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EL HOMBRE DESCALZO Y LA PROFECÍA parte 3ª. Por Ricardo Iribarren

 

 

Desde la brusca separación con Julia, seguí corriendo descalzo por el parque como era mi costumbre. Buscaba la grava áspera, puntiaguda; pisaba ramas, frutos y hojas con espinas. Leves torturas que me hacían saltar, pero disminuían parte del dolor de la ausencia.

 

Luego de quince días de soledad, decidí que era el momento de consultar a Marcela. Barefooter como yo, solíamos encontrarnos en nuestras caminatas descalzas. Ella fue quien desatara los celos de Julia. Joven y hermosa, su especialidad era la lectura de las plantas de los pies (A diferencia de las manos, el destino marcado en las mismas sería más preciso e invariable en su cumplimiento) Mi amiga no sólo observaría mi futuro, sino que, con   hierbas y rituales, movería oscuras tendencias a favor de mi felicidad.

 

Al llamarla por teléfono no respondió. Probé con el celular, pero estaba desconectado. En la noche volví a insistir. El aparato repicó durante un rato. Iba a colgar, cuando del otro lado respondió una voz desconocida; el acento era extranjero y pronunciaba mal algunas palabras.

 

—    Marcela viajada a Cancún por vacaciones. Mi nombre es Sandra y reemplazo. Hago adivinación de pies y masaje.

 

Le pregunté si nos conocíamos; era extraño que Marcela nunca la hubiera mencionado. Contestó que no y me dio cita para el otro día a las dos de la tarde. Llegué puntual. Sandra era alta, delgada, de tez oscura. Vestía túnica india, turbante y estaba descalza. Su aspecto armonizaba con lechuzas momificadas, cabezas reducidas, escarabajos sagrados, cuencos antiguos y el resto de  objetos que Marcela acumulaba en paredes y estantes. De rostro largo y anguloso, la mujer no dejaba de sonreír. En ningún momento se quitó los anteojos redondos y espejados, por lo que no pude ver sus ojos.

 

 

—    Veo que acostumbra ir descalzo — comentó al lavar mis pies con agua tibia.

—    Soy un barefooter extremo — expliqué.

—    Sin embargo, no es del todo aconsejable tanto sin zapatos — comentó y se mantuvo en silencio cuando le pregunté por qué.

 

El masaje fue profundo e intenso. Al terminar, sentí una profunda relajación. Tenía algún conocimiento sobre Pedimancia. Sabía, por ejemplo, que el pie derecho revela situaciones concretas y describe la historia personal. El izquierdo expresaría  las relaciones con el destino y el mundo inconsciente. La mujer trazó con carbonilla una cruz en cada una de mis plantas y empezó la lectura por el derecho. Fue precisa al hablar de mi pasado. Mencionó la muerte de mi esposa y  describió con detalle situaciones que no podía conocer, como los problemas con Rafael, mi hijo mayor. También hizo referencia a la ruptura con Julia. Al terminar, pasó al izquierdo.

 

—    Pronto se irán las nubes de su vida. En el próximo mes solucionar problemas antiguos. No sentir ya los males de amores y en cuarenta días todo resuelto.

 

Le pregunté qué quería decir.

 

—    Lo bueno y lo malo caerán en un pozo sin fondo. Comprenderá muchas cosas y otras no, pero no importa porque todo cambiará.

 

—    Me está hablando de un viaje.

 

Había pensado en salir de la ciudad por unos días para olvidar a Julia. Sandra asintió.

 

— Algo parecido a un viaje. En cuarenta días vendrá a buscarlo la muerte.

—    ¿Cómo dice?

—    Que en cuarenta días llegará la muerte.

 

Sin dejar de sonreír, señaló una mancha cerca del arco longitudinal. Pensé que al ser extranjera, confundiría las palabras.

 

—    ¿Me dice que moriré? ¿Que será mi fin?

—    Así es. La muerte vendrá a buscarlo. Será el  quince de mayo… —se inclinó sobre mi planta para observar mejor — a las cuatro y diez de la tarde. Deberá prepararse.

—    ¿Hay algo que pueda hacer para evitarlo?

—    Poco. Lo que debiera es no tanto descalzo

—    Me dice que no debo caminar descalzo

—    Le digo que debe calzarse un poco. Quizá con eso pueda solucionar algo.

 

No fue mucho más lo que explicó. Pagué la consulta y me retiré confundido. Al llegar a mi casa, examiné el punto del pie. Era una mancha pequeña, de color pardo; casi un lunar. No podía recordar el momento en que había surgido.

 

Decidí olvidar la profecía, pero esa noche me costó dormirme. Sin conocerme, la mujer había descripto el problema con Rafael, la ruptura con Julia y cosas precisas de mi pasado.

 

Al otro día no salí a la mañana y en la tarde calcé unos zapatos viejos. Las horas transcurrieron opresivas, hasta que al atardecer decidí rebelarme contra el augurio. Si la muerte llegaba, era mejor que me encontrara saludable, satisfecho. Salí descalzo como lo hacía siempre y  caminé hasta el lago del parque. Esa noche me costó dormir y al otro día desperté cansado.

 

Calculando el regreso de Marcela, volví a llamarla a los cinco días. Sentí alivio al escuchar su voz. En la tarde tenía un turno libre y me dio una cita.

 

La sonrisa de mi amiga, los gestos de las manos al hablar y la extraña arruga con forma de pájaro que se formaba en la mejilla derecha, me tranquilizaban. Sin duda ella aclararía el mal entendido con la adivina.

 

Antes de la sesión me sirvió café y conversamos. Había terminado con su novio, un profesor de Sumo. La ruptura habría sido súbita y confesó que estaba deprimida. Por mi parte, conté con detalle lo que había ocurrido con Julia, sus veleidades y la inevitable separación.

 

— Mientras no estabas me atendió Sandra — comenté de pronto.

 

Ella me miró desconcertada.

 

—    ¿Sandra? ¿Qué Sandra?

—    La chica que te reemplazó cuando viajaste a Cancún.

 

Me miró como si  hubiera enloquecido.

 

—    No dejé ningún reemplazo. Debes estar confundido.

 

Conté con detalle la sesión; señalé que Sandra era extranjera, que usaba lentes espejados y no había podido observar sus ojos.

 

— La casa permaneció cerrada y yo la encontré igual cuando regresé — Marcela me miraba pálida, con una arruga en el entrecejo — Me dices que te profetizó la muerte

—    Así es. El quince de mayo a las cuatro y diez de la tarde.

 

—    Entonces vamos a ver…

 

Era la primera vez que veía tan nerviosa a mi amiga. Lavó mis pies e hizo el masaje acostumbrado para preparar la adivinación. Al terminar, los coloqué en un cojín y ella revisó la planta derecha. Conocía los detalles de mi familia y de mi vida

 

—    Aquí todo está como siempre. Vamos al izquierdo.

 

Para examinar el pie, utilizó una vara china que presionó en diferentes puntos. Empezó por los dedos y bajó por la planta hacia los talones. Estaba atento a su rostro, y cuando llegó a la mancha, noté que empalidecía.

 

—    ¿Es cierta la profecía?

 

Afirmó con la cabeza. Sus ojos enrojecieron, a punto de llorar.

 

—    No entiendo lo que pasó. La profecía es real, pero no sé quién la hizo. ¿Cómo pudo entrar a mi casa a pesar de estar cerrada?

 

Me explicó que la interpretación no se basaba tan sólo en la mancha, sino en dos líneas vecinas. Ambas se cortaban en un punto excéntrico al lunar. Aquella era una de las pocas señales que en Pedimancia anunciaban una muerte inevitable.

 

—    ¿Es cierto que podría evitarla si no ando descalzo?

 

Marcela respondió que no lo sabía y no pudo evitar un sollozo.

 

En los días que siguieron, mi amiga tomó la predicción como algo personal e intentó averiguar quién podría ser la desconocida. En cuanto a mí, no sólo me llamaba todos los días, sino que pidió a un amigo médico que chequeara mi salud. Al terminar, el galeno informó que mi cuerpo funcionaba a la perfección y me felicitó por el estado del corazón. No podía explicar que una adivina fantasma había profetizado mi muerte con fecha y hora exactas.

 

 Una tarde al llegar a su casa, encontré a Marcela cansada luego de haber indagado entre amigos y colegas. Nadie conocía a la tal Sandra. No podía acudir a la policía, ya que  las cerraduras no habían sido violadas, no faltaban objetos, dinero ni valores y tan sólo contaba con mi declaración. Ella me creía, pero mi palabra no bastaba para formular una denuncia. Llorando, afirmó que si el espectro de una profetisa había utilizado su casa para augurarme la muerte, era por su pésimo karma. Aseguré que no era así; que el quince de mayo no ocurriría nada; que nadie vendría a buscarme.

 

—    Abrázame — pidió con voz débil y lo hice. Sus cabellos despedían un perfume tenue y dulce.

—    Estoy triste — musitó — Abrázame más fuerte.

 

 Nos besamos y al rato estábamos en la cama.

 

Mi amiga siempre me había atraído. Reconozco que los celos de Julia tenían sus razones. Además de las piernas y caderas perfectas, me cautivaba su interés por las caminatas sin calzado y la adivinación a través de los pies. Tiempo atrás me había confesado que andar descalza era para ella una necesidad casi física; que a través de las plantas, recibía alimento de la tierra.

 

En los días que siguieron, cuando hacíamos  el amor, Marcela se prendía de mí como si en ello le fuera la vida. En los orgasmos, estiraba el cuello y gemía como un pájaro. Me desconcertaba que luego de cada encuentro, tuviera un acceso de llanto.

 

Pasó una semana. La relación mejoraba a diario, pero la fecha del quince de mayo pendía como una espada.

 

—    Creo que me estoy enamorando de ti — me confesó  una tarde — aunque no debiera hacerlo; no sé lo que ocurrirá en mayo.

 

Habíamos quedado en una cita diaria. Cuando faltaba una semana para la fecha, al llegar a la hora de siempre, encontré las ventanas tapiadas y la casa vacía. Consulté a los vecinos. El dueño del kiosco cercano me dijo que Marcela se había marchado esa mañana a la ciudad cercana donde vivía su madre. Me entregó una carta que había dejado a mi nombre. En ella reiteraba amarme, y afirmaba que “su corazón se rompía al marcharse”. Reconocía su deserción y temía que nunca la perdonara, pero la cercanía de mi muerte era algo que no podía soportar. Insisto en que es una cobardía dejarte solo, pero siento que es una experiencia que debes afrontar, decía al final de la carta.

 

La partida de Marcela fue un golpe duro y tuve que resistir la tentación de viajar y buscarla en casa de su madre. Pensé recurrir a alguno de mis amigos, pero era época de vacaciones y la mayoría no estaban en la ciudad. Recordé el artículo de un periódico que había leído meses atrás: una mujer se había ahorcado pero antes, colgó del cuello a su gato. No deseaba entrar sola al país de la muerte. Decidí que no caería en aquello. La actitud de Marcela me había dolido, pero de algún modo tenía razón: debía afrontar por mí mismo la profecía.

 

En los días que siguieron pasé por una etapa de paranoia. Pensé en marcharme de la ciudad y no estar en ella el quince de mayo. Incluso preparé maletas, pero a último momento decidí consultarlo con una caminata descalza en el parque. De mis pies llegó un claro clamor:   le otorgaba excesivo poder a un fantasma. Debía esperar la fecha y ver qué ocurría.

 

En las semanas que siguieron traté de despejar mi mente. La primavera había empezado con días  brillantes y ventosos. Temprano en las mañanas, llegaba a la costa del río, donde caminaba kilómetros sin calzado. Procuraba concentrarme en el esfuerzo físico y a la noche me acostaba exhausto. Al día siguiente repetía la rutina. Mis pies estaban más vivos que nunca. En esa época  desarrollé un sentido especial al pisar diferentes tipos de suelos. Percibía las corrientes de aguas subterráneas; insectos y animales que vivían en las profundidades; los diferentes estratos y texturas; las casas que se habían levantado en el subsuelo de la ciudad; hasta los fantasmas de quienes las ocuparon.

 

 La mañana del quince de mayo amaneció lluviosa. Cerca del mediodía, las nubes dieron paso a un sol brillante. Comí algo liviano y me dirigí al parque. No llevé calzado. Caminé hasta la pequeña cascada del sudeste. Alguna vez había pensado que aquel era el paisaje donde podría encontrarme antes de mi muerte. Llegué a eso de las tres y media y me senté en una roca. Los minutos pasaron. El cielo se nubló apenas y desde el norte sopló una brisa. Un pájaro marrón se posó en una rama, me miró fijo, cantó con tono de pregunta y se alejó.

 

Cuando fueron las cuatro y diez, llegó Sandra. Vestía la misma túnica india y los anteojos oscuros. Calzaba gruesos zuecos trasparentes. Se detuvo frente a mí y sonrió

 

—    Debí saber que eras tú — murmuré. Ella acentuó la sonrisa

—    Era lo previsible — dijo. Hay muchas cosas que desde la muerte puedo hacer y que te resultarían asombrosas, pero hay otras que no puedo hacer.

—    Debo irme contigo entonces

 

Ella asintió.

 

—    Así será. Pero mejor guardar silencio.

 

Se sentó en la roca que estaba frente a mí. Detrás de los anteojos espejados, me miraba con fijeza.

 

La brisa sopló con más fuerza. Otro pájaro cantó con una síncopa extraña  al ritmo de la cascada. Sandra, o la muerte, no sabía cómo llamarla, continuaba inmóvil. Había cruzado las piernas y tenía las manos sobre el regazo. Miré el reloj; habían pasado veinte minutos de la hora fijada.

 

De pronto sentí que una parte de mí  iba a despegar, pero volvió a su sitio. Aquello se repitió una y otra vez. Dieron las cinco. Los pájaros habían dejado de cantar. A lo lejos escuché el pregón del hombre que vendía nieve azucarada a los niños. Sandra se incorporó. Con su movimiento, sentí un fuerte tirón en mi médula; como si hubiera estado unida a mí y de pronto me abandonara.

 

—    No  puedo llevarte mientras estés descalzo —afirmó con un suspiro — Tendré que esperar. En algún momento usarás zapatos. Apenas te calces, venir conmigo.

 

Dicho esto, se alejó entre los árboles del bosque.

 

Me incorporé. Mis piernas temblaban, pero mis pies reían. La sangre circulaba con fuerza por empeines, dedos y plantas. Mientras regresaba, supe que todo era cierto; que si alguna vez volvía a calzarme, moriría.

 

En el teléfono había dos mensajes de Marcela. Lo descolgué, me acosté y dormí hasta el día siguiente. Más de trece horas, sin despertar.

 

Ricardo Iribarren

Código: 1306135269404
Fecha 13-jun-2013 17:38 UTC

 

EL HOMBRE DESCALZO Y EL FRACASO DE EURÍDICE 1ª Parte. Por Ricardo Iribarren

 

 

Hay dos razones para que alguien camine descalzo por la calle: ser pobre de solemnidad o no encontrarse en sus cabales. En los dos casos, la conducta revela un profundo abandono de sí mismo. A Julia, desde niña, le enseñé a usar calzado. Ella no sale de la casa si no es con gruesos zapatos que protejan sus pies de las porquerías del suelo. Señor Ignacio, usted por su edad debería ser serio y responsable. Lamentaría mucho que con esta convivencia que ustedes han insistido en iniciar y mantener, su lamentable hábito se le pegue a mi pobrecita hija.

 

Como la había imaginado, Eduviges Echenique Gorreaga era una dama mayor, vestida con chaqueta y falda negras y blusa blanca. Prendas de corte clásico. En su juventud habría sido una mujer hermosa, ya que su hija había heredado esa nariz respingada que podría ser graciosa; sin embargo, la dama  torcía el rostro en una constante mueca de desagrado, como si oliera un permanente aroma nauseabundo. Al llegar, antes de saludar a Julia con un rápido beso, la regañó porque el vestido no combinaba con los zapatos. Luego se sentó en el borde de la silla y mantuvo el torso recto, las manos cruzadas en el regazo, mirando con seriedad hacia adelante. Por mi parte, permanecí con los pies desnudos todo el tiempo de la visita.

 

 

—    Señora, mi decisión de caminar descalzo es algo personal. Entiendo que   lo cuestione y respeto su opinión, pero no la comparto. También debe saber que no hago proselitismo de mi costumbre, por lo que no influí en forma directa sobre su hija como usted acaba de sugerir.

 

Julia asintió frente a su madre, cuando repetí que el accidente por el cual había tenido que aplicarle varios puntos en la planta del pie, fue su exclusiva responsabilidad. La mujer dijo que sí con la cabeza, pero por la expresión de sus ojos, noté que no escuchaba o no entendía.

 

Lo que concluyo de todo esto es que si se camina descalzo, más tarde o más temprano la persona va a sufrir un accidente. No admitirlo, disculpe usted, es de estúpidos. Es simbólico. Es inevitable. Debe saber que formo parte de una comisión de vecinos dirigida por el inspector Eufrasio Corvo, candidato a alcalde para las próximas elecciones. Entre los objetivos de nuestro movimiento nos oponemos explícitamente al malsano hábito de caminar descalzo, que fue moda desde los hippies hasta ahora. Es tonta la postura romántica de la libertad del pie. Además de las inconveniencias que trae aparejada, de lo calamitoso que resulta para la salud, creemos que una persona que marcha sin zapatos resiente la integridad del cuerpo social, de la familia, de la patria. En otras palabras, un símbolo; un escándalo. Usted comprenderá entonces, señor Ignacio, mi preocupación al advertir que mi hija está repitiendo su hábito…

 

Estaba listo el té y lo serví una taza de la porcelana china. La tomó con la punta de los dedos y antes de beberla, examinó concienzudamente el borde. Después exigió de Julia la promesa de que nunca volvería a salir con los pies desnudos.

 

— Si por mí fuera, los zapatos debieran usarse para dormir, como lo hacen los turcos — dijo con tono sentencioso antes de retirarse.

Todo había empezado tres meses atrás, cuando Julia y yo decidimos vivir juntos. Antes de resolver algo importante, lo consulto con mis pies a través de paseos que realizo descalzo en el parque cercano a mi casa. Frente a la posible relación, la negativa que surgió de mis plantas fue urgente y terminante.

 

Para estar completamente seguro, recurrí  a una sesión de Pedimancia con Marcela. Adivina y Barefooter como yo, nos habíamos conocido en el parque durante nuestras caminatas descalzas. Contaba con veintidós años, rostro aniñado y sonrisa fácil. Era capaz de ver el futuro en las líneas y los detalles de las plantas.

 

Me recibió en la casa antigua donde vivía, con sus pasillos cubiertos de fotos de santones, amuletos de piel de serpiente y exóticos insectos de Oriente encerrados en viejos frascos.

 

—    No sólo son incompatibles, sino que la relación representa un peligro para ella y para ti — sentenció Marcela al referirse a la posible unión con Julia, mientras sostenía mi pie con sus pequeñas manos. Contando con mis conocimientos someros en la materia, me mostró un complicado ramal de líneas en la planta izquierda. Todas confluían en un punto donde la piel cambiaba de color.

—    En caso de continuar con ella, tu vida amenaza en convertirse en este laberinto que ves aquí.

 

En contra de ambas profecías, la de mis pies y la de Marcela, esa misma noche llamé a Julia, quedamos en vernos, tuvimos un encuentro fogoso y dimos por iniciada la relación.

 

 Me seducían demasiado la suavidad de la piel, la sonrisa constante, y hasta la permanente actitud de querer tener razón en todo. También influía la prolongada soledad desde la muerte de mi esposa, que Julia fuera quince años más joven que yo y tuviera un hermoso cuerpo. Cabellos negros y ojos de un gris azulado; quizá le faltara caminar con un balanceo más elegante, pero sabía utilizar esa sonrisa que formaba un pequeño y delicioso hoyo en el mentón para obtener lo que quisiera.

 

En el ámbito festivo, alborozado de una relación reciente, olvidé la profecía surgida de mis pies y las palabras de Marcela, pero de tanto en tanto llegaban de mis plantas rumores o escozores a los que interpretaba como avisos; no satisfechos con aquel vínculo, mis pies repetían una y otra vez la sorda advertencia

 

 

 

 

En el sexo, Julia era fogosa y siempre estaba dispuesta. Sus orgasmos eran volcánicos, prolongados, ruidosos y casi siempre empapaban el colchón.  Las exigencias en cuanto a fantasías sexuales, eran intensas y permanentes. Yo debía ser Hércules y ella Ónfalo, la princesa de Lidia; yo debía ser el oscuro violador cretense, y ella la joven vestal a quien luego castigaría Afrodita convirtiéndola en Medusa; Helena copulando con Héctor; Odiseo con Penélope; Aquiles con sus esclavas; Pigmalión y la estatua que seducía al artista, aún antes de crearse. La Grecia Clásica inspiraba en ella una sucesión de fogosas parafilias y reconozco que si bien no me apasionaban, tampoco me desagradaban.

 

En el fondo, en vez de aquella sexualidad explosiva, hubiera deseado algo más sereno. No sólo por mi edad, sino porque siempre había preferido momentos de quietud en la intimidad. Abrazarnos en silencio bajo la luna; la madurez lenta del amor en las tardes de otoño. Cuando se lo sugería, Julia afirmaba comprenderlo y me prometía que cambiaríamos de hábitos, pero volvía sin cesar a aquella Grecia fuertemente orgiástica, gobernada por Dionisio y la “Hybris”, a la que nunca habría llegado Apolo.

 

En cuanto al mito de Orfeo y Eurídice, la excitaba de modo diferente. A veces apagábamos las luces y mirábamos la luna. Entonces ella se preguntaba cómo habría sido el encuentro de ambos amantes en el Hades; especulábamos imaginando los sentimientos ante el fallido escape del inframundo y la soledad del héroe. Esa historia tocaba en ella fibras sentimentales que iban más allá del sexo. Cierta vez confesó que cuando me pidiera representar el mito, sería una forma de proponerme matrimonio.

 

 

 

 

 

— Supongo que alguna vez volverás a usar zapatos como todo el mundo — dijo cierto día como al pasar. Iba a continuar hablando, pero la interrumpí afirmando que si deseaba que nuestra relación siguiera adelante debía respetar esa costumbre.

 

—    Me interpretaste mal. Claro que te respeto — dijo acariciando mi pecho— tus pies son muy atractivos y dentro de poco saldré a caminar descalza contigo.

 

No contesté y tomé sus palabras como una forma de disculparse ante un comentario torpe. Los pies de Julia eran los más hermosos y proporcionados que había conocido. Además, ella procuraba cuidarlos con cremas suavizantes, aceites, pintura de uñas y adornos, pero sólo se descalzaba en la moqueta del dormitorio y ni siquiera toleraba el roce del parquet. A veces se tendía en la cama con los zapatos puestos y en ocasiones, para bañarse, usaba medias “porque le daba asco pisar la espuma”.

 

 

No le había hablado de Marcela y una tarde le sugerí que fuéramos a una sesión de Pedimancia; suponía que la profecía inicial podría haber cambiado, o que fuera necesario replantearla.  No tuve en cuenta que mi novia era extremadamente celosa. Cuando a nuestro lado pasaba una muchacha atractiva, sin que ocurriera nada me pellizcaba el brazo. Era inútil mi alegato de que no la había visto; que había sido su gesto el que alertara la presencia de la chica. Ella insistía en que “se me habían ido los ojos”, y en todos los casos, la rabia que sentía se resolvía en encuentros fogosos donde el sufrido colchón soportaba estoicamente las tibias inundaciones.

 

—    No voy a dejar que una extraña me revise los pies — dijo Julia con tono terminante ante mi propuesta. A continuación, me preguntó acerca de mi relación con Marcela.

 

—    Es una vieja amiga — contesté — Ella también es Barefooter y en el pasado salimos descalzos a caminar por el parque. Hace muchos años que practica Pedimancia y la consulto con frecuencia.

 

—    Concluyo que tienes con ella algo que no compartes conmigo — afirmó con seriedad. Era la primera vez que la veía realmente enojada; su ceja izquierda se movía involuntariamente.

 

—    ¿Qué es lo que no comparto? ¿Qué quieres decir?

 

—    Sales descalzo con ella y te niegas a hacerlo conmigo.

 

Le expliqué que con Marcela nunca habíamos tenido nada; que desde hacía un año estaba ligada a un profesor de Sumo con quien mantenía una relación estable, pero no me escuchó. Se negó a aceptar cualquier razonamiento y por primera vez permaneció sin hablarme toda una tarde. Recién en la noche cambió de actitud, me preparó un café y pidió conversar conmigo. Volvió a tocar el tema de Marcela.

 

—    Es lo que te dije. Somos amigos.

—    ¿Tú me amas realmente?

 

Advertí que la ceja izquierda volvía a agitarse

 

—    Claro que te amo. Te lo dije muchas veces.

—    Entonces vas a llevarme a caminar descalza por el parque.   Quiero ser tu Barefooter.

 

—     Debes tener en cuenta que no es fácil. Sería mejor que te quites los zapatos en la casa, que recorras los pisos, te acostumbres a diversas texturas y salgas al jardín trasero donde todo está controlado. El parque tiene sus peligros y hay que acostumbrarse. Si me haces caso, podría llevarte en un mes o dos.

—    Claro, pero tú vas con Marcela…

 

Se repitió la discusión en todos los términos. Finalmente pareció ceder en un punto.

 

— Insisto en que no quiero que una extraña toque mis pies, pero permitiré que realices con ella una nueva sesión de … bueno de eso por lo que adivinan. Yo quiero acompañarte.

 

 

 

Aunque no me lo dijo, advertí que Marcela estaba interesada en conocer a Julia y me dio un turno para esa misma tarde. Durante la sesión, mi novia habló muy poco y se sentó en una silla con el cuerpo recto y los ojos muy abiertos. Contestó con monosílabos a las corteses preguntas de la anfitriona y miró con atención como Marcela lavaba mis pies e interpretaba las líneas. Mi salud, mi economía se desarrollaban sin problemas. En el pie izquierdo, volvió a mostrarme el laberinto que culminaba en un cambio del color de la piel.

 

—    Lo demás también está igual — añadió con una mirada de inteligencia.

 

 

Al volver, Julia me hizo otra escena. Insistió en que Marcela me había acariciado el pie con excesiva ternura; que me miraba con “ojos de carnero”. Había captado la referencia a la lectura anterior; por supuesto, no le dije que en ella me había desaconsejado la relación. Terminó llorando amargamente y al intentar consolarla, volvió a exigirme que la lleve a caminar descalza.

 

Un fragor más fuerte que los otros llegó de mis plantas. Mis pies repetían la profecía inicial. A pesar de esto, accedí al pedido, pero le exigí una prueba: con los pies totalmente desnudos, debía atravesar la grama de atrás de la casa, descender los tres escalones de madera, salir a la calle, llegar a la esquina y volver. Si lo cumplía con éxito, podría llevarla durante media hora a recorrer la zona más accesible del parque.

 

—    No entiendo por qué tantas precauciones — dijo desafiante — Todos nacimos descalzos. Si insistes en que es un hábito natural, ¿por qué todo este cuidado neurótico?

—    Es más complicado de lo que parece cuado alguien no está acostumbrado — insistí —soy el primero en desear que me acompañes en mis caminatas, pero un accidente inesperado podría ser doloroso y luego te resultaría difícil retomar el hábito.

 

Por tres veces revisé el trayecto. La grama estaba corta. A la calle la habían limpiado hacía poco. El único problema era un clavo que sobresalía del tercer peldaño en los escalones que conducían a la acera. Se lo mostré para que estuviera atenta.

 

— Verás que no es peligroso — dije — está cerca del centro, pero es visible a simple vista y bajo la luz del día.

 

El día amaneció soleado y Julia salió a eso de las diez de la mañana. Desde la ventana observé como avanzaba en puntas de pie, lentamente, abriendo las piernas como si caminara sobre huevos. Miraba con asco la grama. Había llevado una servilleta de papel y cada tanto se detenía a secarse el rocío que mojaba sus plantas.

 

Demoró cinco minutos en llegar a la escalera. Empezó a descenderla y en el tercer peldaño donde estaba el clavo, se detuvo sentándose. Pensé que iba a levantarse de inmediato, pero luego de varios minutos siguió sin moverse. Abrí la ventana y le pregunté si estaba bien. No me contestó.

 

Salí y al llegar junto a ella observé el pie derecho ensangrentado. El clavo   se había insertado en la almohadilla, por debajo de los dedos. Por primera vez desde que estábamos juntos, me miró con odio

 

—    No me dijiste dónde estaba — me reprochó — no me dijiste con claridad que era peligroso.

 

La tomé en mis brazos y regresé a la casa. Podía curarla yo mismo. Tenía conocimiento y recursos para hacerlo. Repitió una vez más que no le había informado acerca de la amenaza y la responsabilidad era mía.

 

Luego de limpiar la herida, advertí con asombro que no era una simple punzada; que no había retirado el pie al sentir el dolor. Parecía haberlo arrastrado sobre el clavo, ya que la herida se extendía desde la almohadilla hasta el arco. Tuve que colocar anestesia local y unir los labios de la lesión con tres puntos. Finalmente se durmió y advertí que en el sueño seguía agitando la ceja.

 

Ricardo Iribarren

 

 

 

 

Código: 1304174964373
Fecha 17-abr-2013 21:48 UTC

 

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EL HOMBRE DESCALZO Y EL CADÁVER DEL RÍO. Por Ricardo Iribarren

 

 

 

Con los pies desnudos, me había propuesto caminar por el sendero agreste que iba desde el embalse del norte del río, hasta el recodo del sudeste; un total de siete kilómetros.  

 

Morenos y curtidos por el constante sol en los empeines;  con las plantas más gruesas que el común de las personas, esa mañana algo había cambiado en mis pies. Los flancos de los dedos gordos exhibían dos heridas pequeñas. De ellas surgían un par de hilos tenues y resistentes que se insertaban en las uñas. Lo mismo ocurría con el centro de mis plantas. Debajo de la piel, mi amigo Sebastián, el médico, había instalado dos juegos de minúsculos chips, verdaderos laboratorios que medirían la densidad del sudor, la concentración del polvo o la composición del barro. Lo más importante eran las sofisticadas cámaras que   filmarían todo lo que registraran mis pasos. Más tarde las podría conectar al ordenador y proyectar las películas.

 

 Inicié la marcha a las cinco y media. La mañana estaba clara y el pronóstico anunciaba un día sin lluvias ni nubes, quizá con excesivo calor. Luego de las doce, llegaría con un hambre feroz al recodo del río. Allí esperaría a Mauricio,  mi vecino, que me llevaría a  casa en su camioneta

 

Tal como lo anticipara Sebastián, los chips no producían ninguna molestia. Mis plantas desnudas se adaptaban como siempre a las irregularidades del terreno. La filmación incluía los detalles de la tierra que pisaban así como la perspectiva de los pulgares al avanzar.

 

Aquellos dispositivos podían ubicarse en cualquier parte del cuerpo y aportar al médico elementos que servirían para la investigación o la precisión en ciertos diagnósticos diferenciales. En mi carácter de “barefooter extremo”, al conducirlos en aquella caminata, permitirían estudiar cómo reaccionaban ante una  exigencia inusual. No debía preocuparme de la suerte de los chips. “Ellos se cuidan a sí mismos” — había dicho Sebastián. Colocados en la segunda capa de mi epidermis, yo mismo debía retirarlos al finalizar la marcha. El médico siempre había sido tolerante a lo que llamaba “mi manía de caminar descalzo”. Por eso sospechaba que la inserción de los adminículos, además del interés científico, tendía a complacer el entusiasmo casi infantil que me producía filmar la caminata desde la perspectiva de mis pies.

 

Aquella mañana, el suelo presentaba cantidad de variantes, lo que era una fiesta para mis plantas. De vez en cuando revisaba el cronómetro y hacia las ocho, tomé mi primer descanso.   Sebastián me había pedido que entre al río; los chips podían sumergirse y se requería  probar la capacidad de filmación subacuática.

 

 Me quité la ropa. El agua estaba helada y en aquel punto, la corriente era   impetuosa. Avancé hacia una zona más profunda, donde pudiera sumergirme hasta el cuello, mientras me sostenía de unas rocas para evitar ser arrastrado. Por alguna razón, aquella mañana el río conducía trozos de plantas y formaciones de hojas y tierra que enturbiaban el curso. Levanté una y otra pierna para tener una buena amplitud de enfoque. El resultado de aquella filmación sería monótono para muchos, pero yo estaba seguro de disfrutarlo. Pensar que mis pies registraban lo que ocurría debajo del agua, me producía  una intensa excitación que subía por los dedos y llegaba hasta las ingles.

 

De pronto, un objeto blando y grande golpeó primero mi pierna y luego cayó  sobre el dedo gordo de mi pie derecho. Fue un instante, pero me produjo un fuerte e inexplicable estremecimiento en la médula. Miré hacia la corriente; entre las aguas, se deslizó una mancha pálida que parecía un animal muerto.  Ante aquello, decidí regresar a la orilla donde examiné los hilos y  los chips que parecían encontrarse en su lugar.

 

El resto de camino avancé sin problemas y llegué al recodo del río diez minutos antes de la hora prevista.Me senté bajo la sombra de los árboles y quité algunas espinas de mis plantas mientras esperaba a Mauricio.

 

Una vez en mi casa, sin almorzar, retiré los cuatro chips, y los conecté a la computadora. Como esperaba, las imágenes eran repetitivas y monótonas, pero me resultaba fascinante el trayecto de los pies avanzando entre el polvo. Se habían registrado todas las texturas de la tierra; de vez en cuando las cámaras tomaban hileras de hormigas y briznas de pasto, una de las cuales se pegó al objetivo. El chip había caminado con ella cerca de un kilómetro.

 

 Llegué a la filmación debajo del agua. Para verla mejor, conecté la computadora al televisor y la imagen creció hasta llegar a las treinta y siete pulgadas. Un mecanismo infrarrojo se había activado al entrar en el río;   la luz del sol jugando sobre el agua; brillos leves como exhalaciones; cardúmenes nadando a lo lejos.   Aquellas visiones eran un regalo de mis pies.

 

De pronto me incorporé . En la pantalla había aparecido una figura humana arrastrada por la corriente. Salió del cuadro, regresó y pude verla con nitidez: era una mujer joven. Sus piernas parecían haberse enredado con raíces de la orilla; las corrientes la movieron a un lado y al otro, hasta que por varios segundos el rostro quedó frente al objetivo. Los cabellos eran  blancos, y desde la pantalla me miraron los  ojos sin pupilas. El movimiento de las aguas terminó de desprenderla de las plantas que la sujetaban, desapareció otra vez y casi enseguida volvió a surgir, mostrando su cuello y el resto del desnudo cuerpo; pude ver que faltaba un trozo del pecho izquierdo. Desapareció unos instantes, y fue allí cuando su cabeza golpeó contra mi dedo gordo. Luego el chip la filmó alejándose; las corrientes la zarandeaban en zigzag, como a una gigantesca muñeca..

 

La cámara registró mi salida apresurada del río, y luego retomó la lenta panorámica del pie avanzando; algunos trozos de cielo y la lejanía de los árboles envuelto en el polvo que levantaban las pisadas.

 

Repetí la escena del cadáver por siete veces. Lo más razonable sería avisar a mi amigo el médico para que diéramos parte a la policía. Imaginé las preguntas opresivas, los trámites burocráticos. Todo sería peor si llegaran a encontrar el cuerpo. Sirenas;  automóviles con las luces encendidas, y lo peor, más preguntas. Era como si profanaran algo que la naturaleza me había mostrado sólo a mí. Claro que ocultarlo sería un delito; era de suponer que   había un asesino suelto; que podría volver a matar.

 

¿Y si nadie la mató? — me pregunté. Vi una vez más la película. En los tres tramos en que se mostraba el cuerpo, no había señales visibles de violencia. El trozo del seno que faltaba podía explicarse por el tiempo transcurrido en el agua y los ataques de los peces. Quizá la mujer cayera de uno de los barcos de paseo que partían del muelle sur, o se habría suicidado arrojándose desde   las barrancas del río. Mis datos podrían servir para que la familia supiera de la muerte. Por un momento aquello me decidió. Levanté tres veces el tubo, pero no terminé de discar el número de Sebastián.

 

Almorcé, ya que no había comido nada desde el desayuno y fui a caminar descalzo al parque cercano. Aquel era el recurso que usaba para meditar ante una situación difícil.

 

En una hora recorrí diferentes tipos de suelo: desde la arena gruesa que pinchaba y exfoliaba mis plantas, hasta la tierra fina como azúcar impalpable. Di varias vueltas alrededor de un árbol cuyos frutos eran redondeados y suaves; por último, recorrí la zona abandonada y llena de pantanos que se extendía detrás del parque. Desde mis plantas llegó un clamor  sordo que se tradujo en sentimientos e ideas. El cadáver pertenecía al río. Como los peces, las frutas, las hojas o los objetos que caían en él. El agua los atesoraba, los transformaba, hasta convertirlos en algo diferente de lo que habían sido. Sólo conservaba la forma original como un recuerdo. Sentí naufragar mi deber como ciudadano. Por alguna razón, el cuerpo había elegido esa vía para el viaje de ultratumba; por alguna razón se había revelado a mis pies.   

 

Al regresar, con un programa de edición de video,  corté los dos minutos  de película en los que aparecía la mujer. Luego uní los extremos restantes, completando la larga escena de la marcha y la breve detención en el río. Sólo yo dispondría de la secuencia en la que el brillante y dorado cadáver había danzado para mis pies.

 

Sebastián no sospechó nada. Satisfecho del resultado al que calificó como una verdadera prueba de resistencia, me agradeció y felicitó. Me ofrecí en caso que volviera a necesitar de mis plantas desnudas.

 

La semana siguiente, regresé al río. No pude encontrar el sitio donde me había detenido. La arena roja de la orilla, las formaciones de árboles y los paisajes, eran similares. Había tres lugares parecidos y me dediqué a vadearlos, esperando un nuevo encuentro con el cuerpo. Permanecí largos ratos en diversas posiciones, extendiendo mis pies al empuje de la corriente, arrastrándolos por el pegajoso barro del lecho. No encontré rastros del cadáver.

 

En contra de mis hábitos, durante un par de meses escuché las noticias locales. Conocí la vida íntima de modelos y actrices; intimidades de políticos, robos, asaltos, asesinatos pasionales, pero nada que pudiera estar relacionado con aquella visión que conservaba en el vientre de mi computadora.

 

Han pasado tres años. Algunas veces, como en un oculto ritual, cierro puertas y ventanas y vuelvo a contemplar la extraña y terrible libertad del cadáver del río. Quizá no importen los misterios encerrados en la visión fantástica  de aquel día de verano. Mis pies se habrían limitado a mostrarme la belleza súbita de la muerte, sin especular ni sacar conclusiones; sin esperar ni exigir otra cosa. Era el vínculo oscuro que intuía al caminar descalzo la tierra. El mismo que por primera vez se había convertido en mirada.

 

Ricardo Iribarren

 

Código: 1307095403921
Fecha 09-jul-2013 14:42 UTC

 

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EL ÚLTIMO AFÁN. Por Walter Elías Álvarez Bocanegra, de Pallasca, Ancash, Perú.

El último afán.

Walter Elías Álvarez Bocanegra.

 

Es ella otra vez, como ayer, como anteayer y como toda la semana, una semana ya, sólo que ayer no tenía esas manguerillas asidas a las narices. Ahí está, pegada al cristal de la ventana, su mirada se dirige al este, hace caso omiso a las celadoras de cama de hospital, luego baja la mirada y observa la vía congestionada de vehículos, la avenida Salaverry en Jesús María. Creyó que ayer saldría del nosocomio, se preparó para salir pero no pudo, su cuerpo no respondía, se desvanecía. Anteayer estuvo mejor y también creyó que saldría de ahí, pero no pudo, su cuerpo se desvanecía menos que ayer y creyó que debería ponerse mejor para salir y por eso espero al día de ayer, y no pudo, y esperó para hoy pero tampoco puede, está peor, y con manguerillas, todo está perdido. Pero saldrá, es su afán, conoce el hospital de memoria, como cualquier jubilado.
Sale de ahí sin manguerillas, caminando en retroceso, inicialmente los pies se le pegan al piso, luego se le van aliviando, va por el pasadizo, el ascensor se abre, se cierra, ella desciende, se abre nuevamente. Ella pasa entre el gentío, todos se apartan, jamás han visto caminar a una mujer de tal manera, sonríe mientras se desplaza por Rebagliati hasta la esquina. El mismo bus que la llevó está estacionado en la avenida Salaverry, justo en la esquina, le resulta difícil subir de espaldas, pero lo logra, su deseo de vivir es más fuerte que la buena voluntad de la buena mujer que quiere llevarla al hospital, una semana ya que la llevaba, entonces la buena mujer iba tranquila, ahora la buena samaritana regresa con pesadumbre porque ella no quiere quedarse en el hospital.
Le resulta muy pesado volver a casa de retroceso, pero la casa es la casa, la casa es la vida y en la casa la muerte es dulce. Y llega a la esquina de la casa, con el bus en retroceso, y ella se baja caminando con la espalda por delante, y a medida que avanza el cuerpo se le sutiliza, va caminando a la gloria, segura que la encontrará. La mujer que le acompaña voltea y la abandona en la misma puerta de la vieja casona, ahora infernalmente convertida en tugurio albergando a mucha gente. Ingresa hasta su habitación en el segundo piso, en el barrio Rimac, al costado del río, muy cerca de Palacio de Gobierno, un puente y una cuadra los aparta, se vuelve y queda frente a frente con la cerradura de la carcomida puerta; penetra la llave, cruje el madero entre telarañas y polvo, flamean las blanquisucias cortinas, y por fin.
Se siente libre y como volando ingresa al dormitorio, se sienta en la cama, chirrían resortes, jala la gaveta del velador y extrae un diario amarillento, su propio diario, lo abre sobre la mesita caoba.
“¡Oh!, diario, tú que sabrás de mí mucho más de lo que yo de ti, guarda todo lo que te entregue que será lo mucho que yo tenga. Porque a tus páginas llegue mi canto y que ellas sequen mi llanto o se llenen de encanto cuando una tenue sonrisa a mi rostro aparezca. Porque tus renglones sean mi cause de amor y aunque muerda el dolor no me aparten de él. Y si alguna vez el destino de mí te arrancare y el insensato a la basura te arrojare, escaparás de ahí porque tienes vida, la vida que yo te entregaré. Nací con efímera primavera una tarde de otoño, no importa de quién pero nací, me sorprendió el invierno y ahora que siento caluroso verano y cumplo 15, te tengo a ti. ¡Te amo! ”. 
Lo ojea, hoja por hoja, entre páginas hay pétalos y flores finamente disecados, se detiene entre páginas, 5 del día 13 del mes 12, ahí una flor de higuera y foto a todo color en el restaurante El Cordano, al costado de Palacio de Gobierno, muchos rostros femeninos alegres sólo el de ella disimuladamente alegre. Tiene 55 años, es un agasajo porque se ha jubilando del empleo, empleo que no quería dejar porque en algo aliviaba su pesar. Ya no es la mujer más bella de Correos y Telégrafos por dentro y por fuera, ya no, sólo por dentro. 
El diario tiene codificados los días de la semana del 1 al 7, no dice lunes, dice 1, no dice domingo, dice 7. Se detiene en el 7 del día 7 del mes 7, es una codificación personalizada, algo fuera de lo común quería hacer cuando niña e hizo un diario de vida cuando cumplió 15. Ahí junto a un pétalo de rosa roja una fotografía carné en habano, la coge delicadamente, sonríe llena de felicidad, y la besa como aquella vez. Es el primer beso que dio aquella tarde, mientras la brisa del río, en el puente Rimac, antes que él partiera rumbo a las minas de la Cerro de Pasco Corporation. Partió en tren, al siguiente día, desde la misma Estación de Desamparados rumbo a su prometedor empleo como geólogo y no volvió jamás, murió por Satipo, Junín, en una juerga de fin de semana, dijo la madre de ella. Fue el primer beso sabor a suspiro limeño, de esos suspiros que ella muy bien sabía preparar, el primer beso que dio y recibió mientras su cuerpo hormigueaba ávida, ella, de caricias y lujuria, porqué no, pero él la apartó porque la quería pura para la noche de bodas. Era el único hombre a quien se entregaría pasara lo que pasara. Pegada a la foto se siente en la gloria.

Era la mujer más bella de Correos y Telégrafos, la más bella del centro de Lima y de todo Lima y más, bella como bello su proceder, aunque empleada nada más, pero al fin empleada para distinguirse de las obreras.
Sigue ojeando las hojas del diario y encuentra a su madre en cuerpo entero y en sepia junto a una flor de cardo, su cuerpo se hace pesado, se resiste a caminar al pasado. No supo bien de su padre, el francés Leclerc de penetrante mirada azul que atrapó a su madre. ¡El gringo Leclere!, el que solía repetir que serrano era sinónimo de sumisión y de atraso, por cuanto no se explicaba el porqué de una raza dueña de incalculable riqueza y que, sin embargo, adormitaba terriblemente pobre y al servicio de sus saqueadores. Murió por borracho, repetía su madre. Leclerc, un experto fundidor de oro en La Oroya que de un día para otro resultó con la piel exfoliándose por los efectos de los reactivos que utilizaba en su rentable oficio, y por eso su madre se alejó de él, mejor dicho, ¡lo alejó!, le causaba repugnancia y vómitos cuando se le acercaba. Soriasis, diagnosticaron los médicos, Leclerc, decepcionado, se suicidó en La Oroya con una solución saturada de whisky y cianuro sin que ella, su hija, lo supiera, ya muerto se lo llevaron a Francia.
Difícilmente su pensamiento llega hasta el joven aquel, su padre, tan apuesto como su prometido el de la foto en habano. Inicia un canto, yaraví, dolorosamente triste, “Se fue mi amante por las montañas…”, ella tiene 18 y él 24, coloca la foto dentro de sus senos, se arrodilla cantando con la mirada fija en la ventana oriental de su sepulcral habitación, “Se fue mi amante por las montañas bajó a Satipo y ahí murió…”. Estruja la foto sepia de su madre, la escupe y la tira por la ventana.
Era la mujer más bella de Correos y Telégrafos, la única hija de la maestra de escuela en la metalurgia La Oroya y del gringo Leclere, vivía en esa casona que compró su padre y la legó íntegramente para ella antes de morir, y desde allí, todas las mañanas caminaba cruzando el puente hasta las oficinas de Correos y Telégrafos al costado de Palacio de Gobierno. La maestra era limeña piel canela de pura cepa, de Barrios Altos, a unas cuadras de la casa de los Prado, era maestra de escuela, pero llevaba el cuello bien estirado para que su mirada no tropezara con las de sus alumnos, y por eso dejó de trabajar luego que se unió de hecho con Leclerc. Después de la muerte de Lecrec la maestra se vio en apuros para seguir viviendo como había vivido, puso la mayoría de las habitaciones de la señorial casa en alquiler, y hasta ella se alquilaría de ser necesario, y fue un oficinista de Palacio de Gobierno, que entonces alquilaba una habitación ahí, que se compadeció de la hija de la maestra y del gringo Leclere y le consiguió un empleo en Correos y Telégrafos. El enamorado de ella era de Huancayo, serrano mal hablado, de qué vale que sea ingeniero, le repetía la madre maestra, serrano apestando a chuño y zapateando huaynos, ¡quí puis vaser tu marío!.
Estruja la foto sepia de su madre, la escupe y la tira por la ventana, “que el diablo la tenga a su lado”. Inicia una danza, mezcla de todas las danzas folklóricas peruanas, y baila hasta quedar exhausta, y canta el penoso yaraví “Corazón en bandolera partió mi amante, se fue mi amante por las montañas, bajó a Satipo, lo acribillaron y ahí murió, y ahí murió y ahí murió…”. ¿No fue la malaria?, no, lo acribillaron a balazos por hablar de revolución. Extenuada por la fatiga cae sobre el velador y el diario se estrella en el piso de madera. Fotos y flores en el piso opaco olor a petróleo, sobresale una foto en sepia pegada a una flor de lirio, la del gringo Leclere con ella muy niña en beso paternal en el patio de la casona junto a la pileta de mármol. Su mente se confunde, le llega intermitente la figura del ogro escamoso a veces rojizo y otras violeta genciana, eso decía su madre, el gringo Leclere era el ogro luego que fue atacado por la soriasis. Entre el ogro y Leclerc aparece su madre obligándola a comer: ¡Come, maldita!, ¿o llamo al ogro?.

La orden le produce vómitos, arroja toda la bazofia a la misma cara de la celadora de hospital, para ella la cara de su madre, la anciana se desploma, cae pesadamente al piso, fuera de la cama de hospital, el cuerpo convulsiona y expira feliz. Es ella, sencillamente ella, la mujer más hermosa por dentro y por fuera.

 

Walter Elías Álvarez Bocanegra

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“CRIMEN SIN DELITO”. Por Walter Elías Álvarez Bocanegra, de Pallasca, Ancash, Perú.

CRIMEN SIN DELITO.

 

Regresó como se fue, caminando, tres días de caminata desde la otra provincia, y se subió al bus en la salida del pueblo arriba del río Tablachaca, iba a entregarse voluntariamente a la justicia en el mismo Penal de Cambio Puente, en el litoral, Timoteo terminaba de cometer, muy a gusto, dos asesinatos más, había logrado lo que quería. Se sentó muy contento en la penúltima fila libre de la derecha del bus, y cuando el vehículo descendía en convergencia con el río su mirada se perdió en la triangulada ladera muy sumido en sus recuerdos.

Por la calcinada ladera las piedrecillas rodaban y las chamanas se estrujaban mientras presurosas se desplazaban las dispersas cabras a reunirse con la manada, el sol se disponía a penetrar en la montaña occidental y por abajo, por el ancho vado del río Tablachaca, apareció un hombre con el pantalón remangado hasta los muslos, Timoteo lo seguía con la mirada fija, sorprendido por aquella humana aparición, esa tarde mientras preparara su merienda por fin podría conversar con aquel hombre, por fin podría alegrarse departiendo con él, así lo deseaba y haría todo lo posible y hasta lo imposible para retenerlo. Rara vez llegaba por ahí humano viviente, rara, muy rara, salvo la dueña cuando tenía que vender alguna partida de ganado, Timoteo pastoreaba las cabras de un una mujer que vivía más arriba, como a quince kilómetros, en un pequeño pueblo andino de antigüedad incalculable.
–¡Hola, amiguito! –saludó Timoteo a la distancia y a todo pulmón a su potencial visitante– por allá amiguito, por esas pitajayas, por ahí viene el camino.
–¡Ahhhhhh! –exclamó el gordiflón en señal de agradecida respuesta.
Mientras lo esperaba, Timoteo recordó aquel día que pasó por ahí por esa cabaña que entonces la habitaba, y pasó hasta la rivera y más abajo aún siguiendo el curso de las aguas con dos compañeros novatos para lavar el oro yaciente en el cauce del río, los experimentados buscadores de oro tenían otro camino, más corto y más inmediato a la carretera, pero los novatos se inquietaron por su brillo en el pueblo de arriba mientras bebían aguardiente en una pulpería, los dos pueblerinos le hablaron de la faena y del precio del metal “Te sacas un gramo diario, cinco veces más de lo que te pagan aquí como peón”, así, convencido del suculento negocio, bajó con sus dos socios rumbo a la rivera con una enorme mochila cada uno, con los molidos, la sal y el azúcar para alimentarse y encima de la mochila la barreta y la lampa, y un pellejo de chivo maduro para retener las minúsculas partículas del metal, bajar por la escarpada pendiente con tremendo cargamento para quince días le produjo vómitos, tantas arcadas que por fin optó por exclamar “¡Me llama el divino!” y se tiró al suelo de largo en largo que sus compañeros tuvieron que compartir su cargamento para poder llegar a la misma rivera mientras Timoteo les contaba una historia de su pacto sostenido con Dios para entretenerlos “El Taitito me ha pedido que no cargue mucho peso y si me descubre cargando como ahora me llamará a su lado para vivir sin hacer nada, y yo todavía no quiero ir porque tengo que hacer algo”. Y apenas llegaron, sobre la marcha empezaron a improvisar el campamento pircando piedras hasta una altura de ochenta centímetros, de ancho hasta las rodillas y de largo lo suficiente para que pudiesen entrar los tres con mochilas y todo, tendieron un plástico como techo y, ¡vivienda arreglada!. Le resultaba muy desagradable recordar todo aquello de esa vez en que sacaron medio gramo por día entre los tres, ahora, como pastor, tenía una pequeña cabaña arriba de la rivera con tarima y fogón incluidos y un perro de compañía, una cabaña que había albergado a muchas generaciones de pastores, tenía la cabaña y la comida aseguradas, molidos, papas y maíz que le entregaba su patrona y que el mismo subía para bajarlos desde el pueblo, aunque ya llevaba meses sin comer carne, no había muerto cabra alguna, y él, tan honrado como era, no sacrificaría una por propia iniciativa .
El caminante salía por el escabroso camino entre cactus y chamanas, de aquí para allá de allá para acá, se aproximaba a la cabaña mientras el perro lo ladraba, Timoteo no quiso recordar más esos días ni esas noches que pasó en la rivera para lavar oro y se concentró en la figura de su potencial visitante que, de dónde vendrá este pequeño amiguito tan gordito como está que difícil le resulta caminar, lo convenceré para que se quede, le daré de comer y se quedará, si pero no, ¿y si es uno de esos terrucos?, ¡me jodí!, ¡hoy me mata!, ¡ay Diosito!, no permitas que así sea, y viene con zapatos, y yo con estos zurcidos y estos llanques desde que llegué, seis meses ya, ¿que traerá envuelto en su poncho como quipe?.
Timoteo llevaba unos llanques tan desgastados que el talón besaba el suelo, el pantalón y chaqueta de lana de carnero artesanales y zurcidos pedían ser cambiados a gritos, sólo había cambiado la camisa de lana por una vieja camisa de dril que su entonces patrona le regaló y que ajustaba dentro del pantalón con una faja de lana de tres metros de largo.
Llegó y Timoteo le extendió la mano presentándole a su perro sin apartar los ojos del quipe, en seguida lo invitó a sentarse en un piedra cerca al fogón.
–¡Anay! –exclamó el visitante mientras se quitaba el quipe para ponerlo a su costado y agregó –con tremendo peso casi que no llego, ¡jajajaja!.
Timoteo, intrigado por lo que había dicho el recién llegado, atizó el fuego y la pequeña olla de barro empezó a cloclear una sopa de molidos con unas papitas peladas a cuchillo y cortadas en pedacitos. El crepúsculo se apagaba y el fuego iluminaba, Timoteo aproximó un tronco de molle hasta el fogón y se sentó, su mirada se dirigió al quipe del forastero mientras éste lo desenvolvía para liberar su poncho dejando al descubierto un paquete envuelto en un costalillo blanco, estirándose manoteó en el bolsillo interno de su chaqueta y extrajo una taleguita de coca cortada y bien compactada para ofrecerle un bolo a Timoteo en muestra de agradecimiento y amistad, Timoteo aceptó muy de buena gana, y luego que el forastero se chantó el poncho empezaron una charla respecto a la coca, que dónde era mejor, que si del Marañón o de Usquil, ¡del Marañón!, del Marañón es la mejor sólo que a veces te venden lavada, ¡después de haber sacao la pasta!, pero se conoce, cuando está lavada la hoja pierde su color y sabor, en cambio cuando no está lavada es verdecita media amarillita, qué rica, bien rica, amiguito, ¡sí, mi amigo!, así es pue sino dígame cómo está la que ley invitao, ¡buena amiguito!, muy buena, paque es pue.
–A propósito amiguito, yo me llamo Timoteo Masa, Timoteo Masa Rueda, ¿y usted?, amiguito.
–Yo Pablo, Pablo Centurión, pero de apellido no de cintura.
Y Pablo y Timoteo siguieron charlando de la coca, de la cal, de las catipadas para adivinar la suerte, pero a Timoteo no se le iban los ojos de encima del quipe de Pablo.
–¿Qué llevas en el quipe, amiguito?.
–Más coca, ¡jajajajajaja!.
–A ver, quiero mirala.
–Mañana, ahora ya está de noche.
Y claro que se estaba haciendo noche, las cabras madres se acomodaban en el redil llamando a sus crías, mientras los machos se disputaban los emplazamientos más atractivos, y el perro Motoso ahí, afuera del redil, no cesaba de darle vueltas mientras ladraba, y de cuando en cuando se posaba sobre sus ancas para aullar.
Timoteo colgó la geta en muestra de descontento sin dejar de ser solidario.
–A comer algo, amiguito –dijo Timoteo, casi ordenando y bajando los platos desde un pendiente tabladillo de delgados maderos atrincados con cabuyas.
Meneó la olla con el negruzco cucharón de palo y empezó a servir el primer plato para Pablo, el segundo para el perro y el tercero para él. Pablo lo recibió de muy buena gana.
–Gracias, amigo, pero no te molestes, ¿qué he dicho que no te ha gustao?.
–Nada, sólo que no me quieres enseñar lo que tienes en tu quipe.
–¡Coca!, ya te dije, mañana te daré un poco, ahora sólo quiero dormir en este corredorcito.
Timoteo, se puso triste y rabioso a la vez, su curiosidad por saber lo que había en el quipe quedó frustrada, la posibilidad de que fuera coca lo que contenía el quipe le llenaba de felicidad y sonreía al imaginarla porque la ración se le agrandaría y no tendría que mezclar lo poco que le quedaba con hojas de chamana, pero, y qué si no era coca, sólo de pensarlo su rostro se degradaba. Esa noche no dormiría, se conocía demasiado, tuvo miedo de aquel pequeño gordiflón chacotero, tuvo miedo, claro que sí, y ahora ¿dónde dormiría su visitante?, ni modo que en la tarima junto a él, ¿dónde tendería la gruesa carona para el amigo?, en el suelo, claro, dónde más, no había otra tarima sólo una en la que él dormía sobre dos gruesas caronas apuntaladas, ahora prescindiría de una para ofrecerla a Pablo, en el suelo, pero, ¿dentro o fuera de la cabaña?, afuera mejor y yo me tranco muy bien con la barreta, y si empuja la puerta, ¡me jodí!, mejor que se duerma el en suelo y junto a mi tarima, mejor en el suelo y lejos de mí. Timoteo estaba super confundido que no había captado el deseo de su visitante por quedarse en el corredorcito, y terminó tendiendo la carona afuera, bajo el pequeño techo saliente de barro de la cabaña y aturdidamente la terminó de tender a eso de las nueve de la noche cuando la luna aparecía por el oriente e ingresaba su luminosidad por la ventanita hasta la cabecera de la tarima. Tendió la carona afuera y le entregó una frazada raída, le dio las buenas noches y después de trancarse con la barreta se acostó, y le asaltaron los recuerdos del primer día en el pueblo de arriba, zozobrado, escondiéndose de los policías, buscando trabajo a cambio de comida, llegó desde allá, desde las alturas de Chingalpo en la otra provincia arriba del río Marañón, tres días después que le dio una tremenda pateadura a su mujer dejándola semimuerta, muerta para él, ¡eso creía!, en la chocita de la puna donde vivía, donde sobrevivía pastoreando el ganado del mejor comerciante del pueblo, así fue, pues, su mujer era joven y hermosa y por eso con rabia la pegó hasta matarla, pero no la mató, la dejó tirada, abandonó la choza y se quedó en la choza abandonada de más arriba para vigilarla desde ahí hasta que llegara el comerciante con las vituallas para la quincena, y sucedió que el comerciante llegó aquel día con su mujer y sus dos hijos y encontró a la mujer de Timoteo recuperándose de la pateadura, la sacaron caminando de la choza y la subieron sobre la mula del comerciante ante la incrédula mirada de Timoteo que no le quedó otra salida que huir, y a su mujer la llevaron hasta el precario hospital del pueblo donde rápidamente se recuperó y declaró que los terrucos se llevaron a Timoteo porque era de ellos y a ella lo masacraron mientras la culpaban de traicionar a su marido con el dueño del ganado, cuento que todos los que la escucharon se lo tragaron completito.
Acostado sobre la tarima se quedó recordando el incidente de la puna hasta la madrugada, tan concentrado en sus recuerdos que los desesperados ladridos de Motoso a eso de la media noche pasaron desapercibidos por él, entonces ya de madrugada lo asaltó la idea de que el hombre que dormía afuera podría estar tramando ingresar a la cabaña para matarlo, no podía permitirse morir entonces, tenía que vivir, aún tenía que vivir porque aún no había logrado su objetivo, no aceptaba eso de morir para que otros vivieran, quería su parte en este mundo, y lo lograría, esa noche quería estar seguro de que el visitante no era un terruco que lo mataría, él sabía que los terrucos mataban y asunto arreglado, no le preocupaba el porqué ni el para qué, sólo le preocupaba el qué hacer y el porqué en caso de que quisieran matarlo. Y como tenía que seguir viviendo salió cuchillo en mano para asegurarse de que así sería, abrió la puerta sigilosamente, el visitante roncaba plácido, completamente dormido por el cansancio, con el misterioso quipe de cabecera, Timoteo se inclinó para jalar el quipe en el que posiblemente se encontraría el arma homicida, y al jalarlo ¡el durmiente se puso de pie de un salto para sujetar su paquete!, Timoteo le clavó una estocada en el abdomen y con ambas manos en el cuello dio cuenta de aquel hombre que terminó cayendo pesadamente en el suelo y Timoteo encima de él. Se aseguró de que su indefenso contrincante estuviera bien muerdo y lo arrastró hasta un rincón de la cabaña, volvió por el quipe y lo colocó junto al cadáver, trancó la puerta con la barreta y se quedó regocijadamente dormido.
Las cabras abandonaron el redil a eso de las nueve de la mañana y Timoteo empezó a estirase y a dar gracias a Dios por el nuevo día. Dirigió la mirada al cadáver, y
–¡Buenos días amiguito!, eso te pasa por querer matarme.
Se levantó y lo primero que izo fue examinar el quipe del difunto, lo encontró, efectivamente con coca y dentro de ella un fajo con muchos billetes de todas las denominaciones, pero, además un paquete de un kilo de pasta básica de cocaína. No sabía cuántos ni de cuánto, pero sí sabía que eran billetes, sus ojos se desorbitaron al contemplarlos y su mente empezó a cautelarlos, y los ató en viejas bolsas plásticas para enterrarlos en una esquina exterior de la cabaña. Cogió el cuchillo y en una de las piedras del fogón lo frotó repetidas veces hasta entregarle un buen filo cortante e inmediatamente empezó a quitarle las ropas al difunto para seccionarlo, y un crucifijo de oro en cadena del mismo metal asido al cuello del infortunado llamó su atención y se detuvo en su empeño examinándolo minuciosamente, no había visto uno semejante, qué lo iba a ver si nunca conoció una esvástica, sin embargo ahí se quedó petrificado y luego se persignó para continuar con su tarea, delicadamente quitó el crucifijo y se colocó al cuello. El bolsillo derecho de la chaqueta llamó su atención por lo pesado del contenido, manoteó dentro de él y extrajo un revólver 38 de rutilante cacha en la que se enmarcaba en alto relieve una S en forma de ángel cruzada sobre otra en forma de serpiente, sin duda una esvástica ¿oro?, Timoteo quedó paralizado, jamás había visto oro semejante, y cuando volvió en sí siguió buscando en los bolsillos de la chaqueta, en el izquierdo encontró una potente linterna de mano, y en el interno un estuche de cuerdo con documentos personales que él ignoraba por no saber leer. Escondió el revolver envuelto con el crucifijo en una abertura de la pared externa de la cabaña y lo tapó con barro y piedra, entonces se justificó de razón, ese hombre tenía el arma y quería matarlo, ese muerto que no era tan gordo ni tan pequeño como cuando estaba vivo porque lo desinfló con el cuchillo y se estiró mientras moría. Y no obstante haberse justificado de razón se armó la confusión dentro de sí. Pero qué importaba eso, él estaba vivo y el otro muerto eso era lo importante, y lo más importante para él, entonces, era desaparecer el cuerpo del delito, que si lo encontraban los otros terrucos lo destrozarían a balazos, y procedió a descuartizar al difunto. Extrajo las vísceras y las cargó en un saco juntamente con la pasta básica y el estuche de documentos hasta el río, dónde tranquilamente las lavó y arrojó el kilo de pasta y el estuche en la parte más estrecha y alejada del torrente, regresó y extendió las vísceras en un cordel de cabuya instalado afuera de la cabaña. Luego fue sacando uno a uno los miembros hasta el batan donde hábilmente los fileteaba para secarlos en el tendedero, finalmente, la cabeza entera la colocó en una gran olla de barro para cocinarla, a eso de las dos de la tarde se desayunaba junto con su perro con el suculento caldo de cabeza humana, luego puso la cabeza sobre el batán y de ella extrajo los ojos y la lengua y se los comió, cogió el machete y de un certero golpe abrió la cabeza en dos y lo entregó al perro para que se lo comiera, el perro devoró los sesos y se llevó el cráneo abriéndose paso entre los matorrales. En seguida llenó en la misma olla las manos y pies del cadáver y atizó el fuego con unos leños de molle, a eso de las seis de la tarde y después de echar de menos las cabras en el redil cogió la coca del difunto y se puso a rumiarlas hasta la media noche, hora en la que tomó su caldo de manos y pies y se acostó. Al siguiente día, después de entregar un gran hueso a Motoso, mientras se echaba la armada cocinaba los filetes más apetecibles del muerto, y cuando la olla empezó a hervir se desnudó por completo, cogió con la mano derecha el cucharón de palo y con la otra el cuchillo y empezó a interpretar su propia danza de agradecimiento por lo vivido emitiendo guturales sonidos infernales, de cuando en cuando se dirigía a la olla e introducía el cuchillo para probar la cocción de la carne y como el difunto no pasaba de los cuarenta no tuvo que esperar mucho para saborear completamente aquello, y se engulló los hervidos músculos voraz y desesperadamente como si fuera la última vez que lo hacía, y barriga llena se tendió panza arriba bajo la sombra de un molle y se quedó dormido hasta el crepúsculo.
Una semana después, cuando el sol calentaba desde el mismo centro del cielo, llegó Serafín Puntiagudo, el eterno policía del pueblo, hasta la cabaña, y al ver unas provocativas cecinas en el tendedero le pidió a Timoteo que le asara esas carnes precocidas por el sereno y el sol, y las degustó.
–¿Tienes plata que me prestes? –preguntó el policía.
–Dionde pue taitito, ¡dionde! –respondió Timoteo.
–Se ha perdido un comerciante –comentó el policía mientras saboreaba la carne azada.
–Yo he comido amiguito.
–JAJAJAJA! –carcajeó el policía– sólo un loco comería carne humana.
–Enton, somos dos.
El policía respondió con otra carcajada y se encaminó a buscar venados, mató uno en aquel atardecer, y cuando cayó el venado Timoteo llegó corriendo hasta el animal, lo tomó por el cuello, lo abrazó y lloró desconsoladamente, mientras el policía festejaba su presa entre risas y anécdotas de cacería, Timoteo lloró hasta la última lágrima y de un brinco se paró y clavó su mirada en el orgulloso policía para decirle:
–Yo, Timoteo Masa Rueda, te condeno al fuego eterno por matar a este pobre amigo que nada te ha pedido, hoy dime, ¿qué tea quitao este pobre animal, mal nacido?.
El policía encañonó a Timoteo y Timoteo se arrodillo ante él.
–¡No me mates por favor! –clamó el humillado.
–No te mato si cargas el animal hasta el pueblo.
–Así será, patroncito, mandiste nomá.
Esa noche, el policía, después de esposar a Timoteo por miedo a ser atacado, se quedó junto a su presa en la tarima de Timoteo y éste afuera de la cabaña, y al siguiente día llegó hasta el pueblo de arriba con Timoteo venado al hombro, y mientras tanto llegaban por la cabaña dos familiares del desaparecido y al encontrar la linterna de mano en la ventanita de la vivienda rompieron el endeble candado y buscaron dentro del cuartito, en un rincón encontraron los zapatos y la ropa del difunto y con la evidencia se encaminaron hasta el pueblo, Timoteo ya bajaba de regreso y tropezó con ellos, y después de charlas y preguntas Timoteo aseguró haber comido al dueño de esas prendas de vestir. Al siguiente día los dos familiares más dos policías llegaron hasta la cabaña y apresaron a Timoteo, le pusieron esposas y lo ataron y encima lo arriaron a golpes. Y luego del atestado policial lo cargaron en el asiento posterior de la camioneta para ponerlo a disposición del Juez, era la primera vez que subía a un vehículo , apenas avanzaron un kilómetro y empezó a vomitar, asqueados por el incidente los policías esposaron a Timoteo en la barandilla de la tolva de la camioneta, y llegó hasta el Penal envuelto en su propia bazofia sin contemplación alguna. El caso se ventiló en la Corte Superior y el Fiscal se dirigió al reo.
–Este hombre que ven aquí, aparentemente inocente, mató con premeditación ventaja y alevosía al comerciante Antonio Aguilar Sarmiento y se ensaño fileteando el cadáver para luego comérselo.
–No soy inocente, ¡yo lo maté pero con un cuchillo, no con lo que usted dice!, además no se llamaba Antonio Aguilar, se llamaba Pablo Centurión.
–¿Cómo era Pablo Centurión?.
–Vivo era bromista, pequeño y gordiflón. Muerto, era serio, estirao y desinflao.
–¿Porqué lo mataste?.
–Porque me iba a matar.
–¿Porqué te iba a matar?.
–¿Porque tanto me pregunta si ya dije que lo maté o quiere que diga que no lo maté?.
–Lo mataste y luego lo comiste, ¿porqué?.
–Lo maté y lo comimos porque teníamos hambre, los tres, yo, el perro y el policía.
–¿porqué crees que te iba a matar?.
–Porque tenía el arma como esas que andan los policías en su cintura, sólo que ésta era de oro, yo escondí el arma en un hueco de la casita.

Penal de Cambio de Puente

Qué difícil resultó resolver aquel caso. El homicida confesó el crimen con lujo de detalles, se hizo la reconstrucción, tal y como, Timoteo quitó la piedra para extraer el revolver y crucifijo, pero habían desaparecido, el caso se tuvo que archivar por falta de pruebas. Timoteo salió libre por exceso de carcelería después de muchas sesiones, preguntas y repreguntas, durante siete años. Lo que parecía un caso simple se complicó, las investigaciones pusieron al descubierto que el desaparecido era un comerciante intermediario de pasta básica de cocaína que recién había salido del Penal de Cambio Puente con libertad condicional, que había tomado el bus en el terminal terrestre del litoral rumbo a la sierra para comprar ganado, y que se había bajado en una estación en las estribaciones de la sierra, justamente en una casita al borde de la carretera arriba del río Tablachaca y a eso de las nueve de la noche del martes 13 de diciembre, por lo tanto tenía que haber descendido hasta la cabaña de Timoteo en horas de la noche, contradictoriamente Timoteo afirmaba que el hombre que mató había ascendido hasta su cabaña después de cruzar el río en horas de la tarde de un día que no sabía reconocer que día era, y lo había matado a la luz de la luna y en la madrugada del siguiente día “era de madrugada porque Motoso temblaba de frío”. Se concluyó que el desaparecido había planeado su propia desaparición para huir de la justicia cambiando de identidad y posiblemente de nacionalidad, resultando acusados de asociación ilícita para delinquir los dos familiares del desaparecido, ¿y cómo no así, si el muerto había desaparecido por completo salvo sus prendas de vestir?. Perro y amo tuvieron una semana de comilona a todo dar, las últimas cecinas se las había comido el policía, y el perro enterró los huesos por allá, por donde ningún humano se atrevía a llegar por temor a ser sepultado, allá en el terreno mullido, atormentado y deleznable del borde de la quebrada, para roerlos después, cuando el hambre lo exigía, y después ni el mismo los encontró. No había modo de tipificar el delito del espeluznante crimen confesado por Timoteo como tampoco había modo de justificar el delito de asociación para delinquir.
Para Timoteo la vida en el penal era más atractiva que todos los días de su anterior existencia, no saldría de ahí ni por san puta, volvería a matar ahí mismo y delante de muchos testigos para quedarse, ahí dejó los llanques por los zapatos, el sombrero por la cachucha, los pantalones y chaquetas de lana por los de estilo vaquero, la faja por el cinturón y la nada por el calzoncillo, ahí pudo diferenciar billetes naciones y extranjeros, auténticos y falsos, ahí por primera vez la radio y televisión, la luz eléctrica y el agua en cañería, pero tenía algo más importante que hacer, más importante que la buena vida que llevaba en el penal y se perfeccionó en el uso del puñal. La buena conducta que observó en el Penal le venía por naturaleza, seguía siendo simplemente el hombre que no sabía que era bueno ni que era malo para los demás, pero sí sabía que era bueno para él, y para él lo mejor que tuvo fue su hijo, su hijo de ocho años.
Así que por el hijo quería regresar hasta la puna dónde había quedado su mujer, y regresó, pasó por la rivera del Tablachaca y en un descuido del nuevo pastor desenterró el dinero y lo camufló entre sus ropas, se encaminó hasta la puna, tomó todas las precauciones y empezó a vigilarla mientras el viento silbaba entre las pajillas, esta vez no fallaría, los sorprendería, esperó pacientemente y llegó el comerciante, pasó hasta la choza con la remeza y las golosinas de la hembra, Timoteo se fue acercando, los quejidos de la hembra traspasaban la muralla tejida con piedras y champas, ¡irrumpió el vengador!, le clavó una puñalada en la espalda al jadeante y a ella una en el pecho, y el se echó encima de los dos con las manos apretando el cuello de la mujer, cuando los cuerpos empezaron a enfriarse se sentó sobre el cuyero y se echó la armada, miró hacia arriba a las enmarañadas pajillas del techo, escarbó con su mano derecha y extrajo la pequeña botella de cocacola, la bebida preferida de su hijo de ocho años, el comerciante siempre le llevaba una de regalo para que atisbara circundando la laguna y volviera con la noticia de que si había o no truchas y en que parte, mientras Timoteo pastoreaba el ganado a medio kilómetro arriba de la choza, tan pronto el niño volvía hasta la choza con la noticia tan pronto regresaba en compañía del comerciante hasta la laguna y los dos se ponían a pescar en los lugares que el niño indicaba, y así se pasaban un gran día sellándolo con unas truchas fritas a eso de las cuatro de la tarde, y había truchas por montones. Un día el pequeño hizo el recorrido en menor tiempo que el previsto, y al regresar a la choza encontró a su madre quejándose debajo del comerciante, el niño pateó los tobillos del jadeante y lo amenazó con hacerlo saber a su padre, y la madre sentenció.
–Si lo haces el patrón no te traerá más cocacolas.
El niño calló, y agregó.
–Pero no vuelvas a pegarle a mi mama.
–El patrón dice que te traerá dos cocacolas –agregó la madre
–Eso –dijo el patrón– una la tomas mientras caminas por el entorno de la laguna, no vayas corriendo porque las truchas se pueden asustar, y la otra la tomas después, cuando tu quieras.
Y así fue, la siguiente quincena el patrón llegó con dos cocacolas más una bolsa de caramelos que el niño festejó con incesantes elogios al patrón.
–Esta botella te la tomas hoy –dijo el patrón– y esta otra con los caramelos guárdalos para después.
El comerciante repitió su jarana amorosa y se marchó sin esperar al niño para salir de pesca.
El niño se puso muy triste, esa tarde no compartiría con el patrón los chocolates rellenos mientras pescaban, esa tarde no habría truchas fritas, pero, luego sonrío porque tenía otra cocacola y una bolsa de caramelos para disfrutarlos, y sin pensarlo dos veces el niño empezó chupando los caramelos y luego rumiándolos, y antes que llegara Timoteo, su padre, destapó la pequeña cocacola y se tomó buena parte de ella para luego esconderla bajo su cama, y tan pronto la escondió empezó a gritar como loco, que sus gritos estremecían las montañas, la madre se quedó petrificada, Timoteo llegó para atender al pequeño, pero entonces espumaba y tenía el cutis morado, ¡y se moría!. Al siguiente día Timoteo encontró la botella bajo la cama del niño junto a media bolsa de caramelos, la olfateó, era repugnante, tenía el olor del insecticida que usaban para combatir las garrapatas de las ovejas, cautelosamente escondió la botella entre el enmarañado de pajas del techo, y ahora la sujetaba, la destapó, abrió la boca de la mujer y la llenó con el líquido, luego se dirigió a la cama que antes era de su hijo y ahora de otro niño, y extrajo otra cocacola, la destapó, la olió, y, ¡estaba envenenada!, la vació completamente en la boca de la mujer y salió corriendo al encuentro del niño aquel otro hijo de la mujer, lo encontró volteando la laguna, le entregó siete cocacolas que llevaba en su mochila y se encaminó rumbo a la tumba de su hijo sin prisas ni nada, después se entregaría a la justicia en el mismo Penal, llevándose con él las caricias de su hijo que eran como la suave y limpia brisa de la puna susurrándole al oído. Quitó una a una las piedras de la camuflada entrada a la cueva y destapó la tumba de su hijo, cuidadosamente fue quitando la cal, capa por capa, separando y sacudiendo las ropitas y los ponchos, por fin había terminado, ahí la momia sonriente, ahí la cabeza y patas de la oveja completamente secas, con mucho cuidado levantó entre sus brazos a la momia y la apretó en su pechó con la cabeza pegada a su oído, lloró mientras la tenía y con ella en abrazos se acostó junto a la tumba y se quedó dormido hasta el siguiente día. Cuando las guachuas surcaban la laguna y los cielos las avecillas festejando los primeros rayos de sol, vistió al deshidratado cuerpo de su hijo con las ropillas para luego envolverlo con los ponchos y finalmente apretujarlos con la faja, sacudió el pellejo y retiró la base de cal, esparció hojas de coca en la base de la tumba y sobre ellas extendió el pellejo, sobre el pellejo colocó con sutileza la pequeña momia, a su costado derecho colocó la cabeza y patas secas de la oveja. De su mochila extrajo chocolates, una cocacola y otras golosinas, y las colocó a la izquierda de la momia, habló entre sus narices por media hora y comenzó a sellar la tumba, cuando terminó de sellarla tapó camufladamente la entrada de la cueva y se marchó rumbo al Penal de cambio Puente, sonreía porque el penal le había dado una vida mucho mejor que aquella que llevaba en la puna, mucho mejor que aquella que llevaba en la rivera del Tablachaca, y lloraba, sonreía y lloraba, lloraba porque se alejaba de su hijo, quién podría entenderlo, era un hombre tan distinto, tan diferente a todos, tan sabio como idiota, tan loco como cuerdo, era todo y era nada, y no obstante preferir las fáciles migajas de la esclavitud al difícil pan de la libertad, era él.
Durante el trayecto en el bus, Timoteo seguía sumergido en sus recuerdos, sintió mucha rabia en aquel momento en que descubrió la pequeña cocacola envenenada que dio cuenta de la vida de su inocente hijo, entonces cogió el cuchillo para victimar a su mujer, pero, ahí estaba su hijo, y aunque ya muerto, ¿porqué tendría que presenciar aquella venganza?. Cubrió cuidadosamente al pequeño y esperó el nuevo día, con el cuchillo aquél degolló a la mejor oveja de la manada, era la primera vez que por iniciativa propia degollaba una oveja del patrón, la pishtó y en el pellejo fresco cuidadosamente extendido depositó una pierna de la oveja, y junto a ella la cabeza y las cuatro patitas del animal, las envolvió y, ¡y acomodó su quipe personal!, con el talego de coca bien compacto, el más grande, el de las largas caminatas, y al costado de todo acomodó al pequeño niño envuelto, muy cuidadosamente, con una colorida faja de lana de tres metros. Cargó el burro del patrón con la barreta y la lampa, la olla y los molidos, un par de ponchos muy raídos y encima de todo, lo envuelto en el pellejo, y marchó hacia arriba con el viento silbando entre los ichos, hasta lo más alto de la caliza montaña y se hospedó en una cueva. Al siguiente día bajó algunos metros hasta una depresión por la que fluía un hilo de agua y con la lampa construyó un pequeño pozo, al costado de éste amontonó muchas piedras caliza para construir con ellas un cono truncado con una pequeña abertura pegada al suelo, y lo rellenó con carcas de vaca, tantas como el relleno lo pedía, que tuvo que recorrer centenares de metros a la redonda para conseguirlas, las prendió fuego cuando el sol se ocultaba y se sentó para echarse un bolo mientras cocinaba su única comida del día con la pierna de la oveja, después de comer al calor de la hoguera se quedó dormido. Los primeros rayos de sol abrigaban las faldas orientales del cerro y curiosas viscachas retornaban a sus madrigueras, la tarea de Timoteo aún no concluía, se incorporó estirándose, miró las calcinadas y blanquecinas piedras y después de evacuar las cenizas por la pequeña abertura de la base, cogió la olla, la llenó con agua y la esparció sobre las piedras, y repitió la acción hasta quedar complacido . Subió hasta la cueva y en ella excavó una tumba, la encofró con selectas piedras, en la base depositó una capa de cal que cargó desde su improvisado horno, sobre ella colocó el pellejo de oveja y al costado la cabeza y las cuatro patas y en seguida extendió otra capa de cal, esparció hojas de coca sobre aquella capa, extendió uno de los ponchos sobre ella, y sobre él depositó el cuerpo desnudo de su pequeño hijo, sobre el cuerpo sus ropitas y la faja, y sobre todo extendió el otro poncho, se echó la armada y a manera de conversación reprodujo la vida del pequeño, desde que nació, ¡qué, desde que nació!, desde antes, desde que tu mama resultó preñada, tenía muchos antojos, pedía muchas golosinas, muchas cocacolas, y por eso te gustaban tanto, yo no tenía para comprarlas pero ahí estaba el patrón, tenía una gran tienda en el pueblo, llegaba quincenalmente a la choza y le contamos de esos antojos, ¡él nos traía, pue!, religiosamente como buen cristiano, ¡y naciste!, gracias a él en el hospital del pueblo entre camas muy blancas que olían a patrón, así poco a poco se fue adueñando de tu mama y de ti, yo nunca tuve dinero, un día te cogí en mis brazos y a ella le pedí que me siguiera, pero no, no me siguió se fue hasta el pueblo y me denunció, aquí pasé una semana contigo hasta que llegó tu mama con el patrón y dos policías, a mi me llevaron para encerrarme, me dijeron que de ese cuarto no me sacarían nunca. Quiero estar junto a mí hijo, les dije, entonces machucaron mi dedo sobre un papel y me dijeron: “Regresa con tu mujer y tu hijo y no vuelvas a escaparte con el niño porque si lo haces te matamos”.
Timoteo empezó a llorar al evocar aquello, en ahogado llanto, quería gritar pero no podía, empezó a lanzar maldiciones entrecortadas, esa quincena, después del funeral se vengaría, se nutrió con esa idea y continuó con el funeral depositando una última y gruesa capa de cal, selló la tumba con anchas piedras, sobre ellas echó tierra, y piedras, y tierra hasta anular la pequeña cueva, y entonces ya, y ahora listo para vengarse, primero ella y después él, pero él llegó acompañado por su familia, y ella no murió aquella vez, pero ahora sí, ¡y los dos!. Su rostro sonrío mientras el chofer del bus accionaba la bocina. Los dejó bien muertos sobre la cama, pero otro niño tenía la sinvergüenza y otro marido para cuidar las ovejas del patrón, ¿será del nuevo pastor o del comerciante ese?, no importa, lo importante es que el niño vive, tiene que vivir porque es niño, los que podrían matarlo ya están bien muertos, ya sé, culparán al nuevo pastor la muerte de los sinvergüenzas, pero para eso estoy vivo, confesaré todo, y ese infortunado hombre que ocupó mi lugar podrá ser feliz junto a ese alegre niño tan alegre y conversador como mi Timotito, corriendo por la vuelta de la laguna con esa cocacola en la mano, hubiera sido el último día de su vida si yo no llegaba, pobre niño, le di las siete botellas de las ocho que llevaba para la tumba de mi hijo, una por cada añito que tenía. Y le dio al pequeño las siete botellas mientras el hombre que pastoreaba el ganado estaba arriba, observando todo, con un cuchillo en la mano y detrás de esa misma piedra que antes observaba Timoteo, sudando frío y lleno de rabia por la impotencia de su pobreza. El bus se detuvo bruscamente luego de la bocina y con el motor en neutro el chofer aceleró escandalosamente, conforme acostumbraba hacerlo frente a esa casita al filo de la carretera donde siempre se estacionaba un momento, la casita aquella en la que una agraciada mujer expendía lo más indispensable para comer y apagar la sed. Timoteo habló protestando por aquella maniobra:
–¡La putasumadre! –así dijo, por primera vez, se lo había aprendido en el penal.
–¡Mí tío cocacolas! –se escuchó a todo pulmón la voz de un niño.
Timoteo tropezó con la mirada de ese niño tan alegre y conversador como su Timotito, iba en el mismo bus junto a su padre, el pastor aquel que ocupó el lugar de Timoteo y ahora se marchaba a la costa en busca de un nuevo empleo, y como si previamente se hubiesen puesto de acuerdo los tres bajaron del bus por un momento. ¡Y ahí estaba él con el celular pegado a la oreja!, con la camisa deliberadamente desabotonada para que se notara el imponente y peculiar crucifijo de oro, y además el rutilante revólver en su cintura con las SS del clan, claro que era él, ¡es Pablo!, pensó Timoteo, ¡no puede ser!, ¿estoy o estuve soñando?, pero, no era sueño, era Pablo Centurión el chacotero gordiflón, ahora elegantemente vestido, que había estacionado su tremenda camioneta en aquella estación para depositar un paquete, y luego que lo hizo reconoció a Timoteo y nerviosamente eludió su mirada para subir a su camioneta y arrancar.
– ¡Mujer venga la muerte de su hijo seduciendo a su victimario patrón! –exclamó el escandaloso chofer del bus leyendo en muy alta voz un diario que le acababa de entregar la mujer de esa casita –le clava el puñal por la espalda mientras lo tiene encima, luego ella se clava otro y para asegurase traga veneno con cocacola, la heroína venga de esta manera la muerte de su pequeño hijo que ocho años atrás fue envenenado por su patrón. A una semana del incidente las madres de todo el país se han convocado en la Plaza Mayor de Lima para pedir al Gobierno se declare madre heroica de todas las madres a Timorata Ponte Piccho y se erija un monumento en su memoria….

El bus reinició el descenso y Timoteo, muy ensimismado, tratando de ignorar esa noticia y con la mirada perdida en la triangulada ladera, recordaba su primer crimen, el paquete con la pasta y los billetes, el revólver, el crucifijo y la potente linterna, y aquel hombre que maté no era tan pequeño ni tan gordo como éste, era estirado y desinflado, pero con buena ropa como éste, y éste llevaba entonces ropa de pobre, ¿pero qué pudo haber pasado aquella noche si yo no estaba dormido y él sí?.