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(Relato) La boda del Hombre Descalzo. Por Ricardo Iribarren

descalza5ª narración

 

Hacía una semana, Marcela había caminado descalza desde el dormitorio hasta el baño. Sandra, la sibila embajadora de la muerte, anunció que de colocar la planta en el piso, moriría sin remedio. Nos desconcertó que continuara viva. La profetisa se presentó a la mañana siguiente y afirmó que fueron diecisiete los pasos   que mi novia recorriera con los pies desnudos; que de haber sido dieciocho, la hubiera llevado. La salvó que la casa estuviera construida sobre seis pilotes que la separaban del suelo y la convertían en “un enorme zapato”, según sus palabras.

 

Al día siguiente de la visita de Sandra, permanecimos en cama hasta tarde. Marcela hizo bromas con lo ocurrido: sentada descalza en la cama, amenazaba con apoyar los pies en el piso, pero a último momento los retiraba. En las semanas que siguieron y en contra de lo que esperaba, el ánimo de mi novia mejoró Adaptada al calzado minimalista, me acompañó en mis caminatas por el parque durante cinco días seguidos.

 

Una tarde, mientras ella atendía a sus pacientes, encontré a Dung trabajando en la huerta. Al saludarme, sonrió con gesto cómplice.

 

―Disculpe mi impertinencia, pero estas noches he escuchado cantar a la Nehchimán —afirmó —Entiendo que todo está mejorando.

 

El anciano se refería a la exótica ave oriental cuyo canto, aún sin haberlo escuchado, Marcela reproducía durante los orgasmos.

 

 

En la última visita, la profetisa hizo alusión a “La fuerza de la araña” como una alternativa para romper la profecía. No quiso extenderse y aclaró que Marcela se encargaría de explicarme. Dos días después, le pregunté sobre esta extraña referencia de Sandra. Antes de contestar, mi novia me besó en la boca y se sentó en mis rodillas.

 

―Sabes que esa mujer me llena de terror, pero esas palabras me proveyeron de una dulce esperanza. Tú preguntaste si existía alguna forma de vencer a la muerte. Ella respondió que podría ser con la fuerza de la araña. No sé cómo lo supo, pero hace meses estoy averiguando en Internet acerca de “Arañas en Tropel”. Dicen que pueden solucionar mi problema con dosis mínimas de veneno. Quería hablar contigo sobre el tema. Conocer tu opinión. Además, es un tratamiento costoso y de decidirme, te pediría ayuda.

 

Desconfiaba de organizaciones como aquella. Además, siempre tuve una fuerte aprehensión por las arañas. Sin embargo,   la propia Sandra lo aconsejaba y la posibilidad del tratamiento estimulaba el alicaído ánimo de Marcela. Contesté que sí.

 

El costo de un proceso terapéutico completo en “Arañas en Tropel”, era de cuatro mil dólares y duraba un total de ocho meses, con garantía de resultados. Marcela me explicó que antes debía someterse a una evaluación diagnóstica de treinta días. Las exigencias de la organización, era que asistiera sola a consultas y  entrevistas. Si la consideraban apta, sería sometida a una iniciación en la que recibiría “el Toque de la Araña”. Recién entonces, como su pareja conviviente, requerirían mi presencia para informarme sobre los detalles de la terapia y definir cuál sería mi participación.

 

―La política es que sólo puede participar la persona que va a recibir el tratamiento. En caso que decidiéramos recibirlo los dos podríamos hacerlo juntos, pero sé que odias a las arañas y te exigen cierto contacto con ellas. Además, el costo sería demasiado elevado.

 

Aquello era cierto Además, era útil para Marcela, pero no sabíamos si lo sería para mí.    Fuera de las molestias cotidianas, ya estaba acostumbrado a caminar descalzo. En cuanto a la época invernal, años atrás,  en uno de los tantos cursos de supervivencia que realizara, me dieron instrucciones para andar en la nieve con los pies desnudos. Conseguí  lociones hechas con mezclas de plantas tropicales que trasmitían un fuerte calor a la piel. Solía jactarme que mis plantas, marrones y curtidas, eran capaces de recorrer todos los suelos bajo todos los climas. Cada día que pasaba sin calzarme, aumentaba un sentimiento de poder, casi de omnipotencia; en esas veinticuatro horas, había vencido otra vez a la muerte.

 

Esa misma tarde busqué en Internet datos sobre Arañas en Tropel. La página oficial se dividía en una sección médica y en otra religiosa. La primera se limitaba a ponderar el valor terapéutico del veneno de arañas, enumerando las culturas tradicionales que lo usaban como terapia. En cuanto al culto, adoraban a algo que llamaban “El Sol”  y lo describían como un disco brillante en el centro del cual, reposaba una gigantesca araña. Tenía la capacidad de hablar y razonar, y orientaba a todos los miembros de la organización acerca de la solución diaria de los problemas. Según el texto, era capaz de comunicarse a través de teléfonos celulares, utilizando un idioma arcaico que sólo los elegidos conocían.

El pescado era lo único que interrumpía la dieta vegetariana de Marcela. Desperté temprano para preparar tres salsas. Una de mangos, otra de camarones y la tercera de vino Merlot y tomate. Debían acompañar a una excelente tilapia que macerara durante  la noche   en una mezcla de licor blanco y limón, aderezada con especies.

 

Me dispuse a pelar los mangos. Los había comprado en el mercado del sur de la ciudad, donde las veredas cubiertas de baldosas cuadriculadas producían agradables cosquillas en mis plantas.

 

Aquella tilapia era una prenda de paz. La mejoría del ánimo de Marcela fue interrumpida por mi culpa el día anterior.

 

Disponíamos de una sola llave de la casa. La cerrajería quedaba a menos de diez minutos de marcha, pero pospusimos el trámite una y otra vez y por último, lo olvidamos.

 

La zona era demasiado tranquila. El último atraco que se recordaba databa de diez años atrás, y los vecinos, una pareja de ancianos que llegaron a conocer a mi abuelo, eran de absoluta confianza. Si Marcela y yo salíamos separados, dejábamos la única llave bajo una maceta, junto a la puerta.

 

El día anterior a la preparación de la tilapia, debía correr en la orilla del río. Mi novia no me acompañaría. Terminaba el invierno y una excesiva humedad se añadía a jornadas cada vez más cálidas. Marcela traspiraba mucho, se deshidrataba con facilidad y en la piel demasiado blanca, las picaduras de los mosquitos producían gruesas ronchas que no tardaban en infectarse. El único repelente eficaz, le producía alergia. Además, esa mañana  debía entrevistar muy temprano a dos nuevos pacientes.

 

Mientras desayunábamos,   mi novia me informó que su móvil no encendía. Era un modelo viejo,  y luego de revisarlo, comprobé que la pila ya no funcionaba. Estábamos dispuestos a comprar un aparato de buena calidad, pero también postergamos una vez y otra la visita a la cadena de tiendas de la zona oeste, donde ofrecían cantidad de modelos y de precios. Prometí solucionar aquello al día siguiente. Al regresar a la casa, Marcela podría llamarme desde el teléfono de línea en caso que fuera necesario.

 

Salí diez minutos después que ella. Conduje hasta la orilla del río e inicié mis ejercicios. Caminé algunos tramos y en otros corrí hasta completar los primeros veinte kilómetros. En una vianda llevaba arroz cocido con vegetales. Al mediodía comí, descansé media hora y en la tarde corrí los diez kilómetros que faltaban. La última lluvia databa de dos semanas y eso permitía que la tierra a lo largo de la orilla, tuviera una consistencia perfecta bajo mis pies desnudos.

 

A eso de las cuatro, cansado y hambriento, decidí volver. Caminé hasta el pequeño estacionamiento donde dejara el automóvil, y al sacar la llave para encenderlo, encontré la de la casa. La había guardado en mi bolsillo en vez de colocarla debajo de la maceta. Eran casi las cuatro de la tarde. Esa mañana, luego de atender a los pacientes, Marcela no habría podido entrar. Recordé que la puerta de atrás permanecía cerrada con seguro.

 

Conduje de vuelta con la mayor rapidez que pude. Me tranquilizó pensar que mi novia podía haber vuelto al consultorio. Aquella fue su casa antes que    viviéramos juntos y allí disponía de una pequeña nevera con alimentos. Con ellos podría  improvisar un almuerzo.

 

Eran las tres y media, uno de los primeros horarios picos de la tarde. Por la radio informaron de un embrollo de tránsito producido por un accidente en la autopista del norte. Tuve que esperar detrás de largas colas de automóviles. El cielo, hasta el momento claro y azul, se nubló de pronto. Destellaron relámpagos y en segundos se precipitó una tormenta no anticipada por los pronósticos del tiempo.

 

La lluvia arreció a medida que avanzaba. Llegué a eso de las seis de la tarde, con el cielo oscurecido. Antes de estacionar, un par de rayos iluminaron la calle y vi a Marcela sentada en el umbral, sosteniendo la cara con las manos. Bajé del automóvil y me acerqué a ella. Antes de llegar, escuché los sollozos. Me miró con una expresión de reproche implorante Estaba empapada y luego supe que todo ese tiempo había permanecido afuera; que ni siquiera pensó en buscar refugio en el consultorio.

 

—    Me olvidé la llave… —Dejé de hablar. La justificación me pareció ridícula y obvia. Ella no contestó y siguió llorando. Llovió con más intensidad y tuve que tomarla del brazo e incorporarla para hacerla entrar. Ante mi gesto, los sollozos se redoblaron.

 

Una vez dentro, se negó a beber o comer. Sollozaba desde el pecho con un sonido ronco. No contestó cuando le pregunté por qué no volvió al consultorio para evitar la tormenta.

 

Durante horas se negó a bañarse y a cambiar de ropa. Sentada en el sillón de la sala, el mismo que usaba para ver las puestas de sol cuando estaba deprimida, siguió llorando. Cuando comprobé que era inútil todo intento de dialogar, me limité a encender la calefacción para evitar que se enfriara demasiado y permanecí junto a ella. Dieron las tres de la mañana en el reloj de carillón que perteneciera a mi abuela. Como si fuera una señal, los sollozos se interrumpieron. Con los ojos y la nariz rojos, se volvió hacia mí y me sonrió.

 

―No es nada, no te preocupes —dijo con respecto a mi olvido de la llave —fue un error. Pudo pasarme a mí.

 

Dicho esto se quitó la ropa y se bañó. El agua caliente llenó el baño con nubes de vapor. Marcela acostumbraba a mantener la puerta entreabierta, para que adivine su silueta entre la niebla. Era un juego erótico no formulado. Para provocarme, movía las caderas, se estiraba o dejaba caer el jabón en la bañera; al agacharse para recogerlo, exhibía las nalgas

 

Esa madrugada repitió el juego, y como siempre, logró excitarme. Tuvimos sexo intenso y en los orgasmos sucesivos, cantó cerca de una hora como la Nehchimán.

 

Al terminar, quedamos abrazados. Marcela aún suspiraba por el exceso de llanto.

Ya estaba por dormirme, cuando sentí el pinchazo de la uña de mi novia sobre la yugular.

 

—Si alguna vez llegas a dejarme, te degüello — dijo con el suave gesto de cortarme el cuello.

 

 

Eran las once de la mañana. La tilapia y las salsas estaban en marcha. Rechacé la ayuda de Marcela y le sugerí que se dedicara a descansar. Decidió arreglar sus uñas; aquel día tenía las sesiones normales de podomancia y un par de masajes en horas de la tarde.

 

En la preparación del pescado, lo más difícil eran las salsas. Ya había terminado con la de mango y la de camarones. Acababa de poner en el fuego la de Merlot, cuando Marcela me llamó desde la sala.

 

―Ignacio, debes ver esto —dijo refiriéndose a un programa en la televisión. En el noticiero del mediodía, reporteaban al comisario Venancio. Desde que lo eligieran alcalde de la ciudad, pidió licencia como policía, y ahora estaba empeñado en una estruendosa campaña para postularse como gobernador. Marcela había detenido la programación y la puso en marcha cuando llegué.

 

… el comisario Venancio, a quien hasta ahora se lo conocía como el “lobo solitario”. Un soltero adalid empeñado en combatir las malas costumbres y la falta de higiene de la población. Ahora continúa el adalid, pero estamos en condiciones de asegurar que ya ha dejado la soledad.

 

Me dispuse a retirarme. Aquel hombre me resultaba desagradable en extremo, pero Marcela me tomó del brazo y con un gesto, me indicó que siguiera escuchando.

 

―Para este canal, tenemos en exclusiva a la prometida del comisario…

 

Tomaron a una mujer más joven que él. Al principio no la reconocí, pero al observarla mejor, advertí que era Julia. Sonreía a la cámara. Estaba tal como la viera el último día, cuando decidiéramos reproducir el drama de Orfeo y Eurídice y ella caminara descalza por el parque, hasta que una saliente aguda atravesó su pie izquierdo. Con ese incidente había terminado una intensa relación de tres meses y desde entonces no nos volvimos a ver.

 

―Julia Rybanech Echenique de 25 años, flamante Ingeniera Agrónoma ―presentó la locutora —según me han dicho, dentro de poco tiempo contraerán enlace.

 

Julia respondió con voz suave y sonrisa seductora.

 

―Venny es un amor —utilizaba el apellido del comisario como un diminutivo —Es el ideal del hombre con el que sueña cualquier chica. Amable, caballero, un verdadero príncipe azul.

 

El reportaje continuó con preguntas convencionales, hasta que la cámara tomó el pie de Julia. Estaba vendado; la conductora pidió que caminara y lo hizo con dificultad.

 

―Sabemos que la prometida del comisario ha sido víctima de aquello que siempre ha atacado tan duramente el futuro gobernador: el hábito de muchos ciudadanos de caminar descalzos. Al parecer, Julia, hace ya tiempo  fuiste coaccionada a caminar sin calzado y a raíz de eso has lastimado tu pie con gravedad.

 

―Así es —intervino el comisario antes que ella pudiera contestar —mi novia aquí presente, fue seducida por la creencia errónea que caminar con los pies desnudos es algo bueno. Aquí tenemos el resultado. Un accidente que seccionó el tendón. Ha sufrido una cirugía y aún le aguarda un largo y complicado proceso de rehabilitación.

 

El comisario la abrazó. La cámara tomó un primer plano de sus ojos metálicos

 

—    Esta es mi novia, mi bienamada —anunció con voz firme —sin embargo, se ve obligada a transitar coja el camino de la felicidad, debido a la acción irresponsable de alguien que nombra esta abominable costumbre con el pomposo y foráneo nombre de “Barefooter”.

―Supongo que habrá intentado un resarcimiento jurídico — comentó la conductora

―Cuente con ello, señorita. Las ruedas de la justicia se echaron a andar, quizá no con la rapidez que uno espera, pero sí con su carácter implacable.

 

Terminó el reportaje con un primer plano de Julia que no dejaba de sonreír a la cámara.

 

―¿Estás bien? —preguntó Marcela.

 

Noté que mis manos temblaban. La furia me desbordaba. Fui al teléfono y llamé a Ambrosio, mi abogado y amigo. Estaba por salir a Tribunales. Expliqué lo que acababa de ver.

 

―Tenía entendido que aquello estaba terminado. El juez determinó que era una imprudencia de ella —dije refiriéndome al accidente,

 

Mi amigo me tranquilizó. Había sido mi abogado patrocinador, y de iniciarse un nuevo proceso, lo habrían notificado. Preguntaría por alguna novedad en el expediente.

 

Marcela me miraba fijo, con expresión entre preocupada y hostil.

 

―Ignacio, creo que tu reacción es excesiva.

―Puede ser —admití —pero ese hombre siempre me saca de las casillas.

―¿Ese hombre o esa mujer?

 

Me miró con expresión suspicaz y desafiante.

 

―¿Qué quieres decir?

―Creo que la reacción excesiva se produjo cuando viste a tu antigua novia. Tendrá el pie lastimado, pero comprobaste que sigue hermosa.

 

Me acerqué tratando de besarla, pero me apartó con violencia y se colocó las botas con el dibujo de la araña. En ese momento sonó la alarma del horno eléctrico: la tilapia estaba lista; se la ofrecí, pero Marcela no contestó y sin almorzar, se marchó al consultorio dando un portazo.

 

En la tarde, al regresar, apenas me saludó. Pasó al dormitorio y allí arregló las valijas. Se fue sin despedirse, con otro golpe de puerta. Tres horas después, a eso de las nueve, llamé a la casa de su madre. Me atendió Doña Hilaria.

 

―Marcela acaba de llegar —anunció al reconocer mi voz —ella me pidió que no se lo diga, pero entiendo que debo hacerlo. Usted se lo merece. Ahora discúlpeme, Ignacio, pero debo colgar.

 

 

 

 

 

Ambrosio tenía tres años más que yo y parecía aún de más edad. Robusto sin ser gordo, lucía un peinado a dos aguas y un grueso bigote que parecía llenar toda la cara. En una conversación, los ojos azules se movían a un lado y al otro con expresión de asombro y susto. La mirada se desviaba de pronto, y cuando parecía haber perdido el hilo, volvía a observar al interlocutor con una sonrisa entre astuta y divertida.

 

―Vuelve a contarme lo que ocurrió, Ignacio.

―Discutimos. Me acusó de seguir enamorado de mi última novia y salió furiosa dando un portazo. Fui a caminar por el parque para calmarme y compré flores, pero al regresar se limitó a preparar su maleta y se marchó sin saludarme.

―¿Sabes dónde fue?

―A casa de su madre. Está en el pueblo de Parrish, a unos sesenta kilómetros de aquí. No responde mi celular.

―¡Esto tiene solución! ¡Fue a Parrish, no a París…!

 

Ambrosio rió con estruendo de su chiste y yo lo acompañé por cortesía. Casado desde hacía veinte años, el matrimonio de mi amigo era sólido. Tenía tres hijos y yo fui padrino del mayor. Formaba parte del grupo de amigos de la secundaria que hicieran dinero con sus carreras Del mismo, yo era la excepción. Con el título de ingeniero arrumbado, sólo recibía el producto de las rentas y en épocas de examen preparaba alumnos en matemáticas para completar mis finanzas.

 

―En el programa que Marcela me hizo presenciar, el comisario Venancio hablaba de las ruedas de la justicia y me achacó un delito en forma pública Marcela, al verme nervioso, interpretó que aún me gustaba Julia.

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Ambrosio acababa de confirmar que no había procesos en mi contra. Aquellas declaraciones habrían sido parte de la campaña del comisario para su candidatura como gobernador.

 

―¿Eres sincero, Ignacio? ¿No te altera que Julia sea la prometida de tu enemigo?

―Debo reconocer que me molestó. Nos separamos de pronto. No conversamos sobre lo ocurrido. Imagina que un día te encuentras muy bien con tu esposa y al siguiente ella no quiere saber nada de ti; desaparece; se niega a atenderte y pasado el tiempo se compromete con otro. Lo siento como una infidelidad.

―Entonces, ¿La sigues queriendo?

―No la quiero, Ambrosio. Es muy loca. Además estoy con Marcela y tengo una historia con ella. Pero te confieso que me siento un poco herido.

 

Agregué que al irse, Marcela había dejado una carta. Aconsejaba que pusiera todo en claro y para ello debía tomarme tiempo. Estábamos en la antecocina de mi amigo; la puerta entornada daba al parque; desde allí podía ver la calle. Sandra, la profetisa, me había seguido hasta la casa. Parada en la esquina, observaba con actitud vigilante. En la charla con mi amigo no la había mencionado. Ese vacío, llenaba la historia de lados flojos. Ambrosio se limitó a una sola alusión.

 

―Sabes que no me gusta dar consejos personales, pero hay algo que cae de su peso. Desde hace un largo tiempo, nadie te ha visto calzado. ¿Te cuesta mucho ponerte un par de zapatos de vez en cuando, aunque sea unas sandalias? Fíjate que de ese modo podrían evitarse muchos problemas; todo sería… ¿cómo decirte?, un poco más normal; y créeme que tu vida necesita de un poco más de normalidad.

 

Mi amigo era la voz del sentido común y aquellas palabras eran indiscutibles. Me pregunté cuál sería su opinión sobre Sandra; sobre la advertencia de no calzarme como condición para que no se cumpla mi destino.

 

―Ambrosio, te voy a decir la verdad, pero te pido que lo tomes como una confidencia. No lo debe saber nadie, y mucho menos nuestros amigos.

―Puedes contar conmigo. Un abogado es especialista en manejar secretos.

―Estar descalzo es una promesa que hice a Santa Catalina de Siena.

 

Me miró con asombro.

 

―¿Una promesa? ¿Tú…?

 

Conté que un año atrás, en un examen médico sospecharon que podría tener cáncer. Prometí entonces que, de ser negativos los resultados, caminaría descalzo durante tres años. Afirmé que había recibido la confesión y la comunión por primera vez en dos décadas.

 

Me sentí mal al mentir. Ambrosio era un ferviente católico que asistía a misa varias veces a la semana. Su hogar estaba formado de acuerdo a los preceptos de la Iglesia y era un miembro destacado del Opus Dei. Cristiano creyente en las promesas, en ciertas fechas se trasladaba con toda su familia a santuarios lejanos, casi desconocidos con tal de cumplir lo acordado con la Virgen o algún santo.

 

―No sé si se trata de una conversión —agregué —No quiero forzarme, sino dejar que mi espíritu siga su camino.

 

Mi explicación entusiasmó a Ambrosio y me pidió más datos de Marcela. Le expliqué que adivinaba el futuro y la salud de las personas por las líneas de los pies. Pertenecía a un hogar creyente, fue bautizada y creía en Dios con firmeza. Profesaba la fe católica, aunque no recibiera con frecuencia los sacramentos.

 

— Había entendido que es divorciada

―Es soltera. Nunca se casó.

 

Rojo de excitación, Ambrosio me miraba con los ojos brillantes.

 

—Ignacio, es el segundo consejo que te doy: debes casarte con ella, casarte por la Iglesia, por supuesto. Me ofrezco como padrino.

 

Sugirió que él y los otros amigos me acompañaran al pueblo de la madre de Marcela, para cantar una serenata al pie de la ventana. Alegué que mi ánimo no estaba dispuesto, pero las ideas de mi amigo eran excelentes, en especial la del casamiento. Pedí que me dejara pensar y madurar la decisión.

 

―Por ahora quiero cumplir mi promesa de caminar descalzo. Después, ya veré.

 

La mentira sobre Santa Catalina de Siena y el compromiso de mi salud, me remordió por varios días. Luego de la charla, la sugerencia de Ambrosio de casarme con Marcela quedó flotando en mi mente. Hacía tiempo lo había pensado. Con Gladys, mi primera esposa, el matrimonio había durado ocho años y fue excelente hasta la enfermedad y la muerte. Añoraba las tardes tranquilas cuando nos concentrábamos en la lectura; las mañanas en las que arreglábamos el jardín, o los impulsos súbitos de viajar a sitios inesperados. Habíamos recorrido Europa y varias ciudades del Oriente Medio, incluida Jerusalén.

 

Estaba convencido que las reacciones intempestivas de Marcela, como el ataque de celos y la tendencia a refugiarse en casa de su madre, podrían mejorar. La presencia de Sandra, la amenaza de la muerte, la depresión endógena: estaba seguro que superaríamos todo. No podía evitar compararla con Julia. Con mi antigua novia, cada día terminaba en una sensación de fracaso. Eso  no ocurría con Marcela.

 

Aquella noche, llamó desde la casa de su madre. Quería saber cómo estaba.

 

―En cuanto a lo que pasó…

―¿Quieres casarte conmigo? —la interrumpí. Repetí lugares comunes; dije que la amaba; que deseaba envejecer con ella. Aseguré que me daba lo que no había recibido de ninguna mujer.

 

Me escuchó en silencio. Contestó que subiría al primer bus para hablar conmigo.

Por supuesto, asintió. Se entusiasmó ante la idea de casarse por la iglesia, pero exigió una boda modesta, con lo que estuve de acuerdo.

 

Elegimos una capilla en la zona baja del centro de la ciudad. Asistieron mis seis amigos, doña Hilaria, y las tías de Marcela. Por pedido mío, invitamos a Dung que se presentó con un vestido típico de Vietnam. Túnica amarilla, y sombrero muy vivo del mismo color.

La madre de mi novia era una mujer pequeña, delgada y nervuda. Miraba a todos con seriedad y determinación, pero cuando hablaba, el rostro y el tono cambiaban. Los ojos seguían firmes, pero los labios caían hacia abajo en una súbita e implorante mueca Como Marcela, mezclaba palabras comunes con términos cursis y a veces exóticos. Al terminar la ceremonia, sostuvo mi mano y me habló lagrimeando.

Le confieso  Ignacio que siempre consideré cerca de la delincuencia a un hombre que vive descalzo, pero con usted he cambiado la opinión. Sé que es tierno y gentil como una estrella que cae en la noche. Lo único que le pido en esta tierra es que colme de felicidad a mi querida hija”.

 

Ricardo Iribarren

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La Boda del Hombre Descalzo
 .Código: 1403150364609
Fecha 15-mar-2014 22:24 UTC
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(Relato) El Hombre Descalzo — Los diecisiete pasos. Por Ricardo Iribarren

122045778186220080903-1499211dn 4ª Narración

Sandra, la profetisa extranjera que representaba a la muerte, llegó al atardecer y permaneció ocho horas en la casa. No sirvieron los flamantes y sólidos candados ni las cerraduras computadas. La sibila apareció de pronto, sentada en una de las reposeras veraniegas del balcón. En la mano derecha, un agujero destilaba la luz del atardecer que entraba por los ventanales de la sala. Con la luminosa palma en la cabeza de mi novia, pronunció extraños conjuros. Por último, confesó que al estar calzada no podía llevarla al otro mundo. Que si alguna vez volvía a caminar con los pies desnudos, moriría sin remedio.

Meses antes, había profetizado mi muerte y estableció una fecha en la  que se ejecutaría mi destino. Entonces, también fueron  los pies quienes lo impidieron. A la inversa que Marcela, afirmó que si alguna vez llegaba a cubrir mis plantas, el fin sería inevitable.

Las ocho horas que la profetisa permaneció en la casa, nos parecieron poco más de diez minutos. Al repasar lo ocurrido, mis recuerdos iban del ritual que Sandra pretendía cumplir, a una extraña ensoñación. En ella me veía llamando a gritos a Marcela, hasta tropezar con su cadáver en un lugar agreste y desconocido. Al volver, comprobaba con alivio que seguía viva.

En las semanas que siguieron a la llegada de Sandra, mi novia se mostró ausente, pensativa. Decía hallarse en un espacio al que bautizara con el nombre de “Moromusa”. Cuando salía de la apática tristeza, explicaba que era un sitio “donde la lluvia es constante y hay una tiniebla que hace languidecer el alma”.

El lenguaje afectado de Marcela tenía una historia. El padre de mi novia la abandonó a los ocho años. Doña Hilaria, su madre, debió trabajar todo el día. La niña acudía a la escuela por la mañana. Por las tardes se sentaba frente al televisor con un pote lleno de cereal azucarado, y durante horas veía telenovelas o “culebrones” “Eran mi única compañía ―explicaba ―La familia que nunca tuve; la que fue capaz de perforar mi soledad”. El lenguaje artificioso de las series se hizo un hábito. A medida que crecía, siguió con aquellas frases rebuscadas por una clara razón emocional.

Con el tiempo, Doña Hilaria consiguió un mejor trabajo. Dos de sus hermanas se instalaron en el pueblo y le ofrecieron ayuda. Marcela pudo cursar la escuela secundaria y un par de años de universidad, pero según me confesara, el lenguaje lleno de tópicos “era lo único que la hacía sentirse segura” Tuvo una adolescencia solitaria. Los compañeros se hartaban de aquellas expresiones y creció sin amigos. Muchas veces me dijo que se consideraba “un junco solitario en medio de una laguna” y afirmaba que el haberse unido a mí “Nos convertía en dos juncos dispuestos a soportar los céfiros de la clemencia y la inclemencia”.

Los días que siguieron a la llegada de Sandra, resistí la tristeza, el mutismo y hasta las agresiones de Marcela. Eran una reacción frente a la amenaza de la profetisa   y tenía la convicción que en algún momento mi novia volvería a ser la de antes. Me preocupaban otros cambios que para el resto de la gente podrían resultar despreciables. Cuando Marcela pasaba por debajo de la escalera, siempre tropezaba con el pie izquierdo, ya que por un defecto de la construcción, la pared estaba inclinada hacia adentro y estrechaba el espacio. Desde la visita de Sandra, el traspié lo daba con el derecho.

Al sentirse nerviosa, la ceja izquierda se agitaba  con un latido casi imperceptible, pero desde la noche de la profetisa, dejó de hacerlo. Después de observarla con atención, descubrí que el movimiento estaba en el mentón. En forma compulsiva  lo giraba hacia la izquierda, repitiendo lo que fuera el tic del entrecejo.

A veces Marcela me miraba con expresión urgente y agitaba tres veces la mano izquierda antes de anunciar alguna novedad cotidiana, como el estreno de una película o el llamado de su madre. Desde la última visita de Sandra, sacudía la mano derecha en vez de la izquierda y repetía el movimiento hasta tres y cuatro veces. Luego me miraba con expresión interrogante y se marchaba de la habitación. Los primeros días la seguí, reclamando las palabras no pronunciadas, pero se encogía de hombros afirmando que “ya lo había olvidado

Algo similar ocurrió con Gladys, mi esposa, poco antes que enfermara. Pequeños hábitos que comprometían al cuerpo, como adelantar una mano y no la otra; rotar la cabeza con cierta inclinación; cerrar el ojo izquierdo o el derecho. Utilicé un sextante electrónico y con disimulo, medí los ángulos aproximados de las extremidades cuando realizaba algunos de aquellos gestos. Los volcaba en una tabla comparativa para calcular las variantes. En ese tiempo, Ambrosio era mi confidente. Nos encontrábamos durante las tardes en un café de la Avenida Watson y yo, preocupado, describía los cambios casi imperceptibles. Le mostraba los resultados de mis mediciones y siempre terminaba mis cuitas afirmando que “me sentía frente a otra mujer”. Durante varios días mi amigo escuchó con paciencia ansiosa, hasta que una tarde estalló.

—    Ignacio, me hablas de los pasos de Gladys, de los gestos a un lado y al otro; te preguntas si su cabeza mueve el cuello o el cuello su cabeza. No dices qué la emociona; si ha llorado; si está alegre o infeliz. Preocupado por el movimiento de la mano izquierda o la derecha, dejas pasar lo más importante de la vida.

No contesté a aquel reproche. No quería discutir con mi amigo. Desde ese momento no volví a referirme a los gestos de mi esposa, aunque continué utilizando el sextante y apuntando los cambios. Luego, ante la enfermedad y la muerte de Gladys, supe que esos detalles habían anticipado la tragedia. Gestos desdeñados, ignorados, son el lenguaje con el que el cuerpo pretende expresar situaciones inquietantes que en algún momento asomarán a la luz.

Debo reconocer que con Marcela, pasaron las semanas sin que esos detalles se tradujeran en circunstancias graves. Por el contrario, quince días después de la visita de Sandra, pareció mejorar. Poco a poco abandonó “Moromusa” y retomó la atención de los pacientes.  Yo volví a mis sesiones de lectura, a las caminatas descalzas por el parque y a las sesiones maratónicas en la orilla del río.

De vez en cuando iba a la casa de mi vecino, el vietnamita Dung para beber té de jengibre preparado en el samovar o comer pasteles orientales envueltos en hojas de maíz. El anciano, que formaba parte de los comités de oposición al Comisario Venancio, guardaba para mí folletos de propaganda en contra del policía que se publicaban con una frecuencia semanal. A mi vez, los acumulaba en una carpeta, dispuesto a leerlos cuando contara con tiempo.

En otra de las charlas, mi vecino aseguró que los últimos días que Marcela caminara descalza, había visto la huella sutil que dejaran sus pies. La llamaba “Red” o “Dragón de la tierra”. En ella, mi novia habría exhibido “los colgajos de la muerte” en forma de unos residuos negros en la base de esa impronta que sólo Dung podía distinguir.

Desde la visita de la muerte, Marcela iba siempre calzada y el anciano no podía observar la evolución de las brillantes huellas. Para quien supiera interpretarlas, expresarían la totalidad de la persona, esperanzas, deseos, aversiones y hasta el propio destino. Dung me dio un pulverizador con el que debía esparcir un líquido gelatinoso en los pies de Marcela mientras dormía. Ella no debía saberlo. Por su carácter impresionable, no convenía que conociera las raíces oscuras que encerraban la impronta de sus pies.

Noche a noche esperaba que mi novia conciliara el sueño y cumplía con el cometido de empapar las plantas con aquella solución. En los primeros tiempos no vi muchos cambios. Al hacer el amor, su pasión no menguaba, pero ya no emitía el canto de la antigua ave oriental que emigrara de China al Tibet al llegar el invierno. Se limitaba a lanzar gemidos de placer que con los días se transformaron en jadeos y luego en gruñidos informes. Confieso que extrañaba el canto armonioso que hacía llover sobre mi pene un tibio diluvio de fluidos.

Cuando pasaron los días y los pequeños cambios en los hábitos corporales de mi novia no se tradujeron en desastres, lo atribuí al líquido de Dung con el que   noche a noche  frotaba sus pies. 

 Se acercaban las fiestas del final del año y los vecinos de la vivienda lindera acumularon fuegos de artificio en un pequeño galpón ubicado en la periferia del amplio jardín. Una semana antes de Navidad, se encendió una mecha, y todo explotó El aislamiento de la pólvora y lo escaso de la provisión, redujeron los daños a la quema total del refugio y parte de una cerca. Las llamas no se extendieron a las casas. Ante el estrépito, los habitantes de la manzana despertaron y al poco rato se formó una pequeña multitud ansiosa de ver lo que ocurría.

Marcela siguió durmiendo sin escuchar los estallidos atronadores, las sirenas de las autobombas o los gritos de los bomberos. Recién al otro día se informó, asombrada, del accidente.

La intensidad del sueño de mi novia había aumentado desde la llegada de Sandra. A veces la observaba mientras leía o escuchaba música. De pronto el cuerpo se aflojaba, cerraba los ojos y caía en un sopor similar al desmayo.

 Frotar sus pies y acariciar el cuerpo inerte, generaba en mí un placer espiritual. Si bien a veces las caricias me excitaban, lo sensual no era lo más importante. Disfrutaba al ver el rostro dormido de mi novia. Ya no mostraba el rictus de sufrimiento que la acompañara desde la profecía de Sandra. Otras veces tomaba una de sus manos y la pasaba por mi rostro, mordisqueaba con suavidad los dedos de los pies o revisaba sus cabellos durante un largo rato.

Uno de aquellos días, fui a ejercitarme a la orilla del río. Corrí cuarenta kilómetros, la cifra establecida para una maratón y llegué más cansado que de costumbre. Me bañé y cené cordero asado con ensalada que Marcela preparara. No quise dormir sin dejar de empapar los pies de mi novia con el líquido que me diera Dung. Esperé que conciliara aquel sueño aplastante, le quité las gruesas medias rojas con suelas de cuero y me limité a frotar empeines y plantas. Esa noche no realicé el masaje al resto del cuerpo. Rendido, me acosté a su lado y me dormí de inmediato.

Un sacudón de Marcela me hizo regresar del sueño. Al abrir los ojos, la vi despeinada, con expresión de espanto.

 —    ¡Caminé descalza! — afirmó con tono de terror. Aquello me terminó de despertar.

—    ¿Cómo dices?

—    En la madrugada sentí deseos de ir al baño. Estaba mareada, entonces me levanté y caminé. Recuerdo que dormí con las medias puestas, pero quizá me las quité dormida. Lo cierto es que estaba descalza y cuando me di cuenta, ya había llegado al baño. Estoy helada de espanto.

Al regresar al dormitorio, encontró en el closet unas viejas chanclas mías. Por diez metros, sus plantas tocaron el piso. Comprendí que yo tenía la culpa  cuando la descalzara para aplicar el líquido; vencido por el sueño, olvidé colocar las medias en sus pies. No lo dije. De hacerlo, debía confesar mis incursiones nocturnas, el masaje mientras dormía y en especial la existencia de la “red” y los “colgajos de la muerte”

Me levanté y examiné el lugar. El espacio que Marcela había recorrido estaba cubierto de una espesa alfombra roja y los mosaicos del baño eran de vidrio grueso y trasparente. Las palabras exactas de Sandra fueron que si los pies de mi novia tocaban la tierra, moriría sin remedio. Ahora comprendíamos lo impreciso de aquella frase. En principio porque, aunque limpiáramos, estaba demostrado que en toda superficie siempre queda una película de polvo, es decir, de tierra. No habíamos preguntado a la profetisa si la condición se aplicaba también a pisar el suelo de una casa.

— Tu situación es más clara — dijo ella con desconsuelo — Si cubres tus pies de la forma que sea, morirás. Deben estar en contacto con el piso, pero en mi caso cuando habló de la tierra no sabíamos a lo que se refería: polvo, mosaico o nuestra gloriosa y amante madre tierra.

Tampoco especificó si la muerte se produciría de inmediato o si las pisadas desnudas serían el preámbulo de un fin que llegaría en forma gradual. Otra vez surgió la posibilidad de un fraude. Marcela acababa de caminar descalza a los veinte días de la profecía y no había muerto de inmediato, como dijera la amenaza.

―Es posible que esta mujer haya mentido con total desparpajo y alevosía — comentó ella — pero no me animo a seguir probando la falsedad de sus palabras.

Me levanté dispuesto a preparar el desayuno. Mi novia pidió omelet de espárragos. Preparé dos y puse a hervir café. Disponía de varios paquetes de achiras. Las había conocido tres años antes en un congreso internacional de barefooters en Bogotá. Desde entonces me apasionaron. Al regresar, las hallé en una tienda local que vendía productos extranjeros. Me gustaba verlas flotar en el café caliente, masticar la consistencia crocante y sentir la mezcla de los sabores salado y agridulce.

Cuando terminamos de desayunar, examiné otra vez el trayecto que Marcela recorriera descalza. En la pequeña alfombra de goma del baño, descubrí la huella desnuda y húmeda. Ella se acomodó en un sillón de la sala. Volví a preguntar si se sentía bien.

―Me siento mejor que nunca. Quizá Sandra es un fraude. Creo que el tiempo lo dirá.

La sala estaba iluminada por la lámpara de pie. Debía levantar la cortina. Encargada a una de las mejores empresas de la ciudad, estaba construida con madera reforzada y un sistema automático la activaba por medio de un interruptor. Demoraba un minuto completo en elevarse. El mecanismo evitaba que pudiera ser violentada y a la vez mantenía la integridad de las varillas y el complicado sistema de soportes.

 Cuando la gruesa cubierta de madera empezó a moverse, advertí un objeto pegado al vidrio. Al principio me pareció un insecto gigantesco, pero a medida que la cortina subía, pude ver la imagen enorme de un rostro humano en dos dimensiones. La nariz oprimida contra el cristal, y a los costados las palmas, blancas por la presión. Reconocí los anteojos espejados. Eran las facciones de una gigantesca Sandra que, en actitud desesperada, intentaba mirar hacia adentro.

Al ver aquello, Marcela corrió al dormitorio con gesto de terror. Del otro lado del vidrio, el rostro disminuyó de tamaño, como si se hundiera en un pozo y la cara de la profetisa giró hasta recuperar las dimensiones normales. Abrí la puerta que daba a la calle. Al verme, Sandra se apartó del vidrio, retrocedió y levantó los brazos en un ademán de protegerse.

—    No golpear, por favor, no golpearme…

Tenía los labios curvados hacia abajo y encogía el cuerpo esperando mi castigo. Una emoción inesperada llegó desde mi vientre. Aquello me pareció a la vez risible y despreciable. Estuve a punto de insultarla, pero me controlé.

―No la voy a golpear, pero ya que está aquí le pido que pase. Con mi esposa queremos preguntarle algo.

Sandra seguía cubriendo el rostro con las manos. Tan sólo las separó un instante para espiar mi reacción. Yo abrí los brazos para demostrar que estaba desarmado. En la boca sentí una suave descarga estática. La muerte estaba ante mí como una mujer débil que pedía compasión. Me hubiera bastado amenazarla con un gesto para que huyera espantada. Mis palabras sonaron demasiado corteses.

―Con Marcela estábamos hablando de usted. ¿Acepta beber con nosotros un café con achiras?

La profetisa bajó las manos, su cuerpo se aflojó y observé que la lengua húmeda entraba y salía de la boca. Debía saber lo que eran las achiras. Me siguió a la casa. Agazapada en la cocina, Marcela empalideció al verla.

―Querida, tenemos visitas. La profetisa compartirá con nosotros un café y creo que podremos aclarar algunos puntos.

Mi novia asintió. Murmuró algo que interpreté como un saludo y una invitación. . Sandra se sentó. Recién entonces advertí que vestía una blusa blanca y una falda hindú con diseño de flores; como siempre, estaba descalza. Era la primera vez que la veía bajo la luz del sol. La miré con fijeza, tratando de no mostrarme inquisidor. Tenía arrugas leves en las comisuras de los labios y cerca de las sienes. A través de la boca entreabierta, podía ver los dientes, demasiado blancos y parejos. Pensé que en algún momento había recibido ortodoncia.

Marcela volvió a preparar café y lo sirvió muy caliente. Sandra tomó una achira más grande que las otras y la hundió en el líquido humeante, donde también sumergió los dedos. No pareció quemarse. Luego de un rato, llevó el bizcocho a la boca y lo masticó. Gruñó de satisfacción mientras lo tragaba. Después apoyó las manos a ambos lados del plato e inclinó apenas los hombros hacia adelante

―Como le decía recién, hay algunas preguntas que deseamos formular…

―¡Fueron diecisiete pasos! —me interrumpió —¡Si hubieran sido dieciocho, ella estaría conmigo!

―¿A qué se refiere?

Sandra se incorporó y caminó hacia el dormitorio. Entró en él sin pedir permiso, buscó el costado de la cama donde dormía Marcela y marchó colocando sus pies uno frente al otro.

―Es el trayecto que hice anoche —murmuró mi novia por lo bajo.

Al llegar al baño, se detuvo.

―Hasta aquí ser ocho pasos. De vuelta y encontrar las pantuflas del marido ser nueve. Un total de diecisieta. Con ellos perder fuerzas, energía, digamos que en una vida normal uno o dos años menos, y con un paso más me la hubiera llevado.

―Usted dijo que no debía apoyar su planta en la tierra

Ella golpeó el suelo con el pie.

―Debajo de este piso, la tierra. Tierra fiel. Tierra que persiste. Atravesar todo para juntarse con los pies de la gente. Si pisar la propia tierra, llevármela enseguida. Esta casa estar construida sobre barrotes, separada del suelo. Ser un gran zapato. Eso la salvó.

Recordé que en épocas de mi abuelo, el río del este llegaba hasta las cercanías y anegaba la zona durante la primavera o el otoño. Por eso construyó la casa sobre seis pilotes  que la separaban del suelo para evitar las inundaciones, así como el frío en invierno.

Sandra regresó a la mesa. Volcó varias achiras dentro del café y las masticó una por una. Escuchamos el ruido de los dientes al deshacer la cobertura crocante. Pensé que en algún momento habría estado en Colombia.

―Lamentar que ustedes estar ansiosos, con todo esto. Yo amarlos, por eso avisar. No lo hago con nadie, pero me pregunto si no será peor. Verlos con angustia.

―No piense así. Hace bien en avisarnos. Marcela y yo se lo agradecemos, pero nos gustaría saber si hay alguna forma de llevar una vida normal. No nos oponemos a la muerte. Pienso que es parte de la existencia. Para Marcela es de mucha importancia caminar sin calzado; además es joven y quisiera tener hijos, nietos y morir a una edad avanzada.

No contestó de inmediato. Tomó otro puñado de achiras y las fue volcando en el café una por una, con gesto pensativo. Después bajó los lentes y por primera vez vi los ojos, rodeados de arterias rojas. Tenía una expresión desesperada.

―Usted decir evitar la muerte. En el caso suyo no usar zapatos. Eso lo tiene claro. No cubrir los pies. En el caso de ella… la fuerza de la araña. No es segura. Es como una daga con la que alguna vez, mil años más o menos, alguien cortar mi cuello. Daga. Puñal. Tener dos filos. Ayudarla contra la muerte, aunque igual puede llegar de pronto.

―No entiendo.

―Ella poder explicarlo más tarde

Miré a Marcela. Vi en ella un gesto vago de asentimiento, pero la expresión de incertidumbre y miedo volvió enseguida La profetisa bebió lo que quedaba de café.

―Gracias por invitar. Prefiero volver a mi esquina.

Me levanté para acompañarla a la puerta. Recordé de pronto la experiencia de Dung: no pudo verla y la había atravesado como si no existiera.

―Hay algo más que quiero preguntar. No todos la pueden ver…

―Así es, no todos. Sólo   verme aquellos que no son invisibles para mí . Esto ya se lo han dicho. Seguirnos viendo, Ignacio…

Se marchó. Supuse que volvería a la esquina, a contemplar la casa, pero aquel día no se presentó.

 

Ricardo Iribarren

(Relato) El Hombre Descalzo ― El Anciano y la Muerte. Por Ricardo Iribarren

 

pies-descalzos-3ª

 

Vestido con una bata azul brillante y un gorro amarillo y triangular, Dung, mi vecino vietnamita, trabajaba en la huerta. Al advertir que lo observaba desde mi patio, dejó la tarea, sonrió y me saludó con una reverencia.

— Buenos días, señor Ignacio. ¿Tiene unos segundos? Deseo conversar con usted.

— De acuerdo ¿Quiere pasar?

—    Lo invito a mi morada. Gustaremos un té de jengibre

Entramos a su casa y me senté en uno de los sillones de la sala. Tuve que esperar a que encendiera un samovar plateado.

―Este Amdunnié no es oriental, sino ruso —explicó ante mi mirada curiosa — cuando fui prisionero de guerra, un carcelero me enseñó a preparar té. Al obtener la libertad, lo compré en una venta de rezagos de los bombardeos a Hanoi.

En la gran tetera introdujo carbón. El agua hirvió, destilando la concentrada infusión en un recipiente de la parte superior. Lo sirvió y nos sentamos ante sendas tazas de té.

—    ¿Cómo se encuentra su esposa? — preguntó el anciano con cortesía.

El día anterior habíamos recibido la visita de Sandra, la profetisa embajadora de la muerte. Su misión era llevar consigo a Marcela. No pudo hacerlo porque estaba calzada. La advertencia fue que si volvía a caminar con los pies desnudos, moriría. La sibila se marchó a las tres de la mañana, y ahora mi novia dormía. Decidí no mencionarlo.

—Marcela está descansando. Anoche no durmió bien.

Mi vecino asintió y bebió con lentitud el té sin dejar de observarme.

―Hace unos días quería conversar con usted, señor Ignacio. Comprenderá que aunque viva en el país desde hace veinte años, mi idioma no es perfecto. No es sólo por el pobre manejo de la lengua. Hay expresiones de mi pueblo que no se pueden traducir. Le pido permiso para decirle lo que vi.

―Señor Dung, puede hablar con total libertad.

―Es bueno andar descalzo, señor Ignacio. Es muy saludable. Los hombres y las mujeres de las ciudades no suelen hacerlo. De niño, mis padres me enseñaron a caminar por la selva sin zapatos. Después me reclutaron para la guerra y sufrí cuando tuve que usar botas. Por eso me agrada que usted y su esposa tengan esta costumbre. Siempre los miro al salir de la casa. Entonces veo la red que dejan, que un día se presenta de un color y al otro día cambia. Muestra a veces algunas intimidades. Se forma en el piso cinco minutos después que ustedes pasan y permanece un total de media hora; enseña lo que tiene que enseñar y desaparece. Cuando hay viento o llueve, dura menos.

―Disculpe señor Dung, pero no sé de que está hablando.

El anciano sonrió y levantó la taza hacia mí, como si brindara.

―Tiene razón. Soy torpe. En occidente esto no se conoce. Voy a explicar. Usted acaba de entrar descalzo…

El anciano dejó la taza y se levantó pidiendo que lo acompañe. Lo seguí hasta la huerta y me condujo al lugar por el que acababa de cruzar. La tierra estaba removida.

―Todavía hay huellas. Aunque su red es fuerte, ya tendría que haberse disuelto con este viento, pero las escamas luminosas van desde su puerta hasta la mía. Es como un tentáculo con flores. ¿Puede verlo?

Me incliné y miré con atención. Tan sólo distinguí la tierra húmeda. En algunas partes mis pisadas se mostraban con claridad, pero sin brillos ni destellos como los que mencionaba Dung.

―Allí están mis huellas, mis simples huellas, no sé si se refiere a eso.

Dung sonrió y volvió a hacer una reverencia.

―Entiendo que no pueda verlo. El occidental no está acostumbrado. No es que sea incapaz. No le enseñaron.

Volvimos a entrar a la casa.

―En este momento su red es roja, apenas roja, con algunos rezagos amarillos, Son un dolor antiguo. Muerte de un ser amado. De una mujer rubia que falleció joven por una enfermedad. Hace unos diez años. Hay dos líneas blancas como plumones que son el cadáver.

―Mi primera esposa era rubia y murió de cáncer en esa fecha.

―Dicen en Oriente que la muerte llega en mitad de la vida. Según su red, usted hoy está en tratos con la muerte.

No comenté esto último. El anciano terminó de beber el té sin dejar de sonreír.

―Yo la llamo red para que usted entienda. Sus pies descalzos van dejando sobre la tierra esas luces, pero el nombre completo en el idioma de mi pueblo es Datrong banvanchan que significa algo así como “El dragón que los pies arrancan de la tierra”. Contaban mis abuelos que cuando el primer hombre caminó, “las caricias de sus plantas hicieron que la tierra se descubriera a sí misma”. Entonces ella, agradecida, elaboró un dragón que mostraba al que la había pisado. Ahora todo el mundo usa zapatos, pero cada vez que alguien se descalza y camina, la tierra produce otra vez dragones de luz.

Dung se interrumpió para destripar una raíz de Ginseng en el interior de la taza. Luego siguió hablando.

―Cuando era niño no sólo me enseñaron a caminar descalzo en la selva. Aprendí a interpretar las redes. Cuando la observo, puedo saber mucho acerca de esa persona. Del dueño o la dueña de los pies. Entre los diez y los veinte años, estuve en una pagoda budista. En ella aprendí la disciplina de los monjes y me enseñaron a leer estos dragones. El ermitaño más anciano cambiaba el interior para cambiar las huellas, y con eso nos confundía. Odio, amor, alegría, tristeza, dolor, placer. Otras veces nos encontrábamos con la red de un general, de un mendigo, de un noble o de una serpiente. A los más jóvenes nos exigían entender todo. Podríamos leer los dragones de la gente, recién cuando interpretáramos la huella de aquel monje. Al salir de la pagoda y volver a mi pueblo, se corrió la voz entre amigos y familiares que yo podía descifrar las redes. Cuando llegaba a algún lugar, los que estaban descalzos se calzaban y rociaban la tierra con jugo de moras que es bueno para disolver estas huellas con rapidez. Entonces conocí a la que después fue mi esposa. Ella sabía sobre dragones y para seducirme, caminó descalza hasta donde yo estaba. Dejó en la red una frase que si la traduzco a un idioma occidental, sería algo así como “te amo”.

―Me interesa mucho lo que cuenta, señor Dung. Usted me dice que ha visto nuestras huellas, las de Marcela y las mías. ¿Qué ha observado en ellas?

―La clave de entender el dragón, es conocer la proporción de vida y de muerte que contiene. La de su esposa es celeste y firme, pero en la base muestra raíces negras que son lo que llamo la sombra de la muerte. Si su esposa tuviera treinta años más, ese tono negro habría sido normal, pero ella es demasiado joven. Hace dos días la vi cuando estaban por salir con maletas y ella se asomó descalza a la puerta de la casa. Estaba peor. Los bordes del dragón granulados y la base casi negra. En mi país se dice que un hombre o una mujer con esa red no es un cadáver, pero aunque lo veamos caminar y hablar, será por poco tiempo. Sería bueno saber si ella está enferma, o si ha muerto algún familiar. A veces la red cambia por la muerte de alguien, aunque nunca llega a estos extremos.

Bebí de un trago lo que quedaba de té.

―Me está diciendo que a Marcela le queda poca vida

—No fueron esas mis palabras. Lo que le digo vale para una persona en mi país. Aquí las cosas pueden ser diferentes. Hace años, conocí a un amigo y compatriota con la misma red que su esposa. Sigue vivo, con buena fortaleza y el otro día asistí a la festividad de su cumpleaños noventa y cinco. Para el problema de la señora hay soluciones… pero antes debo saber si soy entrometido al fijarme en estas cosas, que pueden ser muy espirituales o íntimas.

―Señor Dung, las huellas de mi esposa y las mías son públicas, no podemos evitar que sean vistas por usted ni por nadie. Creo que está haciendo una forma de podomancia, un conocimiento de lo que pasa o lo que va a pasar por las señales de los pies. Es lo que practica Marcela con sus pacientes

Me interrumpí. Mi pie derecho estaba hablando. Era un rumor intenso que trepaba hasta mi ingle y me incitaba a contar a mi vecino lo ocurrido con Sandra en aquellos meses; las profecías; las amenazas de la muerte. Pensé que debería consultarlo con mi novia antes de hablar. Era un secreto mutuo. El murmullo de mi planta fue más perentorio. Dung contaba una anécdota de la época en que fue prisionero de guerra. Vio a un teniente Vietcong caminar descalzo y por la interpretación de la red, pudo saber que sus compañeros serían fusilados al día siguiente. Esperé que terminara la historia.

―Señor Dung. ¿Me permite que le confíe algo? Es un secreto, una información que debe quedar entre usted y yo

Mi vecino dejó de sonreír y asintió tres veces con la cabeza.

Hable como si estuviera a solas. Así dicen en mi pueblo cuando la confianza es total.

Empecé por mi propio encuentro con la muerte. El día en que conociera a Sandra en el consultorio de Marcela, donde se ofreció a leer mis plantas para determinar el futuro. A través de la podomancia, pronosticó la fecha y la hora de mi fin. El día fijado, la misma profetisa se presentó a llevarme y me dijo que no podría hacerlo mientras estuviera descalzo.

—Con Marcela ya nos conocíamos, pero fue a partir de entonces que empezamos a vivir juntos. Hace menos de dos meses, la misma mujer preguntó por ella en la casa de su madre. También pronosticó su muerte. El nombre es Sandra y se presentó anoche en nuestra casa para llevarla. Dijo que no podría hacerlo mientras estuviera calzada. Que si alguna vez se quitara los zapatos y tocara la tierra con sus pies, sería el momento de la muerte.

A través de la puerta entreabierta, el sol se reflejaba en los vivos dorados de la bata de Dung y en los escasos pelos de la barba. Eran las cuatro de la tarde y hasta la casa llegaban los pregones de los vendedores del parque. El anciano había escuchado en silencio. Apenas inclinado hacia adelante, miraba algo impreciso con los ojos entornados. Cuando terminé, permaneció en silencio unos minutos.

―Sería bueno que usted pueda ver los dragones que deja la gente —dijo por fin —Entre ellos hay espíritus que nos rodean y que se mezclan con nosotros. Tienen diferentes huellas y así los podemos conocer. Esta señora a la que usted llama la profetisa, parece ser uno de ellos. Debe ser como las personas vivas. Es posible que trabaje en alguna parte, que tenga amigos o deudos; a veces algunos se enlazan con humanos y tienen descendencia, pero siguen siendo espíritus.

―Me está diciendo que usted podría leer la red o el dragón de Sandra. Sería fácil, porque ella también camina descalza.

—Lo haré apenas pueda. En mi país, señor Ignacio, a nadie se le ocurriría pensar en la muerte como algo que viene de afuera. Hay un poeta vietnamita que dice “morir es un asunto de vocación”. Cuando dice vocación, habla de una voz seria, importante que suena dentro de una caverna. Usted me ha pedido que le diga lo que vi en los dragones de sus pies, tanto los suyos como los de su esposa. Ella tiende a la muerte. “Tiende”, como lo haría un río hacia el mar. Usted tiende a la vida del mismo modo. Son fuerzas difíciles de cambiar.

—Quiere decir que no hay remedio, que Marcela morirá.

El anciano negó con la cabeza.

―No dije eso. Se lo repito. Si veo la muerte en el dragón de unos pies, puedo arreglar todo y cambiar la muerte por la vida. En mi pueblo hay cientos de remedios. Los aplican las mujeres y algunas los prueban todos y pasan uno o dos años mejorando a la persona. Antes que se marche, si me permite, le daré uno para que lo aplique a su esposa. A esa señora a la que usted llama Sandra, la conoceré con gusto si me la presenta.

Me asomé por la ventana de la sala. La ochava estaba desierta.

―Ella nos vigila desde esa esquina, pero ahora no está.

―¿Los vigila?

―Así es. Puede conocer lo que pensamos, y está parada muchas horas al día mirando nuestra casa

―¿No podría escuchar esta conversación que mantenemos ahora?

―No lo había pensado…

Dung me interrumpió con una señal de silencio y entró al sótano de la casa. Volvió a los pocos minutos con una botella pequeña que contenía un líquido trasparente. Abrió la puerta de calle y esparció unas gotas en las paredes de la casa.

―Tome un poco y frótelo en las manos. Esto lo hará invisible —dijo susurrando —No lo acerque a la boca. No se debe beber.

Obedecí. Froté mis manos con energía durante algunos minutos. Debajo del líquido seguí observando mi piel

―No entiendo, señor Dung. No me he convertido en invisible.

―Usted mismo y los seres humanos que lo rodean podrán verlo, pero será invisible para los espíritus. Debe saber que hay una regla: si no los puede ver es que ellos lo están observando a usted. Si los ve, es porque una parte suya se ha vuelto invisible para ellos. Si observamos a los demás y los demás pueden vernos, es porque hay partes que son invisibles para unos y para otros. Ahora fíjese si está esa señora.

Volví a asomarme a la ventana. En la esquina Sandra estaba inmóvil, atenta, como si nunca se hubiera movido de allí.

―Ésta es la mujer de la que hablo.

Dung miró a través del vidrio. Era la única figura en la acera.

―¿Cómo viste?

―Lleva una túnica con dibujos y flores de color rojo, una chaqueta sobre los hombros, está descalza y usa anteojos espejados.

―¿Espejados? No entiendo

―Son lentes. Al verlos de afuera, los vidrios parecen un par de espejos, pero a través de ellos, la persona puede ver lo que tiene enfrente sin mostrar los ojos.

Dung siguió observando y al rato negó con la cabeza.

―No veo a ninguna mujer. Quizá hable de una señorita de falda amarilla y cabellos castaños.

Aquello me indicaba que la vista del anciano estaba bien. Describía a una joven que se acercaba por la calle lateral De pronto se apartó de la ventana.

―Es muy necesario que yo vea a esa mujer y le dé mi opinión.

―Señor Dung, no quiero distraer su tiempo. Ella es la muerte para mí; para usted puede presentarse con otra forma…

Me interrumpí al ver que mi vecino calzaba las viejas babuchas y la gorra que usaba para salir.

―Voy a investigarlo. Aunque no pueda verlo, sé que hay algo parado en la esquina. ¿Quiere acompañarme?

—Como le conté, ella estuvo en mi casa y eso me compromete. Vaya usted, que yo lo observaré desde aquí.

Dung asintió y salió. Cruzó la calle, y al llegar a la esquina se detuvo junto a la profetisa. El anciano y la muerte se ignoraron. Mi vecino dio varias vueltas alrededor de Sandra y miró el suelo con atención. Una pareja joven llegó y pasó a su lado. Un matrimonio de mediana edad entró al negocio inmobiliario de la ochava. Ni siquiera miraron a la profetisa y al anciano.

Dung se rascó la cabeza. Observó a su alrededor, caminó hacia adelante y hacia atrás y de pronto traspasó la figura de Sandra. Casi de inmediato volvió sobre sus pasos y la cruzó otra vez, como si estuviera hecha de niebla. Mi vecino era más bajo que la profetisa y me conmovió ver la silueta pequeña del oriental entrando y saliendo de aquella mujer. Ella no se movía. Sentí que era Sandra quien cruzaba una y otra vez el cuerpo del anciano y recordé lo que había dicho alguien de la muerte: “Poderosa en su inmovilidad”.

Que no la atraviese —supliqué por lo bajo al ver que Dung volvía a acercarse ―Que no la atraviese…”.

Cerré los ojos en el momento en que mi vecino traspasó otra vez a Sandra. Era absurdo, pero la sentía como un puñal dispuesto a clavarse en Dung. Abrí los ojos. El anciano seguía observando el piso con atención. Suspiré aliviado al ver que se disponía a regresar. Habían pasado quince minutos desde que saliera a enfrentarse con la profetisa. No dejaba de sonreír y al entrar, se quitó la gorra y las babuchas.

―No encontré a su amiga la muerte —dijo con seriedad —No la pude ver, pero en ese lugar hay una red extraña que no pertenece a un hombre o a una mujer. Es de color morado, con cabezas de niños y arañas. Muchos detalles. Parece hecha por un pintor que conoce el arte. No la disuelven ni el viento ni el sol.

Lo miré con atención. La tez de Dung mostraba un saludable color rojizo.

―¿Se encuentra bien?

―Está nervioso. Le pido que se tranquilice. No es el primer espíritu que estudio. Aunque no la vea, esa mujer es real. Ahora olvidarla, olvidarla por un momento. Lo invito a comer unos Bhan La que acabo de preparar.

Los Bhan La eran pasteles envueltos en hojas de maíz. Dung los trajo en una bandeja con dibujos de dragones. Blandos, se disolvían en la boca con un sabor entre dulce y agrio. El jengibre les daba un toque picante.

―Hace años que estoy en el país y nunca había encontrado un gobernante tan perverso como este comisario. Impide que gente camine descalza. Hace mucho daño. Mucho daño.

Dung me explicó que integraba un comité llamado “Por la libertad del pie” Lo habían formado sectores de la oposición al comisario Venancio, muchos de los cuales eran miembros de las agrupaciones locales de Barefooters. Se reunían una vez por semana.

—Dicen en mi país que si se quiere que la gente adopte un hábito, se lo debe prohibir. Antes del comisario nadie prestaba atención a los pies. Cuando exigió cubrirlos, lo único que hizo fue que haya más y más gente descalza —sentenció mi vecino.

Habían dado las cuatro. No tenía conmigo el celular, y temí que Marcela despertara sin encontrarme. Terminé el té y me dispuse a marchar.

―Quizás no me expresé bien cuando hablé de su esposa ―Dung volvió a disculparse ―Quizá usted se vaya con la idea de que la situación es desesperada, pero no es así. Tengo algo que puede limpiar los colgajos de la muerte que hay en la red de la señora. ¿Acepta recibirlo?

―Se lo voy a agradecer, señor Dung.

Me pidió que esperara, bajó otra vez al sótano y regresó con una botella de plástico llena de líquido trasparente. En el pico tenía un pulverizador.

―Ella debe frotar los pies con esto. Hacerlo durante un largo tiempo hasta que los colgajos negros se hayan marchado. Sé que ahora no puede caminar sin zapatos para saberlo, pero usted notará cuando todo sea mejor.

―¿Debo decir a Marcela lo de la muerte en su red?

Dung negó con la cabeza

―No es bueno decir. Los tonos del dragón señalan que es impresionable y eso puede hacerle mal.

—Entonces debo ser yo quien rocíe sus pies, pero ¿cómo puedo hacerlo sin que lo sepa?

—La red me dice que ella tiene un sueño muy pesado.

—Eso es cierto.

—Bastará con que usted frote con el líquido mientras ella duerme. También sé por su dragón, que no poder caminar descalza es algo muy doloroso Muy doloroso. Más de lo que usted supone.

Cuando regresé, Marcela había despertado y seguía en la cama. Me saludó con un gesto vago. Tez pálida y ojos mate: la depresión volvía a avanzar. Al preguntar cómo estaba, movió la mano en un gesto de desesperanza y como era su costumbre, respondió con una frase cursi.

La muerte me ha dejado vivir, pero ha robado mi vida como un miserable ladrón al impedirme caminar descalza.

Se echó a llorar y la consolé hasta que llegó la noche.

 

Ricardo Iribarren

SAFE CREATIVE

03 El Hombre Descalzo – El Anciano y la MuerteCódigo: 1403140358199
Fecha 14-mar-2014 15:46 UTC
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(Relato) El Hombre Descalzo, Marcela y la Muerte. Por Ricardo Iribarren

Narración 2ª

Anteojos espejados, pies descalzos y falda hindú; Sandra, la profetisa, había visitado a Marcela. Sobre la planta izquierda de mi novia,un par de líneas verticales unidas en falsa escuadra  insinuaban un techo a dos aguas. El diseño se completaba con una mancha oscura  de contornos precisos, excéntrica a la figura. Erick Mackenzie, un antiguo experto  en Podomancia, la llamaba: “Ángel Errático que vuela en torno a la Catedral”. Aún cuando pertenecieran a escuelas contrapuestas, los estudiosos dedicados a adivinar el futuro por el examen de los pies, acordaban que aquellas líneas eran la señal segura de la muerte.

Sandra, presentándose como una embajadora de la parca, auguró con tono formal el fin de Marcela.  Pasados cuarenta y cinco días, volvería a ejecutar el vaticinio.

En las semanas que siguieron a la visita, mi novia cayó en un mutismo doloroso. Dormía mal, despertaba ojerosa, cansada, y permanecía ausente  durante todo el día. A través de la ventana que daba al oeste, miraba el horizonte y llegué a contar una hora y media de inmovilidad. Por las noches, el sueño era demasiado profundo. A veces debía inclinarme sobre ella para asegurarme que respirara.

Trataba de alentarla preparando sus comidas preferidas, invitándola a que camináramos descalzos por el parque o a cenar en alguno de los restaurantes vegetarianos de la autopista del sur. Con el paso de las semanas, el ánimo de mi novia   fue mejorando. En la mañana de la víspera de la segunda visita de Sandra, despertó antes que yo. Al abrir los ojos, la escuché tararear una canción mientras trasteaba en la cocina.  Cuando me levanté, comprobé que   se había soltado los cabellos. En el pasado mes y medio, los había sujetado con un grueso rodete cerca de la nuca.  Ese día también cambió  las prendas habituales de color pastel por una blusa roja y pantalones amarillos. En el segundo dedo del pie izquierdo, lucía un anillo con una piedra verde. En mi opinión, era una fantasía, pero ella insistía en que se trataba de una esmeralda traída de Bogotá.

Preparó panqueques con miel. Mientras desayunábamos, encendió la televisión y remedó el tono solemne de un locutor que  presentaba un programa religioso. Reí con ella, aliviado ante el imprevisto buen ánimo. Después del desayuno, nos sentamos en las reposeras amarillas del balcón. Mullidas y suaves, incluían mosquiteros y eran ideales para descansar en los atardeceres de verano.

—    Cuando faltaba poco para la fecha en que Sandra debía llevarme, estuve por irme de la ciudad — comenté —  Pensé que de ese modo podría desorientarla. Si representa la muerte, escapar no tendría sentido, pero si no es la muerte… Dime, ¿quieres que Sandra te encuentre o prefieres que  te busque?

Marcela me miró con sorpresa.

—    Tienes razón. Si nos vamos y no ocurre nada, sería una forma de demostrar que ella es un fraude, una cruel mentira.

Ambos éramos adultos instruidos; mi carrera   exigía la observación, el cálculo, la exactitud. No tenía mucha lógica que admitiéramos sin ningún análisis el carácter sobrenatural de la profetisa. Quedaría por explicar la aparición súbita en lugares cerrados. Reconocimos que nunca investigamos la posibilidad de que fuera una sicótica astuta, capaz de conseguir de alguna forma copias de las llaves.

Pensativa, Marcela escuchó mis argumentos mientras se balanceaba en la reposera cepillando los cabellos. Uno de sus pies estaba apoyado sobre mi ingle; además del anillo con la supuesta esmeralda, tenía las uñas pintadas de celeste y lucía una tobillera roja de gruesas cuentas.

—    ¿Estás de acuerdo en que vayamos mañana a casa de tu madre? — pregunté por último. Ella lo pensó unos minutos y contestó que sí.

Mi automóvil tenía un problema en el circuito eléctrico. Podía conducir distancias cortas, pero la falla aumentaría al salir a la carretera. El día anterior, el mecánico aseguró que no podría revisarlo hasta la semana siguiente. Si bien sabía cómo cambiar el repuesto, no me animaba a hacerlo.  Al intentarlo un año atrás, el vehículo no arrancó por varios días.

Viajaríamos en autobús. El pueblo de la madre de Marcela quedaba a cuatro horas. Busqué los horarios en Internet. No había cupo para el resto del día y  el próximo coche habilitado, partiría a las ocho de la mañana del día siguiente. Debíamos preparar las maletas en la noche y despertarnos a las seis. Marcela llamó a doña Hilaria, su madre, y anunció nuestra llegada. Escuché al otro lado de la línea el tono de alegría de la anciana. Prepararía canelones de verdura para celebrar la visita.

El resto del día lo pensé mejor y concluí que refugiarnos en el pueblo no sería muy eficaz.  Para anunciar el augurio, Sandra llegó en forma imprevista a la casa de doña Hilaria. Golpeó la puerta y cuando la atendieron, alegó que era una antigua amiga de Marcela y pidió hablar a solas con ella.

―Podríamos alojarnos en un hotel alejado, un destino al que Sandra nunca haya ido y desorientarla por completo —sugerí. Mi novia no estuvo de acuerdo.

―Junto a mi madre me siento protegida. Ella ha sido el origen de mi vida y puede convertirse en una barrera infranqueable contra la muerte.

En la noche  hicimos el amor y Marcela reaccionó con la fogosidad de las primeras épocas. En el tercer orgasmo, volvió a levantar el cuello y a cantar como el ave de Oriente a la que mi vecino llamaba Nehchimán.

A la mañana siguiente, antes de salir, coloqué  candados nuevos en las puertas de la casa. El resto de los herrajes también eran recientes. Sólo nosotros teníamos las llaves originales y las copias. Desayunamos un par de huevos con vegetales y marchamos al terminal de buses. Era jueves y las vías estaban despejadas. La estación funcionaba en un edificio antiguo, cubierto por tres cúpulas redondas  que la hacían parecer una tortuga gigantesca. Dejé el automóvil en el estacionamiento y buscamos los andenes. Los vehículos mostraban sonrientes rostros del comisario Venancio, acompañados por consignas de la campaña política: Una vida sólo es digna si se conservan las buenas costumbres; La higiene es la base del tejido social, o Soldados bien calzados ganan una guerra.

El autobús en que debíamos viajar, tenía en su frente una de aquellas imágenes con la sonrisa metálica del candidato. A su lado, lo que era el símbolo gráfico de la campaña: un par de pies descalzos, inscriptos en un círculo y cruzados por una línea transversal. Antes de despachar las maletas,   el conductor nos detuvo. Era un hombre corpulento, de largos bigotes y manos gruesas.

—No puede ingresar sin zapatos al autobús —El tono era amable, pero me miraba con asco —Sólo aceptamos personas calzadas —repitió —Cumplimos con el reglamento de trasporte.

Alegué que yo conocía dicho reglamento; que en ninguna parte exigía que los pasajeros subieran calzados a los buses. El hombre negó con la cabeza.

—    En este autobús no puede subir. Le sugiero que averigüe por si lo aceptan en otro.

Era la hora de partir. El conductor nos dio la espalda, cerró la puerta y se marchó. El pasaje era para esa hora y en aquella unidad. Si comprábamos otro ticket,  debíamos esperar hasta las tres de la tarde, con la incertidumbre de poder viajar.

Buscamos la gerencia de la compañía. Allí nos atendió una aburrida empleada. Con tono enérgico pedí hablar con el responsable y unos minutos después nos hizo pasar a una oficina.  Nos esperaba un hombre calvo, delgado, con   anteojos pequeños.

—    ¡Esto es inadmisible! —dije sin saludar —El conductor no me permitió subir al autobús por estar descalzo, cuando no hay ninguna reglamentación que lo estipule…

Me extendí sobre mis derechos. El hombre me escuchó con una sonrisa y un gesto de paciencia. Esperó que terminara antes de hablar.

—    Entiendo lo que dice y en parte   tiene  razón, pero debe saber que los conductores pueden rechazar a un pasajero sin dar cuentas de la decisión. Es un artículo de la ley de transporte — me alcanzó un ejemplar donde el parágrafo estaba subrayado—  Le repito que su afirmación es cierta: no hay una disposición precisa que impida subir a una persona descalza, pero los chóferes están protegido por esta sutileza de la ley que les otorga potestades casi ilimitadas. Es una situación discutible y puede interpretarse como discriminación. En ese caso, le sugiero que inicie una acción legal, aunque con eso no va a solucionar el problema inmediato.

—¡Admite entonces que es un atropello!. Están restringiendo mi derecho constitucional de viajar…

―Puedo prestarle un par de chanclas. Con eso bastará para que le permitan subir a una unidad. Una vez arriba, podrá quitarse el calzado sin que nadie lo note. Desde aquí puedo transferir el ticket al próximo servicio.

—¡Me niego en forma terminante! Sepa que mi actitud no está inspirada en un capricho o una moda. Estar descalzo es una profunda convicción a la que no voy a abandonar para cumplir con una medida discriminadora…

No era sincero. En el fondo, sabía que el gerente estaba en lo cierto. Estar descalzo no era una cuestión de principios como yo lo planteaba y en otras épocas, frente a una situación similar, habría accedido a usar zapatos. Si no lo hacía, era por la amenaza de Sandra. Un temor atávico me impedía calzarme, pero no podía explicárselo al hombre. Además, ya estaba embarcado en un discurso de protesta y era difícil detenerlo.

—… en la década del treinta en Alemania, un grupo minúsculo señaló a quienes practicaban una religión. Les achacaron todos los males de la sociedad. Entonces fueron los judíos. Ahora somos los descalzos. En uno y otro caso, la crueldad y el odio son los que ganan…

Marcela me apretó el brazo para indicarme que ya estaba bien, que debíamos irnos. Salimos del despacho y nos sentamos en uno de los bancos de la estación Era media mañana y de un bus que llegara del norte, bajaron cantidad de pasajeros humildes, mal vestidos en busca de trabajo.

―Voy a calzarme —afirmé.

—    ¡No quiero que lo hagas! — la expresión de mi novia era firme e implorante. —Cambié de idea. Creo en Sandra, estoy convencida de que ella es la muerte. Si llegaras a calzarte, vendría por ti y no habría remedio. Ya es bastante con que lo haga conmigo. No creas que tengo miedo al viaje sin retorno.

―Podrías ir sola a casa de tu madre —sugerí

―¿Enfrentarla sola? Ni pensarlo. No podría hacerlo. No quiero ser dramática, pero en estos días no me derrumbé como un castillo de naipes porque estabas a mi lado. Todo esto me fatiga. Volvamos a casa y tratemos de dialogar con ella si es que aparece.

Llegamos pasadas las diez de la mañana. Bajamos las maletas y antes de entrar revisé los herrajes. Estaban intactos y en el interior  no había nadie.

Comimos una ensalada de cangrejos que conserváramos en el refrigerador. Marcela continuaba calzada.

―¿No te quitas las botas? — pregunté. Lo que podíamos concluir de mi experiencia, era que la planta desnuda sobre la tierra había hecho retroceder a la muerte.

―He decidido seguir calzada —respondió Marcela. Me mostró una correa   en la parte superior de la bota que conectaba   a una argolla. La levantó exhibiendo la suela y al jalar del tiento, la base del calzado se corrió. Estaba sin medias y pude ver la planta desnuda. Al soltar la pretina, la suela volvió a la posición inicial.

―Si Sandra exige que esté descalza lo puedo controlar desde la bota; si exige que esté calzada, hago lo contrario.

La miré incrédulo.

―Marcela, en mi caso Sandra no preguntó nada. Se limitó a mirarme y a producir cierto efecto en mi cuerpo. Al terminar me dijo que si alguna vez me calzaba, regresaría para llevarme. En ningún momento me permitió escoger.

Marcela me escuchó con la cabeza baja y asintiendo, pero decidió continuar con las botas puestas, alegando que por el momento, el calzado le daba seguridad.

Aquella tarde, mi novia buscó la guitarra y entonó algunas canciones. Era la primera vez que lo hacía desde la aparición de la profetisa.  Admiradora de la cultura de los sesenta, interpretó los primeros temas de los Beatles, seguidos de algunos temas de Georges Brassens.

Después de comer nos recostamos y Marcela dormitó.  Boca arriba, me dediqué a contemplar las vigas durante un largo rato. De roble antiguo, se conservaban desde la construcción de la casa y mantenían el azul original con que mi abuelo las pintara. En momentos de preocupación, solían ayudar a concentrarme.

Hubiera preferido que Sandra anticipara la hora de su presentación, como lo hiciera en mi cita. Durante un rato estuve atento al ruido de la calle. A esa hora sólo se escuchaba de tanto en tanto, el motor de un automóvil.  Escuché el rechinar de las maderas del techo por los cambios de temperatura y el bramido apagado del dragón de humo en el fondo del piso de la cocina. Con la cabeza sobre mi pecho, Marcela roncaba con suavidad. Me relajé y dormité. Entre sueños la escuché levantarse, caminar a la sala y encender el televisor. Atravesaron mi modorra las voces desafinadas de un concurso de canciones. Al rato, mejoraron   hasta convertir el canto en un hermoso coro.  Me pareció que Marcela los acompañaba con la guitarra.

De pronto mi novia me sacudió para despertarme. La luz de la mesa de noche estaba encendida y por la ventana distinguí el resplandor del atardecer.  Arrodillada junto al lecho, Marcela me miró con ojos preocupados.

―Sandra está aquí —Me incorporé con rapidez.

―¡Está aquí! —repetí tratando de despertarme. Seguí a mi novia que continuaba con las botas puestas. Llegamos a la sala. Los ventanales que daban al balcón, mostraban un cielo rojo con lejanas líneas amarillas y granates. Un enorme boquete estaba abierto en la pared del sur. Me pareció normal que Sandra hubiera entrado por allí. En los bordes del agujero había multitud de rosas negras, lo que consideré un detalle demasiado evidente. Si Sandra era la muerte, no necesitaba reafirmarlo con esa cursilería. Nubes pequeñas y oscuras   flotaban junto a los bordes del hueco y se unían entre sí,  formando un extraño tejido. La profetisa estaba sentada en una de las mecedoras del balcón, donde aquella mañana disfrutáramos del sol con Marcela. Permanecía en las sombras.   Entonó una canción a capella. Era la voz que escuchara en sueños. La música parecía flamenco, aunque con tonos arcaicos. El lenguaje era desconocido. Se detuvo de pronto. Encendí una de las lámparas, pero la figura   continuó en la oscuridad. Volvió a cantar, levantando esta vez una de las manos. En la palma brillaba una luz naranja. Advertí que era un agujero redondo, preciso que mostraba  los reflejos del cielo

La profetisa se incorporó. Tomé a Marcela del brazo, intentando protegerla. Desde Sandra soplaron   ráfagas   cálidas y frías y una sensación contundente llenó la habitación. Supe que nuestras palabras, nuestros gestos,  eran los últimos. A partir de ese momento, todo cambiaría.

La visitante avanzó hacia mi novia con la mano levantada. Al atravesarla, la luz del crepúsculo se licuaba y caía al piso como goterones naranjas y brillantes. La palma descendió despacio sobre la cabeza de Marcela. Cumpliría con el fin que anticiparan la catedral y el ángel dibujados en su pie. Abracé a mi novia y la conduje al fondo de la habitación. Con palabras inconexas,   rogué que no se fuera. Mis frases eran ingenuas, no tenían sentido ni proporción frente a los gestos seguros e implacables de Sandra. Me sentí como un mosquito tratando de detener un alud.

Estoy en la habitación, y a la vez siento que me precipito desesperado en el agujero de la pared; que recorro largos pasillos oscuros; que llamo a mi novia con voz lastimera; de pronto regreso a la ceremonia silenciosa en que la profetisa coloca la mano sobre la cabeza de Marcela y murmura conjuros

La luz de la palma de Sandra recorrió el cuerpo de Marcela y se detuvo al llegar a las botas. El diseño de la araña sobre los empeines brilló y se agitó. La profetisa repitió el gesto y por tercera vez volvió a cantar. Marcela estaba tensa.   Miraba a Sandra como fascinada y sonreía con los labios curvados. Volví a abrazarla; a suplicar

―No te la lleves —repetí —no te la lleves, por favor. Haré lo que me pidas. Lo que me pidas  —Sandra seguía en sombras, sin decir una palabra. Los gestos eran lentos, firmes.

Sopla la brisa; vestida de blanco, Marcela flota en oscuros y amplios pantanos iluminados por la luz del menguante; me inclino y acaricio el rostro; está fría, inmóvil, con los ojos abiertos; al inclinarme para abrazarla, vuelvo al calor de la habitación y siento la presión del cuerpo tibio; casi enseguida la llamo a gritos, convencido de su muerte; árboles oscuros; luna helada; al doblar un recodo, regreso otra vez a la alcoba; Marcela sigue viva y la figura de Sandra continúa en sombras.

—    No poder llevarte — la voz imprevista de la profetisa, devolvió las cosas a su lugar. Me pareció escuchar el chasquido de algo que se cerrara y sentí al espacio acomodándose en las cuatro paredes. Las sombras habían abandonado a Sandra. Recién entonces advertí que lucía una falda violeta con flores rojas y una blusa blanca. Sentí alivio al notar que en sus manos ya no estaba el agujero luminoso.

— Mientras cubras tus pies no poder llevarte. Si alguna vez te descalzas, y sé que lo harás, vendrás conmigo.

Después caminó hacia el agujero de la pared. Las rosas negras se marchitaron de pronto. Atravesó el muro y desapareció. Con Marcela nos abrazamos. Mi novia sollozaba y reía. Estábamos lejos del parque y eran las tres de la mañana, pero escuchamos el pregón del hombre que ofrecía nieve azucarada a los niños. 

 

 

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El Hombre y Descalzo- Marcela y la MuerteCódigo: 1403110340537
Fecha 11-mar-2014 17:06 UTC
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(RELATO) EL HOMBRE DESCALZO Y LA NUEVA VISITA DE LA MUERTE. Por Ricardo Iribarren

angel-de-la-muerte Narración 1ª

Al cumplirse un mes de la mudanza de Marcela a mi casa, el Dragón de Humo volvió a atacar. Habíamos terminado el almuerzo y yo me disponía a iniciar mi lectura de la tarde, cuando escuchamos trepidar el piso de la cocina. Fuimos hacia allí y al sentir el roce de los pies descalzos, el rugido de la criatura hizo vibrar paredes y ventanas. Abracé a Marcela, nos besamos y caímos sobre las cimbreantes baldosas, desnudándonos a los manotazos, mientras la arcaica bestia bramaba desde las profundidades.

Sobre los mosaicos templados por el sol que atravesaba la celosía, mi novia tuvo por primera vez orgasmos múltiples. En cada clímax, estiraba el cuello y repetía un extraño canto: dos notas breves y una larga. El grito erótico se mezcló a los bramidos del dragón. Un momento antes de eyacular, la aparté   para observar el rostro;  labios   curvados en una tensa expresión de alegría y  ojos que brillaban con luz profunda. Al terminar, quedamos exhaustos, abrazados sobre el piso.  Los gruñidos se alejaron. Luego de recibir la ofrenda sexual, la bestia regresó  a las profundidades; allí descansaría otros tres meses y sólo al sentir los pies desnudos de Marcela, emitiría lejanos y amenazantes rumores desde el fondo de la tierra.

Ella se durmió sobre las baldosas tibias y al buscar una frazada para arroparla, me asomé a la ventana de la sala que daba a la calle. En la ochava de enfrente estaba Sandra; parada, inmóvil. Día tras día se instalaba en el mismo lugar; en las tardes, cuando Marcela salía a atender sus pacientes, la observaba desde la ventana   con un par de binoculares de teatro que  pertenecieran a mi abuelo. Durante horas, la profetisa vigilaba mi casa a través de los anteojos espejados; sólo de vez en cuando compraba una paleta helada en el kiosco de la esquina y la chupaba  largamente. Sueltos los negros cabellos, alternaba largas túnicas indias, en tonos que iban del dorado al azul y casi siempre estaba descalza. A pesar de su apariencia extraña, la gente pasaba junto a ella sin mirarla. Sólo algunos niños pequeños la señalaban y decían algo a sus padres.

Siempre recordaba las palabras que me dijera al reclamar el mandato de la muerte: …no poder llevarlo mientras esté descalzoAlguna vez usará calzado. Será inevitable. La sentencia tenía lógica; en nuestra sociedad los zapatos son una de las raíces de la cultura y vivir con los pies desnudos podría ser para muchos una marginación intolerable.

2

Un año atrás, un anciano vietnamita de nombre Dung, compró la vivienda lindera a mi casa. En el jardín  sembró hortalizas e hierbas aromáticas. Cada tanto, me obsequiaba zapallo, tomates, espinaca y variedades de frutas; todos frescos y orgánicos. Marcela, partidaria de la comida natural y de las dietas vegetarianas, recibía alborozada esos presentes.

Dung era pequeño, moreno, de ojos achinados y una sonrisa constante. Originario de Vietnam, hablaba despacio y con mucha corrección, a pesar del leve acento. Alguna vez comentó que había cumplido noventa y cinco años. Como nosotros, solía caminar descalzo por la calle y al cruzarnos en el parque, señalaba nuestros pies desnudos con sonrisas y gestos de aprobación.

Una mañana se presentó con una caja misteriosa, me pidió pasar y la abrió con cuidado. Contenía cortezas de árbol cortadas en trozos pequeños o pulverizados, mezclados con grillos muertos y otros insectos desconocidos. Una pasta marrón que servía de base, despedía un fuerte y desagradable olor. El anciano habló con tono firme.

— Esto es para que coma la Nhenchimán. Hay gente que le dirá: dele esto, dele aquello. No haga caso. No puede alimentarla con otra cosa. Podría ser peligroso.

Con un gesto, indiqué que no comprendía.

— Usted tiene una Nhenchimán en la casa. Es parecida a la cigüeña. En la primavera emigra de China al Tibet. Durante las noches y a veces en las tardes la escucho aquí, en su casa.

Mientras aseguraba  que estaba equivocado, que no criaba aves,   comprendí que se refería a Marcela y al canto del orgasmo. No podía explicar al anciano aquel detalle íntimo e insistí que se trataba de un error. Agregué que durante las noches yo también escuchaba   extraños cantos de pájaros en las inmediaciones. Mi vecino me miró desconcertado, pidió disculpas y requirió permiso para colocar en el techo la caja con el alimento. Asentí y lo vi trepar con una habilidad que no era propia de sus años. A la mañana siguiente se presentó a retirarla y comprobó que la comida estaba intacta.

— No sé que ocurre con la Nhenchimán — comentó — debe estar desorientada. Tendré que ocuparme de ella.

La primavera llegó con días fríos. Dung esperaba en el techo hasta bien avanzada la noche y desde el crepúsculo podía ver los pies desnudos del anciano a través de la ventana del desván.   Una tarde lo encontré en una tienda de la zona. Había comprado una frazada.

—    Es por la Nhenchimán — explicó — Preparé café y la esperaré durante tres noches. Cuando la tenga a mi lado, le diré algunas frases secretas en el idioma de mi tierra. Debe sentirse sola, volando desde tan lejos.

Se marchó alegre, silbando una tonada.

Aquella noche escuché ruidos en el techo. El anciano cumplía su palabra; cubierto por la manta, se había apostado a esperar   esa ave imaginaria, cuyo original retozaría en los cielos de Asia.

Marcela no supo lo ocurrido y preferí no mencionarlo.  Pasado el momento del placer, aquel grito incontenible solía avergonzarla y temí que se sintiera mal ante la confusión de Dung. Al día siguiente, cuando  se marchó a atender a los pacientes de pedimancia, me presenté en casa de mi vecino que me recibió con la sonrisa habitual. Había recogido el cabello en una coleta y lucía una bata con el diseño de un dragón amarillo en tonos brillantes.  Como de costumbre, estaba descalzo; los pies eran gruesos, de piel   morena. La uña del pulgar derecho había crecido demasiado y se plegaba sobre sí misma, formando una espiral.

—    Mi vestimenta puede parecerle extraña, pero acompaña a las estaciones. El color amarillo, según la sabiduría de mis antepasados, corresponde  la primavera. Cuando llegue el verano, verá al dragón volverse morado. ¿Quiere beber un té de jengibre aderezado con hierbas chinas?

Asentí y mientras Dung preparaba el brebaje, observé la sala: era pequeña, casi sin adornos. En las paredes sólo se veía un diseño del Tao en blanco y negro  .  Cuando el anciano regresó, decidí entrar de lleno en el tema.

— Señor Dung, quiero hablar sobre el ave  vietnamita.

— No se preocupe por la Nhenchimán — repuso — esta noche me quedaré en el techo y sé que vendrá sin falta.

—    No debe quedarse en el techo. Puede enfermar o sufrir un accidente. Yo no he sido sincero con usted — Sentí que me ruborizaba — El canto que usted escuchó no es de ningún ave. En el momento de hacer el amor, mi esposa levanta el cuello y emite esos sonidos.

El anciano  no pareció sorprenderse. Alzó la taza de té como si brindara.

— ¿Ha observado si en esos momentos hay una luz dentro de sus ojos?

— Sí — reconocí — es una luz muy extraña.

— La luz y el canto de la Nhenchimán, tres notas cortas y una larga. Dice la gente que si están ambas cosas, el ave ha llegado aunque no veamos el cuerpo. Su esposa es muy especial, pero no puedo dar más explicaciones; no es posible traducir muchas palabras del idioma de mi pueblo. Debe cuidarla mucho. Observo que caminan descalzos. Eso es bueno. Sigan haciéndolo.

 

3

Eran las cinco y Marcela, que acababa de regresar de sus sesiones de pedimancia, se sentó en el sillón de la sala, cubrió la cara con las manos y empezó a sacudirse. Era tanta la agitación que la pulsera con cascabeles que lucía en el tobillo derecho, sonó con tonos desesperados. No contestó  al preguntarle qué ocurría; cuando me acerqué, advertí que lloraba con angustia. Intenté consolarla, pero fue inútil. Los sollozos llegaban uno tras otro y parecían ahogarla. Aquella mañana  había comprado chocolates; hicimos el amor cerca del mediodía, y en el momento del orgasmo había vuelto a cantar como la Nhenchimán. Nada parecía justificar aquel llanto.

—    Algo te ha ocurrido en la consulta. Te pido que me lo digas.

Los sollozos no la dejaban hablar y se limitó a negar con la cabeza. Me quedé a su lado y luego de veinte minutos, se calmó.

—    No ha ocurrido nada especial — afirmó secándose las lágrimas — Cuando me veas así, debes esperar a que me tranquilice. No te lo había dicho, pero en la adolescencia me diagnosticaron depresión endógena. Eso significa que la angustia y el dolor llegan de pronto como un estornudo y debo esperar a que pasen.

La tristeza duró toda la tarde y por algunas horas permaneció inmóvil y en silencio observando el horizonte a través de la ventana que daba al sur. Recién al otro día despertó hablando y riendo como siempre.

En las siguientes semanas volvió a tener otro de aquellos accesos. De acuerdo con su pedido, no intervine, y permanecí a su lado hasta que el llanto se calmara.

Aquellas reacciones confirmaban las emociones frágiles de mi novia. No era prudente informarle acerca de  la profetisa que vigilaba la casa desde la ochava. Varios meses atrás, la misteriosa entrada de Sandra a su consultorio y el augurio de mi muerte la habían desequilibrado. Antes de cumplirse la fecha para mi cita, me dejó solo y buscó refugio en casa de su madre.

Fuera de estos momentos súbitos de aflicción, Marcela era una excelente compañera.   Con frecuencia decidíamos comer en uno de los restaurantes vegetarianos de la alejada autopista del sur, asistíamos a conferencias relacionadas con la “New Age”,  o nos internábamos descalzos en la zona abandonada del parque, donde crecía una vegetación exuberante y agreste por el paso del tiempo y la falta de cuidados.

Concentrado en esta suerte de constante luna de miel, empecé a olvidar a Sandra. Dejé de observarla durante las tardes y si bien cumplía la consigna de permanecer descalzo, la ignoraba durante días enteros. Lo cotidiano fue tragando su figura terrible  y poco a poco pasó a formar parte del paisaje diario, como los transeúntes, los perros vagabundos o las lluvias ocasionales de la primavera.

 

4

La casa de Marcela quedaba a diez minutos de marcha de la mía, y todas las tardes mi novia debía acudir a ella para atender a los clientes: un grupo de ancianos que la consultaban desde algunos años.  El consultorio estaba equipado con paños especiales, amuletos, punzones de madera y agujas para perforar la piel superficial de las plantas. Poco a poco, mi novia había comprado los veinticinco elementos básicos de Pedimancia y los diez opcionales. Al iniciar nuestra relación, los pacientes   aumentaron. Las profecías eran cada vez más exactas y muchos ancianos mejoraban  de dolencias crónicas como la artritis, la  presión arterial elevada y la diabetes. Los suaves masajes en los pies, las interpretaciones de las líneas y los detalles de las plantas, así como las mezclas de hierbas que  prescribía, cobraron fama de milagrosas.  Un grupo de vecinos del pueblo cercano donde vivía la madre de Marcela,   la convocó para recibir terapias en el salón de una escuela.   Partiría en la mañana, respondería a las consultas   y regresaría cerca de la noche.  Yo no podría acompañarla; en la tarde mis amigos, compañeros del liceo,  habían programado una de nuestras periódicas reuniones.

El día se presentó ventoso. Nos despertamos temprano y llevé a Marcela hasta la estación. Unos minutos antes de las tres, me dirigí a la reunión.

Con el grupo nos veíamos una vez por mes desde hacía treinta años.     Yo era el único que había logrado cumplir mis deseos, aunque no trabajara como ingeniero ni ganara como ellos; mi vivienda, mi automóvil y mi nivel de vida, no eran de los mejores, pero tampoco me sometía al estrés de un trabajo. Hacía lo que deseaba, saltando muchas reglas de la sociedad y alguna vez llegaron a confesar que mi  hábito de andar descalzo, representaban la libertad que ellos habían perdido

A pesar del carácter amigable de todos,   siempre ponían un pretexto para no encontrarnos en algún lugar público, lo que era frecuente en nuestra juventud.  Todos sabían que acudiría descalzo a la reunión, y evitaban mostrarse conmigo en los cafés distinguidos de la Avenida Watson o en las bodegas de moda  en  Jefferson y Cheroquee. En la intimidad de alguna de su  lujosas  casas, tan sólo mis amigos y los sirvientes podrían apreciar mis curtidos pies en toda su desnudez.

Aquella tarde, luego de comentar lo de siempre sobre la política del país,   el funcionamiento de las empresas y la situación de sus familias, mis amigos me indagaron acerca  de Marcela. Les fascinaba que yo hubiera superado   los cincuenta y que ella tuviera tan sólo veinticinco. Al terminar, brindaron por el éxito de la relación.

 

7

Anochecía y decidí recorrer a pie las pocas cuadras que me separaban de mi casa. La brisa de primavera arrastraba semillas de diente de león y disfrutaba al pisarlas con los pies desnudos.  Me gustaba sorprender a Marcela con comidas imprevistas y aquella noche pensé en cocinar  repollos de Bruselas con salsa Bechamel: una de las exquisiteces vegetarianas preferidas de mi novia.

Al llegar a pocos metros de mi casa, vi luz a través de la puerta vidriera.  Pensé que mi novia se había adelantado, pero el viento sacudía la hoja sin llave. El volumen de la música  llegaba hasta la calle y aquello no era una costumbre de Marcela. Inspiré tres veces llenando de aire mis pulmones. En una época había practicado karate y aquella era  la forma de prepararme para un ataque. En silencio, llegué hasta la puerta y miré a través de los vidrios. En la cocina vi la silueta del intruso, inmóvil y sentado de perfil. De pronto, la luz rebotó sobre los lentes espejados. Reconocí a Sandra. Había entrado a pesar de la llave y el seguro. Sonaba el Introito de la colección de cantos gregorianos.   Sentí un sabor ácido, a metal. Hubiera deseado  encontrarme con un ladrón. El coro religioso era el tema la película de Bergman, El Séptimo Sello, donde un caballero cruzado jugaba una partida de ajedrez con la muerte.

—    Pasar, pasar, por favor. Sé que está ahí.

Varios metros me separaban de Sandra, pero la voz resonó a mi lado. Caminé hasta la cocina y me detuve frente a ella. Sentada, con las piernas cruzadas, vestía una túnica celeste,   y estaba descalza. La pintura de las uñas de los pies era verde, con   diseños de flores.   Ella volvió a hablar con aquel acento que nunca supe si era alemán o inglés.

—    Querer preguntar qué hago aquí pero no desea ser muy descortés, ya que no se puede tratar mal a la muerte. Entré porque necesitaba el baño. A veces soy la muerte. A veces soy una simple mujer que es visitada por ella. Eso me permitió vivir más que un humano normal. Si usted logra ser visitado por la vida o por la muerte, no se convertirá en inmortal, pero su vida se prolongará. Se prolongará…

Tomó un lápiz, escribió algo en una servilleta de papel y me la alcanzó. —

— Esta ser mi verdadera edad.

En el papel figuraba el número 3937. La miré con incredulidad.

— Tiene miedo que repita lo que hice en la Edad Media. Cuando el director Bergmann filmar El Séptimo Sello, basarse en un relato real. Yo jugar al ajedrez con un cruzado. La historia no habla de las relaciones íntimas que mantuvimos después. Suelo tenerlas cada quinientos años con un hombre que lo merezca.

Hubo un largo silencio. Sandra se adelantaba a mis pensamientos y sería inútil que dijera cualquier cosa.

—    No ser así — dijo de pronto

—    ¿Qué no es así?

—    Sé mucho de lo que piensa pero no puedo tener un control absoluto de usted. Acordarse que soy humana. Una mujer muy, muy vieja aunque no lo parezca. Hay una parte en el centro de usted que ser como una cuerda. Algo que está tenso y vibra con cualquier sonido. Eso no muere. Eso no está bajo mi control. Todos los humanos lo tienen, pero yo no. Ser visitada por la muerte hizo que se llevara eso hace tiempo. Hay un dragón de humo debajo de esta cocina que reacciona con los pies descalzos — ella golpeó el suelo con la planta — ya ve que conmigo no lo hace. Para ser visitada por la muerte, es necesario morir un poco.

La miré fijamente, procurando adivinar sus intenciones.

 

—    Sandra ¿Qué vino a buscar?

—    Quiero que me abrace.

—    ¿Qué la abrace?

—    Sólo que me abrace, no pensar en otra cosa. Eso para mí ser una relación íntima.

—    Pero si la abrazo podría llevarme.

—    Usted mismo decir que hay leyes que no puedo violar. . Si llegara a calzarse aunque fuera unos segundos, vendría conmigo. Si no lo hace vivirá .

—    ¿Hasta cuándo podría vivir?.

—    Si sigue descalzo, la muerte no llegaría nunca por usted, pero debería dejar de ser humano y transformarse en otra cosa. Para conservar la cuerda vibrante, elegir la soledad. No hay otro camino. Si recuerda lo que hablamos esta noche, encontrará en mis palabras varios trucos que  podrían hacerlo vivir para siempre. También servir para entender lo que hago. Ahora abráceme. Lo vuelvo a pedir.

No era prudente negarme. A pesar de haber entrado sin permiso, lo que ya parecía un hábito, el resto del comportamiento de Sandra era bastante racional. No sabía si aquello que “la visitaba” pudiera enloquecerla y hacer que su poder se dirigiera contra mí.   Siempre había temido a las arañas y a las serpientes por sus reacciones inesperadas, y en el interior de aquella mujer sentía un monstruo con las características de esos animales.   Ella se puso de pie, se acercó a mí y la abracé. Despedía un suave perfume a incienso y a naftalina. Pasaron los minutos y sentí que su cuerpo se aflojaba. Hundió el rostro debajo de mi clavícula. Las manos, apretaron mi cuello y mis hombros, como si quisieran impedir que huyera.   Mis labios rozaron su cuello. La piel era más suave de lo que había supuesto. Cuando ella apoyó sus plantas en mis empeines, advertí que recogía algo de mis pies. Sentí un suave mareo.

— No temer — murmuró junto a mi oído — no temer. Yo no hacer daño.

De pronto se apartó. La sensación de mareo aumentó. Sentí que me conducía al sofá de la sala, y caí en él. Creo que por unos minutos perdí el conocimiento y me despertó el suave perfume de Marcela.   Sandra estaba inmóvil frente a mí, sentada en el otro sillón y a pesar de la luz de la lámpara que caía sobre ella, la silueta estaba en sombras.

—    ¿Estás bien? ¿Cómo te sientes? —  Marcela acariciaba mi frente. Señalé a Sandra.

—    Ella… ella es la muerte   Es la que me recibió en tu casa cuando estabas de vacaciones. Nos vigila  desde la esquina; no te lo había dicho para que no te alteres.

—    Ya lo supe — respondió con tristeza—La conocí esta tarde en casa de mi madre.

Busqué a Sandra con la mirada. Había desaparecido.

—    Vino porque necesitaba el baño — mi explicación sonó ridícula. Iba a explicarle lo del abrazo, pero me interrumpí. Marcela sollozaba.

—    ¿Qué ocurre?

Levantó el pie desnudo. En la planta, cerca del arco había una mancha oscura y dos líneas que se unían en falsa escuadra. Conocía aquel diseño: era el que había profetizado mi propia muerte.

—    Dijo que vendrá por mí el veinticinco de junio.

Intenté consolarla, pero no supe qué decir. Luego de un rato me incorporé y me asomé a la ventana. El viento de la primavera había aumentado y la ochava de enfrente estaba desierta.

Ricardo Iribarren

 

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  4 El Hombre Descalzo y la Nueva Visita de la muerte Código: 1312209641700
Fecha 20-dic-2013 18:47 UTC
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