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NO ES CONVENIENTE SOÑAR CON LA REALIDAD. Por Víctor Donamaría

Origen sueños

 

Aquella nefasta mañana, como casi todas, entró en el VIP de la Calle Ortega y Gassset, esquina Velázquez, ni por lo más remoto podía imaginar que esta tonta, acostumbrada decisión, en esa determinada mañana, de tomar un café, en dicho lugar y en tan nefasto momento, iba a volver su vida del revés para los restos. Como si el tobogán en que se deslizaba su vida últimamente ¿Un año, dos? fuese hacia un fondo sin fin, y estuviese a punto de alcanzarlo.

La intervención del maldito esmarfone y del maldito café cuyo aroma percibía, también influyeron.

Degustaba el último sorbo de su café, en la barra, cuando percibió a su lado un teléfono móvil (no le gustaba la palabra móvil, pero se había impuesto, prefería digital pero…). Supuso que lo había dejado olvidado el hombre que instantes antes estaba junto a él, de aspecto ejecutivo, lo cogió, trato de alcanzar a su dueño antes de llegar a la puerta, pero no lo consiguió, le vio desaparecer entre la lluvia otoñal madrileña y la puerta de un taxi, hizo gestos pero no consiguió atraer la atención del apresurado propietario del moderno teléfono extraplano.

Guardó el artilugio distraídamente en el bolsillo de su abrigo y por esa distracción y del maldito café (que después de todo no era tan bueno y menos en un VIP), tuvo el fatal conocimiento de que su Albertina, la mujer que le juró amor eterno, mientras la eternidad durase, ya no le amaba y le era infiel.

Y todo en medio de la crisis y de las preferentes, ya dijo aquello de las desgracias que nunca venían solas.

El teléfono sonó en su bolsillo, cuando iba camino de la calle para coger el taxi que la había de llevar al Ministerio. Creyó que era el suyo, sin advertir que su música predeterminada no sonaba, era otra, parecida al Aleluya, (valiente estupidez pensaría más tarde). Contestó con un apagado “Diga”….

Una voz femenina, muy familiar, pero que muy familiar, le decía a un tal Luis Enrique:

“Te llamo solo para recordarte que según hemos acordado (¿Cuándo, se preguntaba tiempos después), estaría en el Aeropuerto de Barajas Terminal 2 Salidas a las 12, en el embarque de la Compañía BEA”.

También le decía (¿Por qué se encontró el teléfono se preguntaba más tarde?), que estaba impaciente por encontrase al fin con él, pues no aguantaba ni un segundo más seguir viviendo con ese necio de su marido, que no aguantaba su ética trasnochada, no aguantaba su dedicación al trabajo como un apostolado, su exagerada afición al cine, su espera interminable de la revolución pendiente que había de cambiar el mundo, y él era socialista, le ponía de los nervios su republicanismo a prueba de bomba, que no compaginabas con la importancia de su puesto, que no se comportara como le correspondía. No aguantaba su pose de intelectual, en resumen, ¡No aguantaba nada de el!

Por culpa del maldito teléfono y del café, tuvo la atroz certeza de que empezaba su calvario, pues SERIA IMPOSIBLE OLVIDARLA CON LO FACIL QUE FUE AMARLA.

Dio orden al taxi de dirigirse al aeropuerto de Barajas, con la esperanza de convencer a Albertina de que volviese con él, pero cuando llegaba a la altura de Ciudad Lineal, llegó a la conclusión que no lo conseguiría y lo que era peor, que llegaría tarde al Ministerio de Economía donde debía demostrar, que España tenía que aceptar el “mini rescate” que la UE proponía, debía demostrar que aquello de las preferentes y de los bonos convertibles, de las hipotecas basura, de las hipotecas con techo y sin él, nos había llevado a la ruina. Los escesos sin ton ni son, la desmesurada carrera hacia la nada, nos habia llevado a la ruina en la que nos encontrábamos. Albertina seria más feliz con ese Luis Enrique.

Le dijo al taxista que diese la vuelta y se encaminase al paseo de la Castellana 144.

Cuando se levantó, esa mañana, le costó trabajo, había tenido una mala noche, aquella pesadilla, no le dejó conciliar el sueño. ¡Con el día que le esperaba!

Entro en la cocina, donde Albertina terminaba de hacerle el zumo de naranja acostumbrado y terminaba de acicalarse, a toda prisa. Estaba guapa esa mañana.

-¿Qué te ha pasado esta noche?, menuda nochecita no parabas de moverte.

-He tenido una pesadilla de lo más raro, ya te explicare esta noche, (no sabía porque dijo lo siguiente) “_Si vienes esta noche”

-¡Estas muy raro, que cosas dices!, ¿Cómo no voy a estar?

-Mientras bebía el zumo, apoyo la mano en la mesa de la cocina y lo hizo encina de un teléfono móvil, al hacerlo presionó sin intención, la tecla que da acceso a la última llamada, miró el móvil, y vio la imagen del hombre que había a aparecido en su sueño con el nombre de Luis Enrique.

-Albertina su esposa, le preguntaba, mientras miraba en su bolso,: -¿Has visto por ahí mi teléfono móvil?

-Si toma, creo que es este, (le alargo el teléfono por encima de la mesa, mientras con el dedo pulgar pulsaba la tecla que hacía desaparecer la última llamada.

-¡Bueno cariño, hasta la noche y que te vaya bien en la reunión, espero que cuando vuelvas aun exista España,- dijo con un exceso de humor negro.

-Yo también espero que existan España y tu,( aunque esto último ella no lo oyó, o simuló no oírlo).

En el ascensor se miró las palmas de las manos, había visto una pelicula americana de Leonardo di Caprio, en la que decía un personaje experto en sueños, que a las personas con las que sueñas, nunca se les aprecian los dedos de las manos.

¡Maldita sea tenia los diez dedos!

 

2-10-2014

 

“Excitante fitofilia”, Relato corto, por Walter Elías Álvarez Bocanegra

eucalipto arcoiris 88

 

¿Conocen al mudito?, preguntó José a sus sedientas plantas un día de fuerte sol. El Mudito como lo llaman cariñosamente los nobles habitantes de la comarca, o El Mudo, como lo llaman los que quieren demostrar superioridad frente a él. ¡Claro que lo conocen!, anduvo por aquí en sus tiempos mozos, ahora va para octogenario, o tal vez más, la higuera puede confirmarlo. Sigue calzando rústicas sandalias de jebe, sombrero viejo de paja, pantalón y camisa sobre parchados con trapos de diferentes colores. Antes se ganaba el pan ayudando a los campesinos en las tareas de labranza, y ahora sólo se sienta a la puerta de alguna casa y espera, hasta que alguien se dé cuenta de su presencia y le otorgue un poco de maíz tostado para calamar su hambre, ya que para la sed bebe directamente de los arroyos y acequias. Se sabe que tiene familiares que van bien por algún lugar de la costa, también los tiene en la comarca, pero son simplemente familiares, jamás supo cómo tener hijos, y así se quedó, no hay más como él por aquí. Resulta, mis queridísimas plantitas, que El Mudito jamás se quejó de dolor, dicen que cuando jovenzuelo se le veía trepando delgados árboles de eucalipto, los de la quebrada, que ahora están bastante gruesos. Escupía sobre sus manos y mutuamente las frotaba, cogía el árbol con ellas, una tras de otra, luego saltaba sobre él y se aferraba presionando los muslos, colocaba una mano más arriba de la otra, y luego la otra, y a la par los muslos los desplazaba rítmicamente, hasta que llegaba un momento en que ya no avanzaba más, sólo soltaba los muslos y los apretaba de nuevo contra el cilíndrico árbol, hasta quedar exhausto y pegado, árbol y hombre parecían un solo ser, finalmente El Mudito descendía feliz. Cuanto empecé a ir a la escuela, me di cuenta que siempre a la hora del recreo los alumnos de los grados superiores que entraban ya a la pubertad, trepaban los eucaliptos que circundaban el centro educativo, ante la mirada disimulada de los maestros, que seguramente recordaban su inocente infancia, mas cuando algún maestro era sorprendido mirando, se sonrojaba. Jamás lo supe por alumno alguno el placer que resultaba de tal disimilado deporte, lo supe por mí mismo cuando cursaba el cuarto grado, llegado el recreo corríamos cuesta abajo hasta los árboles, y a las ganadas a trepar, hasta quedar satisfechos. Sucedía que la acción trepadora producía un estímulo sexual y luego una erección para culminar en placer. Todos los infantes sentían el placer a su manera, aunque ninguno tenía el valor de comentarlo con nadie, se podía leer en la expresión de sus rostros, incluso en los mayorcitos se notaban secreciones en sus pantalones, y al sentirse descubiertos se sonrojaban y abandonaban la práctica para siempre. Después pasamos a la escuela secundaria y la inocencia quedó atrás, los compañeros alardeábamos de relaciones sexuales con las chicas más atractivas del lugar, soñábamos en verdad con eso, aunque todavía no lo practicábamos, salvo los adultos; pues al iniciar el primer grado secundario, teníamos compañeros de doce a veintiocho años de edad. Bien, El Mudito siguió trepando los árboles hasta muy adulto, en excitante fitofilia. Hoy, antes de llegar aquí, me encontré con él, estuvimos comunicándonos por largo rato. Puedo entender perfectamente que le duelen los huesos, camina ayudado por un rústico bastón. Cuando le insinué travesura de muchachos, su rostro envejecido y curtido por el sereno y el sol se tornó alegre, recordando aquellos años de árboles amatorios. Pero luego empezó a llorar silenciosamente, y con el bastón ordenó que me marchara.

“El viejo caballo Blanco”, Relato corto, por Walter Elías Álvarez Bocanegra

CABALLOS-ENFERMOS-PARA-SACRIFICAR

 

Y él, el buen amigo, el callado y obediente compañero de José, el viejo caballo blanco de veintiséis años de edad, también quedó allá abandonado a su suerte, dicen que lo veían en la cabecera de la chacra, junto a la casita, mirando al horizonte, esperando eventualmente la llegada de su amo. Un día lo esperó enojado. El amo llegó con el lazo en la mano, al percatarse el animal echó a correr; ante el imprevisto comportamiento el amo corrió tras él, conforme la persecución continuaba, perseguidor y perseguido acrecentaban cada quién de acuerdo al instinto sus iras. El animal llegó hasta un rincón de la cerca, no había escapatoria, el lazo se apoderaría de él; dio un largo relincho para distraer a su captor, mientras tanto tomó impulso y saltó la cerca, se rasgó el prepucio en ella y cayó bruscamente cuerpo a tierra, al otro lado. Al tercer día la infección era notoria; muy apenado el amo se aprestó a curar la herida, el animal se negó al remedio, aquella vez y en adelante. Enflaquecía día a día, el amo suplicante se le acercaba y el animal con gran esfuerzo huía, el amo no podía disimular su dolorosa pena. Cierto día por la mañana, mientras José trataba de lazar al animal y éste corría a tropezones, repentinamente llegó hasta ellos un comprador de equinos. – ¡Oiga amigo!, compro caballos y burros viejos, le pago buen precio por el suyo. – ¡No lo vendo! –De qué le sirve, se nota que el animal es muy viejo, está demasiado flaco. –Quince días atrás estaba demasiado gordo. – ¡Ja, ja, ja,…! –rió burlonamente el comerciante. – ¿De qué se ríe? –Llevo muchos años comprando caballos viejos, y nunca he comprado un viejo gordo. –Usted se equivoca, si los hay, de acuerdo a la vida que llevan. – ¡Se nota que el suyo lleva buena vida! –Lo llevaba, pero se niega a continuarla. –Una vez más, le doy cincuenta soles por el caballo, para el camal de embutidos. –Una vez más, le repito que no lo vendo, cincuenta soles no vale ni mi viejo sombrero. – ¿Prefiere que se muera a pausas sin ganar nada? – ¡Prefiero! –Vamos hombre, no sea terco, le doy por él ciento cincuenta, ni un sol más. –Siento pena por él. –Por eso, en el camal darán rápida cuenta de él, no sufrirá, y usted tampoco. –Aunque así fuera no logrará usted lazarlo, peor aún llevarlo. – ¿Cuánto apuesta? –Lo que usted cree que vale. –Trato hecho. El comerciante se acercó al animal y éste se aproximó a él, ante el asombro de su amo; sin mayor contratiempo lo ató del cogote y lo atrajo, metió la mano al bolsillo, escogió ciento cincuenta soles, llegó hasta José, le entregó el dinero (no se cobró la apuesta); habló muchísimo mientras José permanecía mudo e inmóvil, y finalmente se marchó jalando al cuadrúpedo. Al abandonar el predio, el caballo se paró, miró a su amo y dio un triste relincho de despedida; había escogido su destino, una muerte menos penosa lo esperaba. El amo lloró en la despedida, se sentó sobre una roca y quedó ahí como petrificado hasta entrada la noche, había traicionado a su amigo. Durante muchas noches José soñó con el caballo, andaba muy apenado por haberlo vendido, y para aliviarse solía contar, siempre que podía, lo que ocurrió en el último sueño. Sabía que jamás volvería a verlo, y me quedé sentado como un idiota, de pronto él apareció lamiendo mi mano, aquella con la cual le daba a lamer sal, aquella con la cual le acariciaba el lomo. Entonces le pregunté: – ¿Por qué te enojaste conmigo? –Tuve miedo, –me contestó– tuve miedo que te marcharas y me dejaras solo como lo hiciste muchas veces. – ¿Qué pasó entonces? –Las numerosas personas a las que tu madre encargaba para que me custodiaran, me trataban muy mal, cargaban sobre mí leños torcidos que me hacían avanzar de puro dolor. Me ensillaban, montaban y a latigazo cruzado me obligaban a correr. –Debiste lanzarlos por los aires, a ver si escarmentaban. –Una vez lo hice y me dieron tres días de duro trabajo, sangrando a espuelazos, sin comer ni beber. Por eso amigo mío me molesté contigo, por miedo a repetir la tortura. Por aquellos tiempos yo era joven, y soportaba con resignación la dura labor y mala alimentación, con la esperanza de que tú regresaras algún día para otorgarme una vida digna de mi vejez, ahora sería muy penoso para mí soportar lo que soporté. – ¿Y por qué no te dejaste curar la herida? –Prefería morir a que me dejaras al rigor de otra gente. Era dolorosa la herida, pero sería el último dolor de mi vida. – ¿Por eso no dejabas que me acercara a ti? –Por eso. –Pero dejaste llegar hasta ti a un desconocido comerciante y te atrapó. –Es que él no sufriría al verme morir, como hubieras sufrido tú. –En cuanto a mí, no podría morir si no tengo a mi lado alguien de los que amo. –Es que tal vez a ese alguien no lo amas de verdad, de lo contrario le ahorrarías la triste pena de verte sufrir antes de morir. –Bueno, pero felizmente estamos juntos y felices otra vez, tú has regresado. –Sí, he regresado, pero de los dos solamente yo soy feliz. –Yo también lo soy. –Te equivocas, tu felicidad es efímera porque aún sigues con vida, la mía es eterna, es la felicidad que otorga la muerte a un desdichado. José se quedaba en silencio después de contar su sueño, y luego, ante la indiferencia de quienes lo escuchaban, agregaba tembloroso, casi llorando: Y mi noble amigo desapareció galopando entre las nubes. Mientras José gemía, los escuchas murmuraban: Este cojudo está loco, se cree animal….

Por Walter Élias ÁLvarez Bocanegra

De la tempestad. Narración corta, por Cristófol Miró Fernández

Rayos

Retumban los tambores de la tormenta montaña arriba, en el valle. El cielo se prepara a hacer la guerra a la tierra. Los truenos son sus trompas y tambores, las huestes se preparan para avanzar en formación hacia el valle, hasta que se dé la orden de carga, hasta que se lleve a cabo la estampida sobre la hondonada donde viven los seres humanos, donde cuidan de sus cosechas y animales, donde hay granjas, pueblos, caminos y puentes…
¡Ya se ven, ya se observan, las huestes bajan por las montañas que rodean el valle! El cielo, mientras tanto, se va ennegreciendo al compás de su lenta marcha, de sus ingentes pendones de negras nubes que tapan el sol sobre la tierra, y la humanidad se prepara para recibir al invasor, refugiándose donde puede, observando con ojos temerosos tras los vidrios de sus ventanas como avanza la hueste montaña abajo, como el cielo se ennegrece cada vez más…y ya casi no se ve la luz del sol, los negros pendones lo han tapado…¡preparaos, se acerca la tempestad, huir y buscar refugio!
Pero la humanidad no está indefensa ante los rayos que desciendan a la tierra en el momento del ataque…los pararrayos son las baterías defensivas de artillería que los invalidan, que los atraen a su último fin, que los vencen…cierto que son defensas flacas ante la fuerza de los atacantes pero menos es nada…
Y ya el cielo está tapado, ya no se ve un sólo rayo de sol, y los negros pendones cubren el cielo de lado a lado…y por el valle las nubes preñadas de rayos y truenos bajan por sus vertientes empinadas, por sus caminos, por sus cuencas de ríos que llegan hasta las poblaciones. Ambos enemigos están a punto de entrar en combate…el cielo y la tierra están van a colisionar como tantas otras veces antes y después, como pasó y como pasará…
Y ya suenan las trompetas en la tarde antes primaveral, ya el trueno anuncia la llegada de los guerreros ávidos de guerra, ya los rayos abundan por el cielo, como proyectiles lanzados por Zeus el Olímpico, ya la lluvia sacude el valle de este a oeste, de sur a norte…sin descanso, con violencia, mientras humanos y animales miran al cielo y desean que tal combate acabe…cada rayo un reflejo en un vidrio de una ventana, cada ventana…un lugar por donde ojos temerosos los observan sin cesar.
Unos pocos han recibido el saludo de los pararrayos al llegar al valle, y han sido derrotados, pero otros muchos siguen cayendo, sin descanso, sin piedad, sin perdón…y la lluvia sigue golpeando a la tierra bajo el negro cielo convertido en noche siendo todavía claro día…allí ya ha caído un árbol, traspasado por un rayo, partido por su medio, entre la luz azul del eléctrico proyectil veloz y ágil, y ahora descansa muerto, una víctima de la batalla, por allá una persona que no pudo guarecerse a tiempo del ataque de los líquidos proyectiles se nota calado y frío hasta la médula de sus huesos, víctimas ambas del combate entre el cielo y la tierra…y mientras más pararrayos absorben las descargas eléctricas, muchas más caen sin cesar, y la lluvia aumenta su cantidad, cual si fuera un nuevo diluvio universal y el valle fuera una nueva arca de Noé…
¡Pero, oh, milagro, la violencia de la tormenta, sus proyectiles de agua dan vida en vez de muerte! Al final de la batalla todo vuelve a su ser…los pendones negros del cielo se retiran, el sol vuelve a brillar con fuerza y alumbrar la tierra, y los campos que se vieron sacudidos por los soldados de la lluvia reverdecen con más fuerza, con más energía…cayó el viejo olmo, traspasado por el rayo, y yace muerto en el campo, el pobre incauto que no pudo guarecerse del agua tiembla de frío calado hasta los huesos, pero las trompetas de los truenos han callado, los pendones negros del cielo se han retirado dejando brillar el sol de nuevo, y los rayos han cesado…el ejército de la tormenta se ha retirado del valle de nuevo, dejando varias víctimas de la batalla entre el cielo y la tierra, pero también vida donde realizó su ataque…otros días deja incendios que arrasan bosques, hoy dejó campos que brillan de nueva vida…salvo el olmo muerto y el hombre mojado, esta vez la tormenta perdió la batalla…y el valle volvió a descansar de nuevo en paz.

Autor: Cristóbal Miró Fernández

AlchemicalMarriage

¡Qué miedo! (Relato corto). Por Walter Elías Álvarez Bocanegra

AlchemicalMarriage

 

Idiotizado por el amor frustrado, voy por este pueblo marginal de la gran Lima, y unos muchachotes confundidos, menos, tan, o más idiotizados que yo, portando una pancarta de Meza la folklórica pistolera, me rodean, me llaman hermano, ¡hermano mayor! Apresuro el paso y corro para librarme de ellos, y tropiezo con un estrado, sobre él dos chicas pulcramente vestidas y rodeadas de vagabundos, juegan ríen y conversan placenteramente delante de un telón. Me invitan a subir y subo persuadido por la hermosura de las mujeres, un vagabundo exclama “¡La función va a empezar!”, tira la pita del telón y, sorpresa, aparece el sótano de la sacristía de mi pueblo, mientras en el tabladillo las chicas y los vagabundos emergen interpretando una danza de Michael Jackson, después del telón las santas esculturas y las momias de los sacerdotes cobran vida y se unen a la danza, y en el fondo oscuro flotan fosforescentes los frescos antiquísimos de la Iglesia, ¡profanación!, digo, exclamando, sin poderme contener, e inmediatamente llega a mí una de la bellas mujeres y me dice que su amiga me conoce y me ama. “Nadie ama a este hombre”, responde un vagabundo, “yo sí”, responde la chica aludida. Y me olvido del espectáculo y de lo que dije. De piel blanca, piernas largas y cabello suelto, la mujer me inspira ternura. Nos miramos y luego nos retiramos a conversar a una maloliente banquilla, la abrazo y la beso pero no con el beso apasionado que quiero darle, algo me impide, ahí dentro mis dientes delanteros postizos se mueven, tengo miedo que caigan en la boca de ella, ¡qué miedo!, ella parece descubrir lo que oculto, y yo no tengo más remedio que confesarle tímidamente mi debilidad. “No es problema”, me dice ella, “mira los míos son todos postizos”, y se quita las dos mandíbulas, ¡qué miedo!, ¡la canción!, está peor que yo; sin embargo ahora la beso apasionadamente, ella está feliz, se le nota en todas sus expresiones, ha encontrado, quizá, al hombre de su vida, y yo, creo que no, a la mujer. Me lleva a su casa y me presenta a los suyos, el más notorio es su hermano mayor, médico de profesión. Ahora vamos los tres caminando por el arenal, la mujer, el médico y yo; yo estoy incómodo, deseo fumar, cortésmente le ofrezco al médico un cigarrillo, me acepta, pero el saca uno de los suyos, un habano, algo gigante, me dispongo a encender el suyo, una lengua de fuego más larga de la que espero me sale del encendedor, inexplicablemente le daña el traje blanco, ¡qué vergüenza!, pero él no se inmuta, sonríe, bromea, y me lleva a conocer un amigo importante. Caminando nos vamos, esquivando a los perros de los vecinos sembrados en la calle, los perros nos atacan, el médico se aleja jalando a su hermana, ¡qué miedo!, me defiendo, un perro enano es el más agresivo, lo tomo por las mandíbulas, las abro suspendiendo al animal y con él me defiendo de los demás. El médico, ni el rastro, desapareció, pero la hermana ahí aparece, inexplicablemente, junto a mí. ¡Nos despedimos! Sigo avanzando y tropiezo con una morena alta, nos miramos con ternura y conversamos de muchas cosas de la vida, encumbrada ella en su profesión, me dice que labora en una financiera local, me lleva con ella hasta su lujoso departamento y me invita a pernoctar en el sofá, acepto, convenimos en visitar mañana a sus padres, me presentará como su prometido. Pienso toda la noche en ella, ¡mejor que la otra!, concluyo, ahora decido por ella. Amanece, espero que salga de su dormitorio, sale elegantemente vestida, pero, ¿qué pasa?, ¿durante la noche le ha crecido una barbilla?, reacciono ante la sorpresa, ¡qué miedo!, ¿se afeitará?, quiero escapar de ella, pero algo me dice muy dentro de mí que no es justo hacerlo, tengo que cumplir, debo cumplir con mi palabra empeñada, mi promesa de amor, mi solvencia moral, lo único que no podrán quitarme. Dejamos el departamento atrás, vamos caminando, una cuadra ya, ingresamos a una deteriorada casa, una señora gorda está sentada al costado de una vieja estufa, la morena se dirige a ella y me presenta como su esposo, y dirigiéndose a mí me hace saber que la gorda es su madre , la gorda, lejos de alegrarse por la noticia, me mira con cierto desprecio de pies a cabeza, y agrega, “¿con este viejo?, no lo creo, con este ya nadie se casa”, repentinamente la morena se pega a mí, se cuelga de mi nuca y me besa, ¡aggggh! el beso sabe a cerveza rancia y trasciende a sexo macerado, me vienen arcadas, se me sale el estómago por la boca, es demasiado, ¡car…!, debo escapar. Salgo huyendo aturdidamente de la casa con el estómago afuera, la gorda me echa encima una manada de perros, me lleno de un indescriptible miedo, pero, no obstante este miedo, busco afanosamente una fuente de agua para lavar mi estómago, inexplicablemente una bellísima mujer de trato fino me toma de la mano y me introduce en su casa, alista el baño y me hace ingresar en él mientras ella espera en la sala. Me siento seguro, me lavo completamente y trasciendo deliciosamente aromatizado, y repentinamente me perturba una voz varonil que llega de la sala disparando una ráfaga de insultos contra la bella mujer, inmediatamente salgo dispuesto a defenderla, el tipo la tiene sometida a golpes, me cargo de energía, ahí voy ¡perro asqueroso!, cojo el candelabro de bronce para estrellarlo en la nuca, alguien me lo impide, me toma por la mano que sujeta el candelabro, ¡es mi padre! Sale volando por la ventana y yo tras él, nos elevamos más y más, ¡qué sensación!, es placentero volar sin alas, digo, pero, estoy completamente desnudo, ¡olvidé mi ropa en el baño!, ¡y unas monedas!, ¡y mis documentos! Miro con pena hacia abajo y desciendo en caída libre, ¡me desespero!, ahí abajo, en el centro de Lima, colmenas de vehículos, calles barbechadas de orina y basura coronadas, azoteas abarrotadas con gentes desesperadas, me esperan. Me esfuerzo por caer un poco más allá y lo logro, ahí está el Campo de Marte, ¡sorpresa!, están en desfile militar, ahí el Presidente monumentalmente de pie, y la Mechita la muy de hierro, y Jorgecito el muy leal, ¡y mi familia en primera fila, mirando el cortejo!… ¡laca…!. Jorgecito exclama: ¡Misil, misil cubano! Mi familia se agacha, tal vez por lo desnudo que estoy o tal vez porque creen lo de Jorgecito, pero qué…, se escucha un estruendo ensordecedor, me han descargado todas sus baterías, el ejército ha logrado liberar su frustración de años, gracias a la miopía de Jorgecito. ¡Laca…!, me estoy muriendo, la sangre se me escapa a chorros y me invade un frío glacial, siento miedo, el indescriptible miedo que infunde la muerte, debo esforzarme por vivir, no, no, no debo morir, pienso, si muero el ejército al fin habrá ganado una guerra. ¡Carajo!, parece que me jodieron porque festejan “¡Viva el Perú, viva la Patria!”, me cortaron la posibilidad de yo joder para festejar. ¡Me desespero!, no me veo ni me toco. Impotente y aturdidamente grito, ¡hijoeputas!…, y por fin, me afirmo asustado en mi cama, y un gallo canta, y mi vecino Sumarán se desata rajando su leña. Tomo la linterna de mano y, las frazadas en el piso, cuatro de la madrugada. Confundido, desesperado busco mi pantalón, aquí está, ¿la secretera?, felizmente, ¡caramba!, aquí está: uno, dos tres, cuatro, cinco soles. Un día más de vida, pienso, y suspiro aliviado.

El juego del viento y el agua ( Relato corto). Por Cristótofol Miró Fernández

Reflejosenlalluvia

 

Era mágico el juego del viento y del agua. El juego del agua del riachuelo que en tiempo en calma era llevada y traída por el aire que movía las ramas de los árboles creando olas que lamían la orilla, olas de mares pequeños que movían de un lado a otro hojas y demás objetos que eran llevados en su corriente. A Enrique esas pequeñas olas lo fascinaban y se imaginaba grandes tempestades que arrastraban a embarcaciones de hoja seca hasta hacerlas encallar en las costas más lejanas y peligrosas, tal y como lo relataban sus libros de aventuras que tanto le gustaba leer y soñar con ellos…y muchas veces hacía pequeños barquitos de papel cuando esta brisa soplaba para soltarlos en el agua del riachuelo y ver como se hundían poco a poco o llegaban a las orillas transformadas de un modo mágico y maravilloso del único modo que una infatigable imaginación puede hacerlo en enormes playas de fina arena allí donde era posible que, debido al nivel de las aguas y la tierra, los barquitos mojados encallaran, o peligrosos acantilados donde la tierra del riachuelo estaba a un nivel superior al de sus imaginadas playas, sus imaginados mares y sus imaginadas olas tempestuosas…
Cuando llovía y el fuerte viento empujaba las gotas de agua de lluvia contra los vidrios de la ventana de su habitación, el pequeño Enrique se imaginaba un ataque con proyectiles contra una posición fortificada inexpugnable, una de aquellas murallas de piedra que veía en libros y películas y cuando pasaba junto a un pequeño pueblo, con su viejo y muchas veces caído castillo allá en lo alto de la colina, coronando la llanura con sus derruidas murallas y torres…aquellos castillos de las batallas entre caballeros, aquellas batallas entre cristianos y musulmanes de la Reconquista, con sus valientes soldados defensores luchando contra asediadores y más asediadores, contra flechas y catapultas…y convertía su ventana en una de aquellas enormes paredes de piedra, y la lluvia eran flechas, o piedras de catapulta…el asedio del agua y el viento contra la ventana del cuarto de Enrique, el viento como arquero o como catapulta, y la lluvia como flechas o piedras…y la batalla era dura, muy dura…pero la muralla siempre resistía y nunca caía ante el ataque de los asediadores…
Cuando nevaba el agua se convertía en nieve y se amontonaba en el camino de su casa, hasta una elevada altura, y su padre tenía que salir con la pala a desalojar el camino nevado. Entonces Enrique se imaginaba como un valiente explorador que tenía que atravesar enormes distancias cubiertas de nieve, allá en Siberia o Alaska, en pleno invierno…el viento llevaba los copos de nieve en su rápido mover en el corazón del frío invierno, y los caminos nevados y el viento frío eran un campo perfecto para que su imaginación se desbordara sin cauce y sin freno como una presa llena de agua que desembalsa su agua en el río cercano…y se imaginaba que lejos, lejos, estaba una ciudad, y que él, valiente explorador perdido, tenía que llegar atravesando aquellos desiertos de nieve que le llegaba hasta las rodillas, y a lo lejos el viento movía una rama, y quizá esa rama podría ser…¿qué sé yo? Algún animal peligroso, algún oso feroz, algún lobo hambriento o incluso el mismo Yeti, el legendario Hombre de las Nieves…
Y así en cada ocasión el viento y el agua se convertían en algo mágico, en algo nuevo cada día, ya fuera en las tempestades que llevaban barcos a costas lejanas, o en asediadores de la muralla de vidrio de las ventanas de su dormitorio, o en las grandes llanuras de Siberia o Alaska en pleno corazón del invierno…y Enrique soñaba y soñaba, convirtiendo su fértil imaginación en un enorme río caudaloso y en un veloz y poderoso vendaval que convertía su mundo diario en magia, buscando cada día la magia que el mundo encierra…

Autor: Cristóbal Miró Fernández

La venganza de Sixta (Narración). Por Walter Elías Álvarez Bocanegra

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Cada mañana, muy temprano, Sixta llegaba hasta el tendedero y colgaba una prenda de vestir, así tan rápido, tan pronto la terminaba de lavar. En aquel populoso barrio de la gran Lima, la precaria casa se ubicaba en la parte más saliente de la inclinada hondonada. Indiscretamente el tendedero estaba en la azotea de la vivienda, de tal manera que toda la vecindad centraba su atención en lo que sucedía en aquella azotea. El marido de Sixta era un albañil, un marido bien macho, de esos machos que de su mujer piden a gritos la comida y ropa que se les antoja, y además con un ¡carajo! como arenga, que si lograba un grito seguido de varios carajos, más macho se sentía, como que se llamaba Tenorio. Pero éste era un Tenorio de aldea serrana que llegó hasta un barrio marginal de la gran ciudad y ahí tomó conocimiento que para tener vivienda propia había que agruparse con muchos marginales e invadir terrenos eriazos al este, norte o sur. Y se asoció y buscaron al norte.
Plantó su estera y luego buscó mujer sin serenatas, sin ramos de flores, sin versos ni nada, sólo la tumbó a la prepo y luego se hizo albañil por casualidad. Y así, con los excedentes de los materiales que obtenía por trabajar en otras construcciones, fue construyendo su propia vivienda con su mujer como ayudante. Y cuando terminó de construirla hizo el amor con ella en todos los rincones y en todos los ambientes, hasta en la azotea, al mismo filo de ella para que pudiesen verlos todos los del barrio que aún vivían dentro de esteras, y repetía la práctica en la azotea cada vez que se le antojaba. Claro que, Sixta se oponía a esta práctica pero él amenazaba, que si no me haces donde yo quiero traigo a la otra, hay tantas que me buscan que ya quisieran tener esta casa. Y a la desdichada Sixta no le quedaba más que acceder a los requerimientos del marido.
Tenorio era joven, ingresaba para los treinta, trabajaba para otros empresarios que brindaban servicios de construcción a los diferentes municipios de la metrópoli, uno de esos empresarios quiso estimularlo y lo matriculó en un curso para constructores. En ese curso el principal expositor era un completo admirador de Miguel Ángel Cornejo, lo admiraba ¡hasta el fanatismo!, que sus exposiciones consistían en colocar el vídeo del susodicho una y otra vez, mientras la semana del curso, hasta que Tenorio entendió que el único requisito para hacerse empresario era el hambre, y a la sazón se dijo “vaya, sin darme cuenta yo hace tiempo soy empresario”. Y para sentirse como sus ocasionales jefes fue a buscar al alcalde de su distrito y le ofreció sus servicios, el burgomaestre le encomendó la construcción de un escalón de concreto por un monto sobrevaluado a su propio favor. Qué fácil le resultó, el mismo alcalde le constituyó la empresa constructora, Tenorio dejó de ser un simple obrero y empezó a trabajar por su cuenta. Se compró una camioneta 4X4, eso sí, cómo no, ¡entonces el tiempo le faltaba y el dinero le sobraba!. El tiempo le faltaba porque incursionó como conquistador de muchachas desocupadas y necesitadas, y como el tiempo le faltaba para dedicarse a su propia casa y a su propia mujer, Sixta, aburrida por los malos tratos de su jactancioso marido había planeado vengarse y por eso colgaba cada día muy temprano una prenda íntima en el tendedero. Hasta que un día uno de sus vecinos, apostado en las cuatro esteras de su vivienda, tímidamente le dijo a Sixta: –Ve, ve, vecina, que qué buenos gustos tiene usted. Y Sixta muy suelta le contestó: –¡Espéreme un momento!. Descolgó la prenda y la arrojó al vecino, el vecino la cogió y la besó, y ella le dijo “ahí en el orillo está el número de mi celular”. Y desde aquel día el vecino y la vecina hacían el amor por celular. Pero Sixta seguía con su práctica de tender una prenda, y así otros vecinos la requerían telefónicamente hasta que se extendió la fama de la mujer por todo el barrio, y más aún. ¿Y quién así de pobre como el afortunado vecino no quisiera requerir a una mujer con fama de pituca de barrio?, la única con vivienda de ladrillos, y además, con marido empresario. Sixta se dio cuenta que debería cobrar por las llamadas y fue a la empresa de teléfonos para firmar un contrato, y después de ensayar múltiples voces se preparó para contestar las diferentes llamadas. Pasó de tímida mujer a osada fémina capaz de excitar al más frío de los hombres, a tal punto que le llegó a gustar su nueva y casual ocupación, ¡y muy bien!, porque además recibía dinero por lo que le gustaba hacer. El hambre de venganza la llevó a convertirse en empresaria sin siquiera haber visto el vídeo de Miguel Ángel. Sin capacitaciones ni camioneta ni nada, vivía aquellas conversaciones que mantenía con diferentes hombres dando rienda suelta a sus fantasías sexuales.
Buen tiempo ya que no era necesario que Sixta colgara prenda alguna, un día recibió la llamada de su propio marido que por su propio lado había ensayado una particular voz de clase A. Y empezó a practicar el amor por celular con él, de manera tal que el marido, sin saber que se trataba de su mujer, llegó a imaginarla como quería, y entre imaginación e imaginación él le proponía practicar el amor en vivo y en directo, y entre imaginación e imaginación ella aceptaba. Nunca llegaron a encontrarse en persona porque cada vez que se citaban él o ella se sentían vigilados. ¡Pucha, ahí está el baboso ese!. ¡Pucha, la conchasumadre esa! y, nada. Y fingiendo no darse por enterados se apartaban. Y esto sucedió hasta que ambos, ya muy enamorados como consecuencia de las repetidas entregas sexuales telefónicas, poco a poco se fueron soltando de sus apariencias hasta hacer uso de sus propias voces: ¡Oye, baboso!, ¡vesta conchasumadre!. Y descubrieron que ambos habían sido infieles, pero qué, el hombre estaba feliz porque la infidelidad de su mujer le había llevado a conseguir mucho dinero sin siquiera haberse entregado a otro hombre. ¡Eso era lo importante!, eso creía, y eso merecía festejarlo haciendo el amor, ya no en la azotea, ahora en un lugar del norte del país exclusivo para gente adinerada, como políticos y más, en el balneario de Punta Sal, para cuidar imagen empresarial.
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Por Walter Elías Álvarez Bocanegra

(Relato) El Hombre Descalzo — “Arañas en tropel”. Por Ricardo Iribarren

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1

A las diez treinta de la mañana dejó de llover y el sol asomó en un inesperado cielo azul. Seria, pálida y en silencio, Marcela vistió un impermeable marrón con capucha y calzó las zapatillas minimalistas. Por tercera vez pregunté si continuaba con su decisión y se limitó a asentir con la cabeza. Salimos de la casa, caminamos hacia el parque y tomamos los senderos de grava húmeda que conducían al este. Atravesamos el pequeño bosque y llegamos al límite de la zona abandonada. Un cartel gastado prohibía la entrada y como de costumbre, no estaban los guardias. Levantamos la floja cadena que debía impedir el acceso a los paseantes y pasamos al otro lado. La grama discreta y pulcra, se transformó en altos pastizales. Caminamos hacia el tramo de tierra removida que se extendía antes de llegar al lago de aguas contaminadas y los pantanos de turba. Fue en ese sitio donde nos conocimos con Marcela. A muy pocos se nos ocurriría caminar descalzos entre piedras puntiagudas, plantas espinosas y una enorme cantidad de alimañas que poblaban el terreno.

 ― ¿Dónde quieres ir? ― pregunté. Mi esposa señaló la zona cercana al lago, un fangal luego de la lluvia. En sus ojos azules brillaba una expresión de susto, y un leve tic agitaba la mejilla derecha.

 Remangué mis pantalones y caminamos tratando de evitar el agua oculta en la hierba. Cuando llegamos al borde del área más baja, Marcela me detuvo. Tomándose de mi brazo, se quitó la zapatilla izquierda. Su planta era blanca y suave; para la ocasión, había pintado las uñas de rojo con detalles azules. Cerró los ojos, apoyó el pie sobre la grama húmeda y permaneció inmóvil unos segundos. Soplaba un viento cálido del sur. Un hombre con auriculares trepaba corriendo la colina del parque. Dos gaviotas volaron hacia el lago; buscarían alimento en los pocos embalses que aún permanecían limpios. Marcela se quitó la otra zapatilla y parada sobre la hierba, con ambos pies descalzos, respiró tres veces. Me soltó el brazo, caminó hacia el fangal y hundió las plantas en el barro. Desde allí asintió con la cabeza: todo estaba bien.

 De acuerdo a las indicaciones de Arañas en Tropel, no debía permanecer más de siete minutos sin zapatos sobre la tierra. Regulé el cronómetro en mi muñeca y la observé vadear el pantano en varios sentidos. Por primera vez en aquellos meses, la expresión de los labios se había suavizado. Marcela sonreía y los colores volvían a su cara.

 Cuando el reloj marcó siete minutos, levanté el puño derecho; era la señal que habíamos convenido. Salió del fangal, frotó los pies contra la hierba húmeda y los secó con una toalla antes de volver a calzarse. Las plantas con restos de barro, se hundieron en las zapatillas. Me miró como si despertara de pronto. Llorando en silencio, se tomó de mi brazo y regresamos.

2

Nueve meses antes, Sandra, la profetisa extranjera experta en Podomancia, había augurado la muerte de mi esposa. Un par de líneas en ángulo irregular y una mancha surgidas en el pie izquierdo, presagiaban el fin. La sibila se presentó a llevarla y afirmo que no podría hacerlo mientras estuviera calzada. Que si alguna vez la planta sin protección tocaba la tierra, moriría sin remedio. Luego de este dictamen, por accidente Marcela caminó descalza. Sandra volvió a presentarse y reafirmó la amenaza. Aquella caminata con los pies desnudos no habría sido fatal porque sólo fueron diecisiete pasos y además, la casa estaba construida sobre seis pilotes que la aislaban del suelo. Si volvía a repetirla, el trágico oráculo dibujado en el pie, se cumpliría sin atenuantes.

 Aquella mañana, mi esposa caminó sin calzado en la tierra fangosa y continuaba viva. La adivina, que solía instalarse frente a nuestra casa para vigilarla, no se presentaba desde hacía un mes. Tampoco se mostró luego de ese desafío a sus designios.

 La ruptura del augurio tenía una explicación. En la última visita, Sandra había pronunciado una frase que parecía oscura “…se podría vencer a la muerte con la fuerza de la araña”. Marcela conocía una organización médico― religiosa, Arañas en Tropel. Allí trataban un gran número de enfermedades con pequeñas dosis del veneno de las tarántulas más ponzoñosas del mundo. Muchos sitios de Internet la señalaban como un culto. Esto sería un motivo para dudar de su seriedad, pero hacía años mis tendencias y lecturas se orientaban a posiciones que nada tenían que ver con la rígida postura científica recibida en mi carrera. New age; cultura de la Atlántida; Meditación Trascendental o implicancias espirituales de la física cuántica. Con placer, estudiaba y a veces aplicaba en mí mismo las disciplinas rechazadas por el pensamiento oficial. Esto me permitía aceptar, aunque con ciertas reservas, aquel tratamiento heterodoxo.

 Seis meses antes de la caminata en el barro, luego de pruebas previas que incluyeron tres exámenes y largos interrogatorios, Arañas en Tropel aceptó a Marcela. Por un tiempo, el ánimo de mi esposa mejoró. Dejó de regañarme, abandonó los accesos depresivos, cantaba todo el día y volvimos a salir al parque o a cenar.

 En la propaganda de la organización se afirmaba que el veneno de las arañas no sólo regeneraba los tejidos, sino que prevenía y combatía cualquier enfermedad.

Además, mejoraba la psiquis y corregía la vida espiritual. Para la organización, las arañas no eran los animales territoriales y depredadores descriptos por la Zoología. Aseguraban que aparte de razonar, guardaban en sus corazones fuertes tendencias filantrópicas hacia los seres humanos.

Las oficinas de la organización se levantaban en la zona residencial del oeste de la ciudad, donde el diseño corrugado de las baldosas hacía cosquillas en mis plantas siempre desnudas. Decoración burguesa y discreta. La publicidad del lugar se dirigía a personas de mediana edad, con dinero suficiente para pagar las gravosas prácticas. El tratamiento de Marcela costó cuatro mil dólares, casi la totalidad de mis ahorros.

  La organización publicaba testimonios de curas milagrosas de cáncer, diabetes avanzadas y cardiopatías agudas. Una de mis objeciones era que la terapia sólo podía servir para personas con enfermedades graves Dudaba que la inoculación de la toxina en Marcela hiciera retroceder a Sandra y a la profecía. Además, yo padecía desde niño de una intensa fobia a las arañas y me espantaba la idea de enfrentarme a uno de aquellos animales.

 Mi esposa empezó a asistir todos los días menos los domingos a la sede de la organización. La preparación era exclusiva para ella. Yo hubiera podido acompañarla sólo si me decidiera a iniciar un tratamiento. Sandra también había profetizado mi muerte, y unos meses antes del augurio de Marcela, se presentó para decirme que moriría si en algún momento cubría mis pies. Acepté esta condición y dejé de usar calzado. Templados, firmes y casi negros por el sol, luego de un año de llevarlos desnudos, mis pies habían adquirido una fuerza oscura. La sentía bullir como la base de mi vitalidad. Con preocupación obsesiva, trataba de prevenir los accidentes y por eso abandoné la preparación mensual de la barbacoa al estilo tejano, un viejo rito familiar. Uno de mis amigos, también aficionado a las carnes asadas, había pisado un carbón ardiente en un momento de distracción. Sufrió graves quemaduras en la planta del pie derecho y durante meses debió usar una bota especial. De haber sido yo y de acuerdo a la profecía de Sandra, al tener que calzarme hubiera muerto sin remedio.

 Luego de los prolongados y completos exámenes físicos y psicológicos, las autoridades de Arañas en Tropel fijaron el cinco de abril para la iniciación de Marcela. Me notificaron que debía acompañarla, aunque no podría asistir a la ceremonia. En ella sólo debían estar presentes quienes hubieran recibido el Toque de la Araña. Llamaban así a la primera aplicación de toxina. No sería una simple práctica médica, sino que pronunciarían invocaciones y fórmulas esotéricas.

 Llegamos antes de la hora al edificio de dos plantas. La empleada indicó que Marcela debía ingresar al piso superior a fin de prepararse para la iniciación. Me pidió que pasara a una sala de espera donde disponía de café, bocadillos y música ambiental. En una de las esquinas se levantaba una pequeña biblioteca con libros en alemán.  Eran tratados de Entomología. Como única decoración, colgaba un cuadro que mostraba a una araña con largas patas grises sobre un paisaje amarillo oscuro. El cuerpo era un rostro humano, de cuyo ojo izquierdo manaba una lágrima. La pintura se titulaba The Crying Spider. Un aviso  explicaba que el pintor, Odilon Redon, era un simbolista francés de principios del siglo XX. Se lo consideraba uno de los precursores del Surrealismo. La pieza habría sido adquirida por la organización a un coleccionista privado de Holanda y representaba el objeto de culto al que llamaban El Sol: una tarántula gigantesca, que por toda la eternidad, lloraría por las injusticias del mundo y por la maldad de los hombres.

 Luego de tres horas, Marcela salió acompañada por dos enfermeras. Pálida, con los labios apretados, me saludó con gesto ausente. Mientras la secretaria de Arañas en Tropel rellenaba unas planillas y yo preparaba un cheque para completar el pago, la miré con atención. En vez del calzado minimalista con el que entrara, lucía botas nuevas de color blanco. Los altos y anchos tacones abarcaban el largo de los pies. De acrílico trasparente, mostraban un leve tono rosado, quizá por las luces del lugar. En los topes brillaban los dibujos de sendas tarántulas, símbolos de la organización.

  Mi nombre es Lindsay y desde ahora seré la médica encargada de controlar la evolución de Marcela. Acabamos de proceder a su iniciación. Ella ha recibido en su sangre El Toque de la Araña…

  La mujer era rubia y joven. Tenía rasgos finos, nariz pequeña y ojos chispeantes. Vestía una bata verde con el dibujo de una enorme tarántula en el pecho. La escuché mientras seguía observando los pies de Marcela, visibles a través de la superficie de acrílico.

 …ahora volverán a su casa. No hay instrucciones especiales, pero será mejor que no salgan, que Marcela coma algo liviano, de preferencia vegetales y se acueste temprano.

 Los tacones de las botas estaban cubiertos de pequeñas rejas brillantes. De pronto sentí que mi espalda se tensaba; detrás de los transparentes barrotes, se agitaba algo negro.

 …instruimos a Marcela acerca de cómo proceder con los Soldados

 Debo repetírselo a usted como pareja conviviente. No pueden comer cualquier cosa. Por esta noche sólo deben alimentarlos con néctar que será preparado de acuerdo a la receta que lleva su esposa. Repito que no pueden alimentarse con ninguna otra cosa. Mañana me presentaré yo misma, con la primera entrega de comida oficial…

  Un leve mareo y un asomo de náuseas se iniciaron en mi bajo vientre. Deseaba huir. Entre dos de los barrotes de la bota izquierda, asomó una extremidad negra y azulada, que culminaba en una uña brillante.

3

 Debemos llegar a un acuerdo. Las arañas serán lo más importante de nuestra vida, ya que me arrancarán de las garras de la muerte. Te pido que hagas un esfuerzo, que te acerques a ellas y les hables con ternura. No tenemos hijos que alegren nuestro hogar, yo te he pedido muchas veces un perro, un gato, una mascota. Ahora estos soldados cuidan mi vida, me devuelven la existencia como un inapreciable regalo. Entonces tomémoslos como nuestros consentidos. Debes estar de acuerdo.

 A los seis meses de la iniciación en Arañas en Tropel, mi esposa caminó descalza sobre la tierra. De ese modo, enfrentó y venció la profecía de Sandra. Por mi parte, tenía dudas que no compartía con ella. En todas esas noches, durante su pesado sueño, yo frotaba los pies de Marcela con una loción que me diera Dung, el vecino oriental. El objetivo era limpiar de las plantas lo que el anciano llamara Los colgajos de la muerte; formaciones oscuras que él habría distinguido en sus huellas sutiles al caminar descalza. Acordamos que no lo comentaría con ella. Por su carácter impresionable, la noticia podría aumentar la tendencia a la siempre presente depresión. Ahora me preguntaba si la mejoría que le permitiera pisar la tierra con los pies desnudos y no morir, surgía del veneno de las arañas o del antiguo remedio oriental.

  Luego de la iniciación, instalamos las botas con sus ocupantes debajo de la escalera trasera que conducía al primer piso. Nos llevó horas de discusión acordar el sitio, ya que Marcela insistía en ubicarlas en el centro de la sala. La indicación de Arañas en Tropel era que debían permanecer en el lugar más importante de la casa. Alegué que doña Hilaria, mi suegra, pasaría unos días con nosotros en los próximos meses. Cada tanto debía viajar a la ciudad para tramitar su pensión. Mi esposa no quería que conociera los detalles del tratamiento, ya que la anciana tenía aprehensión a las arañas. Esto me sirvió para convencerla de colocar a los animales en un sitio importante, pero discreto. En el tiempo en que doña Hilaria permaneciera con nosotros, podrían cubrirse con un paño, lo que estaba permitido por la organización.

 En las primeras noches soñé que los animales escapaban de los tacones y se arrojaban sobre mis pies para morderlos e inocularme el fatal veneno. Desde que se instalaron junto a la escalera, dejé de usarla. Tracé un círculo imaginario, y las ubiqué en el centro. Al acercarme a los límites, el miedo crecía y amenazaba con paralizarme. La puerta que daba al jardín estaba a pocos metros de las botas. Si debía salir por ella, atravesaba el dormitorio y el cuarto de huéspedes, para   acercarme lo menos posible a las temidas arañas.

 El aspecto horripilante es una trampa malvada de tu mente. Si las miras con cariño y buena disposición, advertirás que los pelitos que las cubren son como el vello de un bebé, como la piel de un durazno…

 No era la primera vez que Marcela me exigía vencer el terror y adherir con entusiasmo al culto de las arañas. Expliqué con paciencia, que una fobia no podía solucionarse con rapidez ni con la simple voluntad. Requería un tiempo; un proceso.

 ― Te prometo aumentar mis meditaciones, mi introspección. Es lo único que puedo hacer para perder el miedo. Cuando esto ocurra, conversaremos otra vez.

 Marcela siempre asentía con un gesto y por su mirada ausente advertía que no me creía o no me escuchaba. Se limitaba a mirar el reloj, atenta a alimentar a los soldados o cantar aquellas canciones guturales que durante las tardes resonaban en toda la casa.

 Al repetir por tercera vez la caminata descalza en la tierra, mi esposa volvió a hablarme con tono admonitorio.

 Los Soldados merecen de nosotros una conducta ejemplar. Debemos ser dos santos o al menos estar cerca de ese ideal. En la organización afirman que el Soldado es la encarnación de un espíritu superior. Por eso corresponde que reduzcamos el sexo a dos veces por semana. Yo había pensado martes y jueves, entre las cinco y las ocho. He comprobado que en ese horario ellos duermen y no nos van a escuchar.

 ―Marcela, esto es un error. ¿Quién te dijo que el sexo es algo sucio, algo malo? Al iniciar lo nuestro, coincidimos en que la sexualidad era casi un ritual. ¿Es que acaso las arañas además de ser filántropos han hecho voto de castidad…?

 Me interrumpí. Mi mordacidad la afectaba. En otra época hubiera lagrimeado por palabras como aquellas. Ahora se limitó a mirarme sonriendo, con la expresión fría que mostrara desde el día de la iniciación.

 Pensé en una respuesta así de tu parte. Medítalo. Hasta que lo hagas no tendremos relaciones. He leído “Lisístrata” y pienso aplicarla.

  Se refería a la tragedia de Aristófanes, donde se describe la invención de la huelga sexual por parte de las mujeres de Grecia.

 Esa noche retomé el diálogo sobre nuestra intimidad. Entendía que Marcela se recuperaba de una situación difícil. No sólo la relación sexual, sino el cariño mutuo, serían una forma de brindarle fuerzas. Reconocía lo favorable del tratamiento con las arañas, pero el sexo no era algo sucio, sino una parte de la existencia. Si aquellos animales, como afirmaban en la organización, podían comprender los problemas humanos, estarían de acuerdo con las relaciones. Eran una forma de acrecentar la vida.

 Tras largos minutos de argumentos, Marcela se relajó. Apoyó la cabeza en mi pecho con un gesto de coquetería.

 ― Esta bien ― asintió ― vamos a tener relaciones tres veces por semana, lunes miércoles y viernes, pero con la condición que compres otros dos espantapájaros.

  En el jardín dos aparatos electrónicos con forma humana emitían frecuencias de infrasonido para ahuyentar a los pájaros. La empresa que los producía recomendaba la inclusión de otros dos para cubrir todo el perímetro, ampliar la cantidad de especies y reforzar las ondas dirigidas a los gorriones, los más resistentes a aquellas señales. Arañas en Tropel los aprobaba y aconsejaba, ya que las aves serían el enemigo natural de las tarántulas.

 ― Entonces hablaríamos de una inversión de dos mil dólares. Sabes que hemos gastado cuatro mil en el tratamiento….

 ― A fin de mes puedo disponer de mil. Los retiraré de un fideicomiso que tengo con mi madre. Ya lo hablé con ella y me dio su cálido consentimiento.

 Discutimos hasta tarde. Por último asentí. Todo fuera por proteger a las arañas.

4

 La primera noche preparé el néctar según las indicaciones que nos diera la médica: una parte de azúcar en dos de agua. La mezcla debía hervir hasta convertirse en un almíbar casi líquido que debía aderezarse con pocas gotas de esencias de coco y vainilla. Marcela se encargó de brindarlo a las arañas. A prudente distancia, la observé. Los dedos blancos, finos, enfundados en guantes de látex, se movían con gracia junto a las bocas negras y babosas de los monstruos. Por algún motivo me atraía esta visión aunque no me animaba a acercarme a los límites del círculo imaginario que trazara alrededor de las tarántulas.

 A la mañana siguiente, la doctora Lindsay Bart, encargada del tratamiento, se presentó con la provisión de comida para dos días. Ya no traía el uniforme, sino que vestía ropa de calle. Al entrar a la casa se quitó los zapatos; descalzarse era una expresión de respeto a los Soldados.

La invitamos a sentarse en una reposera en el balcón y servimos refresco de moras. La mujer explicó que las arañas eran dos ejemplares de Atrax Robustus, una de las especies más ponzoñosas del mundo. Un macho en la bota derecha y una hembra en la izquierda. Negras, azuladas, brillantes; medían cinco y ocho centímetros. El veneno, en condiciones normales, podría matar a un hombre por parálisis de los centros respiratorios. Desde los tacones de Marcela y tan sólo durante las caminatas, morderían unas almohadillas ubicadas en los talones. Allí, un delicado sistema controlado por ordenadores casi microscópicos, volcaría dosis milimétricas de ponzoña al torrente sanguíneo de mi esposa.

 ― Usted también va a convivir con los Soldados, señor Ignacio. Quiero conocer sus objeciones y dudas. Estoy aquí para responderlas. No debe quedar nada oscuro que luego genere resentimiento y rechazo a la presencia en su casa de estos seres celestiales.

 ― Doctora es poco lo que puedo decir. Antes que nada porque padezco de fobia a las arañas. Admití que Marcela realizara el tratamiento y mi única condición es que no me exijan tener contacto con los animales.

 ― Eso ya está concedido. Su esposa nos explicó todo. Ella se ocupará de la atención de los Soldados, por eso no debe inquietarse. Las jaulas en los tacones cuentan con un sistema de seguridad absoluto. Sólo por precaución, usted no puede tocar los pies de su esposa con las manos desnudas. Adelante, señor Ignacio. Le repito que hoy es el momento de responder a las dudas que pueda tener sobre nuestros queridos Soldados.

 ― Le confieso que cuando escuché hablar de Arañas en Tropel imaginaba que el veneno sería aplicado por medio de agujas hipodérmicas en un lugar que cumpliera con condiciones de esterilidad.

 La médica tomó un largo trago de jugo y en las comisuras de sus labios se dibujaron un par de bigotes morados.

 ― Usted describe lo que fueron nuestros primeros experimentos. Luego de numerosos fracasos, concluimos que lo único efectivo es la inoculación directa en el torrente sanguíneo del paciente por parte del Soldado. El sistema computado no altera en lo más mínimo el cuerpo sutil que recubre la toxina y las dosis exactas de micronutrientes. Esto es lo que se pierde por evaporación cuando pasa a una jeringa convencional. Marcela tiene en los pies un complicado laboratorio donde se aseguran las condiciones de esterilidad que usted menciona. Le dejaré material escrito con una descripción completa. Por su condición de ingeniero, quizá le interese conocer esta pieza de precisión, así como saber con exactitud la dosis de veneno que día a día recibe su esposa.

 Marcela seguía nuestra charla con expresión ansiosa. Ubicada detrás de la médica, de tanto en tanto hacía señas indicando que debía callarme.

 ― Tengo una objeción más La definiría como una preocupación ética. Ustedes afirman que las arañas son seres superiores, entonces no entiendo por qué las obligan a permanecer todo este tiempo encarceladas y sometidas a un fuerte estrés, sin posibilidad de salir de sus celdas. Creo que estos animales serían más felices en sus medios naturales…

  Las señas de Marcela eran desesperadas. La médica me interrumpió con voz firme y tono severo.

 ― Señor Ignacio, usted insiste en llamarlas arañas, pero para nosotros son Soldados, seres preparados con rigor para una misión de importancia Han sido ellos mismos quienes solicitaron ser encerradas en los tacones de las botas que la organización brindara a su esposa como parte del tratamiento. Son ellos mismos quienes informan todos los días a su madre, nuestro Sol, del estado en que se encuentran. Han renunciado a su bienestar para servir a la humanidad.

  La médica hablaba con una seriedad absoluta, convencida que aquellas arañas eran seres generosos hasta la muerte. Tenía más objeciones, pero preferí no continuar.

  Marcela dedicaba casi todas sus horas a atender los animales. Les daba de comer saltamontes envueltos en una gelatina y el resto del tiempo entonaba las extrañas y guturales melodías, o sentada al pie de la escalera, leía textos de García Lorca, Raymond Carver, Pablo Neruda, Nicolás Guillén y otros poetas.

 La clave del tratamiento era que caminara todos los días con las botas durante noventa minutos. Apoyadas en las patas traseras, las tarántulas inoculaban el veneno en las almohadillas de los talones. Debía llegar a la sangre de Marcela en forma de microscópicas gotas que derrotarían el designio de la muerte, como pronosticaran en Arañas en Tropel.

 Leí el manual que me alcanzara Lindsay. En las arañas, todo era un símbolo. Desde el número ocho aplicado a las patas, que simbolizaban rayos de energía, hasta el brillo de los ojos, que en parpadeos casi instantáneos expresarían un complejo idioma paralelo al de los sonidos guturales. Miembros selectos de la organización podían escucharlo en aparatos de ondas especiales. Habría llevado años descifrar el lenguaje, pero ya disponían de un diccionario y una gramática de uso interno. En cuanto a las dosis del veneno, eran cifras despreciables comparadas con las que se necesitarían para matar a un adulto. Revisé estudios realizados sobre las Atrax Robustus en la Universidad de Harvard. No habían investigado en los seres humanos los efectos de cantidades microscópicas como aquellas.

 Tres veces por semana, Marcela debía cumplir jornadas de ocho horas en la sede de Arañas en Tropel. Como yo no recibiera la iniciación, no podía trasmitirme lo que hacía en esas reuniones.

 ― Mañana me corresponde llorar ― dijo una tarde al volver de uno de aquellos encuentros. En principio pensé que se refería a uno de sus accesos depresivos.

― Las lágrimas en el ojo izquierdo del Sol han aumentado ― aclaró ― La guerra de Irak ha retorcido sus entrañas con el alicate del dolor.

 Dos días atrás se había desatado una feroz contienda entre Irán e Irak. Al parecer, la interrupción de la paz y la cantidad de muertos, desataba la tristeza en esa enorme araña, ubicada en el centro de un círculo, que a través de teléfonos celulares guiaba los destinos de los fieles. A fin de aliviar al Sol, los miembros de la organización debían vivir su tristeza. Al día siguiente, Marcela vistió un pijama negro que no se quitó durante la jornada. Las canciones que entonaba a las arañas adquirieron un tono lúgubre; hizo sonar hasta el cansancio la Marcha Fúnebre de Beethoven y recitó diez veces los poemas “Prendimiento y Muerte de Antoñito el Camborio” de García Lorca y Elegía de Miguel Hernández.

 Esta suerte de representaciones del dolor, que cada uno de los miembros debía repetir en sus casas, habrían   resultado, ya que al día siguiente, Lindsay anunció que se había reducido el caudal de llanto de la Araña Madre. A partir de entonces, Marcela repitió cada quince días la Jornada del Dolor, vistiendo de negro y hundiéndose en lamentaciones ruidosas y dramáticas.

 Al cumplirse cinco meses del tratamiento, la médica autorizó a mi esposa a caminar descalza en la casa. Debía recorrer tramos de diecisiete pasos, desde el dormitorio a la puerta trasera. Por último, se le permitió caminar siete minutos sobre la tierra húmeda, lo que debía conjurar el núcleo de la profecía. Las palabras de la adivina en la última visita habían sido: En caso que pise descalza la tierra, morirá de inmediato.

 Al volver a andar con los pies desnudos, la salud de Marcela mejoró día tras día. No ocurría lo mismo con el ánimo y con nuestra relación, pero yo confiaba en que al terminar el tratamiento, todo volvería a equilibrarse. Años atrás me había acercado a una escuela Budista donde aprendiera una frase muy simple, pronunciada por el fundador en el Japón del siglo XIII. Sonaba a perogrullada, pero en circunstancias como aquella servía para tranquilizarme. Debía repetirla veinte veces en la mañana, apenas me despertaba y recitarla como un mantra a lo largo del día:

 Al terminar el invierno, siempre llegará la primavera.

Ricardo Iribarren

 

 

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Fecha 20-abr-2014 19:12 UTC
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