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NO ES CONVENIENTE SOÑAR CON LA REALIDAD. Por Víctor Donamaría

Origen sueños

 

Aquella nefasta mañana, como casi todas, entró en el VIP de la Calle Ortega y Gassset, esquina Velázquez, ni por lo más remoto podía imaginar que esta tonta, acostumbrada decisión, en esa determinada mañana, de tomar un café, en dicho lugar y en tan nefasto momento, iba a volver su vida del revés para los restos. Como si el tobogán en que se deslizaba su vida últimamente ¿Un año, dos? fuese hacia un fondo sin fin, y estuviese a punto de alcanzarlo.

La intervención del maldito esmarfone y del maldito café cuyo aroma percibía, también influyeron.

Degustaba el último sorbo de su café, en la barra, cuando percibió a su lado un teléfono móvil (no le gustaba la palabra móvil, pero se había impuesto, prefería digital pero…). Supuso que lo había dejado olvidado el hombre que instantes antes estaba junto a él, de aspecto ejecutivo, lo cogió, trato de alcanzar a su dueño antes de llegar a la puerta, pero no lo consiguió, le vio desaparecer entre la lluvia otoñal madrileña y la puerta de un taxi, hizo gestos pero no consiguió atraer la atención del apresurado propietario del moderno teléfono extraplano.

Guardó el artilugio distraídamente en el bolsillo de su abrigo y por esa distracción y del maldito café (que después de todo no era tan bueno y menos en un VIP), tuvo el fatal conocimiento de que su Albertina, la mujer que le juró amor eterno, mientras la eternidad durase, ya no le amaba y le era infiel.

Y todo en medio de la crisis y de las preferentes, ya dijo aquello de las desgracias que nunca venían solas.

El teléfono sonó en su bolsillo, cuando iba camino de la calle para coger el taxi que la había de llevar al Ministerio. Creyó que era el suyo, sin advertir que su música predeterminada no sonaba, era otra, parecida al Aleluya, (valiente estupidez pensaría más tarde). Contestó con un apagado “Diga”….

Una voz femenina, muy familiar, pero que muy familiar, le decía a un tal Luis Enrique:

“Te llamo solo para recordarte que según hemos acordado (¿Cuándo, se preguntaba tiempos después), estaría en el Aeropuerto de Barajas Terminal 2 Salidas a las 12, en el embarque de la Compañía BEA”.

También le decía (¿Por qué se encontró el teléfono se preguntaba más tarde?), que estaba impaciente por encontrase al fin con él, pues no aguantaba ni un segundo más seguir viviendo con ese necio de su marido, que no aguantaba su ética trasnochada, no aguantaba su dedicación al trabajo como un apostolado, su exagerada afición al cine, su espera interminable de la revolución pendiente que había de cambiar el mundo, y él era socialista, le ponía de los nervios su republicanismo a prueba de bomba, que no compaginabas con la importancia de su puesto, que no se comportara como le correspondía. No aguantaba su pose de intelectual, en resumen, ¡No aguantaba nada de el!

Por culpa del maldito teléfono y del café, tuvo la atroz certeza de que empezaba su calvario, pues SERIA IMPOSIBLE OLVIDARLA CON LO FACIL QUE FUE AMARLA.

Dio orden al taxi de dirigirse al aeropuerto de Barajas, con la esperanza de convencer a Albertina de que volviese con él, pero cuando llegaba a la altura de Ciudad Lineal, llegó a la conclusión que no lo conseguiría y lo que era peor, que llegaría tarde al Ministerio de Economía donde debía demostrar, que España tenía que aceptar el “mini rescate” que la UE proponía, debía demostrar que aquello de las preferentes y de los bonos convertibles, de las hipotecas basura, de las hipotecas con techo y sin él, nos había llevado a la ruina. Los escesos sin ton ni son, la desmesurada carrera hacia la nada, nos habia llevado a la ruina en la que nos encontrábamos. Albertina seria más feliz con ese Luis Enrique.

Le dijo al taxista que diese la vuelta y se encaminase al paseo de la Castellana 144.

Cuando se levantó, esa mañana, le costó trabajo, había tenido una mala noche, aquella pesadilla, no le dejó conciliar el sueño. ¡Con el día que le esperaba!

Entro en la cocina, donde Albertina terminaba de hacerle el zumo de naranja acostumbrado y terminaba de acicalarse, a toda prisa. Estaba guapa esa mañana.

-¿Qué te ha pasado esta noche?, menuda nochecita no parabas de moverte.

-He tenido una pesadilla de lo más raro, ya te explicare esta noche, (no sabía porque dijo lo siguiente) “_Si vienes esta noche”

-¡Estas muy raro, que cosas dices!, ¿Cómo no voy a estar?

-Mientras bebía el zumo, apoyo la mano en la mesa de la cocina y lo hizo encina de un teléfono móvil, al hacerlo presionó sin intención, la tecla que da acceso a la última llamada, miró el móvil, y vio la imagen del hombre que había a aparecido en su sueño con el nombre de Luis Enrique.

-Albertina su esposa, le preguntaba, mientras miraba en su bolso,: -¿Has visto por ahí mi teléfono móvil?

-Si toma, creo que es este, (le alargo el teléfono por encima de la mesa, mientras con el dedo pulgar pulsaba la tecla que hacía desaparecer la última llamada.

-¡Bueno cariño, hasta la noche y que te vaya bien en la reunión, espero que cuando vuelvas aun exista España,- dijo con un exceso de humor negro.

-Yo también espero que existan España y tu,( aunque esto último ella no lo oyó, o simuló no oírlo).

En el ascensor se miró las palmas de las manos, había visto una pelicula americana de Leonardo di Caprio, en la que decía un personaje experto en sueños, que a las personas con las que sueñas, nunca se les aprecian los dedos de las manos.

¡Maldita sea tenia los diez dedos!

 

2-10-2014