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LEYES O JUSTICIA. Por Gabriel Alcolea

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Cuando una ley nace injusta es preciso combatirla hasta su adecuada enmienda o su derogación. Claro que, ¿quién decide o debiera decidir la injusticia de las leyes? Sencillo: el pueblo. Es él y nadie más, el ente hacia quien debe encaminarse cualquier ley. Entonces, cualquiera dirá: las cosas están bien como están, pues es el legislador, teniendo la mayoría representativa, quien promulga la ley. Así es, ha sido y seguirá siendo para nuestra desgracia si no conseguimos cambiar este perverso sistema que no otorga justicia para la convivencia y regulación entre las personas sino que lo es para el interés espurio de unos cuantos grupos de poder, pues no hay apenas una ley que aguante un mínimo estudio crítico sobre la ética o moralidad de su componenda o reglamentación.

Son infinitos los casos que pueden citarse sobre la ilegitimidad de las leyes injustas pero legales. Cualquier dictadura conocida es más que una muestra y son públicos las injusticias que con su legal aparato fundamentan normas básicas o Constituciones al uso. Pero esto también se da en los casos de las mal llamadas democracias que, aún gozando de gran legitimidad no son el ordenamiento jurídico requerido como justo puesto que nunca -o casi nunca- tienen el refrendo posterior de la mayoría de los ciudadanos.

Un caso flagrante lo tenemos los españoles en nuestra reciente historia. ¿No eran legales las leyes franquistas? Naturalmente que lo fueron y, muchas de ellas incluso, aún lo son hoy día. Tenemos ejemplos más recientes. La mayoría de las leyes de la época denominada como “democrática” -desde hace cuarenta años hasta nuestros días- incumplen, sistemáticamente, todos los preceptos programáticos de los dos grandes benefactores de la transición española, PSOE y PP, -siendo ejemplos solemnes la Ley Electoral y la propia Constitución- aduciendo intereses de Estado, como si los componentes de ese Estado lo fueran sólo cuatro amiguetes que han engordado su particular faltriquera con la promulgación e interpretación de las leyes hechas a su imagen y semejanza.

Son, ambos partidos, con la anuencia, en muchos casos, del resto de formaciones políticas que viven apoltronados en este chollo que supone la continuidad de un régimen y un sistema que ha heredado lo peor que se puede heredar de una dictadura política y militar: la corrupción, los que comparten la responsabilidad (perdón por la ironía) de gobierno en este corroído reino de manera mafiosa como auténticos buitres maestros en el arte grotesco de la pillería y el saqueo de lo público.

En este menú para dos, fijado anticipadamente como un fósil constitucional mediante la citada ley electoral, solo tienen cabida las oligarquías, los poderes fácticos y quienes mantienen y hacen posible esta monarquía y este putrefacto régimen de: hoy yo y mañana tú.

Si los ciudadanos no nos paramos un momento en ver y oler la basura que nos rodea, seguiremos como estamos o aún peor. Si somos incapaces de distinguir entre un político decente que luche por nosotros y lo que nos pueden ofrecer (nos lo están ofreciendo) tipos de la catadura ética y moral de Mario Draghi o Luis de Guindos con el bagaje de irresponsabilidad y daños públicos colaterales que llevan en sus alforjas de cargos “privados” anteriores y los ensalzamos a ubicaciones políticas públicas de mayor categoría estamos demostrando que todos los males que nos inundan los tenemos bien merecidos.

Si pretendemos cambiar este acabado e injusto sistema a través de sus leyes y normas establecidas debe pasar, ineludiblemente, por echar al cubo de la basura a todos los partidos que han tenido mayoritariamente responsabilidad de gobierno en cualquier parlamento o que hayan estado implicados en casos de probada y manifiesta manipulación y corrupción.

No es tan difícil. Hay más partidos y más opciones. Y si no fuera así, el voto nulo -no el blanco- sería el único camino.

LAS OTRAS VICTIMAS.

VICTIMAS FRANQUISMOComo si el terrorismo tuviera un solo color o los asesinatos tuvieran un plazo moral de caducidad, así es como en este “reino” se sigue tratando el dolor de cientos de miles de españoles, descendientes directos de personas que fueron vilipendiadas, ultrajadas, torturadas, robadas y asesinadas premeditadamente, durante los años que duró la dictadura franquista.

Los cuerpos de más de cien mil españoles andan aún tirados en cunetas o parajes desconocidos, sin que el Estado español, que es quién debiera ocuparse de este tenebroso y miserable tema, ayude de forma oficial a recuperar sus cuerpos y darles una sepultura digna. Quizás muchos, por su edad o por otros motivos más penosos sólo haya oído hablar de las víctimas de ETA o las del 11M, pero la verdad, trata de ser ocultada y callada por demasiados españoles, entre los que destaca el partido Popular, con la callada y oficiosa connivencia del PSOE y el cobarde silencio y abstención de una pléyade de jueces, funcionarios, dirigentes de autonomías o alcaldes que forman parte de la caterva heredada del franquismo.

Están vivos los hijos, hermanos, nietos, etc. de personas que por no ser cobardes y no saber callar ante la ignominia, la falta de libertad o por simples venganzas personales o espurias, siguen esperando, no ya una justicia reivindicativa –que de leyes que paliaran estos asesinatos ya supieron dotarse y blindarse los señoritos hacedores de la vil transición- pero sí, al menos, poder encontrar sus resto y poder llorarles en paz de una vez para siempre.

Me pregunto si gente de los escrúpulos como los del señor Mayor Oreja y otros como él que siguen jaleando el pasado franquista, aún por condenar -como en el resto del mundo civilizado- en el Parlamento español por su partido el PP, terminarán, con los años, dando el mismo tratamiento a las víctimas de ETA. ¿Será que su cristiano y católico proceder no incluye la piedad aún para los “rojos” asesinados por su invicto líder y caudillo?¿Será que más de uno de estos elementos que golpean su pecho en sus ancestrales iglesias y reciben “el cuerpo de Cristo” para perdonar sus pecados, en realidad, son temerosos de que la Justicia (con mayúscula) venida de algún sitio donde exista, venga a recordarles las directas responsabilidades de más de un progenitor suyo?. ¿Es posible que aún siendo tan fervientes devotos, les importe un pimiento los muertos “del otro bando”? ¿Y Zapatero? ¿Qué le impidió dar un verdadero y final impulso a la Ley de la Memoria Histórica y, así, terminar de una vez y decentemente con esta atrocidad, con este sufrimiento para miles y miles de personas que solo un pueblo cainista como el nuestro puede seguir consintiendo?.

¿Qué ha sido de las víctimas asesinadas por el franquismo aun después de la incivil guerra? ¿Son víctimas con caducidad? ¿Creen estos políticos que son víctimas de segunda?. Pues se equivocan de lleno. Estas personas, estas muertes, siempre estarán en la memoria de cada uno de los que les conocieron, amaron y quisieron. Estas personas siempre estarán vivas para la mitad de España; y millones de españoles, más vivos que nunca, podrán perdonar quizás en muchos casos, pero jamás olvidar. Eso, nunca.

LEYES, QUE NO JUSTICIA, por Gabriel Alcolea.

MINISTERIO DE GRACIA SIN JUSTICIAEntre todos la mataron y ella sola se murió. ¡Pobre España!.
Y, no les quepa la menor duda, aún habrá quien les aplauda. Siempre ha sido así. Incluso los desmanes y los crímenes más horrendos hacia la humanidad han tenido sus defensores. Antes y ahora. Supongo que no necesitan que recordemos la Historia. Está muy reciente.
La pléyade de ministros del PP, patroneados por Rajoy, está arrasando España. Esto sí son cambios y no los que pretendió Alfonso Guerra con aquella frase de: “no la va a conocer ni la madre que la parió”. Bueno, en esta ocasión si que la reconocerán, al menos, lo más viejos del lugar, pues no en balde estamos volviendo a las etapas de la época gloriosa, donde casi todo venía dado gracias a Dios…y a sus defensores,claro.
Se ve que, junto a griegos y portugueses somos uno de los pueblos elegidos por tal deidad. No hemos tenido bastante con las siete plagas de la crisis financiera y la burbuja inmobiliaria que, a renglón seguido, las huestes de Génova, 13, nos terminan de masacrar con sus recortes, repagos, reimpuestos y releyes.
Si alguien tenía fe en que este Gobierno se dedicaría a paliar la situación económica de los españoles, apañado va. Bueno, la de “algunos” españoles sí, claro. Como siempre: los amiguetes de turno.
Aquí, mientras media España hace tiempo que pasa hambre, tiene más carencias que un ciudadano cubano, albanés o marroquí o bien no llega a final de mes, la otra mitad -esa de la que nunca oirán decir a nadie nada sobre los impuestos que pagan y deberían pagar, esa con la que vale la vulgar y falaz creencia de que nadie se meta con ellos no vayan a “abandonar el barco” y dejarnos con lo puesto,- esa mitad silenciosa, la gente bien, la que no se manifiesta, la que no alborota, la de fiestas de guardar, la de la fiesta nacional, la del paseo del trono religioso, la “demócrata” de toda la vida, vaya; esa, empieza a estar cada día más feliz y satisfecha.
La controversia y la discrepancia, de nuevo en la mesa. Antes, fueron Báez y la virgen del Rocío; Mato y el timo a la inteligencia; pasando por Gallardón y la ruptura con los moldes judiciales y su justicia para clases, digamos, más pudientes (¿para qué demonios quieren justicia los pobres?). Les siguió Wert a corta distancia, haciendo el ridículo mundial, pero riéndose de lo socialmente conseguido y marginando los estudios para las familias sin recursos ni hijos talentosos.
Y como en esta hornada de ministros rajonianos nadie quiere quedarse el último, sale ahora, el ínclito apagavelas, el de Interior, sr. Fernández Diaz, con un anteproyecto (parece mentira que anden perdiendo el tiempo con tonterías como eso de “anteproyectos” cuando, en esta legislatura, lo que no se aprueba por ley se hace por decretazo y tente tieso) de “seguridad” ciudadana, donde cada letra del texto estará escrita con sangre española, -por aquello de “la letra con sangre entra…”- perteneciente a las cabezas de nuestros estudiantes o a los manifestantes que se atrevan a tocarle las narices a este Gobierno.
No se atreven a plantar cara a Merkel, ni a Draghi, ni a Lagarde, ni a los mercados, ni a los bancos. A ellos no les pueden enviar su séquito de esbirros con porras y material antidisturbio nuevecito y por estrenar. ¡Pues no tienen ganas los chicos de empezar a probar las nuevas pelotas!. No. A esos no se les toca. Contra esos no se legisla. A esos se les acata. A esos se les obedece. A esos se les besa…lo que haga falta.
Este Gobierno tiene tanto miedo de no poder completar su “objetivo” de cambios conservadores y privatizaciones en el tiempo que tienen que, al menos, han de conseguir amedrentar a la ciudadanía para que no les hagan la tarea más complicada. A fin de cuentas, las manifestaciones, huelgas, algaradas, concentraciones, etc. atraen peligrosamente la atención del mundo. La prensa extranjera no para. Sigue atenta y tiene sus ojos puestos en nuestro país porque sabe que huele a lío, a desestabilización, a precariedad, a pobreza, a inmundicia, a economía sumergida, a corrupción…Esos son síntomas claros de que “algo” puede estar gestándose entre las clases populares. Saben perfectamente que , en un momento determinado, la chispa puede hacer combustión y cambiar todo en veinticuatro horas. Son perfectos conocedores de que los datos oficiales del “régimen”, junto a los facilitados por las agencias y organismos internacionales, están amañados, son falsos. Aquí, hasta entre los miembros de las fuerzas de seguridad y el propio ejército hay conatos y claros síntomas de inestabilidad y preocupación.
La nueva Ley de Interior que, como las adoptadas en otros Ministerios, nos retrotrae a los peores años de la dictadura franquista, ha sido confeccionada, según palabras del ministro, a requerimiento de las fuerzas de seguridad. Mayor vilipendio no se puede dar: acusar a las propias fuerzas de seguridad de ir contra el pueblo del que forman parte y que, además, les paga.
Esto no son leyes justas. Se volverán contra ellos. Al tiempo…

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CANAL NOU, SUMA Y SIGUE… Por Gabriel Alcolea.

 

Captura de pantalla 2013-11-09 a las 21.01.40La intentona de cierre de Canal 9 por parte de la Generalitat Valenciana, escudándose en la no admisión judicial del ERE realizado sobre miles de trabajadores, es la síntesis de la política del PP a nivel nacional, en cualquiera de los sectores que atañen a nuestra sociedad.

Amparándose en el cansino, falaz y archirrepetitivo mantra de: “NO HAY DINERO”, han intentado, y lo están consiguiendo, toda serie de engaños, estafas, ocultamiento o falseamiento de datos, en suma, traiciones a la mayor parte del pueblo español, para conseguir las metas u objetivos que, como en 1996, les suponga engordar las faltriqueras de sus poderosos y ricos amigotes a través de las correspondientes PRIVATIZACIONES de lo PUBLICO.

Cuando se llega a un cierto estado de injusticia, latrocinio e indignación como al que estamos llegando (aún nos faltan recortes y pruebas más difíciles de superar, al estilo de Grecia y Portugal) el Gobierno elegido deja de representar a un Estado y lo es sólo de unas clases dominantes.

Para más inri, cuando constantemente se incumple el programa electoral prometido a sus votantes, debieran ser estas mismas personas las que apoyaran la insumisión y el desacato a unas leyes injustas y subjetivas. Pero, no parece ser este el caso de los electores del PP. Más bien es todo lo opuesto. Se dejan manipular y embaucar, aún sufriendo muchos de ellos en sus propias carnes la parcial actuación del actual Gobierno de este reino descabezado.

Es la Comunidad Valenciana, un claro ejemplo de cómo, cuándo y por qué los sujetos que la habitan se convierten en claros cómplices del saqueo a que son llevados los activos de todos los valencianos. A pesar de todos los mangoneos y corrupciones habidos en este lado del Mediterráneo, muchos les han seguido votando y, lo que es peor, creyéndose a pie juntillas, las continúas falacias de estos pésimos gobernantes pero hábiles descuideros de lo ajeno.

Canal Nou que, en los últimos años, ha perdido casi toda su audiencia por la mala pero estudiada gestión de los políticos del PP, era lógico que no fuera “rentable” (cosa ésta más que discutible, ateniéndonos a lo que debería ser el verdadero objetivo de una TV pública). Los chanchullos y el derecho de pernada (en algunos casos, literal) eran de todos conocidos e, incluso, denunciados en los tribunales de justicia ordinarios.

Querían cargarse, entre otras cosas, la lengua valenciana o catalana y han hecho -y harán- lo indecible hasta que lo consigan. Con jueces a favor o en contra. Les da igual. Los delitos éticos, morales y sociales de estos sujetos ya los están cometiendo a plena luz del día. Saben de su poder, de su infame infalibilidad ante la Ley, de su mayoría en las urnas y, por tanto, les importa un pimiento las atrocidades que lleven a cabo contra la mayoría de los ciudadanos.

Así es y así está pasando con todos los asuntos importantes en España. La mayoría del pueblo español no sólo tiene un enemigo común que está destrozando y desgarrando el Estado; tiene, además, otro hostil antagonista: los votantes del PP; hacedores, conocedores y colaboradores de la traición que se está llevando a cabo.

A ellos, un día, también habrá que exigirles que rindan cuentas.CANAL NOU

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EL IMPERIO DE LA LEY.Por Gabriel Alcolea

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LA LEY. ESTATUA DEL CONGRESO DE LOS EEUU.

 

 

 

Dice una acepción del término que a esta frase se le ha dado el concepto jurídico-político de definición formal no unívoca, entendiendo el sentido de la primacía de la Ley sobre cualquier otro principio o poder gubernativo. Más bien parece pensado como una frase mágica. Una palabra bendita. El salvo conducto oficialista que palía cualquier retórica del político de turno para argumentar con amaño lo que pueda ir contra natura o para justificar lo muchas veces injustificable.
Muchos somos los que estamos convencidos de la Ley, las leyes, son tan imperfectas como las propias personas que las crean, los legisladores. Y, no sólo de estos, si no también también de aquellos que en el ámbito cotidiano han de defenderlas, aplicarlas, interpretarlas, hacerlas cumplir e, incluso, acatarlas o sufrirlas.
También somos muchos -cada día más, a la vista de los diarios aconteceres- los que opinamos que los órganos que se ocupan de su aplicación, principalmente la judicatura, no andan exentos de la influencia perniciosa de los gobernantes y el mismo poder legislativo.
La Historia nos cuenta que no siempre existió la Ley escrita, sino que ésta derivó de unos usos y costumbres que, como no podía ser de otra forma, emanaba de los propios actos consuetudinarios del hombre fuerte y poderoso, grabados, por lo general, en la memoria y la voluntad del resto de la comunidad, ya fuera por la fuerza o el poder de quien, en cada momento, ejercía su superioridad física y, normalmente, a través del uso de las armas. Una cosa resulta clara y concreta: las leyes siempre se han dictado al compás de los vencedores. En unos casos de forma más democrática que en otros, pero siempre, basados en la mayoría dominante en el tiempo a que correspondan dichas leyes.
Los que, por desgracia, hemos vivido bajo el imperio total de una dictadura y, después, bajo un régimen transformado mediática y falazmente en la panacea de las libertades, el paniaguado bienestar y, la siempre pretendida y nunca conseguida, igualdad social, sabemos -más por viejos que por diablos- de manera además repetida de la incoherencia del legislador y de su total desconexión con las masas, con el pueblo llano y sencillo a la hora de convertir en normas de obligado cumplimiento lo que esa mayoría de atribulados políticos, reyes, dictadores o cualquier sátrapa coronado, creen preciso oficializar en textos legales e imperativos.
Por ilógico que parezca casi nunca se legisla para la mayoría, para el bien común. Más bien parecen hacerlo para los intereses y oportunidades de los segmentos más privilegiados de la sociedad, coetáneos o hermanados con quienes ocupan la poltrona legislativa en ese preciso momento. De ahí, tantos cambios en las leyes. De ahí, tanto resquemor y desconfianza entre los que no forman parte del grupo dominante. De ahí, en suma, la mayoría de las veces, tanta injusticia.
Fijémonos bien que son pocas las leyes que sobreviven en el tiempo. Su derogación, reforma o mutación es constante. La excusa, el pretexto: hay que adaptarlas a los tiempos. Sí, en muchos casos, pero falso, en la mayoría. Lo que resulta bien cierto y está constatado es que, cuando una Ley perdura insólitamente, lo hace -y, previsiblemente, lo seguirá haciendo- porque beneficia a grupos o colectivos de poder muy determinados. Los ejemplos los tenemos muy nítidos en nuestros Códigos. Esas leyes no subsisten porque beneficien o amparen a una mayoría, sino por el dominio que ejercen ciertas minorías dominantes a través de generaciones interesadas en su mantenimiento. Dotarlas de la rigidez o flexibilidad necesarias o su correspondiente reforma por un pretendido interés público, se hace notorio y ostensible por los gobernantes de turno.
Por estar actualmente en candelero, ahí tenemos, sin ir más lejos, la -ahora- archiconocida Ley Hipotecaria (los desahucios y su repercusión bancaria) o la propia Constitución española (el famoso artículo 135). Cuando ha interesado al poder ejecutivo o bien a través de la presión social, económica o financiera, ha faltado tiempo para cambiar lo que parecía intocable.
Decía Mohammed: la ley es soberana por encima de toda autoridad y, por lo tanto, el gobierno está por debajo de la ley.
Eso podría ser cierto y sería un beneficio que redundaría en los ciudadanos si se cumpliera al pie de la letra aquella máxima de Maquiavelo sobre la separación de poderes.
Mientras tanto, seguiremos esperando…

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Lista de espera. Por Gabriel Alcolea.

Captura de pantalla 2013-09-24 a las 19.26.50El título del texto es el mismo que el de una de las películas cubanas, posiblemente, más representativa y cómica de los últimos tiempos. Versa sobre la particular idiosincrasia del pueblo cubano en una de las eternas crisis que suelen atravesar. Es la jocosidad misma en medio de una tragedia económica. Si pueden, no se la pierdan. Deberíamos haber aprendido de este gran pueblo en su momento pues, ahora, ya les superamos en algunos tétricos aspectos.
Andábamos lejos de las penurias y carencias entre las que suelen sobrevivir ciertas sociedades sin que estos avatares apenas inquietaran a la generalidad, cuando hete aquí que, de la noche a la mañana, un agujero negro se abrió bajo nuestros pies. Lo del agujero “negro” lleva, evidentemente, segundas y aviesas intenciones.
Así como que no quiere la cosa y por el enorme arte y salero que supone cuadrar unos presupuestos, dándole a los ricos y poderosos lo que se les roba a los pobres y menesterosos, los Gobiernos de las diferentes naciones, otrora dotadas de un glorioso estado de bienestar y que pueblan la nunca peor llamada “Unión” Europea, han sido reclutados y ejercitados voluntariamente para hacer de este avanzado mundo un lugar de listas de espera. Sin ir más lejos, en nuestro país, tenemos los ejemplos hasta en la sopa.
Listas de espera para nacer. Los datos demográficos señalan la general recesión sin precedentes en nacimientos habidos en las últimas décadas. Ah, ¡y menos mal!, habría que decir. De no ser así, la situación con dos o tres millones de habitantes más en edades “improductivas”, hubiera supuesto una debacle definitiva.
Listas de espera para recibir, cuando menos, una mínima instrucción educativa, acorde a los supuestos tiempos en que nos desenvolvemos. Las deficiencias estructurales y la escasez de medios con que se está destruyendo la escuela pública en algunos países, así como los estudios universitarios o profesionales, nos sitúa en una posición que, tratada desde una perspectiva lógica y objetiva, es como si los gobernantes quisieran marginar a las clases menos pudientes en el mundo de las sombras.
Listas de espera, algunas con situaciones límite, aberrantes e inhumanas, para poder optar a un trabajo digno y remunerado de forma básica.. En solo tres países de apestados, económicamente hablando, tres de los llamados PIGS, -Grecia, Portugal y España- diez millones de personas (casi tantas como habitantes tiene la misma Grecia y muchos otros) deambulan diariamente por las calles o se enclaustran en sus viviendas (el que la tenga, claro) maldiciendo su suerte y viendo de manera impotente como sus churumbeles -permítaseme el término- nunca gozarán de la misma igualdad y del mismo trato y acomodo que otros críos. Sólo en España, más de dos millones de personas no reciben ni un mísero euro de las autoridades “competentes” que pueda mitigar su indigencia.
Listas de espera para poder ser tratados o atendidos por la sanidad pública, cada día más precaria e infrautilizada. Los cierres de camas hospitalarias, -a veces plantas enteras- recortes en medios, fármacos, personal, limpieza, etc. tienen la contrapartida de moda: la derivación de enfermos a centros u hospitales privados o concertados, o bien, de un plumazo, decretando la gestión privada de las instalaciones sanitarias pagadas con el dinero de los contribuyentes.
Por suerte -que no por deseo expreso de muchos gobernantes a quienes las pensiones les trae por la calle de la amargura- la longevidad de nuestros mayores pone tierra de por medio a las listas de espera en los cementerios (aún públicos, aunque por poco tiempo) pero todo se andará.
Si no fuera por la falta de espacio, conseguiría atormentarles aún más pues listas de espera en este país nos vienen creciendo como los enanos -con perdón- crecen en este esperpéntico circo que asumimos -¿qué remedio?- como si tal cosa.
Todo en pos de la austeridad, dicen. Pero claro, los falaces mantras del “no hay dinero” ya no se los cree nadie y todo el mundo sabe cual es el verdadero motivo y causa de la acometida y destrucción hacia todo lo público.
Por cierto, seguro estoy que al señor Borbón estas listas, las sanitarias, las otras y las no detalladas no le han afectado jamás. Una lástima.

MONARQUÍA O REPÚBLICA: SIMPLE RACIONALIDAD. Por Gabriel Alcolea.

MONARQUIA O REPUBLICADada la actual situación y los comentarios políticos del momento, no me he devanado mucho el cerebro para escoger el título del texto.
Pero, ea, no vayan a negarme que los vientos que soplan en el país son cada día más favorables a que en un Estado actual, moderno y donde de verdad impere el pleno Derecho, sean sus ciudadanos los que deban elegir a su máxima magistratura.
Por simple cuestión gramatical o de raíz lingüística, el término monarquía es un antagonismo al de democracia, teniendo además como antónimo, el término república.
Salvo los cuatro reinos africanos o asiáticos en el Occidente de hoy, más o menos democrático, apenas si quedan siete u ocho países donde la tradición más ancestral – y más cavernaria- mantiene a otros tantos monarcas fuera del lugar que les corresponde en la modernidad: la baraja.
Curiosa, aunque falaz e interesadamente, se dice que son en estos “reinos” europeos donde más democracia existe. Quiero opinar al respecto, negando de principio la mayor. No es, precisamente, por tener esos reyes como jefes de Estado por lo que estos países tienen democracias avanzadas y un buen nivel cultural y económico. Es, justamente lo contrario: disfrutan de esos parabienes aún a pesar de esos mismos reyes. Y, lógicamente por añadidura, la calidad de vida de sus ciudadanos es similar al de otros muchos países europeos que son repúblicas.
La defensa -la mayoría de las veces de manera torticera e interesada- que se viene haciendo de reyes ocupando -¿por la gracia de Dios?- las jefaturas de Estados es de una irracionalidad aplastante y de una ilógica palpable. La democracia tiene por principio consagrar el gobierno del pueblo por y para el mismo pueblo, sin otros ingredientes medievales, provengan de la divinidad de turno que provengan.
Más aún es el caso de la monarquía española, abocada desde siglos a un continúo mal vivir de guerras civilistas y que, en el no va más de la escasa cordura y el bastardo interés de las clases pudientes, las militares o las eclesiásticas, o peor aún, en el concordato de aquellas tres, se restablece una casta que la voluntad popular había echado por tierra de forma democrática.
Por más que quieran alardear los diferentes Gobiernos de turno o las clases privilegiadas que se han dotado de tal modelo de Estado, la única verdad es que esa máxima magistratura, la Jefatura del Estado, sólo tiene valor y es necesaria cuando es requerida por el plebiscito del pueblo en su mayoría y, mientras tanto, sólo es un símbolo ornamental que no goza de ningún significado práctico para el gobierno y el bien común de los ciudadanos.
Ahora, en las circunstancias adversas por las atraviesan los españoles, se oyen voces -demasiado representativas para el interés de la prolongación de la familia Borbón- intentando acallar el clamor popular cada vez más extendido. No es este el momento, dicen. Por supuesto que sí es éste el momento. Éste, aquél y el que sea. Siempre será bueno el momento para el que un pueblo pueda elegir libremente a su Jefe de Estado. Lo contrario es ningunear a los españoles de la manera que lo vienen haciendo casi ochenta años.
Por último, a aquellos que quieren perpetuar la monarquía en España, les preguntaría: ¿Por qué? ¿Para qué?. ¿Qué objeto tiene?.
Ya está bien de embaucar al personal con la representatividad, la figura de árbitro, o la imparcialidad de la regia figura. Esos son cuentos que ni los jóvenes infantes, con algo de juicio, se tragan ya.
La racionalidad y el sentido común piden a gritos la normalidad, la lógica, la sensatez, lo natural, lo razonable; en suma, lo justo.

IZQUIERDAS O DERECHAS. Por Gabriel Alcolea

Mientras la mitad del mundo se empieza a preguntar ¿arde Oriente?, en el Estado español, en esta España contrahecha, en este país dividido, en esta “patria” sempiterna; una, grande y libre para casi la mitad de españoles y universal y plural para la otra media mitad, se ha instalado en una gran parte de la sociedad un mantra que, desde mi punto de vista, resulta inconexo e irreal en cuanto nos metemos en harina de calado: ni de izquierda, ni de derecha.

Ese eufemismo tan recordado por algunos como frase definitoria de ciertas ideas fascistas extendidas en los prolegómenos de la incivil guerra española, se viene apropiando de mentes en su mayoría jóvenes que, dependiendo de que lado sople el viento de la economía, inclinan la balanza de su voto hacia uno de los dos partidos mayoritarios del dramático esperpento que supone el sistema partitocrático de partidos políticos del reino Borbón.

Puede que tal dicho haya calado entre cierto electorado, puede. Pero, no es menos cierto que, cada vez, son más y más los jóvenes -y menos jóvenes- que tienen muy claro que las ideologías, por mucho que se ufanen ciertos grupos políticos a revertirlas en pos de su propia y sesgada conveniencia, están tan vivas como siempre y que son definitorias de la conducta y comportamiento de sus actos cívicos.

Hoy, al igual que en aquellos tiempos posteriores a la caída de la dictadura franquista, existen muchas personas preocupadas por el devenir de los acontecimientos que ven como, día tras día, los derechos ganados en cruenta batalla a las clases dominantes, les están siendo arrebatados de nuevo por un Gobierno conservador a ultranza que no ha hecho más que incrementar y apuntalar los tibios andamiajes estructurados por su homónimo anterior.

Se ha dicho siempre que entre el electorado español existe un colectivo de unos dos millones de votantes que suelen inclinar hacia un lado u otro la balanza electoral; hacia el PSOE o el PP. Naturalmente, este tipo de personas es necesario que esté formado por sujetos del mismo corte filosofal, ya que, por la cíclica cronología de las fechas electorales, no puede tratarse de los mismos votantes. Los mismos estudios sociológicos nos llevan a pensar que transcurrida esa traslación que supone la edad de esos electores, se decantan, más o menos definitivamente, por uno u otro partido, pues, curiosamente, la cifra siempre suele oscilar entre la cantidad reseñada.

Las últimas elecciones generales y, sobre todo, los últimos datos encuestados, nos demuestran que, ante ciertos hechos consumados que hacen peligrar la existencia del mal llamado “estado de bienestar”, son cada vez más las personas que toman postura firme por una determinada posición política y se dejan de situaciones abstractas que, en el fondo de la cuestión política, conducen a una indiferencia poco plausible y son acicates para convertirse en cómplices directos de las políticas de una determinada forma de gobernar.

No es el momento de encogerse de hombros o “pasar” de las cuestiones políticas. Bien al contrario, es el momento de apostar de manera concreta qué es lo que en realidad queremos. Las izquierdas o las derechas y sus connotaciones sociales, económicas, políticas, etc. no son un cuento chino que nos deba dejar indiferentes. Además de los dos partidos mayoritarios, existen infinidad de agrupaciones y partidos con ideas muy diferentes a las ya conocidas y llevadas a cabo por ellos. Es cuestión de saber elegir con qué programa nos identificamos y tomar el camino que más nos interese.

Las ideologías, pese a quien pese, no han muerto. Están más vivas que nunca y, por ende, son más necesarias que nunca. Nos va en ello la supervivencia de un mundo mejor, más justo, más libre y más solidario. Lo que es evidente es que todos ya sabemos lo que estos dos partidos, PP y PSOE, han dado y dan de sí. Es el momento de cambiar y optar por quien creamos más conveniente. Es nuestra opción, no la desaprovechemos.