísono: ¡El Doctor Murphy!.
….

Algunos lo conocían como Shugul, otros como Shugúll, los lugareños que habían pasado mucho tiempo en el litoral peruano lo llamaban Chugul y los más acriollados Chuguy, tan acriollados que al pollo lo llamaban poyo, y al contemplar el poyo de barro en la rústica cocina del hogar primigenio, antes de sentarse a comer, ya no sabían que decir, porque hasta entonces lo único que se habían aprendido como serranos acriollados en el litoral era el reemplazo de la “elle” por la “ye” en la pronunciación de las palabras. De piedrecillas irregulares que si alguien las pisaba rodaba por el camino rompiéndose la crisma, piedrecillas desintegradas provenientes de grandes pizarras mezcladas ahí con tierra del color del crepúsculo vespertino y de consistencia arenosa, así era el lugar, extremadamente accidentado y con espinosos arbustos por doquier, así sigue siendo Shugul, un paraje en el pueblo de Pallasca.

“Creí que no volvería por ahí, por esas tierras donde mi madre, en condominio con sus hermanos, las conducía, claro que los hermanos no vivían en el lugar ni mucho menos en el cercano pueblo, ellos se establecieron por el litoral, donde el dinero producto de la pesca abundaba por entonces, era mi madre la que las administraba y compartía los productos agropecuarios con sus hermanos, y yo me preocupaba por capitalizarlas con cultivos permanentes además de la conservación de cercos y acequias de regadío. Ahí, al pie del condominio, vivía el Chaspao, un cuarentón, agricultor, él, en unos retazos de esas tierras…”.

Abajo en el chorro pena el alma de don Ricardo, comentaban los chacareros después del asesinato del anciano. Don Ricardo vivía en la comarca del frente luego de la profunda quebrada, tan lejos que don Ricardo demoraba medio día en llegar hasta la casa del Chaspao y tan cerca que de una vivienda a otra tío y sobrino a gritos charlaban amenamente. Don Ricardo era tío en enésimo grado del Chaspao, sólo que don Ricardo pudo atesorar durante toda su vida el precio de una yunta de bueyes, mientras el Chaspao se quemaba de sol a sol en unos sembradíos de pan llevar que matizaba cultivando algunas cebollas de rabo para poder venderlas y comprar la sal para el cushal y para de vez en cuando sazonar un apetitoso cuy que su mujer criaba en su corredor y dentro de la cavidad inferior del fogón. El apelativo “Chaspao” le vino de aquella vez que prendió una fogata al costado de la era después de la trilla de cebada para llamar al viento, y luego que la prendió el viento sopló tan fuerte que propagó el fuego abrazando a la parva y al infortunado chacarero que después de la convalecencia tuvo que soportar la terrible sensación de aparecer ante sus conocidos con el rostro parcialmente deformado por las quemaduras, muchos apelativos se ganó luego del terrible incidente y finalmente quedó como “Chaspao” que equivale a decir quemado por la parte exterior. Así que, sabedor del apetecible botín con cariñosas tretas se dirigió a don Ricardo para que lo prestara a una tasa de interés que estimuló la codicia de don Ricardo y accedió al préstamo. Cada mes recibía religiosamente los intereses y al llegar el cuarto mes el Chaspao se negó a pagar lo convenido, don Ricardo se acaloró en el reclamo y el Chaspao sacó un machete y a machetazo limpio dio cuenta de la vida del pobre anciano, no se inmutó y llenó el sangrante cadáver en un saco de lana y lo llevó doscientos metros allá, hasta el despeñadero, aflojó el saco y tiró el cadáver que de tumbo en tumbo fue a dar a la quebrada. Don Ricardo fue buscado al siguiente día por sus familiares y lo encontraron bien muerto en el fondo de la quebrada, para poder levantar el cuerpo tuvieron que dar cuenta al Juez de Primera Instancia que sin pérdida de tiempo ordenó al Juez de Paz del lugar el levantamiento del cadáver, pero al Juez de Primera Instancia no se le cocinaba que fuera un accidente natural el que dio cuenta de la vida de don Ricardo, así que mientras hicieron llegar al occiso al pueblo el Juez de Primera Instancia ya venía en camino, y cuando estuvo frente al cadáver pudo notar profundos cortes en el rostro del infortunado que motivaron su atención y sin pérdida de tiempo hizo llamar al Chaspao y le preguntó a quemarropa cuántas noches ha escuchado al alma del difunto penando en la quebrada, y él le dijo que tres, sin darse cuenta el criminal habló por su boca, y entonces el Juez siguió preguntando hasta acorralar al preguntado que finalmente terminó confesando su culpa. “¡Oígaste!, habiasido que las almas penan”.

El crimen sucedió cuando el que quería contar esta historia y no lo hizo porque no podía, aún era niño, ahora, Eulalio, que así no se llama pero así debería llamarse porque lo establecía el almanaque, ya pasó para cincuentón hace buen rato, y cuando era niño los corrales del condominio cercano a la casita del Chaspao los administraba un hermano de su madre, que por esas ironías del destino resultó enredado en amores con la hija del Chaspao que aún era menor de edad y Eulalio ya entraba a la pubertad. El enredo fue de película, sucedió que un ocasional pretendiente de la mozuela, nacido en el pueblo y acriollado en Lima y entonces de visita en el lugar, la encontró en dulce coloquio con el tío de Eulalio en el condominio de éste y los amenazó con vengarse, fue hasta abajo a la casa del Chaspao que purgaba condena en el penal, pero ahí estaba su esposa, doña Griselda, de cuarentonas rabias dentro de tres amplias polleras de lana de carnero, y como testigo presencial el pretendiente le contó una historia de entrega sexual, urdida por él, entre el tío de Eulalio y la hija de Griselda; Griselda y sus dos hijos mayores se constituyeron hasta la casita que habitaba el tío de Eulalio, un hombre poco tolerante de mediana estatura y de tez blanca de nombre Melquíades que así sí se llamaba por sobre todos los nombres del almanaque porque su padre casi liberal que estudió en el Colegio san Nicolás de Huamachuco así quiso que se llamara. Así, pues, que, con la rabia a chorros desde la nuca hasta los talones y esputando polvo, basurillas y piedrecillas, Griselda y sus dos hijos llegaron a la vivienda de Melquíades que haciendo gala de buen jinete abordó de un brinco a su azabache y los eludió a todo galope aumentando la rabia de sus perseguidores.
Griselda y su corte familiar regresaron hasta su casita con la venganza reventando en sus cabezas, se ubicaron el la cocinita del corredor y se sentaron en los troncos de maguey.
–China, tray tu tunto y siéntate a mi lado –ordenó la matriarca de la familia a la hija mientras sus dos hermanos la miraban con potente menosprecio–, ¡abre las piernas!.
La madre auscultó.
–¡No tiene nada esta puta e mierda! –agregó.
Pero, no titubeó ni un mísero momento y atrapó un cuy que se desplazaba por bajo sus amplias polleras, como impulsada por un brío sobrenatural cogió del poyo un cuchillo y dio cuenta del roedor sobre la sonrosada flor cartucho en eclosión de la muchacha, chisguetearon las malogradas arterias ahí mismo, en las piernas y en la ropa de la virginal, e inmediatamente la iracunda madre preguntó:
–¿China, dónde has dejao tu calzón sucio?, ¡eso si no has de saber so puta de mierda!.
La misma madre se apresuró a buscar el único calzón de la muchacha, lo extendió sobre el estrado del fogón y se arrastró por debajo de él, atrapó otro cuy, salió de retroceso, se paró, lo mató y dejó que cayera en la rosasucia prenda toda la sangre del animal, y, en el acto se marcharon al pueblo “¡A la autoridad a la autoridad! ”.
Así que con el fabricado cuerpo del delito el Comisario armó un atestado de la GP y ordenó la captura de Melquíades, mientras tanto Griselda marchó hasta la capital de la provincia y se presentó ante el Juez de Primera Instancia para reforzar la denuncia entre sollozos y maldiciones que bien le arderían las orejas a Melquíades, el Juez, que ella muy bien conocía porque era el mismo que encausó a su marido hasta el Penal de Huaraz, lo escuchaba incrédulo mirándola por sobre sus anteojos.
Melquíades llegó hasta la capital con fuerte resguardo policial, entre rubores y náuseas cruzó la plaza eludiendo las miradas de sus conocidos, el cortejo se paro en plena Plaza frente a lo que se llamaba La Cárcel, el tiempo que Melquíades demoró en desmontar y pasar las rejas fue para él el tiempo más amargo de su existencia.
Durante el comparendo el Juez preguntó a la ultrajada.
–¿Cómo ha sido?.
–Me ha tucushido con su aparato –dijo ella mientras miraba a su madre ahí presente.
–¿Y cómo ha sido? –preguntó el Juez a Melquíades.
–Estuve ¡HALAGÁNDOLA!.
El único médico de la capital de la provincia andina, el único médico del lugar en toda su vida no se encontraba para que certificara la violación, gozaba de sus vacaciones en la capital, así que el Juez habló con el supuesto violador.
–A falta de médico aquí, tendré que elevar el caso inmediatamente a la instancia superior, ahí hay muchos médicos, mientras tanto tú seguirás detenido, eso sí, tenlo muy presente que allá en el Penal los violadores son violados. Pero, te propongo una salida, ¡cásate y ya!.
–Me caso –dijo Melquides, le aterraba la idea de ser violado por reos macerados en penetrante lejía ávidos de descargarla en el orificio del violador con el pretexto de hacerse solidaria la justicia ajena, y, y le glorificaba la idea de ser el primer hombre de aquella muchacha con olor a tierra mojada, así que prefirió aceptar matrimonio y quedó impregnado en las mentes de las los pueblerinos más sencillos que una violación conforme lo había confesado Melquíades llevaba al matrimonio y no a la cárcel.

Melquíades se casó con Anastasia y se fueron a vivir al condominio que conducía Melquíades, luego su temprana mujer resultó embarazada. Anastasia no tenía día que no visitara a su madre, doña Griselda, que vivía como a medio kilómetro abajo de la casa de campo que habitaba el nuevo matrimonio, por camino zigzageante, sólo una propiedad, la propiedad de doña Petrona que vivía por Lima, separaba la casa de Griselda del condominio con la vivienda en la cabecera. Y uno de esos días.
–Hoy no irás a visitar a tu mamá hay mucho trabajo –Sentenció Melquíades a su mujer.
Fue suficiente para que la bronca en el naciente matrimonio empezara , con el dime que te diré y el pégame que te pegaré, y por fin, sin permiso ni nada, ni más ni menos, Anastasia se largó a la casa de su mama. Pasó uno, dos, tres, seis días, y no regresaba. Melquíades fue a buscarla, y cuando llegó Griselda meneaba de pie el tostador dentro del tiesto de barro y mientras lo hacía sus amplias polleras abanicaban los excrementos de los cuyes en el piso de tierra, miró a Melquíades disimuladamente de costado, escupió sobre el costado del fogón, lo invitó a pasar al corredor y le ofreció el asiento de tunto, y en seguida empezó a llamar a sus hijos. Los guapos llegaron más rápido que inmediato con la hermana tras de ellos, cogieron los garrotes del montón de leña y le propinaron a Melquíades tremenda paliza que lo dejaron tirado panza abajo. Cuando pudo recuperarse de la masacre caminando como borracho llegó hasta el pueblo, meses estuvo en la casa de su madre sin poder aliviarse completamente, viajó a la costa, su madre tras él, la madre enfermó y murió, a él lo internaron en un sanatorio y murió.
Luego de la muerte de Melquíades fue doña Asunción, hermana de Melquíades y madre de Eulalio, la que se ocupó de administrar el condominio.
Eulalio amaba a esas tierras, las amaba tanto como a su madre, que cada centímetro de ellas tenían el olor de su sudor, que de tanto amor moriría por defenderlas, y las defendió aquel día que descubrió a Santiago tirando las piedras de la cerca limítrofe de ambas propiedades.
Y por defenderlas aquel día estuvo a punto de hacerse criminal, Santiago era del pueblo, un poco mayor que Melquíades, sin propiedades ni nada pero añoraba tenerlas porque le encantaba la idea de ser algún día un pequeño criador de vacunos, ¡eso sí!, por lo mismo un día marchó treinta kilómetros a pie para trabajar en la minas de tungsteno con el único fin de ahorrar dinero para adquirir una propiedad, y lo hizo para comprar la parcelitas de doña Petrona en Shugul, entre el Chaspao y el condominio que regentaba el infortunado Melquíades, y en ese afán de esforzado trabajo para ahorrar dinero se accidentó dentro del socavón, desde entonces quedó deforme con el espinazo desviado, por eso lo llamaban “El Güecro”, “El Torcido” “Jarro Chancao” “Golpéao de Aguila”, y tantos apelativos más que de sobra compensaban las limitaciones espirituales de los apodadores. De chacra, de sol a sol, de vivir en Shugul bajo diez metros cuadrados de rústico techo, de comer chiclayo a diario y no sufrir de la próstata, ¡era Santigo!, y en esos menesteres veinte veces más productivo que Eulalio que vivía en el pueblo junto a su madre y acariciaba aquel condominio nada más que como un hermoso legado de sus antepasados, Eulalio no tenía ambiciones productivas, era un hombre que se pasaba horas y horas haciendo poesías que las echaba al viento para que se encargara de diseminarlas y en tal afán se ausentaba del pueblo. Bueno, aquel día Eulalio regaba esa parcela limítrofe, Santiago, físicamente insignificante pero decidido a conseguir lo que se propuso arrojó las piedras del muro y en actitud desafiante marchó hacia la “toma” del agua de riego y la encausó hacia su propiedad, Eulalio se olvidó de lo hermosas que le resultaban las poesías y marchó a enfrentarse con su ocasional retador, Santiago blandió un machete que llevaba con él y lo descargó sobre Eulalio, éste esquivó el tajo y sometió a su adversario que cayó de largo en lardo en la acequia, Eulalio le pisó la cara para mantenerlo dentro del agua hasta ahogarlo, en ese momento le llegaron a su mente los gritos de auxilio de don Ricardo y Eulalio se apartó de su contrincante.
Mucho tiempo pasó sin que Eulalio y Santiago cruzaran palabra alguna, mucho…, Eulalio tuvo que abandonar el pueblo con su anciana y enferma madre, mucho tiempo pasó sin que Eulalio y Santiago cruzaran palabra alguna, hasta aquel día que después de muchos meses de ausencia Eulalio regresó al pueblo sin la anciana madre, llegó a la propiedad y la encontró invadida por los hermanos de ella, con tristeza contempló como los árboles que él y su madre habían plantado eran talados por los usurpadores sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Eulalio fue en busca de Santiago y sin mediar palabra los dos se abrazaron.
“Creí que no volvería por ahí, por esas tierras donde mi madre, en condominio con sus hermanos las conducía, claro que los hermanos no vivían en el lugar ni mucho menos en el cercano pueblo…”
Pero volvió por ahí, por esas tierras, y tan pronto quiso contar lo que sintió al contemplarlas las palabras se le atragantaron, dos lágrimas rodaron entre tumbo y tumbo por los pliegues de su curtido rostro.

¡El Doctor Murphy!, hablaron al unísono los del jurado, él es de esa provincia y fue Juez de Primera Instancia ahí.
El jurado suspendió la cesión y mientras tanto se constituyó hasta la Presidencia de la Corte Superior de Justicia de la Libertad, allá en Trujillo.
–¡Doctor! –dijo un magistrado– ¿Usted que es Pallasquino sabe que significa “A LA GANDOLA”?.
El alto magistrado dejó de leer, giró sesenta grados a su derecha sobre el sillón a la par que se quitaba los lentes de lectura y un abultado vientre apareció, luego volteó la mirada a la izquierda para dirigirla a sus interlocutores, y de aquella boca con sonrisa franca en el marco de visible rostro sonriente de amplia frente y nariz aguileña, salió una sola palabra.
–¡HALAGÁNDOLA! .

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“CRIMEN SIN DELITO”. Por Walter Elías Álvarez Bocanegra, de Pallasca, Ancash, Perú.

CRIMEN SIN DELITO.

 

Regresó como se fue, caminando, tres días de caminata desde la otra provincia, y se subió al bus en la salida del pueblo arriba del río Tablachaca, iba a entregarse voluntariamente a la justicia en el mismo Penal de Cambio Puente, en el litoral, Timoteo terminaba de cometer, muy a gusto, dos asesinatos más, había logrado lo que quería. Se sentó muy contento en la penúltima fila libre de la derecha del bus, y cuando el vehículo descendía en convergencia con el río su mirada se perdió en la triangulada ladera muy sumido en sus recuerdos.

Por la calcinada ladera las piedrecillas rodaban y las chamanas se estrujaban mientras presurosas se desplazaban las dispersas cabras a reunirse con la manada, el sol se disponía a penetrar en la montaña occidental y por abajo, por el ancho vado del río Tablachaca, apareció un hombre con el pantalón remangado hasta los muslos, Timoteo lo seguía con la mirada fija, sorprendido por aquella humana aparición, esa tarde mientras preparara su merienda por fin podría conversar con aquel hombre, por fin podría alegrarse departiendo con él, así lo deseaba y haría todo lo posible y hasta lo imposible para retenerlo. Rara vez llegaba por ahí humano viviente, rara, muy rara, salvo la dueña cuando tenía que vender alguna partida de ganado, Timoteo pastoreaba las cabras de un una mujer que vivía más arriba, como a quince kilómetros, en un pequeño pueblo andino de antigüedad incalculable.
–¡Hola, amiguito! –saludó Timoteo a la distancia y a todo pulmón a su potencial visitante– por allá amiguito, por esas pitajayas, por ahí viene el camino.
–¡Ahhhhhh! –exclamó el gordiflón en señal de agradecida respuesta.
Mientras lo esperaba, Timoteo recordó aquel día que pasó por ahí por esa cabaña que entonces la habitaba, y pasó hasta la rivera y más abajo aún siguiendo el curso de las aguas con dos compañeros novatos para lavar el oro yaciente en el cauce del río, los experimentados buscadores de oro tenían otro camino, más corto y más inmediato a la carretera, pero los novatos se inquietaron por su brillo en el pueblo de arriba mientras bebían aguardiente en una pulpería, los dos pueblerinos le hablaron de la faena y del precio del metal “Te sacas un gramo diario, cinco veces más de lo que te pagan aquí como peón”, así, convencido del suculento negocio, bajó con sus dos socios rumbo a la rivera con una enorme mochila cada uno, con los molidos, la sal y el azúcar para alimentarse y encima de la mochila la barreta y la lampa, y un pellejo de chivo maduro para retener las minúsculas partículas del metal, bajar por la escarpada pendiente con tremendo cargamento para quince días le produjo vómitos, tantas arcadas que por fin optó por exclamar “¡Me llama el divino!” y se tiró al suelo de largo en largo que sus compañeros tuvieron que compartir su cargamento para poder llegar a la misma rivera mientras Timoteo les contaba una historia de su pacto sostenido con Dios para entretenerlos “El Taitito me ha pedido que no cargue mucho peso y si me descubre cargando como ahora me llamará a su lado para vivir sin hacer nada, y yo todavía no quiero ir porque tengo que hacer algo”. Y apenas llegaron, sobre la marcha empezaron a improvisar el campamento pircando piedras hasta una altura de ochenta centímetros, de ancho hasta las rodillas y de largo lo suficiente para que pudiesen entrar los tres con mochilas y todo, tendieron un plástico como techo y, ¡vivienda arreglada!. Le resultaba muy desagradable recordar todo aquello de esa vez en que sacaron medio gramo por día entre los tres, ahora, como pastor, tenía una pequeña cabaña arriba de la rivera con tarima y fogón incluidos y un perro de compañía, una cabaña que había albergado a muchas generaciones de pastores, tenía la cabaña y la comida aseguradas, molidos, papas y maíz que le entregaba su patrona y que el mismo subía para bajarlos desde el pueblo, aunque ya llevaba meses sin comer carne, no había muerto cabra alguna, y él, tan honrado como era, no sacrificaría una por propia iniciativa .
El caminante salía por el escabroso camino entre cactus y chamanas, de aquí para allá de allá para acá, se aproximaba a la cabaña mientras el perro lo ladraba, Timoteo no quiso recordar más esos días ni esas noches que pasó en la rivera para lavar oro y se concentró en la figura de su potencial visitante que, de dónde vendrá este pequeño amiguito tan gordito como está que difícil le resulta caminar, lo convenceré para que se quede, le daré de comer y se quedará, si pero no, ¿y si es uno de esos terrucos?, ¡me jodí!, ¡hoy me mata!, ¡ay Diosito!, no permitas que así sea, y viene con zapatos, y yo con estos zurcidos y estos llanques desde que llegué, seis meses ya, ¿que traerá envuelto en su poncho como quipe?.
Timoteo llevaba unos llanques tan desgastados que el talón besaba el suelo, el pantalón y chaqueta de lana de carnero artesanales y zurcidos pedían ser cambiados a gritos, sólo había cambiado la camisa de lana por una vieja camisa de dril que su entonces patrona le regaló y que ajustaba dentro del pantalón con una faja de lana de tres metros de largo.
Llegó y Timoteo le extendió la mano presentándole a su perro sin apartar los ojos del quipe, en seguida lo invitó a sentarse en un piedra cerca al fogón.
–¡Anay! –exclamó el visitante mientras se quitaba el quipe para ponerlo a su costado y agregó –con tremendo peso casi que no llego, ¡jajajaja!.
Timoteo, intrigado por lo que había dicho el recién llegado, atizó el fuego y la pequeña olla de barro empezó a cloclear una sopa de molidos con unas papitas peladas a cuchillo y cortadas en pedacitos. El crepúsculo se apagaba y el fuego iluminaba, Timoteo aproximó un tronco de molle hasta el fogón y se sentó, su mirada se dirigió al quipe del forastero mientras éste lo desenvolvía para liberar su poncho dejando al descubierto un paquete envuelto en un costalillo blanco, estirándose manoteó en el bolsillo interno de su chaqueta y extrajo una taleguita de coca cortada y bien compactada para ofrecerle un bolo a Timoteo en muestra de agradecimiento y amistad, Timoteo aceptó muy de buena gana, y luego que el forastero se chantó el poncho empezaron una charla respecto a la coca, que dónde era mejor, que si del Marañón o de Usquil, ¡del Marañón!, del Marañón es la mejor sólo que a veces te venden lavada, ¡después de haber sacao la pasta!, pero se conoce, cuando está lavada la hoja pierde su color y sabor, en cambio cuando no está lavada es verdecita media amarillita, qué rica, bien rica, amiguito, ¡sí, mi amigo!, así es pue sino dígame cómo está la que ley invitao, ¡buena amiguito!, muy buena, paque es pue.
–A propósito amiguito, yo me llamo Timoteo Masa, Timoteo Masa Rueda, ¿y usted?, amiguito.
–Yo Pablo, Pablo Centurión, pero de apellido no de cintura.
Y Pablo y Timoteo siguieron charlando de la coca, de la cal, de las catipadas para adivinar la suerte, pero a Timoteo no se le iban los ojos de encima del quipe de Pablo.
–¿Qué llevas en el quipe, amiguito?.
–Más coca, ¡jajajajajaja!.
–A ver, quiero mirala.
–Mañana, ahora ya está de noche.
Y claro que se estaba haciendo noche, las cabras madres se acomodaban en el redil llamando a sus crías, mientras los machos se disputaban los emplazamientos más atractivos, y el perro Motoso ahí, afuera del redil, no cesaba de darle vueltas mientras ladraba, y de cuando en cuando se posaba sobre sus ancas para aullar.
Timoteo colgó la geta en muestra de descontento sin dejar de ser solidario.
–A comer algo, amiguito –dijo Timoteo, casi ordenando y bajando los platos desde un pendiente tabladillo de delgados maderos atrincados con cabuyas.
Meneó la olla con el negruzco cucharón de palo y empezó a servir el primer plato para Pablo, el segundo para el perro y el tercero para él. Pablo lo recibió de muy buena gana.
–Gracias, amigo, pero no te molestes, ¿qué he dicho que no te ha gustao?.
–Nada, sólo que no me quieres enseñar lo que tienes en tu quipe.
–¡Coca!, ya te dije, mañana te daré un poco, ahora sólo quiero dormir en este corredorcito.
Timoteo, se puso triste y rabioso a la vez, su curiosidad por saber lo que había en el quipe quedó frustrada, la posibilidad de que fuera coca lo que contenía el quipe le llenaba de felicidad y sonreía al imaginarla porque la ración se le agrandaría y no tendría que mezclar lo poco que le quedaba con hojas de chamana, pero, y qué si no era coca, sólo de pensarlo su rostro se degradaba. Esa noche no dormiría, se conocía demasiado, tuvo miedo de aquel pequeño gordiflón chacotero, tuvo miedo, claro que sí, y ahora ¿dónde dormiría su visitante?, ni modo que en la tarima junto a él, ¿dónde tendería la gruesa carona para el amigo?, en el suelo, claro, dónde más, no había otra tarima sólo una en la que él dormía sobre dos gruesas caronas apuntaladas, ahora prescindiría de una para ofrecerla a Pablo, en el suelo, pero, ¿dentro o fuera de la cabaña?, afuera mejor y yo me tranco muy bien con la barreta, y si empuja la puerta, ¡me jodí!, mejor que se duerma el en suelo y junto a mi tarima, mejor en el suelo y lejos de mí. Timoteo estaba super confundido que no había captado el deseo de su visitante por quedarse en el corredorcito, y terminó tendiendo la carona afuera, bajo el pequeño techo saliente de barro de la cabaña y aturdidamente la terminó de tender a eso de las nueve de la noche cuando la luna aparecía por el oriente e ingresaba su luminosidad por la ventanita hasta la cabecera de la tarima. Tendió la carona afuera y le entregó una frazada raída, le dio las buenas noches y después de trancarse con la barreta se acostó, y le asaltaron los recuerdos del primer día en el pueblo de arriba, zozobrado, escondiéndose de los policías, buscando trabajo a cambio de comida, llegó desde allá, desde las alturas de Chingalpo en la otra provincia arriba del río Marañón, tres días después que le dio una tremenda pateadura a su mujer dejándola semimuerta, muerta para él, ¡eso creía!, en la chocita de la puna donde vivía, donde sobrevivía pastoreando el ganado del mejor comerciante del pueblo, así fue, pues, su mujer era joven y hermosa y por eso con rabia la pegó hasta matarla, pero no la mató, la dejó tirada, abandonó la choza y se quedó en la choza abandonada de más arriba para vigilarla desde ahí hasta que llegara el comerciante con las vituallas para la quincena, y sucedió que el comerciante llegó aquel día con su mujer y sus dos hijos y encontró a la mujer de Timoteo recuperándose de la pateadura, la sacaron caminando de la choza y la subieron sobre la mula del comerciante ante la incrédula mirada de Timoteo que no le quedó otra salida que huir, y a su mujer la llevaron hasta el precario hospital del pueblo donde rápidamente se recuperó y declaró que los terrucos se llevaron a Timoteo porque era de ellos y a ella lo masacraron mientras la culpaban de traicionar a su marido con el dueño del ganado, cuento que todos los que la escucharon se lo tragaron completito.
Acostado sobre la tarima se quedó recordando el incidente de la puna hasta la madrugada, tan concentrado en sus recuerdos que los desesperados ladridos de Motoso a eso de la media noche pasaron desapercibidos por él, entonces ya de madrugada lo asaltó la idea de que el hombre que dormía afuera podría estar tramando ingresar a la cabaña para matarlo, no podía permitirse morir entonces, tenía que vivir, aún tenía que vivir porque aún no había logrado su objetivo, no aceptaba eso de morir para que otros vivieran, quería su parte en este mundo, y lo lograría, esa noche quería estar seguro de que el visitante no era un terruco que lo mataría, él sabía que los terrucos mataban y asunto arreglado, no le preocupaba el porqué ni el para qué, sólo le preocupaba el qué hacer y el porqué en caso de que quisieran matarlo. Y como tenía que seguir viviendo salió cuchillo en mano para asegurarse de que así sería, abrió la puerta sigilosamente, el visitante roncaba plácido, completamente dormido por el cansancio, con el misterioso quipe de cabecera, Timoteo se inclinó para jalar el quipe en el que posiblemente se encontraría el arma homicida, y al jalarlo ¡el durmiente se puso de pie de un salto para sujetar su paquete!, Timoteo le clavó una estocada en el abdomen y con ambas manos en el cuello dio cuenta de aquel hombre que terminó cayendo pesadamente en el suelo y Timoteo encima de él. Se aseguró de que su indefenso contrincante estuviera bien muerdo y lo arrastró hasta un rincón de la cabaña, volvió por el quipe y lo colocó junto al cadáver, trancó la puerta con la barreta y se quedó regocijadamente dormido.
Las cabras abandonaron el redil a eso de las nueve de la mañana y Timoteo empezó a estirase y a dar gracias a Dios por el nuevo día. Dirigió la mirada al cadáver, y
–¡Buenos días amiguito!, eso te pasa por querer matarme.
Se levantó y lo primero que izo fue examinar el quipe del difunto, lo encontró, efectivamente con coca y dentro de ella un fajo con muchos billetes de todas las denominaciones, pero, además un paquete de un kilo de pasta básica de cocaína. No sabía cuántos ni de cuánto, pero sí sabía que eran billetes, sus ojos se desorbitaron al contemplarlos y su mente empezó a cautelarlos, y los ató en viejas bolsas plásticas para enterrarlos en una esquina exterior de la cabaña. Cogió el cuchillo y en una de las piedras del fogón lo frotó repetidas veces hasta entregarle un buen filo cortante e inmediatamente empezó a quitarle las ropas al difunto para seccionarlo, y un crucifijo de oro en cadena del mismo metal asido al cuello del infortunado llamó su atención y se detuvo en su empeño examinándolo minuciosamente, no había visto uno semejante, qué lo iba a ver si nunca conoció una esvástica, sin embargo ahí se quedó petrificado y luego se persignó para continuar con su tarea, delicadamente quitó el crucifijo y se colocó al cuello. El bolsillo derecho de la chaqueta llamó su atención por lo pesado del contenido, manoteó dentro de él y extrajo un revólver 38 de rutilante cacha en la que se enmarcaba en alto relieve una S en forma de ángel cruzada sobre otra en forma de serpiente, sin duda una esvástica ¿oro?, Timoteo quedó paralizado, jamás había visto oro semejante, y cuando volvió en sí siguió buscando en los bolsillos de la chaqueta, en el izquierdo encontró una potente linterna de mano, y en el interno un estuche de cuerdo con documentos personales que él ignoraba por no saber leer. Escondió el revolver envuelto con el crucifijo en una abertura de la pared externa de la cabaña y lo tapó con barro y piedra, entonces se justificó de razón, ese hombre tenía el arma y quería matarlo, ese muerto que no era tan gordo ni tan pequeño como cuando estaba vivo porque lo desinfló con el cuchillo y se estiró mientras moría. Y no obstante haberse justificado de razón se armó la confusión dentro de sí. Pero qué importaba eso, él estaba vivo y el otro muerto eso era lo importante, y lo más importante para él, entonces, era desaparecer el cuerpo del delito, que si lo encontraban los otros terrucos lo destrozarían a balazos, y procedió a descuartizar al difunto. Extrajo las vísceras y las cargó en un saco juntamente con la pasta básica y el estuche de documentos hasta el río, dónde tranquilamente las lavó y arrojó el kilo de pasta y el estuche en la parte más estrecha y alejada del torrente, regresó y extendió las vísceras en un cordel de cabuya instalado afuera de la cabaña. Luego fue sacando uno a uno los miembros hasta el batan donde hábilmente los fileteaba para secarlos en el tendedero, finalmente, la cabeza entera la colocó en una gran olla de barro para cocinarla, a eso de las dos de la tarde se desayunaba junto con su perro con el suculento caldo de cabeza humana, luego puso la cabeza sobre el batán y de ella extrajo los ojos y la lengua y se los comió, cogió el machete y de un certero golpe abrió la cabeza en dos y lo entregó al perro para que se lo comiera, el perro devoró los sesos y se llevó el cráneo abriéndose paso entre los matorrales. En seguida llenó en la misma olla las manos y pies del cadáver y atizó el fuego con unos leños de molle, a eso de las seis de la tarde y después de echar de menos las cabras en el redil cogió la coca del difunto y se puso a rumiarlas hasta la media noche, hora en la que tomó su caldo de manos y pies y se acostó. Al siguiente día, después de entregar un gran hueso a Motoso, mientras se echaba la armada cocinaba los filetes más apetecibles del muerto, y cuando la olla empezó a hervir se desnudó por completo, cogió con la mano derecha el cucharón de palo y con la otra el cuchillo y empezó a interpretar su propia danza de agradecimiento por lo vivido emitiendo guturales sonidos infernales, de cuando en cuando se dirigía a la olla e introducía el cuchillo para probar la cocción de la carne y como el difunto no pasaba de los cuarenta no tuvo que esperar mucho para saborear completamente aquello, y se engulló los hervidos músculos voraz y desesperadamente como si fuera la última vez que lo hacía, y barriga llena se tendió panza arriba bajo la sombra de un molle y se quedó dormido hasta el crepúsculo.
Una semana después, cuando el sol calentaba desde el mismo centro del cielo, llegó Serafín Puntiagudo, el eterno policía del pueblo, hasta la cabaña, y al ver unas provocativas cecinas en el tendedero le pidió a Timoteo que le asara esas carnes precocidas por el sereno y el sol, y las degustó.
–¿Tienes plata que me prestes? –preguntó el policía.
–Dionde pue taitito, ¡dionde! –respondió Timoteo.
–Se ha perdido un comerciante –comentó el policía mientras saboreaba la carne azada.
–Yo he comido amiguito.
–JAJAJAJA! –carcajeó el policía– sólo un loco comería carne humana.
–Enton, somos dos.
El policía respondió con otra carcajada y se encaminó a buscar venados, mató uno en aquel atardecer, y cuando cayó el venado Timoteo llegó corriendo hasta el animal, lo tomó por el cuello, lo abrazó y lloró desconsoladamente, mientras el policía festejaba su presa entre risas y anécdotas de cacería, Timoteo lloró hasta la última lágrima y de un brinco se paró y clavó su mirada en el orgulloso policía para decirle:
–Yo, Timoteo Masa Rueda, te condeno al fuego eterno por matar a este pobre amigo que nada te ha pedido, hoy dime, ¿qué tea quitao este pobre animal, mal nacido?.
El policía encañonó a Timoteo y Timoteo se arrodillo ante él.
–¡No me mates por favor! –clamó el humillado.
–No te mato si cargas el animal hasta el pueblo.
–Así será, patroncito, mandiste nomá.
Esa noche, el policía, después de esposar a Timoteo por miedo a ser atacado, se quedó junto a su presa en la tarima de Timoteo y éste afuera de la cabaña, y al siguiente día llegó hasta el pueblo de arriba con Timoteo venado al hombro, y mientras tanto llegaban por la cabaña dos familiares del desaparecido y al encontrar la linterna de mano en la ventanita de la vivienda rompieron el endeble candado y buscaron dentro del cuartito, en un rincón encontraron los zapatos y la ropa del difunto y con la evidencia se encaminaron hasta el pueblo, Timoteo ya bajaba de regreso y tropezó con ellos, y después de charlas y preguntas Timoteo aseguró haber comido al dueño de esas prendas de vestir. Al siguiente día los dos familiares más dos policías llegaron hasta la cabaña y apresaron a Timoteo, le pusieron esposas y lo ataron y encima lo arriaron a golpes. Y luego del atestado policial lo cargaron en el asiento posterior de la camioneta para ponerlo a disposición del Juez, era la primera vez que subía a un vehículo , apenas avanzaron un kilómetro y empezó a vomitar, asqueados por el incidente los policías esposaron a Timoteo en la barandilla de la tolva de la camioneta, y llegó hasta el Penal envuelto en su propia bazofia sin contemplación alguna. El caso se ventiló en la Corte Superior y el Fiscal se dirigió al reo.
–Este hombre que ven aquí, aparentemente inocente, mató con premeditación ventaja y alevosía al comerciante Antonio Aguilar Sarmiento y se ensaño fileteando el cadáver para luego comérselo.
–No soy inocente, ¡yo lo maté pero con un cuchillo, no con lo que usted dice!, además no se llamaba Antonio Aguilar, se llamaba Pablo Centurión.
–¿Cómo era Pablo Centurión?.
–Vivo era bromista, pequeño y gordiflón. Muerto, era serio, estirao y desinflao.
–¿Porqué lo mataste?.
–Porque me iba a matar.
–¿Porqué te iba a matar?.
–¿Porque tanto me pregunta si ya dije que lo maté o quiere que diga que no lo maté?.
–Lo mataste y luego lo comiste, ¿porqué?.
–Lo maté y lo comimos porque teníamos hambre, los tres, yo, el perro y el policía.
–¿porqué crees que te iba a matar?.
–Porque tenía el arma como esas que andan los policías en su cintura, sólo que ésta era de oro, yo escondí el arma en un hueco de la casita.

Penal de Cambio de Puente

Qué difícil resultó resolver aquel caso. El homicida confesó el crimen con lujo de detalles, se hizo la reconstrucción, tal y como, Timoteo quitó la piedra para extraer el revolver y crucifijo, pero habían desaparecido, el caso se tuvo que archivar por falta de pruebas. Timoteo salió libre por exceso de carcelería después de muchas sesiones, preguntas y repreguntas, durante siete años. Lo que parecía un caso simple se complicó, las investigaciones pusieron al descubierto que el desaparecido era un comerciante intermediario de pasta básica de cocaína que recién había salido del Penal de Cambio Puente con libertad condicional, que había tomado el bus en el terminal terrestre del litoral rumbo a la sierra para comprar ganado, y que se había bajado en una estación en las estribaciones de la sierra, justamente en una casita al borde de la carretera arriba del río Tablachaca y a eso de las nueve de la noche del martes 13 de diciembre, por lo tanto tenía que haber descendido hasta la cabaña de Timoteo en horas de la noche, contradictoriamente Timoteo afirmaba que el hombre que mató había ascendido hasta su cabaña después de cruzar el río en horas de la tarde de un día que no sabía reconocer que día era, y lo había matado a la luz de la luna y en la madrugada del siguiente día “era de madrugada porque Motoso temblaba de frío”. Se concluyó que el desaparecido había planeado su propia desaparición para huir de la justicia cambiando de identidad y posiblemente de nacionalidad, resultando acusados de asociación ilícita para delinquir los dos familiares del desaparecido, ¿y cómo no así, si el muerto había desaparecido por completo salvo sus prendas de vestir?. Perro y amo tuvieron una semana de comilona a todo dar, las últimas cecinas se las había comido el policía, y el perro enterró los huesos por allá, por donde ningún humano se atrevía a llegar por temor a ser sepultado, allá en el terreno mullido, atormentado y deleznable del borde de la quebrada, para roerlos después, cuando el hambre lo exigía, y después ni el mismo los encontró. No había modo de tipificar el delito del espeluznante crimen confesado por Timoteo como tampoco había modo de justificar el delito de asociación para delinquir.
Para Timoteo la vida en el penal era más atractiva que todos los días de su anterior existencia, no saldría de ahí ni por san puta, volvería a matar ahí mismo y delante de muchos testigos para quedarse, ahí dejó los llanques por los zapatos, el sombrero por la cachucha, los pantalones y chaquetas de lana por los de estilo vaquero, la faja por el cinturón y la nada por el calzoncillo, ahí pudo diferenciar billetes naciones y extranjeros, auténticos y falsos, ahí por primera vez la radio y televisión, la luz eléctrica y el agua en cañería, pero tenía algo más importante que hacer, más importante que la buena vida que llevaba en el penal y se perfeccionó en el uso del puñal. La buena conducta que observó en el Penal le venía por naturaleza, seguía siendo simplemente el hombre que no sabía que era bueno ni que era malo para los demás, pero sí sabía que era bueno para él, y para él lo mejor que tuvo fue su hijo, su hijo de ocho años.
Así que por el hijo quería regresar hasta la puna dónde había quedado su mujer, y regresó, pasó por la rivera del Tablachaca y en un descuido del nuevo pastor desenterró el dinero y lo camufló entre sus ropas, se encaminó hasta la puna, tomó todas las precauciones y empezó a vigilarla mientras el viento silbaba entre las pajillas, esta vez no fallaría, los sorprendería, esperó pacientemente y llegó el comerciante, pasó hasta la choza con la remeza y las golosinas de la hembra, Timoteo se fue acercando, los quejidos de la hembra traspasaban la muralla tejida con piedras y champas, ¡irrumpió el vengador!, le clavó una puñalada en la espalda al jadeante y a ella una en el pecho, y el se echó encima de los dos con las manos apretando el cuello de la mujer, cuando los cuerpos empezaron a enfriarse se sentó sobre el cuyero y se echó la armada, miró hacia arriba a las enmarañadas pajillas del techo, escarbó con su mano derecha y extrajo la pequeña botella de cocacola, la bebida preferida de su hijo de ocho años, el comerciante siempre le llevaba una de regalo para que atisbara circundando la laguna y volviera con la noticia de que si había o no truchas y en que parte, mientras Timoteo pastoreaba el ganado a medio kilómetro arriba de la choza, tan pronto el niño volvía hasta la choza con la noticia tan pronto regresaba en compañía del comerciante hasta la laguna y los dos se ponían a pescar en los lugares que el niño indicaba, y así se pasaban un gran día sellándolo con unas truchas fritas a eso de las cuatro de la tarde, y había truchas por montones. Un día el pequeño hizo el recorrido en menor tiempo que el previsto, y al regresar a la choza encontró a su madre quejándose debajo del comerciante, el niño pateó los tobillos del jadeante y lo amenazó con hacerlo saber a su padre, y la madre sentenció.
–Si lo haces el patrón no te traerá más cocacolas.
El niño calló, y agregó.
–Pero no vuelvas a pegarle a mi mama.
–El patrón dice que te traerá dos cocacolas –agregó la madre
–Eso –dijo el patrón– una la tomas mientras caminas por el entorno de la laguna, no vayas corriendo porque las truchas se pueden asustar, y la otra la tomas después, cuando tu quieras.
Y así fue, la siguiente quincena el patrón llegó con dos cocacolas más una bolsa de caramelos que el niño festejó con incesantes elogios al patrón.
–Esta botella te la tomas hoy –dijo el patrón– y esta otra con los caramelos guárdalos para después.
El comerciante repitió su jarana amorosa y se marchó sin esperar al niño para salir de pesca.
El niño se puso muy triste, esa tarde no compartiría con el patrón los chocolates rellenos mientras pescaban, esa tarde no habría truchas fritas, pero, luego sonrío porque tenía otra cocacola y una bolsa de caramelos para disfrutarlos, y sin pensarlo dos veces el niño empezó chupando los caramelos y luego rumiándolos, y antes que llegara Timoteo, su padre, destapó la pequeña cocacola y se tomó buena parte de ella para luego esconderla bajo su cama, y tan pronto la escondió empezó a gritar como loco, que sus gritos estremecían las montañas, la madre se quedó petrificada, Timoteo llegó para atender al pequeño, pero entonces espumaba y tenía el cutis morado, ¡y se moría!. Al siguiente día Timoteo encontró la botella bajo la cama del niño junto a media bolsa de caramelos, la olfateó, era repugnante, tenía el olor del insecticida que usaban para combatir las garrapatas de las ovejas, cautelosamente escondió la botella entre el enmarañado de pajas del techo, y ahora la sujetaba, la destapó, abrió la boca de la mujer y la llenó con el líquido, luego se dirigió a la cama que antes era de su hijo y ahora de otro niño, y extrajo otra cocacola, la destapó, la olió, y, ¡estaba envenenada!, la vació completamente en la boca de la mujer y salió corriendo al encuentro del niño aquel otro hijo de la mujer, lo encontró volteando la laguna, le entregó siete cocacolas que llevaba en su mochila y se encaminó rumbo a la tumba de su hijo sin prisas ni nada, después se entregaría a la justicia en el mismo Penal, llevándose con él las caricias de su hijo que eran como la suave y limpia brisa de la puna susurrándole al oído. Quitó una a una las piedras de la camuflada entrada a la cueva y destapó la tumba de su hijo, cuidadosamente fue quitando la cal, capa por capa, separando y sacudiendo las ropitas y los ponchos, por fin había terminado, ahí la momia sonriente, ahí la cabeza y patas de la oveja completamente secas, con mucho cuidado levantó entre sus brazos a la momia y la apretó en su pechó con la cabeza pegada a su oído, lloró mientras la tenía y con ella en abrazos se acostó junto a la tumba y se quedó dormido hasta el siguiente día. Cuando las guachuas surcaban la laguna y los cielos las avecillas festejando los primeros rayos de sol, vistió al deshidratado cuerpo de su hijo con las ropillas para luego envolverlo con los ponchos y finalmente apretujarlos con la faja, sacudió el pellejo y retiró la base de cal, esparció hojas de coca en la base de la tumba y sobre ellas extendió el pellejo, sobre el pellejo colocó con sutileza la pequeña momia, a su costado derecho colocó la cabeza y patas secas de la oveja. De su mochila extrajo chocolates, una cocacola y otras golosinas, y las colocó a la izquierda de la momia, habló entre sus narices por media hora y comenzó a sellar la tumba, cuando terminó de sellarla tapó camufladamente la entrada de la cueva y se marchó rumbo al Penal de cambio Puente, sonreía porque el penal le había dado una vida mucho mejor que aquella que llevaba en la puna, mucho mejor que aquella que llevaba en la rivera del Tablachaca, y lloraba, sonreía y lloraba, lloraba porque se alejaba de su hijo, quién podría entenderlo, era un hombre tan distinto, tan diferente a todos, tan sabio como idiota, tan loco como cuerdo, era todo y era nada, y no obstante preferir las fáciles migajas de la esclavitud al difícil pan de la libertad, era él.
Durante el trayecto en el bus, Timoteo seguía sumergido en sus recuerdos, sintió mucha rabia en aquel momento en que descubrió la pequeña cocacola envenenada que dio cuenta de la vida de su inocente hijo, entonces cogió el cuchillo para victimar a su mujer, pero, ahí estaba su hijo, y aunque ya muerto, ¿porqué tendría que presenciar aquella venganza?. Cubrió cuidadosamente al pequeño y esperó el nuevo día, con el cuchillo aquél degolló a la mejor oveja de la manada, era la primera vez que por iniciativa propia degollaba una oveja del patrón, la pishtó y en el pellejo fresco cuidadosamente extendido depositó una pierna de la oveja, y junto a ella la cabeza y las cuatro patitas del animal, las envolvió y, ¡y acomodó su quipe personal!, con el talego de coca bien compacto, el más grande, el de las largas caminatas, y al costado de todo acomodó al pequeño niño envuelto, muy cuidadosamente, con una colorida faja de lana de tres metros. Cargó el burro del patrón con la barreta y la lampa, la olla y los molidos, un par de ponchos muy raídos y encima de todo, lo envuelto en el pellejo, y marchó hacia arriba con el viento silbando entre los ichos, hasta lo más alto de la caliza montaña y se hospedó en una cueva. Al siguiente día bajó algunos metros hasta una depresión por la que fluía un hilo de agua y con la lampa construyó un pequeño pozo, al costado de éste amontonó muchas piedras caliza para construir con ellas un cono truncado con una pequeña abertura pegada al suelo, y lo rellenó con carcas de vaca, tantas como el relleno lo pedía, que tuvo que recorrer centenares de metros a la redonda para conseguirlas, las prendió fuego cuando el sol se ocultaba y se sentó para echarse un bolo mientras cocinaba su única comida del día con la pierna de la oveja, después de comer al calor de la hoguera se quedó dormido. Los primeros rayos de sol abrigaban las faldas orientales del cerro y curiosas viscachas retornaban a sus madrigueras, la tarea de Timoteo aún no concluía, se incorporó estirándose, miró las calcinadas y blanquecinas piedras y después de evacuar las cenizas por la pequeña abertura de la base, cogió la olla, la llenó con agua y la esparció sobre las piedras, y repitió la acción hasta quedar complacido . Subió hasta la cueva y en ella excavó una tumba, la encofró con selectas piedras, en la base depositó una capa de cal que cargó desde su improvisado horno, sobre ella colocó el pellejo de oveja y al costado la cabeza y las cuatro patas y en seguida extendió otra capa de cal, esparció hojas de coca sobre aquella capa, extendió uno de los ponchos sobre ella, y sobre él depositó el cuerpo desnudo de su pequeño hijo, sobre el cuerpo sus ropitas y la faja, y sobre todo extendió el otro poncho, se echó la armada y a manera de conversación reprodujo la vida del pequeño, desde que nació, ¡qué, desde que nació!, desde antes, desde que tu mama resultó preñada, tenía muchos antojos, pedía muchas golosinas, muchas cocacolas, y por eso te gustaban tanto, yo no tenía para comprarlas pero ahí estaba el patrón, tenía una gran tienda en el pueblo, llegaba quincenalmente a la choza y le contamos de esos antojos, ¡él nos traía, pue!, religiosamente como buen cristiano, ¡y naciste!, gracias a él en el hospital del pueblo entre camas muy blancas que olían a patrón, así poco a poco se fue adueñando de tu mama y de ti, yo nunca tuve dinero, un día te cogí en mis brazos y a ella le pedí que me siguiera, pero no, no me siguió se fue hasta el pueblo y me denunció, aquí pasé una semana contigo hasta que llegó tu mama con el patrón y dos policías, a mi me llevaron para encerrarme, me dijeron que de ese cuarto no me sacarían nunca. Quiero estar junto a mí hijo, les dije, entonces machucaron mi dedo sobre un papel y me dijeron: “Regresa con tu mujer y tu hijo y no vuelvas a escaparte con el niño porque si lo haces te matamos”.
Timoteo empezó a llorar al evocar aquello, en ahogado llanto, quería gritar pero no podía, empezó a lanzar maldiciones entrecortadas, esa quincena, después del funeral se vengaría, se nutrió con esa idea y continuó con el funeral depositando una última y gruesa capa de cal, selló la tumba con anchas piedras, sobre ellas echó tierra, y piedras, y tierra hasta anular la pequeña cueva, y entonces ya, y ahora listo para vengarse, primero ella y después él, pero él llegó acompañado por su familia, y ella no murió aquella vez, pero ahora sí, ¡y los dos!. Su rostro sonrío mientras el chofer del bus accionaba la bocina. Los dejó bien muertos sobre la cama, pero otro niño tenía la sinvergüenza y otro marido para cuidar las ovejas del patrón, ¿será del nuevo pastor o del comerciante ese?, no importa, lo importante es que el niño vive, tiene que vivir porque es niño, los que podrían matarlo ya están bien muertos, ya sé, culparán al nuevo pastor la muerte de los sinvergüenzas, pero para eso estoy vivo, confesaré todo, y ese infortunado hombre que ocupó mi lugar podrá ser feliz junto a ese alegre niño tan alegre y conversador como mi Timotito, corriendo por la vuelta de la laguna con esa cocacola en la mano, hubiera sido el último día de su vida si yo no llegaba, pobre niño, le di las siete botellas de las ocho que llevaba para la tumba de mi hijo, una por cada añito que tenía. Y le dio al pequeño las siete botellas mientras el hombre que pastoreaba el ganado estaba arriba, observando todo, con un cuchillo en la mano y detrás de esa misma piedra que antes observaba Timoteo, sudando frío y lleno de rabia por la impotencia de su pobreza. El bus se detuvo bruscamente luego de la bocina y con el motor en neutro el chofer aceleró escandalosamente, conforme acostumbraba hacerlo frente a esa casita al filo de la carretera donde siempre se estacionaba un momento, la casita aquella en la que una agraciada mujer expendía lo más indispensable para comer y apagar la sed. Timoteo habló protestando por aquella maniobra:
–¡La putasumadre! –así dijo, por primera vez, se lo había aprendido en el penal.
–¡Mí tío cocacolas! –se escuchó a todo pulmón la voz de un niño.
Timoteo tropezó con la mirada de ese niño tan alegre y conversador como su Timotito, iba en el mismo bus junto a su padre, el pastor aquel que ocupó el lugar de Timoteo y ahora se marchaba a la costa en busca de un nuevo empleo, y como si previamente se hubiesen puesto de acuerdo los tres bajaron del bus por un momento. ¡Y ahí estaba él con el celular pegado a la oreja!, con la camisa deliberadamente desabotonada para que se notara el imponente y peculiar crucifijo de oro, y además el rutilante revólver en su cintura con las SS del clan, claro que era él, ¡es Pablo!, pensó Timoteo, ¡no puede ser!, ¿estoy o estuve soñando?, pero, no era sueño, era Pablo Centurión el chacotero gordiflón, ahora elegantemente vestido, que había estacionado su tremenda camioneta en aquella estación para depositar un paquete, y luego que lo hizo reconoció a Timoteo y nerviosamente eludió su mirada para subir a su camioneta y arrancar.
– ¡Mujer venga la muerte de su hijo seduciendo a su victimario patrón! –exclamó el escandaloso chofer del bus leyendo en muy alta voz un diario que le acababa de entregar la mujer de esa casita –le clava el puñal por la espalda mientras lo tiene encima, luego ella se clava otro y para asegurase traga veneno con cocacola, la heroína venga de esta manera la muerte de su pequeño hijo que ocho años atrás fue envenenado por su patrón. A una semana del incidente las madres de todo el país se han convocado en la Plaza Mayor de Lima para pedir al Gobierno se declare madre heroica de todas las madres a Timorata Ponte Piccho y se erija un monumento en su memoria….

El bus reinició el descenso y Timoteo, muy ensimismado, tratando de ignorar esa noticia y con la mirada perdida en la triangulada ladera, recordaba su primer crimen, el paquete con la pasta y los billetes, el revólver, el crucifijo y la potente linterna, y aquel hombre que maté no era tan pequeño ni tan gordo como éste, era estirado y desinflado, pero con buena ropa como éste, y éste llevaba entonces ropa de pobre, ¿pero qué pudo haber pasado aquella noche si yo no estaba dormido y él sí?.