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CAZANDO ESTRELLAS por Raquel Viejobueno.

Cazando estrellas.

Salí al patio de luces para tender la ropa que, húmeda, se dejaba hacer. Miré arriba, un diminuto cuadrado azul blanquecino, era la única entrada de luz y aire. Mi vecina que ansiosa de diálogo, me oyó desde la cocina solitaria, abrió la puerta, y disimulando  no verme, fingió sorprenderse de mi presencia. No me extrañó, ya nada me extrañaba. Comenzó hablar, a contar y a decir, y yo, a escuchar, a callar a asentir. El diálogo no nacía y en ese aborto de comunicación, creí morir antes de haber estado en ese patio de luces. Olía a hambre, a manchas en la piel de los trabajadores, a corrupción en los delantales de los que cocinan para el pueblo, olía a desahucio, a penas y lágrimas que se secan en la piel, y se quedan como barro, como tatuajes de tiempo.

Continué tendiendo mi ropa, colocándola lo mejor posible, y mientras lo hacía me sentí peor que si hubiera estado en la más absoluta soledad.

El abandono social, la indiferencia por los olores que nos estrangulan y nos despojan del significado de ser humanos, me brotaban como un herpes por todo el cuerpo. Mi ropa, que se quemaba de rabia, era ya viejos harapos de un pasado que no quería recordar, y me vecina hablaba, a veces sonreía, decía y contaba, y yo escuchaba, miraba de reojo, callaba. El cuadrado azul pareció ser más pequeño, y el patio de luces más oscuro, y poco a poco cada ropa fue tornándose como figuras rocambolescas de personas olvidadas, vidas de cartón y existencias en alcantarillas. Sentí que era el lugar, ese era mi país y mi territorio, con los mismos olores, las mismas tristezas, y la melancolía de no encontrar diálogo. Mi vecina hablaba, se tocaba los cabellos y hacía que colocaba pequeños objetos, yo iba perdiendo mis identidades, y vi volar mis sueños, escapar entre los ojos mi infancia, y vi a mis vecinos mudos que colgaban en cuadros sus dramas.

Cada vez quedaba menos luz, menos aire, y mi ropa quedó expuesta a un futuro que no vislumbraba, lo único que pude creer, y mientras oía a mi vecina relatar y relatar, fue salir a cazar estrellas, para cosmos-universo-estrellasdejarlas al pie de la frontera de la vida que quería crear y compartir. Ese día salí a cazar estrellas y ya nunca regresé…

Raquel Viejobueno

NO ES CONVENIENTE SOÑAR CON LA REALIDAD. Por Víctor Donamaría

Origen sueños

 

Aquella nefasta mañana, como casi todas, entró en el VIP de la Calle Ortega y Gassset, esquina Velázquez, ni por lo más remoto podía imaginar que esta tonta, acostumbrada decisión, en esa determinada mañana, de tomar un café, en dicho lugar y en tan nefasto momento, iba a volver su vida del revés para los restos. Como si el tobogán en que se deslizaba su vida últimamente ¿Un año, dos? fuese hacia un fondo sin fin, y estuviese a punto de alcanzarlo.

La intervención del maldito esmarfone y del maldito café cuyo aroma percibía, también influyeron.

Degustaba el último sorbo de su café, en la barra, cuando percibió a su lado un teléfono móvil (no le gustaba la palabra móvil, pero se había impuesto, prefería digital pero…). Supuso que lo había dejado olvidado el hombre que instantes antes estaba junto a él, de aspecto ejecutivo, lo cogió, trato de alcanzar a su dueño antes de llegar a la puerta, pero no lo consiguió, le vio desaparecer entre la lluvia otoñal madrileña y la puerta de un taxi, hizo gestos pero no consiguió atraer la atención del apresurado propietario del moderno teléfono extraplano.

Guardó el artilugio distraídamente en el bolsillo de su abrigo y por esa distracción y del maldito café (que después de todo no era tan bueno y menos en un VIP), tuvo el fatal conocimiento de que su Albertina, la mujer que le juró amor eterno, mientras la eternidad durase, ya no le amaba y le era infiel.

Y todo en medio de la crisis y de las preferentes, ya dijo aquello de las desgracias que nunca venían solas.

El teléfono sonó en su bolsillo, cuando iba camino de la calle para coger el taxi que la había de llevar al Ministerio. Creyó que era el suyo, sin advertir que su música predeterminada no sonaba, era otra, parecida al Aleluya, (valiente estupidez pensaría más tarde). Contestó con un apagado “Diga”….

Una voz femenina, muy familiar, pero que muy familiar, le decía a un tal Luis Enrique:

“Te llamo solo para recordarte que según hemos acordado (¿Cuándo, se preguntaba tiempos después), estaría en el Aeropuerto de Barajas Terminal 2 Salidas a las 12, en el embarque de la Compañía BEA”.

También le decía (¿Por qué se encontró el teléfono se preguntaba más tarde?), que estaba impaciente por encontrase al fin con él, pues no aguantaba ni un segundo más seguir viviendo con ese necio de su marido, que no aguantaba su ética trasnochada, no aguantaba su dedicación al trabajo como un apostolado, su exagerada afición al cine, su espera interminable de la revolución pendiente que había de cambiar el mundo, y él era socialista, le ponía de los nervios su republicanismo a prueba de bomba, que no compaginabas con la importancia de su puesto, que no se comportara como le correspondía. No aguantaba su pose de intelectual, en resumen, ¡No aguantaba nada de el!

Por culpa del maldito teléfono y del café, tuvo la atroz certeza de que empezaba su calvario, pues SERIA IMPOSIBLE OLVIDARLA CON LO FACIL QUE FUE AMARLA.

Dio orden al taxi de dirigirse al aeropuerto de Barajas, con la esperanza de convencer a Albertina de que volviese con él, pero cuando llegaba a la altura de Ciudad Lineal, llegó a la conclusión que no lo conseguiría y lo que era peor, que llegaría tarde al Ministerio de Economía donde debía demostrar, que España tenía que aceptar el “mini rescate” que la UE proponía, debía demostrar que aquello de las preferentes y de los bonos convertibles, de las hipotecas basura, de las hipotecas con techo y sin él, nos había llevado a la ruina. Los escesos sin ton ni son, la desmesurada carrera hacia la nada, nos habia llevado a la ruina en la que nos encontrábamos. Albertina seria más feliz con ese Luis Enrique.

Le dijo al taxista que diese la vuelta y se encaminase al paseo de la Castellana 144.

Cuando se levantó, esa mañana, le costó trabajo, había tenido una mala noche, aquella pesadilla, no le dejó conciliar el sueño. ¡Con el día que le esperaba!

Entro en la cocina, donde Albertina terminaba de hacerle el zumo de naranja acostumbrado y terminaba de acicalarse, a toda prisa. Estaba guapa esa mañana.

-¿Qué te ha pasado esta noche?, menuda nochecita no parabas de moverte.

-He tenido una pesadilla de lo más raro, ya te explicare esta noche, (no sabía porque dijo lo siguiente) “_Si vienes esta noche”

-¡Estas muy raro, que cosas dices!, ¿Cómo no voy a estar?

-Mientras bebía el zumo, apoyo la mano en la mesa de la cocina y lo hizo encina de un teléfono móvil, al hacerlo presionó sin intención, la tecla que da acceso a la última llamada, miró el móvil, y vio la imagen del hombre que había a aparecido en su sueño con el nombre de Luis Enrique.

-Albertina su esposa, le preguntaba, mientras miraba en su bolso,: -¿Has visto por ahí mi teléfono móvil?

-Si toma, creo que es este, (le alargo el teléfono por encima de la mesa, mientras con el dedo pulgar pulsaba la tecla que hacía desaparecer la última llamada.

-¡Bueno cariño, hasta la noche y que te vaya bien en la reunión, espero que cuando vuelvas aun exista España,- dijo con un exceso de humor negro.

-Yo también espero que existan España y tu,( aunque esto último ella no lo oyó, o simuló no oírlo).

En el ascensor se miró las palmas de las manos, había visto una pelicula americana de Leonardo di Caprio, en la que decía un personaje experto en sueños, que a las personas con las que sueñas, nunca se les aprecian los dedos de las manos.

¡Maldita sea tenia los diez dedos!

 

2-10-2014

 

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ESTUDIOS LITERARIOS. DESHACIENDO NUDOS DE GEORGINA ROSADO ROSADO por Raquel Viejobueno

Deshaciendo Nudos.

De Georgina Rosado Rosado

Exquisita, es la palabra correcta para definir la lectura del último libro de Georgina Rosado Rosado (profesora- investigadora). El lector,  se adentrará en el conocimiento de la diversidad cultural, como es el caso de México, pero no sólo en su lectura  encontrará esta vertiente, sino  en el mensaje que es acunado a través de la literatura, juntando el ayer con el hoy. Podremos hallar  el reflejo social de muchas de las costumbres y hábitos de un mundo ya pasado, pero que aún, hoy en día, subyacen en nuestros momentos.

No tener memoria es estar anclado en el olvido perpetuo, en la extravagante y loca idea que el mundo comienza en mismo día que uno pisa la tierra. Muy lejos de la realidad, como Georgina expresa con ágil literatura, envuelta en giros emocionales, donde las vidas se cruzan, donde la muerte es protagonista importante, donde las leyes patriarcales hacen que la mujer sea un mero personaje de  supervivencia. Donde no pueden desempeñar, hacer, ser y llegar a puestos, situaciones e incluso contraer matrimonio con aquel que consideran su amor, por el siempre hecho de ser mujer, de no tener decisión, de no poder expresar y desarrollar. Todo esto, y más, mucho más se encuentra en esta narración de la autora, que de una forma sosegada, como si el dolor que narra hubiera ido convirtiéndose paulatinamente en perdón, en comprensión por aquellos que no supieron hacer. De este modo,  nos va brindando un final esperanzador, lleno de lucha, de sueños, de caminos donde hay que recorrer. Caminos repletos de libertades e igualdad. Sigue leyendo

“Excitante fitofilia”, Relato corto, por Walter Elías Álvarez Bocanegra

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¿Conocen al mudito?, preguntó José a sus sedientas plantas un día de fuerte sol. El Mudito como lo llaman cariñosamente los nobles habitantes de la comarca, o El Mudo, como lo llaman los que quieren demostrar superioridad frente a él. ¡Claro que lo conocen!, anduvo por aquí en sus tiempos mozos, ahora va para octogenario, o tal vez más, la higuera puede confirmarlo. Sigue calzando rústicas sandalias de jebe, sombrero viejo de paja, pantalón y camisa sobre parchados con trapos de diferentes colores. Antes se ganaba el pan ayudando a los campesinos en las tareas de labranza, y ahora sólo se sienta a la puerta de alguna casa y espera, hasta que alguien se dé cuenta de su presencia y le otorgue un poco de maíz tostado para calamar su hambre, ya que para la sed bebe directamente de los arroyos y acequias. Se sabe que tiene familiares que van bien por algún lugar de la costa, también los tiene en la comarca, pero son simplemente familiares, jamás supo cómo tener hijos, y así se quedó, no hay más como él por aquí. Resulta, mis queridísimas plantitas, que El Mudito jamás se quejó de dolor, dicen que cuando jovenzuelo se le veía trepando delgados árboles de eucalipto, los de la quebrada, que ahora están bastante gruesos. Escupía sobre sus manos y mutuamente las frotaba, cogía el árbol con ellas, una tras de otra, luego saltaba sobre él y se aferraba presionando los muslos, colocaba una mano más arriba de la otra, y luego la otra, y a la par los muslos los desplazaba rítmicamente, hasta que llegaba un momento en que ya no avanzaba más, sólo soltaba los muslos y los apretaba de nuevo contra el cilíndrico árbol, hasta quedar exhausto y pegado, árbol y hombre parecían un solo ser, finalmente El Mudito descendía feliz. Cuanto empecé a ir a la escuela, me di cuenta que siempre a la hora del recreo los alumnos de los grados superiores que entraban ya a la pubertad, trepaban los eucaliptos que circundaban el centro educativo, ante la mirada disimulada de los maestros, que seguramente recordaban su inocente infancia, mas cuando algún maestro era sorprendido mirando, se sonrojaba. Jamás lo supe por alumno alguno el placer que resultaba de tal disimilado deporte, lo supe por mí mismo cuando cursaba el cuarto grado, llegado el recreo corríamos cuesta abajo hasta los árboles, y a las ganadas a trepar, hasta quedar satisfechos. Sucedía que la acción trepadora producía un estímulo sexual y luego una erección para culminar en placer. Todos los infantes sentían el placer a su manera, aunque ninguno tenía el valor de comentarlo con nadie, se podía leer en la expresión de sus rostros, incluso en los mayorcitos se notaban secreciones en sus pantalones, y al sentirse descubiertos se sonrojaban y abandonaban la práctica para siempre. Después pasamos a la escuela secundaria y la inocencia quedó atrás, los compañeros alardeábamos de relaciones sexuales con las chicas más atractivas del lugar, soñábamos en verdad con eso, aunque todavía no lo practicábamos, salvo los adultos; pues al iniciar el primer grado secundario, teníamos compañeros de doce a veintiocho años de edad. Bien, El Mudito siguió trepando los árboles hasta muy adulto, en excitante fitofilia. Hoy, antes de llegar aquí, me encontré con él, estuvimos comunicándonos por largo rato. Puedo entender perfectamente que le duelen los huesos, camina ayudado por un rústico bastón. Cuando le insinué travesura de muchachos, su rostro envejecido y curtido por el sereno y el sol se tornó alegre, recordando aquellos años de árboles amatorios. Pero luego empezó a llorar silenciosamente, y con el bastón ordenó que me marchara.

“El viejo caballo Blanco”, Relato corto, por Walter Elías Álvarez Bocanegra

CABALLOS-ENFERMOS-PARA-SACRIFICAR

 

Y él, el buen amigo, el callado y obediente compañero de José, el viejo caballo blanco de veintiséis años de edad, también quedó allá abandonado a su suerte, dicen que lo veían en la cabecera de la chacra, junto a la casita, mirando al horizonte, esperando eventualmente la llegada de su amo. Un día lo esperó enojado. El amo llegó con el lazo en la mano, al percatarse el animal echó a correr; ante el imprevisto comportamiento el amo corrió tras él, conforme la persecución continuaba, perseguidor y perseguido acrecentaban cada quién de acuerdo al instinto sus iras. El animal llegó hasta un rincón de la cerca, no había escapatoria, el lazo se apoderaría de él; dio un largo relincho para distraer a su captor, mientras tanto tomó impulso y saltó la cerca, se rasgó el prepucio en ella y cayó bruscamente cuerpo a tierra, al otro lado. Al tercer día la infección era notoria; muy apenado el amo se aprestó a curar la herida, el animal se negó al remedio, aquella vez y en adelante. Enflaquecía día a día, el amo suplicante se le acercaba y el animal con gran esfuerzo huía, el amo no podía disimular su dolorosa pena. Cierto día por la mañana, mientras José trataba de lazar al animal y éste corría a tropezones, repentinamente llegó hasta ellos un comprador de equinos. – ¡Oiga amigo!, compro caballos y burros viejos, le pago buen precio por el suyo. – ¡No lo vendo! –De qué le sirve, se nota que el animal es muy viejo, está demasiado flaco. –Quince días atrás estaba demasiado gordo. – ¡Ja, ja, ja,…! –rió burlonamente el comerciante. – ¿De qué se ríe? –Llevo muchos años comprando caballos viejos, y nunca he comprado un viejo gordo. –Usted se equivoca, si los hay, de acuerdo a la vida que llevan. – ¡Se nota que el suyo lleva buena vida! –Lo llevaba, pero se niega a continuarla. –Una vez más, le doy cincuenta soles por el caballo, para el camal de embutidos. –Una vez más, le repito que no lo vendo, cincuenta soles no vale ni mi viejo sombrero. – ¿Prefiere que se muera a pausas sin ganar nada? – ¡Prefiero! –Vamos hombre, no sea terco, le doy por él ciento cincuenta, ni un sol más. –Siento pena por él. –Por eso, en el camal darán rápida cuenta de él, no sufrirá, y usted tampoco. –Aunque así fuera no logrará usted lazarlo, peor aún llevarlo. – ¿Cuánto apuesta? –Lo que usted cree que vale. –Trato hecho. El comerciante se acercó al animal y éste se aproximó a él, ante el asombro de su amo; sin mayor contratiempo lo ató del cogote y lo atrajo, metió la mano al bolsillo, escogió ciento cincuenta soles, llegó hasta José, le entregó el dinero (no se cobró la apuesta); habló muchísimo mientras José permanecía mudo e inmóvil, y finalmente se marchó jalando al cuadrúpedo. Al abandonar el predio, el caballo se paró, miró a su amo y dio un triste relincho de despedida; había escogido su destino, una muerte menos penosa lo esperaba. El amo lloró en la despedida, se sentó sobre una roca y quedó ahí como petrificado hasta entrada la noche, había traicionado a su amigo. Durante muchas noches José soñó con el caballo, andaba muy apenado por haberlo vendido, y para aliviarse solía contar, siempre que podía, lo que ocurrió en el último sueño. Sabía que jamás volvería a verlo, y me quedé sentado como un idiota, de pronto él apareció lamiendo mi mano, aquella con la cual le daba a lamer sal, aquella con la cual le acariciaba el lomo. Entonces le pregunté: – ¿Por qué te enojaste conmigo? –Tuve miedo, –me contestó– tuve miedo que te marcharas y me dejaras solo como lo hiciste muchas veces. – ¿Qué pasó entonces? –Las numerosas personas a las que tu madre encargaba para que me custodiaran, me trataban muy mal, cargaban sobre mí leños torcidos que me hacían avanzar de puro dolor. Me ensillaban, montaban y a latigazo cruzado me obligaban a correr. –Debiste lanzarlos por los aires, a ver si escarmentaban. –Una vez lo hice y me dieron tres días de duro trabajo, sangrando a espuelazos, sin comer ni beber. Por eso amigo mío me molesté contigo, por miedo a repetir la tortura. Por aquellos tiempos yo era joven, y soportaba con resignación la dura labor y mala alimentación, con la esperanza de que tú regresaras algún día para otorgarme una vida digna de mi vejez, ahora sería muy penoso para mí soportar lo que soporté. – ¿Y por qué no te dejaste curar la herida? –Prefería morir a que me dejaras al rigor de otra gente. Era dolorosa la herida, pero sería el último dolor de mi vida. – ¿Por eso no dejabas que me acercara a ti? –Por eso. –Pero dejaste llegar hasta ti a un desconocido comerciante y te atrapó. –Es que él no sufriría al verme morir, como hubieras sufrido tú. –En cuanto a mí, no podría morir si no tengo a mi lado alguien de los que amo. –Es que tal vez a ese alguien no lo amas de verdad, de lo contrario le ahorrarías la triste pena de verte sufrir antes de morir. –Bueno, pero felizmente estamos juntos y felices otra vez, tú has regresado. –Sí, he regresado, pero de los dos solamente yo soy feliz. –Yo también lo soy. –Te equivocas, tu felicidad es efímera porque aún sigues con vida, la mía es eterna, es la felicidad que otorga la muerte a un desdichado. José se quedaba en silencio después de contar su sueño, y luego, ante la indiferencia de quienes lo escuchaban, agregaba tembloroso, casi llorando: Y mi noble amigo desapareció galopando entre las nubes. Mientras José gemía, los escuchas murmuraban: Este cojudo está loco, se cree animal….

Por Walter Élias ÁLvarez Bocanegra

De la tempestad. Narración corta, por Cristófol Miró Fernández

Rayos

Retumban los tambores de la tormenta montaña arriba, en el valle. El cielo se prepara a hacer la guerra a la tierra. Los truenos son sus trompas y tambores, las huestes se preparan para avanzar en formación hacia el valle, hasta que se dé la orden de carga, hasta que se lleve a cabo la estampida sobre la hondonada donde viven los seres humanos, donde cuidan de sus cosechas y animales, donde hay granjas, pueblos, caminos y puentes…
¡Ya se ven, ya se observan, las huestes bajan por las montañas que rodean el valle! El cielo, mientras tanto, se va ennegreciendo al compás de su lenta marcha, de sus ingentes pendones de negras nubes que tapan el sol sobre la tierra, y la humanidad se prepara para recibir al invasor, refugiándose donde puede, observando con ojos temerosos tras los vidrios de sus ventanas como avanza la hueste montaña abajo, como el cielo se ennegrece cada vez más…y ya casi no se ve la luz del sol, los negros pendones lo han tapado…¡preparaos, se acerca la tempestad, huir y buscar refugio!
Pero la humanidad no está indefensa ante los rayos que desciendan a la tierra en el momento del ataque…los pararrayos son las baterías defensivas de artillería que los invalidan, que los atraen a su último fin, que los vencen…cierto que son defensas flacas ante la fuerza de los atacantes pero menos es nada…
Y ya el cielo está tapado, ya no se ve un sólo rayo de sol, y los negros pendones cubren el cielo de lado a lado…y por el valle las nubes preñadas de rayos y truenos bajan por sus vertientes empinadas, por sus caminos, por sus cuencas de ríos que llegan hasta las poblaciones. Ambos enemigos están a punto de entrar en combate…el cielo y la tierra están van a colisionar como tantas otras veces antes y después, como pasó y como pasará…
Y ya suenan las trompetas en la tarde antes primaveral, ya el trueno anuncia la llegada de los guerreros ávidos de guerra, ya los rayos abundan por el cielo, como proyectiles lanzados por Zeus el Olímpico, ya la lluvia sacude el valle de este a oeste, de sur a norte…sin descanso, con violencia, mientras humanos y animales miran al cielo y desean que tal combate acabe…cada rayo un reflejo en un vidrio de una ventana, cada ventana…un lugar por donde ojos temerosos los observan sin cesar.
Unos pocos han recibido el saludo de los pararrayos al llegar al valle, y han sido derrotados, pero otros muchos siguen cayendo, sin descanso, sin piedad, sin perdón…y la lluvia sigue golpeando a la tierra bajo el negro cielo convertido en noche siendo todavía claro día…allí ya ha caído un árbol, traspasado por un rayo, partido por su medio, entre la luz azul del eléctrico proyectil veloz y ágil, y ahora descansa muerto, una víctima de la batalla, por allá una persona que no pudo guarecerse a tiempo del ataque de los líquidos proyectiles se nota calado y frío hasta la médula de sus huesos, víctimas ambas del combate entre el cielo y la tierra…y mientras más pararrayos absorben las descargas eléctricas, muchas más caen sin cesar, y la lluvia aumenta su cantidad, cual si fuera un nuevo diluvio universal y el valle fuera una nueva arca de Noé…
¡Pero, oh, milagro, la violencia de la tormenta, sus proyectiles de agua dan vida en vez de muerte! Al final de la batalla todo vuelve a su ser…los pendones negros del cielo se retiran, el sol vuelve a brillar con fuerza y alumbrar la tierra, y los campos que se vieron sacudidos por los soldados de la lluvia reverdecen con más fuerza, con más energía…cayó el viejo olmo, traspasado por el rayo, y yace muerto en el campo, el pobre incauto que no pudo guarecerse del agua tiembla de frío calado hasta los huesos, pero las trompetas de los truenos han callado, los pendones negros del cielo se han retirado dejando brillar el sol de nuevo, y los rayos han cesado…el ejército de la tormenta se ha retirado del valle de nuevo, dejando varias víctimas de la batalla entre el cielo y la tierra, pero también vida donde realizó su ataque…otros días deja incendios que arrasan bosques, hoy dejó campos que brillan de nueva vida…salvo el olmo muerto y el hombre mojado, esta vez la tormenta perdió la batalla…y el valle volvió a descansar de nuevo en paz.

Autor: Cristóbal Miró Fernández

AlchemicalMarriage

¡Qué miedo! (Relato corto). Por Walter Elías Álvarez Bocanegra

AlchemicalMarriage

 

Idiotizado por el amor frustrado, voy por este pueblo marginal de la gran Lima, y unos muchachotes confundidos, menos, tan, o más idiotizados que yo, portando una pancarta de Meza la folklórica pistolera, me rodean, me llaman hermano, ¡hermano mayor! Apresuro el paso y corro para librarme de ellos, y tropiezo con un estrado, sobre él dos chicas pulcramente vestidas y rodeadas de vagabundos, juegan ríen y conversan placenteramente delante de un telón. Me invitan a subir y subo persuadido por la hermosura de las mujeres, un vagabundo exclama “¡La función va a empezar!”, tira la pita del telón y, sorpresa, aparece el sótano de la sacristía de mi pueblo, mientras en el tabladillo las chicas y los vagabundos emergen interpretando una danza de Michael Jackson, después del telón las santas esculturas y las momias de los sacerdotes cobran vida y se unen a la danza, y en el fondo oscuro flotan fosforescentes los frescos antiquísimos de la Iglesia, ¡profanación!, digo, exclamando, sin poderme contener, e inmediatamente llega a mí una de la bellas mujeres y me dice que su amiga me conoce y me ama. “Nadie ama a este hombre”, responde un vagabundo, “yo sí”, responde la chica aludida. Y me olvido del espectáculo y de lo que dije. De piel blanca, piernas largas y cabello suelto, la mujer me inspira ternura. Nos miramos y luego nos retiramos a conversar a una maloliente banquilla, la abrazo y la beso pero no con el beso apasionado que quiero darle, algo me impide, ahí dentro mis dientes delanteros postizos se mueven, tengo miedo que caigan en la boca de ella, ¡qué miedo!, ella parece descubrir lo que oculto, y yo no tengo más remedio que confesarle tímidamente mi debilidad. “No es problema”, me dice ella, “mira los míos son todos postizos”, y se quita las dos mandíbulas, ¡qué miedo!, ¡la canción!, está peor que yo; sin embargo ahora la beso apasionadamente, ella está feliz, se le nota en todas sus expresiones, ha encontrado, quizá, al hombre de su vida, y yo, creo que no, a la mujer. Me lleva a su casa y me presenta a los suyos, el más notorio es su hermano mayor, médico de profesión. Ahora vamos los tres caminando por el arenal, la mujer, el médico y yo; yo estoy incómodo, deseo fumar, cortésmente le ofrezco al médico un cigarrillo, me acepta, pero el saca uno de los suyos, un habano, algo gigante, me dispongo a encender el suyo, una lengua de fuego más larga de la que espero me sale del encendedor, inexplicablemente le daña el traje blanco, ¡qué vergüenza!, pero él no se inmuta, sonríe, bromea, y me lleva a conocer un amigo importante. Caminando nos vamos, esquivando a los perros de los vecinos sembrados en la calle, los perros nos atacan, el médico se aleja jalando a su hermana, ¡qué miedo!, me defiendo, un perro enano es el más agresivo, lo tomo por las mandíbulas, las abro suspendiendo al animal y con él me defiendo de los demás. El médico, ni el rastro, desapareció, pero la hermana ahí aparece, inexplicablemente, junto a mí. ¡Nos despedimos! Sigo avanzando y tropiezo con una morena alta, nos miramos con ternura y conversamos de muchas cosas de la vida, encumbrada ella en su profesión, me dice que labora en una financiera local, me lleva con ella hasta su lujoso departamento y me invita a pernoctar en el sofá, acepto, convenimos en visitar mañana a sus padres, me presentará como su prometido. Pienso toda la noche en ella, ¡mejor que la otra!, concluyo, ahora decido por ella. Amanece, espero que salga de su dormitorio, sale elegantemente vestida, pero, ¿qué pasa?, ¿durante la noche le ha crecido una barbilla?, reacciono ante la sorpresa, ¡qué miedo!, ¿se afeitará?, quiero escapar de ella, pero algo me dice muy dentro de mí que no es justo hacerlo, tengo que cumplir, debo cumplir con mi palabra empeñada, mi promesa de amor, mi solvencia moral, lo único que no podrán quitarme. Dejamos el departamento atrás, vamos caminando, una cuadra ya, ingresamos a una deteriorada casa, una señora gorda está sentada al costado de una vieja estufa, la morena se dirige a ella y me presenta como su esposo, y dirigiéndose a mí me hace saber que la gorda es su madre , la gorda, lejos de alegrarse por la noticia, me mira con cierto desprecio de pies a cabeza, y agrega, “¿con este viejo?, no lo creo, con este ya nadie se casa”, repentinamente la morena se pega a mí, se cuelga de mi nuca y me besa, ¡aggggh! el beso sabe a cerveza rancia y trasciende a sexo macerado, me vienen arcadas, se me sale el estómago por la boca, es demasiado, ¡car…!, debo escapar. Salgo huyendo aturdidamente de la casa con el estómago afuera, la gorda me echa encima una manada de perros, me lleno de un indescriptible miedo, pero, no obstante este miedo, busco afanosamente una fuente de agua para lavar mi estómago, inexplicablemente una bellísima mujer de trato fino me toma de la mano y me introduce en su casa, alista el baño y me hace ingresar en él mientras ella espera en la sala. Me siento seguro, me lavo completamente y trasciendo deliciosamente aromatizado, y repentinamente me perturba una voz varonil que llega de la sala disparando una ráfaga de insultos contra la bella mujer, inmediatamente salgo dispuesto a defenderla, el tipo la tiene sometida a golpes, me cargo de energía, ahí voy ¡perro asqueroso!, cojo el candelabro de bronce para estrellarlo en la nuca, alguien me lo impide, me toma por la mano que sujeta el candelabro, ¡es mi padre! Sale volando por la ventana y yo tras él, nos elevamos más y más, ¡qué sensación!, es placentero volar sin alas, digo, pero, estoy completamente desnudo, ¡olvidé mi ropa en el baño!, ¡y unas monedas!, ¡y mis documentos! Miro con pena hacia abajo y desciendo en caída libre, ¡me desespero!, ahí abajo, en el centro de Lima, colmenas de vehículos, calles barbechadas de orina y basura coronadas, azoteas abarrotadas con gentes desesperadas, me esperan. Me esfuerzo por caer un poco más allá y lo logro, ahí está el Campo de Marte, ¡sorpresa!, están en desfile militar, ahí el Presidente monumentalmente de pie, y la Mechita la muy de hierro, y Jorgecito el muy leal, ¡y mi familia en primera fila, mirando el cortejo!… ¡laca…!. Jorgecito exclama: ¡Misil, misil cubano! Mi familia se agacha, tal vez por lo desnudo que estoy o tal vez porque creen lo de Jorgecito, pero qué…, se escucha un estruendo ensordecedor, me han descargado todas sus baterías, el ejército ha logrado liberar su frustración de años, gracias a la miopía de Jorgecito. ¡Laca…!, me estoy muriendo, la sangre se me escapa a chorros y me invade un frío glacial, siento miedo, el indescriptible miedo que infunde la muerte, debo esforzarme por vivir, no, no, no debo morir, pienso, si muero el ejército al fin habrá ganado una guerra. ¡Carajo!, parece que me jodieron porque festejan “¡Viva el Perú, viva la Patria!”, me cortaron la posibilidad de yo joder para festejar. ¡Me desespero!, no me veo ni me toco. Impotente y aturdidamente grito, ¡hijoeputas!…, y por fin, me afirmo asustado en mi cama, y un gallo canta, y mi vecino Sumarán se desata rajando su leña. Tomo la linterna de mano y, las frazadas en el piso, cuatro de la madrugada. Confundido, desesperado busco mi pantalón, aquí está, ¿la secretera?, felizmente, ¡caramba!, aquí está: uno, dos tres, cuatro, cinco soles. Un día más de vida, pienso, y suspiro aliviado.

El juego del viento y el agua ( Relato corto). Por Cristótofol Miró Fernández

Reflejosenlalluvia

 

Era mágico el juego del viento y del agua. El juego del agua del riachuelo que en tiempo en calma era llevada y traída por el aire que movía las ramas de los árboles creando olas que lamían la orilla, olas de mares pequeños que movían de un lado a otro hojas y demás objetos que eran llevados en su corriente. A Enrique esas pequeñas olas lo fascinaban y se imaginaba grandes tempestades que arrastraban a embarcaciones de hoja seca hasta hacerlas encallar en las costas más lejanas y peligrosas, tal y como lo relataban sus libros de aventuras que tanto le gustaba leer y soñar con ellos…y muchas veces hacía pequeños barquitos de papel cuando esta brisa soplaba para soltarlos en el agua del riachuelo y ver como se hundían poco a poco o llegaban a las orillas transformadas de un modo mágico y maravilloso del único modo que una infatigable imaginación puede hacerlo en enormes playas de fina arena allí donde era posible que, debido al nivel de las aguas y la tierra, los barquitos mojados encallaran, o peligrosos acantilados donde la tierra del riachuelo estaba a un nivel superior al de sus imaginadas playas, sus imaginados mares y sus imaginadas olas tempestuosas…
Cuando llovía y el fuerte viento empujaba las gotas de agua de lluvia contra los vidrios de la ventana de su habitación, el pequeño Enrique se imaginaba un ataque con proyectiles contra una posición fortificada inexpugnable, una de aquellas murallas de piedra que veía en libros y películas y cuando pasaba junto a un pequeño pueblo, con su viejo y muchas veces caído castillo allá en lo alto de la colina, coronando la llanura con sus derruidas murallas y torres…aquellos castillos de las batallas entre caballeros, aquellas batallas entre cristianos y musulmanes de la Reconquista, con sus valientes soldados defensores luchando contra asediadores y más asediadores, contra flechas y catapultas…y convertía su ventana en una de aquellas enormes paredes de piedra, y la lluvia eran flechas, o piedras de catapulta…el asedio del agua y el viento contra la ventana del cuarto de Enrique, el viento como arquero o como catapulta, y la lluvia como flechas o piedras…y la batalla era dura, muy dura…pero la muralla siempre resistía y nunca caía ante el ataque de los asediadores…
Cuando nevaba el agua se convertía en nieve y se amontonaba en el camino de su casa, hasta una elevada altura, y su padre tenía que salir con la pala a desalojar el camino nevado. Entonces Enrique se imaginaba como un valiente explorador que tenía que atravesar enormes distancias cubiertas de nieve, allá en Siberia o Alaska, en pleno invierno…el viento llevaba los copos de nieve en su rápido mover en el corazón del frío invierno, y los caminos nevados y el viento frío eran un campo perfecto para que su imaginación se desbordara sin cauce y sin freno como una presa llena de agua que desembalsa su agua en el río cercano…y se imaginaba que lejos, lejos, estaba una ciudad, y que él, valiente explorador perdido, tenía que llegar atravesando aquellos desiertos de nieve que le llegaba hasta las rodillas, y a lo lejos el viento movía una rama, y quizá esa rama podría ser…¿qué sé yo? Algún animal peligroso, algún oso feroz, algún lobo hambriento o incluso el mismo Yeti, el legendario Hombre de las Nieves…
Y así en cada ocasión el viento y el agua se convertían en algo mágico, en algo nuevo cada día, ya fuera en las tempestades que llevaban barcos a costas lejanas, o en asediadores de la muralla de vidrio de las ventanas de su dormitorio, o en las grandes llanuras de Siberia o Alaska en pleno corazón del invierno…y Enrique soñaba y soñaba, convirtiendo su fértil imaginación en un enorme río caudaloso y en un veloz y poderoso vendaval que convertía su mundo diario en magia, buscando cada día la magia que el mundo encierra…

Autor: Cristóbal Miró Fernández