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RECORDANT LUIS BUÑUEL

Ahir (29-07-2013) la SER es va fer ressò del 30è aniversari de la mort del cineasta Luis Buñuel, el calandès més universal. Però la commemoració va passar desapercebuda per a la majoria dels mitjans de comunicació. La SER però, aprofitant l’efemèride, va posar el dit a la nafra (llaga) en el tema de les retallades en cultura.
Amb la crisi, la cultura, amb l’educació i la sanitat, és un dels sectors que més perjudicat n’ha sortit. A part de la manca de subvencions de els administracions públiques, l’increment del tipus de l’IVA als espectacles, ha estat un cop baix que augmenta els mals que ja venia patint el sector. Serà per que a la dreta, segons quin cultura no els va, però com no poden legislar només per a la part que ideològicament no els hi és afí, s’acaba per perjudicar a tots.
Continuant amb el tema de la SER, va posar èmfasi en les retallades que pateix el Centre Buñuel de Calanda i que després de 10 anys des de la seva posada en funcionament, ara corre el risc de tenir que tancar per problemes econòmics. Es va poder escoltar el seu alcalde (José Ramón Ibáñez Blasco) que va criticar molt durament a les autoritats aragoneses, tant a les del Govern de l’Aragó com a les de la Diputació de Terol. Sense conèixer l’afiliació política de l’alcalde, ràpidament vaig deduir que del PP no seria… Quan ho he buscat a Internet he vist que era del PSOE d’Aragó. En coses com aquesta te’n adones de les diferències que hi ha entre populars i socialistes, encara que moltes vegades no es vulguin veure o acceptar.
De viure, Buñuel no seria una persona afí al PP, d’això n’estic segur! republicà, anticlerical, excèntric, surrealista, es podria definir com un personatge políticament incorrecte. El seu cinema i la seva literatura a més de la seva forma de ser, ho avalen contundentment. A qui no li ve al cap l’escena de la seva pel•lícula Veridiana que és una paròdia del Sant Sopar de Crist. Com d’altres obres seves, el film, premiat internacionalment (Palma d’or al festival de Cannes), va ser censurada pel règim franquista.
Encara que Buñuel va passar gran part de la seva vida a Mèxic i França, va tenir un estret lligam amb una població del que jo considero el nostre territori: Beseit, comarca del Matarranya, província de Terol.
Allí, a la fonda de la tia María (ara Antiga Posada Roda) sempre s’ha guardat un gran record de les estades de Buñuel. Jo hi vaig estar fa un bon grapat d’anys, molt abans de ser restaurada i a una paret del menjador estaven exposades una gran quantitat de fotografies amb el cineasta com a protagonista.
Igual com passa amb Picasso a Orta de Sant Joan, Beseit també ret homenatge a Buñuel dedicant-li un dels carrers del petit, però encantador poble de la Franja de l’Aragó.

EL HOMBRE DESCALZO Y EL DRAGÓN DE HUMO 4ª Parte. Por Ricardo Iribarren

 

Sandra era el nombre de la adivina fantasma. La que, con acento alemán y una sonrisa, profetizara mi fin. El augurio fue acompañado de fecha y hora: el quince de mayo a las cuatro y diez de la tarde. Puntual, vestida con una túnica india y zuecos transparentes, la propia profetisa se presentó a buscarme en nombre de la muerte. Comprobó que no podía llevarme mientras estuviera descalzo. En esa condición, la tierra mantenía y protegía mi vida. Ella estaba segura que alguna vez debería calzarme. Entonces sería el momento del fin. Desde esa misma tarde, se apostó frente a mi casa  y vigiló mis salidas. Al observar mis pies invariablemente desnudos, se marchaba con un gesto de consternación.

 

Creo en fuerzas ocultas y misteriosas que mueven al mundo. Estoy convencido que a través de aquella joven delgada, de huesos grandes, acento extranjero y lentes espejados, actuaba el destino. Sus palabras eran ciertas; de cubrir mis pies, moriría.

 

 Antes de la advertencia de Sandra y su intento de llevarme, rara vez usaba zapatos; estar descalzo dentro y fuera de mi casa era un modo de vida, casi una profesión de fe. Había dejado de trabajar hacía cinco años. Unas pocas propiedades me daban rentas como para vivir modestamente. No compartía el afán de riquezas propio de mi generación. El objetivo de mi vida era demostrar las ventajas del Barefooting Running. El que inaugurara la famosa carrera de Abebe Bikila en los sesenta, cuando ganó la competencia de Roma sin usar calzado; el que practicaran las heroicas tribus Tarahumaras descriptas por Christopher Mc Dougall en su libro, “Nacido para correr”; además de la cantidad de estudios que certificaban la conveniencia de andar sin zapatos para la salud del cuerpo y la mente.

 

Luego del encuentro con Sandra, decidí vivir descalzo en todo momento del día y de la noche y en toda estación del año. Fue entonces que comprobé la cantidad de ocasiones en las que solía usar zapatos. Cuando salía a comprar algo a la tienda cercana a mi casa, en medio de la nieve en el invierno o para calmar a los guardias del parque que me sermoneaban pesadamente acerca de la conveniencia de calzarme; (al verlos, me colocaba apresuradamente un par de chanclas que llevaba en mi bolso). Todo esto pude solucionarlo con un cambio de hábitos. Sin embargo, un detalle doméstico que parecía el más simple, fue el que trajo las consecuencias más inesperadas y peligrosas.

 

El piso original de la cocina de mi casa era de un cemento duro y áspero de color verde. No me disgusta este material para caminar descalzo, ya que  he comprobado que sirve para pulir las plantas. Sin embargo, aquella superficie no era amigable. Al apoyar sobre ella mis pies desnudos, una fuerza informe y furibunda bramaba varios metros más abajo. En aquel rectángulo, parecía vivir un prisionero poderoso, que al sentir la presencia de mis plantas, amenazaba con liberarse.

 

Cuando recién comprara la casa, aquella criatura no estaba. A los dos o tres años se presentó como un leve y sordo rumor retumbando en mis talones. Parece haberse gestado con el cáncer de mi esposa y su rápida muerte luego de pocos meses; aunque, según mi experiencia, los pies y sus vínculos con el suelo, siguen  leyes propias, al margen de   emociones,   tragedias o celebraciones de la vida cotidiana.

 

La única solución antes de mi cita con Sandra, había sido calzarme con las viejas pantuflas que mi madre me regalara hacía ya muchos años y que permanecían casi nuevas. Apenas lo hacía el monstruo se calmaba. Luego de la experiencia con la muerte, decidí no volver a usarlas. Si lo olvidaba, bastaba con asomarme para ver la figura implacable de la profetisa con los brazos cruzados, observando atentamente. Con respecto al piso de la cocina y el rumor alarmante, decidí llamar a un técnico que revisó los caños de gas y de agua. Descartó un problema serio y se limitó a purgarlos.

 

En los días siguientes, continué entrando descalzo a la cocina. El clamor subterráneo aumentaba. Una mañana, en el momento de calentar el café, el sonido fue aterrador. El piso se agrietó súbitamente, y tuve que escapar del cuarto. A través de las aberturas, se elevó un humo brillante y gris y desde la puerta pude ver la criatura, palpitando colérica unos metros más abajo.

 

Volví a llamar al técnico. Cuando llegó, el fragor ya no estaba, pero las grietas del piso eran la señal incuestionable  que algo había ocurrido. Además de ese perito, consulté a otros dos. Todos coincidieron en que la instalación de los caños no presentaba problemas. Fenómenos como aquel podían deberse a ciertos gases subterráneos, producto de cloacas o algún pozo séptico de una casa vecina. La zona estaba repleta de construcciones antiguas y era previsible que con el paso del tiempo se hubieran agrietado. Si bien no era frecuente,   lo único que podría romper el piso en aquella forma, era una acumulación de emanaciones. Me ofrecieron colocar baldosas térmicas y aislantes con la capacidad de expandirse y contraerse ante los cambios de temperatura y las presiones subterráneas. Garantizaban que de ese modo, no se repetirían fenómenos como aquel.

 

Si bien todos opinaban más o menos lo mismo, hablaban en términos de hipótesis. Ninguno daba una explicación precisa. A fin de agotar las instancias racionales, llamé a un ingeniero a quien conocía desde el liceo, por lo que no me cobró la consulta. Luego de revisar todo, confirmó la versión de los otros y me recomendó una marca especial de baldosas. Accedí a colocarlas con la duda de haber encontrado una solución. No podía explicar a mi amigo y a los técnicos que aquello era un juego entre los fluidos sutiles de mis pies y las profundidades tectónicas; que quizá recurrir a un revestimiento más sólido podía ser peor. La explosión sería más violenta en caso que el monstruo decidiera hacerlo estallar.

 

Cuando las baldosas estuvieron colocadas, volví a caminar descalzo sobre ellas. No tenía otro remedio. Desde la esquina, Sandra continuaba atenta al estado de mis pies. Al principio todo pareció calmarse y por un momento pensé que los peritos y el ingeniero tenían razón, pero al tercer día el clamor volvió. Más intenso. Más furioso. En las baldosas, el monstruo o lo que fuera, había encontrado una barrera inesperada para llegar a mis pies.

 

 Pensé utilizar un plástico que cubriera mis plantas, aunque esto sería el equivalente de calzarme. La única alternativa era calmar a la bestia por otros medios.  Limpié el piso con agua bendita, utilicé una mezcla de ajo tomillo y ruda, pero todo fue inútil. Aunque mis pies no pisaran la cocina, podía escuchar desde el dormitorio el fragor de las baldosas. Llamé nuevamente al ingeniero y en el momento en que llegó, el bramido dejó de escucharse. Mi amigo colocó aparatos para oír y ver las profundidades. El resultado volvió a ser negativo.

 

Dos días después repicó el teléfono. Era mi amiga Marcela, la augur, especializada en Pedimancia y masajes reflexológicos. Coincidiendo con la profecía de la muerte, habíamos tenido una relación amorosa, pero ella no se animó a esperar la fecha fijada para mi supuesto deceso. Me abandonó, refugiándose en la casa de su madre que vivía en otra ciudad. Antes de irse, dejó una carta en la que confesaba su miedo; afirmaba “no poder afrontar mi destino trágico a pesar de amarme”. Desde entonces no la había vuelto a ver.

 

Aunque me alegraba que hubiera llamado, el resentimiento por el abandono hizo que la atendiera con sequedad. Cuando me preguntó si estaba molesto,  no contesté y dije que debíamos conversar. Le pedí que viniera a mi casa, porque además quería consultarla sobre algo de su especialidad.

 

Marcela no llegaba a los treinta años. Nariz pequeña, ojos grandes y grises, mejillas rojas,  cutis terso y pechos voluminosos. (Aspiraba a una operación que los redujera cuando pudiera costearla). Siempre se mostraba alegre, pero tenía en los ojos un dejo de nostalgia, evidente aún en medio de una carcajada. Reía y lloraba con la misma facilidad y las líneas en sus pies, indicaban un temperamento melancólico.

 

 Los días eran calurosos y aquella tarde llegó con una blusa roja sin corpiño y falda corta. En la puerta se quitó las sandalias; era Barefooter como yo y aunque delicados y pequeños, sus pies eran muy fuertes. Ahora sus labios estaban curvados hacia abajo y lucían tan tristes como un crepúsculo lluvioso

 

Me suplicó que la perdone. Antes de irse, estaba pasando por una etapa depresiva. Al observar los detalles grabados en la planta de mi pie izquierdo, supo que la profecía era real. Afirmó que se había enamorado de mí y no quería encontrarse en la ciudad cuando la muerte llegara. De pronto se echó  a llorar y arrodillada, repitió su pedido de perdón. La obligué a incorporarse, la abracé, sentí su perfume enervante y nos besamos.

 

—    No sabes lo feliz que estoy al encontrarte vivo…

 

En ese momento, el piso de la cocina volvió a bramar.

 

—    ¿Qué es lo que ocurre? — preguntó Marcela.

—    Es lo que te quiero preguntar. Creo que hay una bestia debajo de las baldosas.

 

Entró a la cocina y al sentir sus pequeños pies, el monstruo enloqueció; desde el fondo de la tierra resonaron golpes que agrietaron algunas baldosas. La habitación se llenó del humo picante y gris, y escuchamos el   alarmante rumor de una nueva arremetida. Tomé a Marcela de la cintura y la alcé para separar sus pies del piso. Volvimos a la sala y cerramos la puerta. Del otro lado, los golpes disminuyeron de a poco, pero algunas líneas de vapor se filtraron como serpientes furibundas.

 

—    Es un dragón de humo — dijo ella.

—    ¿Un qué?

—    Un dragón de humo. Emociones de la tierra que reaccionan con los pies descalzos. Debe tener muchos años; percibo fuerza y entidad. En sí mismos no son peligrosos, pero puede llegar a destruir la cocina y si en ese momento te encuentras allí, corres peligro. Al dejarlo, se tranquiliza solo.

—    ¿Hay alguna forma de detenerlo… de exorcizarlo?

 

Los bramidos y los golpes se redoblaron. Los pies de Marcela lo habían excitado mucho más que los míos.

 

—     Si estás de acuerdo, ensayaremos un ritual de posesión — dijo mi amiga— Necesito prepararlo durante veinticuatro horas. Tú también intervendrás. Deberás venir a mi casa.

 

Repitió que no había peligro en dejar solo al monstruo. Sin el estímulo de los pies, se tranquilizaría de a poco.

 

La casa de Marcela estaba a pocas cuadras. Al llegar, pasamos al  estudio. Las paredes estaban cubiertas de mechones de cabellos, fotos de santones y velas encendidas. Conté mi encuentro con Sandra; la condición que me había impuesto de permanecer descalzo en todo momento para evitar la muerte.

 

—    Tiene su lógica — afirmó Marcela. Tus pies están llenos de energía. Son una fuente de vida.

 

Estuve a punto de mencionarle la presencia de la profetisa en la esquina; en caso de asomarnos, podría verla vigilando, pero preferí callar. A pesar de la seguridad que exhibía en los rituales, Marcela era demasiado temerosa y había sido la cercanía de la muerte la que la hizo escapar a casa de su madre. De conocer la constante acechanza de Sandra, podría tener una nueva crisis.

 

Le pedí que evaluara mis pies. Los lavó con agua tibia, revisándolos atentamente. En la planta izquierda, la muerte se había presentado al principio como una mancha pequeña y dos líneas que se unían en falsa escuadra fuera de la misma. Ahora el lunar se extendía hasta el arco longitudinal, como una larga mácula marrón.

 

—    No hay que preocuparse por el aspecto — explicó Marcela — La dispersión indica retroceso. Lo único que está estancado es tu actividad sexual — dijo mientras con sus pulgares hacía suaves masajes en  tobillos y   talones. — Tus pies siempre me han gustado — agregó — son muy viriles.

 

Metió los dedos gordos en la boca y los aspiró con fuerza, mientras levantaba la vista y clavaba sus ojos en mí. Aquello me excitó. Esa práctica produce un vértigo muy parecido al del  cunilingus. Unos segundos después nos besábamos con pasión, pero al intentar acariciar su cuerpo, ella me detuvo

 

— Mi posesión tiene que ver con el sexo— explicó — Para que el ritual sea efectivo, no debemos tener relaciones hasta mañana.

 

El resto del día fuimos al parque. Hacia el norte se extendía una zona abandonada y pantanosa. Si bien no la consideraban área de paseos, tanto   ella como yo, la habíamos transitado alguna vez en nuestro afán de encontrar otras superficies para nuestros pies descalzos.

 

Aquella tarde recorrimos pantanos y cavernas desconocidos para mí. El objetivo era recoger muestras de barros con determinadas características y flores pequeñas y blancas, parecidas a las de la manzanilla, que crecían en las entradas de las cuevas. Eran muy escasas y nos llevó bastante tiempo. En el atardecer, Marcela me indicó que debíamos encontrar tres plumas rojas y tornasoles, con un punto negro en el centro, propias de los pájaros de la zona. En principio me pareció un cometido imposible, pero las hallamos con las últimas luces del día.

 

El lugar era peligroso en la noche, ya que lo recorría gente de mal vivir, pero   para completar el ritual, debíamos orar durante dos horas con los pies sumergidos más arriba de los tobillos en el barro del pantano.

 

Regresamos pasadas las diez. Por indicaciones de Marcela, ayunaríamos hasta la mañana siguiente y dormiríamos en habitaciones separadas. Lo más importante era mantener la castidad hasta el otro día. Antes de acostarnos, ella lució un vestido de novia campesina: blusa blanca, falda amarilla y pies descalzos. En la frente llevaría una corona con las plumas y las flores que habíamos recogido.

 

—    Estoy preparada para la posesión — afirmó — es como un matrimonio.

 

 No dije nada, pero sentí celos al pensar que iba a realizar aquella boda  con el monstruo de la cocina.

 

Al otro día desayunamos frugalmente. Marcela estaba hermosa. Con disimulo, me asomé por la ventana. Sandra seguía parada en la acera del frente de la casa, observando con atención.

 

  Volvió a masajear mis pies. Con mis someros conocimientos de reflexología, noté que se detenía en las zonas vinculadas al sexo: las proximidades de los tobillos y los espacios interdigitales. Luego lamió mis pies y absorbió nuevamente los dedos gordos. Aquello me produjo otra erección.

 

— No podemos tener sexo hasta después del ritual, pero es importante que estés excitado — explicó — yo me casaré  con el monstruo, pero tú deberás intervenir.

 

Los pies de Marcela eran muy pequeños, del tipo griego; el segundo dedo era ligeramente más largo que el mayor. En el derecho, cerca del arco, tenía un lunar con la forma de una mariposa o un pájaro. Me mostró una pulsera pequeña con cascabeles, que se colocó en el tobillo izquierdo.

 

— Este sonido  llama a los dragones de humo — explicó. El ruido era alegre, con notas agudas y el elevado timbre podía escucharse a la distancia.

 

 Al salir, Sandra volvió a hacer el acostumbrado gesto de frustración al ver mis pies desnudos. En  su cuerpo observé cierta tensión curiosa. Nos siguió a la distancia. Con Marcela caminamos hacia mi casa tomados del brazo. La gente nos miraba, o mejor dicho la miraba a ella con su larga falda, los ramos en la cabeza y en las manos, los pies descalzos y el tintineo constante de los cascabeles.

 

Entramos y ante el llamado de la tobillera de Marcela, resonó el terrible bramido y se repitieron los golpes.

 

— Abre la puerta — pidió. Vacilé, pero lo hice. Los sonidos se detuvieron. La habitación estaba cubierta del picante humo gris. En el piso, las baldosas habían sido reemplazadas por una niebla brillante. El monstruo esperaba y me pareció escuchar un suspiro de deseo.

 

 Ella entró, apartó dos sillas y se tendió en el piso. Las baldosas reaparecieron crujiendo. Algunas volvieron a partirse, pero el humo se concentró en el cuerpo de Marcela que se retorció y gimió.

 

— ¡Ven… ¡Ven …! — pedía con voz ronca. Sus ojos me miraban enloquecidos, como animados por un tifón.

 

  El dragón de humo se unía a su deseo. Me desnudé rápidamente, me arrojé sobre ella y la abracé. Ardía. Al penetrarla sentí que su vagina despedía fuego líquido. Gritó. A través de su cuerpo, gritaba el dragón. Los orgasmos de ella se repitieron uno tras otro. Eyaculé largamente, hasta sentirme vacío.

 

Quedamos abrazados. Marcela respiraba profundamente, exhausta y casi dormida. El monstruo ya no bramaba. Al incorporarme y pisar las baldosas, lo sentí escapar, buscando refugio en las profundidades. Ella se incorporó y me abrazó.

 

—    Esta es la solución. Los dragones crecen cada veinticuatro horas. Mañana repetiré la posesión.

 

Preparé café mientras Marcela se vestía. Escuché el pregón de un heladero que llegaba de la calle, y al asomarme a la ventana, vi a Sandra, parada en la esquina de siempre, mirando hacia mi casa a través de los anteojos espejados. Sostenía una paleta y al advertir que la observaba, empezó a chuparla ostensiblemente sin dejar de mirarme.

 

 Como hipnotizado, observé el helado entrar y salir de su boca, hasta que desapareció.

 

Ricardo Iribarren

 

 Código: 1303074740490
Fecha 07-mar-2013 22:57 UTC

BURKA Y OTROS POEMAS. Por Claudia Loayza

 

 

 

BURKA

 

Acogida con tristeza desde la cuna

tu nacimiento fue un duelo una moneda

infancia rota mirando volantines

que nunca pudiste encumbrar

tocabas su vuelo cuando caían

mientras tus manos recogían espigas y cántaros

antes que el sol delatara tu presencia

 

noches y días de sombras

pariendo hijas envejecidas, ciegas

condenadas al ostracismo

 

Años de asedio

que no pudieron robarte la palabra

 

cuando ya no hubo silencio

y estremecido el miedo dio la vuelta

las palabras salieron de la boca

renacidas, diurnas

 

entre las oscuras rejillas de tu cárcel

despertó la caricia de un largo sueño

sosegado el aliento abrió la jaula

sonreíste

y te quedaste mirando amapolas

 

en aquel instante

 

tanta luz

tanta luz que de repente vino

al asombro de tus ojos

 

derrumbando los muros del miedo

botando el hiyab con su peso de siglos

 

Enterrada hasta la cintura

en esa tierra

tantas veces cultivada por tus manos

tierra de guerreros santos?

 

Cada piedra lanzada cinco mil años de historia

 

griega, turca sasánida, árabe, persa

caspia, batriana, hindú

lazos ancestrales fundidos en una sola ira

 

cada grito un ala nueva soldada a tus heridas

 

Se escuchan landays

es tu propia voz la que recita

si el pájaro, si el aire, si la vida

 

si los códigos, si las leyes que confunden

que limitan, que oscuran

 

un espiral sin tiempo resbala el llanto en la mejilla

aún te queda piel y sueños

 

no pesas nada, levemente te vas

burlando las cenizas.

 

 

 

 

 

AMAOS LOS UNOS SOBRE LOS OTROS

Lame como perro hambriento todos los surcos

vírgenes,

con manos infectas bajo el uniforme escarba

púber,

nada lo aterra, aunque esa lujuria sabe

lo vuelve

peligrosamente eréctil.

 

Tañen campanas apagando gritos,

apenas perceptibles,

un olor en la habitación putrefacto:

sombras que espían:

 

Se persigna.

 

Sin las manos lavarse se unge a la mesa,

bebe sangre,

come cuerpo:

 

eructa

va al baño,

 

mea,

caga,

 

amén.

 

 

 

FUNAMBULISTA

 

Camino en silencio atisbo el horizonte

comienzo el ascenso por la cuerda floja

trazo el destino equilibrando la muerte

venciendo el miedo con piececitos blancos

miro al infinito

no existe el azar(pienso)

suelto la pértiga

caen los sueños en alas rotas

vuelan palomas de maíz

como una diosa del aire traspaso el cielo.

 

 

 

MUERTE

 

La niña se columpia

es la única dueña de ese vuelo

atrás espera su sombra

pero no regresa.

 

Nota Biográfica.-

Acerca de mí

 

Nací en  invierno en  Santiago de Chile . Actualmente vivo en Estocolmo Suecia.

Mi gusto por la poesía es de siempre, pero mi relación con ella, ha sido más bien silenciosa. Soy autodidacta y desde hace un tiempo atrás decidí trabajar en la publicación de mi primer libro agobiada por una explosión de imágenes y emociones bullendo y pugnando por salir.

He participado de algunos talleres de poesía  y he tenido la suerte de contar con personas que creen en mí y me han dado el primer empujón .

El cumpleaños número 80 de mi madre fue el día  del nacimiento de mi libro “Ventanas sin tiempo” , autofinanciado y auto editado por mí. Lo ofrezco desde la simpleza.

Estoy en el origen, he dado el primer paso y espero continuar en el tiempo.

Gracias

Claudia Loayza

 

I L’IGNORÀNCIA VISQUÈ ENTRE TOTS NATROS…! Per Manolo Fernández Costa.Empleado de ADIF ( En versión bilingüe Catalán y Castellano)

 

 

Ara resulta, estimats amics/gues que después de trenta-set anys treballant a la mateixa empresa, no m’han servit pa res les hores que hem invertit en cursos, reciclatges, conferències, xerrades, anades i tornades per tot lo pais intentant dependre coses de la meua faena.

Quan creus que has deprés alguna cosa del treball que has estat desenvolupant durant aqueste periode tan extens de la teua vida t’en adones que has estat malbaratant tot lo temps i’l capital emprat per tú i per l’empresa en formar-te i que tot lo que s’ha deprés ho podia haver fet en dos dies, DOS SENZILLS DIES.

Quan se surt d’un curset de 48 hores de ERTMS(1): Nivells 1, 2 y 3, quan se cansen d’explicar-te lo funcionament de les Eurobalisses, les diferències entre ASFA(2) Bàsic i ASFA Digital(3), Reglament General de Circulació, normes NEC i PTO (4) (ambdues per Alta Velocitat) Sistema LZB(5) i una muntegada de temes tècnics que no anomenaré per no cansar-vos, veig clarament que  los hagués pogut dominar en un parell de dies només llegint la premsa i/o escoltant diversos mitjans de comunicació.

Anant a la molla de la qüestió: S’han sentit coses de caire tècnic aquestos dies a ran del accident que tots tenim al pensament, que no poden per menos que fer-me enrogir la cara de vergonya per la societat on vivim i inclús a vegades lo fàstic més profund per tot lo que s’ha sentit i se sentirà. Diari EL PAÍS: que collóns en sabeu vatros d’ERTMS. Diari EL MUNDO: que collóns en sabeu de ASFA Bàsic u ASFA Digital. Radios, Revistes…… Que en sabeu sinò de PARLAR per no CALLAR només en la sana intenció “d’informar al ciutadá”. Vendre quan més millor, diria jo, dixant la rigorositat de banda i contrastant le notìcies en la primera persona que vos passa per devant.

Ja seria temps de que algú en aqueste paìs tingués prou capacitat per saber que és informació i que és “telenovela informativa”, però ja sabem que polìtics i mitjans de comunicació (abocats a interessos espuris) estan a unes altres coses, i assassinem veritats per alimentar allò que mès convingue: €uros al calaix i polìtcs de tota mena: fotent-se cops de pit i amollant la llagrimeta de rigor per arramblar-se quatre vots.  I/O caçadors d’animals allàL’Àfrica fent lo numeret per rentar l’imatge de sa casa, que quan més mancats n’estàn millors ocasions se li presenten.

Bueno xiquets/tes: vaig a llegir la premsa un ratet a vore de que van los cursos avui. Pot ser en acabar lo dia estigue més versat temes tan dispars com Fìsica Quàntica u Aeronàutica Espacial que lo mateix Einstein u acabe doctorat en un altre tema substanciós del que demá von faria una Clase Magistral……!!!!!

Que passeu bon Dissabte….!!!!

 

IMPORTANTE:Ver notas de redacción aclaratorias al final del artículo

 

 

¡Y LA IGNORANCIA HABITÓ ENTRE NOSOTROS…!

Ahora resulta, queridos amigos / as que después de treinta y siete años trabajando en la misma empresa, no me han servido para nada las horas que hemos invertido en cursos, reciclajes, conferencias, charlas, idas y vueltas por todo el país tratando de aprender cosas de mi trabajo.

Cuando crees que has aprendido algo del trabajo que has estado desarrollando durante este periodo tan extenso de tu vida te das cuenta que has estado desperdiciando todo el tiempo y el capital empleado por ti mismo y por la empresa en formarte y que todo lo que has aprendido lo podía haber hecho en dos días, DOS SENCILLOS DÍAS.

Cuando se sale de un curso de 48 horas de ERTMS(1): Niveles 1, 2 y 3, cuando se cansan de explicarte el funcionamiento de las Euro balizas, las diferencias entre ASFA Básico(2) y ASFA Digital(3), RGC ( Reglamento General de Circulación), normas NEC y PTO(4) (ambas para Alta Velocidad) Sistema LZB(5) y una montaña de temas técnicos que no relacionaré para no cansar, veo claramente que los hubiera podido dominar en un par de días, sólo leyendo la prensa o escuchando varios medios de comunicación.

Yendo a la miga de la cuestión: Se han oído cosas de carácter técnico estos días a raíz del accidente, que todos tenemos en mente, que no pueden por menos que hacerme enrojecer de vergüenza por la sociedad en que vivimos, e incluso a veces el asco más profundo por todo lo que se ha dicho y se y se dirá. Diario EL PAÍS: ¿Qué cojones sabéis vosotros de ERTMS? Diario EL MUNDO: ¿Qué cojones sabéis de ASFA Básico o ASFA Digital? Radios, Revistas… Qué sabéis, sino de HABLAR por no CALLAR, sólo por la sana intención “de informar al ciudadano”. De vender cuanto más mejor, diría yo, dejando la rigurosidad a un lado y contrastando las noticias con la primera persona que os pasa por delante sin conocimientos adecuados.

Ya sería tiempo de que alguien, en este País, tuviera suficiente capacidad para saber qué es información y qué es “telenovela informativa”, pero ya sabemos que políticos y medios de comunicación (abocados a intereses espurios) están a otras cosas, y asesinan verdades por alimentar aquello que más les conviene: € uros en el cajón y políticos de cualquier clase: dándose golpes de pecho y soltando la lagrimita de rigor para recoger cuatro votos. Y / O cazadores de animales, allá en África, haciendo el numerito para lavar la imagen de su casa, que cuando más necesitados de ella están, parece que mejores ocasiones se le presentan.

Bueno: voy a leer la prensa un rato a ver que cursos dan hoy. Pudiera ser que, al terminar el día, estuviese más versado en temas tan dispares como Física Cuántica o Aeronáutica Espacial que el mismo Einstein, o termine doctorándome en cualquier otro tema sustancioso sobre   el que mañana os podría dar una Clase Magistral…

 

Que paséis un buen sábado.

 

Notas redacción.- ( Información extraída de Ferropedia : http://www.ferropedia.es/wiki/ERTMS )

(1)ERTMS (European Rail Traffic Management System, Sistema de Gestión de Tráfico Ferroviario Europeo) es un importante proyecto industrial europeo que cuenta con el apoyo de la Comunidad Europea en su desarollo e implantación en las líneas de ferrocarril transeuropeas. El objetivo es crear un sistema común en Europa de gestión y señalización de las líneas de ferroviarias para así mejorar la competitividad del ferrocarril como modo de transporte [1]

ERTMS está constituido por los dos componentes técnicos ETCS y GSM-R:

  • GSM-R (Global System for Mobile Communications – Rail(way)) es dentro de ERTMS el sistema de comunicación inálambrico que asegura las comunicaciones (voz y datos) entre vehículos e instalaciones fijas.
  • ETCS (European Train Control System) es dentro de ERTMS el componente que realiza las funciones de señalización y control de tráfico. Incluye un sitema ATP y la interfaz paraenclavamientos y que garantizan la seguridad de la circulación de trenes.

(2)ASFA es el acrónimo de Anuncio de Señales y Frenado Automático y es un sistema de repetición de señales en cabina con ciertas funciones de control de tren. Se basa en la transmisión puntual vía - locomotora para garantizar el cumplimiento de las órdenes establecidas por las señales convencionales.

Versiones de ASFA

  • ASFA “clásico” (apto hasta 160 km/h).
  • ASFA FAP (versión de FGC).
  • ASFA 200 (apto hasta 200 km/h). Es una modificación desarrollada por Dimetronic/Ineco para permitir “curvas” de frenado que garanticen la detención de una circulación en una señal en parada para 200 km/h. Se añade la señalización de Vía Libre condicional. Para ello, en la vía se colocan balizas que pueden indicar esta codificación, y en cabina se modifica el ASFA “clásico” para poder detectar esta nueva codificación, además de para ofrecer otras funciones como memorización en cabina de la última baliza detectada[1].
  • ASFA “digital”.

 

(3)ASFA “digital”

Adif aprobó, en 2005, un proyecto para el desarrollo e implantación de nuevos equipos ASFA embarcados en laslocomotoras y automotores y realizar las adaptaciones necesarias en los equipos en vía. Es el llamado ASFA digital. El término “digital” se refiere al procesado de datos y no a la transmisión de datos por las balizas, que no es por mensajes digitalizados, sino que sigue siendo sólo un dato por frecuencia.

 

(4)Normas NEC y PTO

Las Normas Específicas de Circulación (NEC) tienen por objeto regular la circulación en la Línea de Alta Velocidad Madrid-Sevilla y nacieron ligadas a ella, como consecuencia de la existencia de una tecnología diferente en cuanto a sus instalaciones y a las particularidades específicas de su explotación, respecto al resto de la red ferroviaria española gestionada porRENFE.

Las características más relevantes de esas particularidades eran, en el momento de su promulgación, el diferente ancho de vía, la circulación de velocidades superiores a 200 km/h y hasta 300 km/h, .

Con el tiempo, la extensión de la red de alta velocidad a Barcelona hizo necesaria la creación de un nuevo juego de normas para regular la explotación de las nuevas lineas, lasPrescripciones Técnicas y Operativas (PTO). Se prevé que éstas terminen sustituyendo a las NEC también en la LAV Madrid-Sevilla.

 

(5)LZB,

Acrónimo de Linienzugbeeinflussung (traducción al español: líneas de control del tren), es un sistema de gestión de tráfico o sistema de control de trenes, creado en Alemania, para líneas con velocidades superiores a 160 km/h.

En la red de Adif, se utiliza en la LAV Madrid – Sevilla y la línea de cercanías C5 de Madrid (Humanes – Móstoles el Soto).

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EL HOMBRE DESCALZO Y LA PROFECÍA parte 3ª. Por Ricardo Iribarren

 

 

Desde la brusca separación con Julia, seguí corriendo descalzo por el parque como era mi costumbre. Buscaba la grava áspera, puntiaguda; pisaba ramas, frutos y hojas con espinas. Leves torturas que me hacían saltar, pero disminuían parte del dolor de la ausencia.

 

Luego de quince días de soledad, decidí que era el momento de consultar a Marcela. Barefooter como yo, solíamos encontrarnos en nuestras caminatas descalzas. Ella fue quien desatara los celos de Julia. Joven y hermosa, su especialidad era la lectura de las plantas de los pies (A diferencia de las manos, el destino marcado en las mismas sería más preciso e invariable en su cumplimiento) Mi amiga no sólo observaría mi futuro, sino que, con   hierbas y rituales, movería oscuras tendencias a favor de mi felicidad.

 

Al llamarla por teléfono no respondió. Probé con el celular, pero estaba desconectado. En la noche volví a insistir. El aparato repicó durante un rato. Iba a colgar, cuando del otro lado respondió una voz desconocida; el acento era extranjero y pronunciaba mal algunas palabras.

 

—    Marcela viajada a Cancún por vacaciones. Mi nombre es Sandra y reemplazo. Hago adivinación de pies y masaje.

 

Le pregunté si nos conocíamos; era extraño que Marcela nunca la hubiera mencionado. Contestó que no y me dio cita para el otro día a las dos de la tarde. Llegué puntual. Sandra era alta, delgada, de tez oscura. Vestía túnica india, turbante y estaba descalza. Su aspecto armonizaba con lechuzas momificadas, cabezas reducidas, escarabajos sagrados, cuencos antiguos y el resto de  objetos que Marcela acumulaba en paredes y estantes. De rostro largo y anguloso, la mujer no dejaba de sonreír. En ningún momento se quitó los anteojos redondos y espejados, por lo que no pude ver sus ojos.

 

 

—    Veo que acostumbra ir descalzo — comentó al lavar mis pies con agua tibia.

—    Soy un barefooter extremo — expliqué.

—    Sin embargo, no es del todo aconsejable tanto sin zapatos — comentó y se mantuvo en silencio cuando le pregunté por qué.

 

El masaje fue profundo e intenso. Al terminar, sentí una profunda relajación. Tenía algún conocimiento sobre Pedimancia. Sabía, por ejemplo, que el pie derecho revela situaciones concretas y describe la historia personal. El izquierdo expresaría  las relaciones con el destino y el mundo inconsciente. La mujer trazó con carbonilla una cruz en cada una de mis plantas y empezó la lectura por el derecho. Fue precisa al hablar de mi pasado. Mencionó la muerte de mi esposa y  describió con detalle situaciones que no podía conocer, como los problemas con Rafael, mi hijo mayor. También hizo referencia a la ruptura con Julia. Al terminar, pasó al izquierdo.

 

—    Pronto se irán las nubes de su vida. En el próximo mes solucionar problemas antiguos. No sentir ya los males de amores y en cuarenta días todo resuelto.

 

Le pregunté qué quería decir.

 

—    Lo bueno y lo malo caerán en un pozo sin fondo. Comprenderá muchas cosas y otras no, pero no importa porque todo cambiará.

 

—    Me está hablando de un viaje.

 

Había pensado en salir de la ciudad por unos días para olvidar a Julia. Sandra asintió.

 

— Algo parecido a un viaje. En cuarenta días vendrá a buscarlo la muerte.

—    ¿Cómo dice?

—    Que en cuarenta días llegará la muerte.

 

Sin dejar de sonreír, señaló una mancha cerca del arco longitudinal. Pensé que al ser extranjera, confundiría las palabras.

 

—    ¿Me dice que moriré? ¿Que será mi fin?

—    Así es. La muerte vendrá a buscarlo. Será el  quince de mayo… —se inclinó sobre mi planta para observar mejor — a las cuatro y diez de la tarde. Deberá prepararse.

—    ¿Hay algo que pueda hacer para evitarlo?

—    Poco. Lo que debiera es no tanto descalzo

—    Me dice que no debo caminar descalzo

—    Le digo que debe calzarse un poco. Quizá con eso pueda solucionar algo.

 

No fue mucho más lo que explicó. Pagué la consulta y me retiré confundido. Al llegar a mi casa, examiné el punto del pie. Era una mancha pequeña, de color pardo; casi un lunar. No podía recordar el momento en que había surgido.

 

Decidí olvidar la profecía, pero esa noche me costó dormirme. Sin conocerme, la mujer había descripto el problema con Rafael, la ruptura con Julia y cosas precisas de mi pasado.

 

Al otro día no salí a la mañana y en la tarde calcé unos zapatos viejos. Las horas transcurrieron opresivas, hasta que al atardecer decidí rebelarme contra el augurio. Si la muerte llegaba, era mejor que me encontrara saludable, satisfecho. Salí descalzo como lo hacía siempre y  caminé hasta el lago del parque. Esa noche me costó dormir y al otro día desperté cansado.

 

Calculando el regreso de Marcela, volví a llamarla a los cinco días. Sentí alivio al escuchar su voz. En la tarde tenía un turno libre y me dio una cita.

 

La sonrisa de mi amiga, los gestos de las manos al hablar y la extraña arruga con forma de pájaro que se formaba en la mejilla derecha, me tranquilizaban. Sin duda ella aclararía el mal entendido con la adivina.

 

Antes de la sesión me sirvió café y conversamos. Había terminado con su novio, un profesor de Sumo. La ruptura habría sido súbita y confesó que estaba deprimida. Por mi parte, conté con detalle lo que había ocurrido con Julia, sus veleidades y la inevitable separación.

 

— Mientras no estabas me atendió Sandra — comenté de pronto.

 

Ella me miró desconcertada.

 

—    ¿Sandra? ¿Qué Sandra?

—    La chica que te reemplazó cuando viajaste a Cancún.

 

Me miró como si  hubiera enloquecido.

 

—    No dejé ningún reemplazo. Debes estar confundido.

 

Conté con detalle la sesión; señalé que Sandra era extranjera, que usaba lentes espejados y no había podido observar sus ojos.

 

— La casa permaneció cerrada y yo la encontré igual cuando regresé — Marcela me miraba pálida, con una arruga en el entrecejo — Me dices que te profetizó la muerte

—    Así es. El quince de mayo a las cuatro y diez de la tarde.

 

—    Entonces vamos a ver…

 

Era la primera vez que veía tan nerviosa a mi amiga. Lavó mis pies e hizo el masaje acostumbrado para preparar la adivinación. Al terminar, los coloqué en un cojín y ella revisó la planta derecha. Conocía los detalles de mi familia y de mi vida

 

—    Aquí todo está como siempre. Vamos al izquierdo.

 

Para examinar el pie, utilizó una vara china que presionó en diferentes puntos. Empezó por los dedos y bajó por la planta hacia los talones. Estaba atento a su rostro, y cuando llegó a la mancha, noté que empalidecía.

 

—    ¿Es cierta la profecía?

 

Afirmó con la cabeza. Sus ojos enrojecieron, a punto de llorar.

 

—    No entiendo lo que pasó. La profecía es real, pero no sé quién la hizo. ¿Cómo pudo entrar a mi casa a pesar de estar cerrada?

 

Me explicó que la interpretación no se basaba tan sólo en la mancha, sino en dos líneas vecinas. Ambas se cortaban en un punto excéntrico al lunar. Aquella era una de las pocas señales que en Pedimancia anunciaban una muerte inevitable.

 

—    ¿Es cierto que podría evitarla si no ando descalzo?

 

Marcela respondió que no lo sabía y no pudo evitar un sollozo.

 

En los días que siguieron, mi amiga tomó la predicción como algo personal e intentó averiguar quién podría ser la desconocida. En cuanto a mí, no sólo me llamaba todos los días, sino que pidió a un amigo médico que chequeara mi salud. Al terminar, el galeno informó que mi cuerpo funcionaba a la perfección y me felicitó por el estado del corazón. No podía explicar que una adivina fantasma había profetizado mi muerte con fecha y hora exactas.

 

 Una tarde al llegar a su casa, encontré a Marcela cansada luego de haber indagado entre amigos y colegas. Nadie conocía a la tal Sandra. No podía acudir a la policía, ya que  las cerraduras no habían sido violadas, no faltaban objetos, dinero ni valores y tan sólo contaba con mi declaración. Ella me creía, pero mi palabra no bastaba para formular una denuncia. Llorando, afirmó que si el espectro de una profetisa había utilizado su casa para augurarme la muerte, era por su pésimo karma. Aseguré que no era así; que el quince de mayo no ocurriría nada; que nadie vendría a buscarme.

 

—    Abrázame — pidió con voz débil y lo hice. Sus cabellos despedían un perfume tenue y dulce.

—    Estoy triste — musitó — Abrázame más fuerte.

 

 Nos besamos y al rato estábamos en la cama.

 

Mi amiga siempre me había atraído. Reconozco que los celos de Julia tenían sus razones. Además de las piernas y caderas perfectas, me cautivaba su interés por las caminatas sin calzado y la adivinación a través de los pies. Tiempo atrás me había confesado que andar descalza era para ella una necesidad casi física; que a través de las plantas, recibía alimento de la tierra.

 

En los días que siguieron, cuando hacíamos  el amor, Marcela se prendía de mí como si en ello le fuera la vida. En los orgasmos, estiraba el cuello y gemía como un pájaro. Me desconcertaba que luego de cada encuentro, tuviera un acceso de llanto.

 

Pasó una semana. La relación mejoraba a diario, pero la fecha del quince de mayo pendía como una espada.

 

—    Creo que me estoy enamorando de ti — me confesó  una tarde — aunque no debiera hacerlo; no sé lo que ocurrirá en mayo.

 

Habíamos quedado en una cita diaria. Cuando faltaba una semana para la fecha, al llegar a la hora de siempre, encontré las ventanas tapiadas y la casa vacía. Consulté a los vecinos. El dueño del kiosco cercano me dijo que Marcela se había marchado esa mañana a la ciudad cercana donde vivía su madre. Me entregó una carta que había dejado a mi nombre. En ella reiteraba amarme, y afirmaba que “su corazón se rompía al marcharse”. Reconocía su deserción y temía que nunca la perdonara, pero la cercanía de mi muerte era algo que no podía soportar. Insisto en que es una cobardía dejarte solo, pero siento que es una experiencia que debes afrontar, decía al final de la carta.

 

La partida de Marcela fue un golpe duro y tuve que resistir la tentación de viajar y buscarla en casa de su madre. Pensé recurrir a alguno de mis amigos, pero era época de vacaciones y la mayoría no estaban en la ciudad. Recordé el artículo de un periódico que había leído meses atrás: una mujer se había ahorcado pero antes, colgó del cuello a su gato. No deseaba entrar sola al país de la muerte. Decidí que no caería en aquello. La actitud de Marcela me había dolido, pero de algún modo tenía razón: debía afrontar por mí mismo la profecía.

 

En los días que siguieron pasé por una etapa de paranoia. Pensé en marcharme de la ciudad y no estar en ella el quince de mayo. Incluso preparé maletas, pero a último momento decidí consultarlo con una caminata descalza en el parque. De mis pies llegó un claro clamor:   le otorgaba excesivo poder a un fantasma. Debía esperar la fecha y ver qué ocurría.

 

En las semanas que siguieron traté de despejar mi mente. La primavera había empezado con días  brillantes y ventosos. Temprano en las mañanas, llegaba a la costa del río, donde caminaba kilómetros sin calzado. Procuraba concentrarme en el esfuerzo físico y a la noche me acostaba exhausto. Al día siguiente repetía la rutina. Mis pies estaban más vivos que nunca. En esa época  desarrollé un sentido especial al pisar diferentes tipos de suelos. Percibía las corrientes de aguas subterráneas; insectos y animales que vivían en las profundidades; los diferentes estratos y texturas; las casas que se habían levantado en el subsuelo de la ciudad; hasta los fantasmas de quienes las ocuparon.

 

 La mañana del quince de mayo amaneció lluviosa. Cerca del mediodía, las nubes dieron paso a un sol brillante. Comí algo liviano y me dirigí al parque. No llevé calzado. Caminé hasta la pequeña cascada del sudeste. Alguna vez había pensado que aquel era el paisaje donde podría encontrarme antes de mi muerte. Llegué a eso de las tres y media y me senté en una roca. Los minutos pasaron. El cielo se nubló apenas y desde el norte sopló una brisa. Un pájaro marrón se posó en una rama, me miró fijo, cantó con tono de pregunta y se alejó.

 

Cuando fueron las cuatro y diez, llegó Sandra. Vestía la misma túnica india y los anteojos oscuros. Calzaba gruesos zuecos trasparentes. Se detuvo frente a mí y sonrió

 

—    Debí saber que eras tú — murmuré. Ella acentuó la sonrisa

—    Era lo previsible — dijo. Hay muchas cosas que desde la muerte puedo hacer y que te resultarían asombrosas, pero hay otras que no puedo hacer.

—    Debo irme contigo entonces

 

Ella asintió.

 

—    Así será. Pero mejor guardar silencio.

 

Se sentó en la roca que estaba frente a mí. Detrás de los anteojos espejados, me miraba con fijeza.

 

La brisa sopló con más fuerza. Otro pájaro cantó con una síncopa extraña  al ritmo de la cascada. Sandra, o la muerte, no sabía cómo llamarla, continuaba inmóvil. Había cruzado las piernas y tenía las manos sobre el regazo. Miré el reloj; habían pasado veinte minutos de la hora fijada.

 

De pronto sentí que una parte de mí  iba a despegar, pero volvió a su sitio. Aquello se repitió una y otra vez. Dieron las cinco. Los pájaros habían dejado de cantar. A lo lejos escuché el pregón del hombre que vendía nieve azucarada a los niños. Sandra se incorporó. Con su movimiento, sentí un fuerte tirón en mi médula; como si hubiera estado unida a mí y de pronto me abandonara.

 

—    No  puedo llevarte mientras estés descalzo —afirmó con un suspiro — Tendré que esperar. En algún momento usarás zapatos. Apenas te calces, venir conmigo.

 

Dicho esto, se alejó entre los árboles del bosque.

 

Me incorporé. Mis piernas temblaban, pero mis pies reían. La sangre circulaba con fuerza por empeines, dedos y plantas. Mientras regresaba, supe que todo era cierto; que si alguna vez volvía a calzarme, moriría.

 

En el teléfono había dos mensajes de Marcela. Lo descolgué, me acosté y dormí hasta el día siguiente. Más de trece horas, sin despertar.

 

Ricardo Iribarren

Código: 1306135269404
Fecha 13-jun-2013 17:38 UTC

 

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RELEYENDO A SHAKESPEARE. Por Jesús García Moreno

 

 

 

Cómo en la Inglaterra de finales del siglo XVI y principios del XVII, los autores de teatro se permitían expresar, a través de los personajes de sus obras, duras y crudas críticas a los diferentes estamentos  que ostentaban el poder:  los potentados, los representantes  de la judicatura,  y, a través  de la descripción de las prendas de vestir  que tradicionalmente han distinguido a los príncipes de la iglesia y a la realeza:  […]” la púrpura y el armiño”[…] no deja a títere con cabeza.  Hasta la propia Justicia es revolcada por el fango de sus abusos y prevaricaciones al amparo del vil metal. Eso sí, lo valiente no quita lo cortés, y el autor acaba el incisivo diálogo (que reproducimos más abajo) haciendo referencia a la locura del protagonista que es, sin duda, la causante del discurso. Todo y así, a través del personaje Edgardo, se despacha a gusto reafirmando  en lo expuesto al escribir que  […]  ¡Tanta razón en medio de la locura!

No es la única obra de William Shakespeare (1564-1616) en la que, aprovechando circunstancias desafortunadas o desgraciadas de los personajes protagonistas, el autor lanza severas críticas a la sociedad inglesa de su época que fue en su mayor parte coincidente con el reinado de Elizabeth I ( Reinado 1558-1603).

Siempre es interesante e instructivo el releer a los clásicos, de cualquier época o civilización. Ellos contribuyeron, con sus obras , al saber reflejar con  inteligencia  y capacidad críticas las circunstancias y avatares que envolvieron a  sus vidas,   a la forja de una cultura  que   sobrepaso a su propia realidad proyectándola al futuro en forma de legado imperecedero.

 

EL REY LEAR, ( Escena VI, cuadro 2, cerca de Dover), William Shakespeare

 

Lear. —¿Estás loco? Se puede ver cómo va el mundo sin tener ojos. Mira con las orejas. Ve allí como un juez injuria a aquel ladrón sincero. Presta el oído. Cámbialos de sitio por arte de birlibirloque. ¿Quién es el Juez? ¿Quién es el ladrón?¿No has visto al can de una granja ladrar a un mendigo?

Gloster. —Sí señor

Lear. — ¿Y correr a la criatura huyendo del gozquecillo[i]? Ahí puedes contemplar la gran imagen de la autoridad: un dogo[ii] que es obedecido cuando ejerce su ministerio. ¡Bellaco, esbirro, detén tu mano ensangrentada! ¿Por qué azotas a esa puta? Desnuda tu propia espalda ya que ardes en deseos de cometer con la moza el delito que castigas. El usurero hace prender al ratero; los vicios pequeños se ven a través de los andrajos; pero la púrpura y el armiño lo ocultan todo. Cubre con planchas de oro el crimen, y la terrible lanza de la Justicia se romperá impotente ante él; ármalo con harapos, y, para traspasarlo de parte a parte, bastará una paja en manos de un pigmeo. No hay nadie pecador, ni uno solo, ¿lo entiendes? Yo los observaré a todos. Escucha, amigo mío: te lo digo yo, que tengo el poder de cerrar la boca del acusador. Ponte anteojos, y, como un politicastro rastrero aparenta ver lo que no ves. Vamos, vamos, vamos. Quítate las botas. Más fuerte, más fuerte. Ya está.

Edgardo. — ¡Oh mezcla de buen sentido y de absurdo! ¡Tanta razón en medio de la locura!


[i] Perro pequeño y muy ladrador

[ii] Perro grande y poderoso, que se emplea para la defensa de las propiedades y  la caza peligrosa.

 

Shakespeare,William, “Obras Completas”.  Editorial Aguilar, S.A de Ediciones. Madrid 1972

Traducción de Luis Astrana Marín

 

 

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ALTA VELOCITAT; BAIXA SEGURETAT

EL MEU SENTIT CONDOL ALS FAMILIARS I AMICS DE LES VÍCTIMES.

Lamentar-se per una desgràcia significa que alguna cosa s’ha fet malament o s’hauria pogut millorar.
Sobre tot a Galícia, però també a la resta del país, es plora ara la mort de 80 persones, víctimes del descarrilament d’un AVE. De moment s’apunta a un error humà però, tot indica, que no ha estat l’única circumstància que ha permès que la tragèdia hagi estat majúscula. Sembla ser que els sistemes de segureta han fallat o, simplement, no disposava d’alguns d’ells, els anomenats sistemes de seguretat passius.
És cer que el conductor circulava al doble de la velocitat permesa en aquell punt concret, en aquell, a partir d’ara, maleït revolt. El sistema automàtic de frenat va fallar, però en aquell indret (i m’imagino que com a tants d’altres) tampoc s’havia instal•lat la seguretat avançada que seria desitjable.
El maquinista ha estat detingut; sembla ser que és l’únic responsable… Però, i els tècnics que van supervisar la infraestructura, no són també culpables? I els polítics que, possiblement per tal de reduir costos, van decidir no instal•lar totes les mesures de seguretat pensant què mai havia de passar res, no són responsables també?
I si a sobre fóssim una mica malpensats (que no ho som), podríem arribar a pensar que, amb els diners que, tal vegada, es van pagar amb comissions il•legals, s’hauria pogut acabar la infraestructura ferroviària amb tots els sistemes de seguretat inclosos i haver-se evitat la tragèdia.
Però precedents com el del Metro de València o el petrolier Prestige ens demostren que, la majoria de vegades, els màxims responsables surten indemnes en total connivència amb els jutges de torn.

 

EL HOMBRE DESCALZO Y EL FRACASO DE EURÍDICE 2ª Parte. Por Ricardo Iribarren

 

 

Henri Lenaerts Fundación. Colección

 

La madre de Julia  pertenecía a una familia de abolengo de la ciudad. Si bien desconocía los detalles del vínculo entre ambas, sospechaba que   los conflictos eran profundos y antiguos. Cuando hablaba por teléfono con ella, Julia se encerraba en la cocina, manifestando que quería estar a solas. Si bien no escuchaba sus palabras, al rato mi novia elevaba el tono con reproches, súplicas, largos reclamos y explicaciones en medio de un angustiado llanto.

 

Al terminar, salía de la habitación y ni siquiera notaba en los ojos las señales de las lágrimas. Sonreía y al preguntarle si estaba bien, contestaba con un vago “Mamá es así”.

 

Cuando la elegante dama se presentó para la visita formal, no me asombró demasiado el trato distante hacia su hija. Todo el tiempo, tuve un persistente y desacostumbrado calambre en el pie derecho, lo que interpreté como un rechazo profundo de mis plantas a aquella señora y su actitud.

 

Al accidente le siguieron varios días tranquilos. Julia se recuperaba con rapidez y me asombró la excelente cicatrización de los tejidos. Al tercer día caminó sin dificultad; habiendo recuperado la alegría, cantaba y bromeaba. Una de esas mañanas, mientras desayunábamos, habló con naturalidad acerca del proyecto de caminar descalza por el parque. No contesté de inmediato. Recordé que un año atrás, en el breve estudio que realizara sobre Reflexología y Pedimancia, había estudiado los sentimientos ambivalentes.  Esa noche, antes de acostarnos, me referí al tema. Expliqué la existencia de estados de ánimo en los que coexistían emociones o sentimientos opuestos.

 

—    Alguien puede desear y odiar simultáneamente algo

—    ¿Algo como qué?

—    Una persona, una situación

 

Levanté las sábanas y tomé su pie izquierdo. Una línea central arrancaba de la parte superior de la planta, se prolongaba debajo de los dedos y se bifurcaba en el centro. Hice que la viera, y para reafirmar mis palabras, la seguí con el dedo.

 

Expliqué que con su madre ocurría aquello: ella la amaba, la requería diariamente a través del llamado telefónico y a la vez la odiaba.

 

— Lo mismo ocurre con tu deseo de andar descalza — agregué — es algo que a la vez odias y deseas…

 

Retiró bruscamente el pie de mi mano y volvió a mirarme con el mismo odio que percibiera en el escalón cuando tuviera el accidente.

 

—    ¡Claro! ¡Marcela sí puede andar descalza!, ¿Acaso tiene plantas de acero, y no siente los clavos? ¿Quieres ir otra vez a que te acaricie los pies? ¡A ella sí le dirías dónde pisar y cómo pisar para que no se lastime… ¡

 

El berrinche continuó entre lágrimas y reproches. Aquella noche se negó a acostarse conmigo y durmió en el sofá. Sin embargo, a la mañana siguiente, me trajo el desayuno a la cama despertándome con un beso.

 

—    Quiero caminar descalza contigo en el parque — insistió acostándose mimosa a mi lado — No me digas que no — añadió al ver mi expresión de desaliento y cansancio. Se arrojó sobre mí; las discusiones fuertes la excitaban. Me provocó y se entregó en una fiesta de gemidos y arañazos.

 

—    Estuve madurando una idea Quiero casarme contigo, ¿Me aceptas? — pidió con voz histriónica. Más tranquilo al constatar que había terminado el arrebato,   besé su mano y contesté que sí. Lo que siguió fue preocupante.

 

—     El parque será el Hades. Podemos pedirle a un amigo que sea el Señor de los muertos. Yo seré Eurídice y tú Orfeo. Irás a rescatarme y para cumplir lo que el señor del Hades establezca, caminarás sin volverte a mirarme durante ocho cuadras. Descalzos por supuesto…. No me digas nada. Yo quiero ser una dama de pies desnudos, estar a tu altura. No importa la opinión de mi madre; estoy convencida que es cierto todo lo que dices, que la salud, los músculos, los huesos y el carácter mejoran. Quizá soy tan ambivalente como me dijiste ayer porque no camino descalza.

 

Julia se había convertido en un gigantesco talón de Aquiles en mi marcha sin calzado. No era lógico que accediera a su pedido: aún no estaba repuesta de ese accidente absurdo y corría el riesgo de sufrir otro similar o peor. Detrás estaba su madre, y alguna vez había experimentado la fuerza de esa gente vinculada a círculos de poder que se oponía ferozmente al hábito del pie desnudo. Si bien intenté imponer mis condiciones,  en esencia asentí a su propuesta.

 

Insistió con la idea de reproducir el mito de Orfeo y su búsqueda de Eurídice en los infiernos. La ninfa andaba descalza, ya que la serpiente la había mordido en el talón produciéndole la muerte. Con los pies desnudos habría llegado al infierno, desde donde seguiría a su amado.

 

A medida que describía la situación, el rubor que iba tiñendo sus mejillas, el leve brillo de su mentón y de sus ojos, me hacían concluir que se excitaba con solo contar la historia. Esa noche, al unirnos, rompimos uno de los tirantes de la gruesa cama que heredara de mis padres.

 

Ella se durmió primero y yo tuve la esperanza — infundada, por supuesto — que iba a olvidar la propuesta. Sin despertarla, retiré las sábanas y destapé sus pies. Con mis pocos conocimientos sobre Pedimancia, no encontré en ellos ninguna señal alarmante. Quizá Marcela pudiera explicar en aquellas complicadas líneas de sus plantas o en los tres lunares dibujados en los empeines, el por qué de su espíritu cambiante.

 

Al despertar procuré hablar con ella y en nombre del sentido común, le sugerí que pospusiéramos una caminata de ocho cuadras como pretendía; en cambio podríamos realizar una pequeña marcha por ciertas zonas a fin de cumplir con el ritual de Eurídice y procurar a la vez que sus pies fueran más fuertes. Pertinaz, ella se negó.

 

—    Es el inicio de mi vida descalza — afirmó — Mis pies son fuertes como los tuyos. Sabes que me gusta besártelos y a través de los labios me han trasmitido parte de su fortaleza, del amor al suelo.

 

Buscó en Internet evidencias del uso de calzado en la Antigua Grecia. Encontró algunas referencias en Lisístrata, cuando en la inicial asamblea de las mujeres, la protagonista y las damas de Atenas se presentaban descalzas; finalmente halló un dibujo de la amada de Orfeo caminando con los pies desnudos.

 

Me prometió que al terminar tendríamos una noche de bodas propia de la Grecia Clásica; me coronaría con laureles y me entronizaría como un emperador. Fue inútil que le explicara que aquello pertenecía a la cultura romana; que Grecia era la cuna de la Democracia y que las cuestiones se discutían en el Areópago entre los ciudadanos. Lo único que logré como concesión fue que el día anterior a la representación de Eurídice, recorriera descalza algunos tramos del parque para ejercitarse.

 

Asintió, aunque cuando llegamos y se quitó los zapatos, vi otra vez en su rostro la expresión de asco al pisar la grama.

 

—    ¿La hierba está siempre así de fría? — preguntó volviendo a calzarse luego de dos pisadas.

 

Se negó terminantemente cuando le pedí que continuara, teniendo en cuenta que al día siguiente debería recorrer  un largo trecho con los pies desnudos.

 

Ella fue quien escribió el libreto para que nuestro amigo Enrique, alto y corpulento como quizá fuera el rey del Hades, pronunciara las palabras. El estilo era paródico afectado y cursi. En él afirmaba sentirse conmovido por la lira de Orfeo y me ofrecía a Eurídice con la famosa condición que al salir del infierno no debería volverme a mirarla. En caso de hacerlo, ella retornaría para siempre al inframundo.

 

Preocupaba a Julia algunos detalles que faltaban, como mi práctica con la lira así como alguien que hiciera de Perséfone, la esposa de Hades. Me apresuré a decirle que podíamos aplazar el evento hasta que consiguiéramos la figura femenina y que yo aprendiera la ejecución de algún instrumento. Volvió a negarse.

 

—    Eurídice cumplirá su destino, marchando fuera del infierno luego de recorrer las simbólicas ocho cuadras; convirtiéndose en una mujer descalza y feliz — afirmó.

 

 

Cuando faltaba una hora para la representación de Orfeo, volvió a presentarse imprevistamente la madre de Julia. Ella la recibió con unas sandalias abiertas y la mujer miró recelosa los pies de su hija. Criticó el calzado y exigió ver su planta derecha. Asintió al advertir que la herida estaba casi curada. Como siempre, se sentó en el borde de la silla y se rascó insistentemente la nariz.

 

Sigo insistiendo en que todo esto encierra un riesgo que marca el comportamiento de Julia con una tendencia malsana, lo que me lleva a vigilar su conducta. Hay muchas cosas en juego. Su seguridad antes que nada y el carácter de nuestro movimiento. Cada día que pasa tenemos más prestigio como defensores de la moralidad y si mis correligionarios se enteran de que mi hija camina descalza por la ciudad, mi tarea que es muy importante y beneficia a un sinnúmero de personas, se verá menoscabada. Es un símbolo. Es un perjuicio muy grande. Por eso, entiéndame señor Ignacio, deberé realizar tareas de fiscalización. En cuanto a usted, puede hacer con sus pies lo que quiera. Son suyos. Usted es una persona mayor. Julia siempre tuvo problemas y los tendrá. Siempre necesitará del apoyo amoroso de su madre…

 

Mientras la mujer hablaba, mi novia se había colocado a su espalda. Levantaba los brazos y hacía gestos negativos; interpreté que me pedía que no le dijera nada acerca de nuestro proyecto, del Orfeo y Eurídice en versión descalza.

 

—    Querida, ¿Qué estás haciendo?

 

Julia no advirtió que frente a ella y a su madre estaba el espejo de la sala que ocupaba la mitad de la pared; el que perteneciera a mi abuela. Reflejaba sus gestos y la dama los había advertido. Entonces se incorporó y tomó a su hija de las muñecas.

 

—    ¿Qué eran esas señas? ¿Qué era lo que no tenía que decirme?

 

Julia no lloraba;   había torcido su boca hacia abajo con una expresión de espanto. Por primera vez la sentí como una niña indefensa y decidí intervenir.

 

—    Señora, déjela por favor —  exigí tomándola de un brazo. La mujer me miró primero asombrada, y luego con desprecio. Se apartó de mí y soltó a Julia.

—    ¿Qué va hacer? ¿Me va a golpear? ¡Hágalo y verá lo que ocurre!. ¡Hágalo, lo desafío!. Un hombre descalzo es capaz de cualquier cosa.

 

Le recordé que estaba en mi casa, que no deseaba violencia; le pedí que reflexionara y que no interrumpiéramos el diálogo. La madre de Julia volvió a sentarse estirando el cuello con aspecto de dignidad ofendida. Su hija lloraba amargamente.

 

—    Está bien. Esto es un símbolo. Le demostraré que no estoy a la altura de su salvajismo. Lo escucho en lo que tenga que decirme.

 

—    Su hija insiste en realizar una caminata en el parque que está a dos cuadras de aquí, sin llevar calzado. Debe saber que yo me opongo, ya que no está preparada para hacerlo, pero si ella insiste, respetaré su decisión. Me considero su novio, su amigo, la persona que está junto a ella o como quiera llamarlo, y la apoyaré en lo que decida. Ella tiene veinticinco años, no es una niña. Si su decisión estropea o altera de algún modo lo que usted se propone con las juntas vecinales, también lo lamento, pero ella es un ser humano, no un bien inmueble.

 

Mientras hablaba, la mujer fue esbozando una sonrisa.

 

—    Le agradezco su sinceridad, señor Ignacio —  dijo con imprevista suavidad — Usted se ha mostrado tal como es; tal como yo suponía que era. Sepa que yo y mis amigos estaremos vigilando. Es un símbolo. Téngalo por seguro.

 

Al marcharse, la mujer cerró la puerta con un portazo.

 

 

 

Pensé que con la nueva visita de su madre, Julia iba a tener otra crisis, pero se comportó con una tranquilidad inesperada. Insistí en que después de la amenaza de doña Eduviges no debiéramos realizar la caminata que estaba prevista para las once de la mañana de ese día.

 

—    No hay que preocuparse — me dijo con una sonrisa — Mi madre nunca cumple sus amenazas. Además, sus amigos son viejos como ella. Están en contra de todo, se limitan a tomar té y jugar a las cartas;  no hacen otra cosa.

 

Me sentía inquieto. No me animaba a enfrentarla con una negativa rotunda, pero aquel incidente me había reafirmado los pronósticos negativos que mis plantas no dejaban de repetir.

 

Mi novia anunció que arreglaría sus pies y me pidió que la esperara   en el parque donde tendría que recibir a Enrique.  Aquello sería como un matrimonio y por lo tanto no podía presenciar sus preparativos, en especial el cuidado de las plantas que serían las protagonistas.

 

 


La esperé cerca de la tercera fuente, como habíamos convenido. Ella se presentó puntual, con el cabello cuidadosamente peinado, pero suelto, como interpretaba debiera haber estado Eurídice. Llevaba una pequeña cartera roja que colgaba del hombro, lo que sería un símbolo del corazón de la ninfa. Se quitó los zapatos frente a mí. Sus pies estaban hermosos; en el derecho llevaba una tobillera que había comprado para la ocasión. Casi enseguida nos tomamos del brazo y mi amigo, ataviado con un ridículo gorro como el que usan los Papas,  pronunció el parlamento conteniendo la risa.  Al terminar, prometí solemnemente no volverme a mirarla durante el trayecto.

 

En las ocho cuadras que debíamos recorrer había zonas de suave grama , pero otras mostraban un empedrado agresivo o áreas con pequeñas y puntiagudas ramas. En un sector era necesario hacer equilibrio sobre un cordón de cemento para llegar a un puente de madera; sin embargo,  los sitios realmente peligrosos estaban alejados del camino: una cerca de madera, otra de alambre, las proximidades de una empresa que cortaba vidrios para ventanas y cuyas inmediaciones estaban cubiertas de filosas e invisibles astillas. La más riesgoso era una tercer cerca de metal, construida a medio metro del suelo, donde se habían instalado agudas puntas hacia arriba. La senda que Julia debía recorrer estaba separada de todo aquello por espacios de más de cien metros, de modo que no había nada que pudiera justificar un accidente.

 

Andar descalzo aumenta la intensidad de todos los sentidos y desarrolla una intuición especial que permite saber lo que ocurre alrededor. Era algo que había aprendido en mis repetidas caminatas durante aquellos años. Aquel mediodía, podía escuchar distintamente los ruidos del parque, el sonido lejano de los autos, los gritos de los niños que jugaban en la plaza, los comentarios de la pareja mayor que siempre recorría el lugar. También distinguía claramente el siseo de los pies de Julia al pisar el suelo detrás de mí. Podía calcular la distancia a la que marchaba, e incluso acelerar o retardar la marcha de acuerdo con su ritmo. Sabía también que avanzaba en puntas de pie y eran pocas las veces en que depositaba en el suelo toda la planta. Me repetía a mí mismo que el trayecto llegaría al final sin novedades, que simbólicamente la sacaría del infierno, contradiciendo lo ocurrido en la leyenda original. A pesar de la negativa de mis plantas, una parte de mí creía que todo aquello era un período de adaptación y que culminaría felizmente. También repetía algo que había probado en mi matrimonio y en todas mis relaciones: un buen vínculo sexual era la base para solucionar cualquier problema de convivencia.

 

Avanzábamos hacia el este. Los gritos de los niños y las voces de los paseantes, fueron reemplazados por los cantos de los pájaros y la brisa entre las ramas.   De pronto escuché una exclamación de Julia y no pude precisar si era de asombro o de contrariedad. Estuve a punto de volverme, pero me contuve. Aquella era la consigna, miles de años atrás en la leyenda de Orfeo y ahora, en el mundo contemporáneo. Había jurado que no me volvería, pasara lo que pasara. Esperé unos segundos y seguí caminando.

 

Avancé dos cuadras más. Faltaban tres para llegar al final, pero tenía la certeza de que ella ya no seguía detrás de mí. Quizá en la lejana Grecia, Orfeo también hubiera dejado de escuchar el roce de las delicadas plantas de su amada. Quizá el silencio absoluto, propio de los sepulcros, era lo que lo había hecho volverse.

 

El impulso de mirar atrás se impuso a mi voluntad, y cuando lo hice, comprobé lo que sabía: Julia no estaba. Un poco más allá algunas personas caminaban hacia el este. La brisa de primavera soplaba entre los árboles y el sol de otoño iluminaba los senderos. Lo más lógico era que se hubiera cansado de caminar descalza; quizá estuviera sentada, colocándose los zapatos. Retrocedí un poco más. A lo lejos distinguí a mi amigo Enrique que aún llevaba el escandaloso gorro de rey del Hades. Hablaba por teléfono y movía el brazo con entusiasmo. Julia seguía sin aparecer;  los pocos bancos del parque estaban vacíos.

 

—    ¡Julia! — llamé a voz en cuello. Los dos ancianos que me conocían se detuvieron para mirarme — ¡Julia! — repetí en voz aún más alta, pero tampoco obtuve respuesta.

 

Unos pasos más allá encontré la cartera roja sobre la grama del sendero. Enrique se acercó para ver lo que ocurría y en ese momento escuché un leve alboroto. Junto a mí pasaron un par de adolescentes. Uno de ellos murmuró algo acerca de una mujer herida, y los seguí.

 

Casi dos cuadras hacia el sur, Julia estaba sentada en el suelo. Había pisado uno de los filosos pinchos de la cerca de acero que se levantaban como cuchillos. El metal había entrado por la planta, debajo de los dedos y se lo veía brillante, sanguinolento luego de haber atravesado el empeine. Estaba despeinada y otra vez me observó con mirada torva.

 

—    Esto pasó porque fallaste— fue lo primero que dijo — habíamos quedado en que pasara lo que pasara, no debías mirar hacia atrás.

 

Le respondí que al volverme ella ya se había lesionado; quise decirle que no entendía por qué se había desviado de aquel modo del camino; además había tenido que levantar la pierna unos cincuenta centímetros para clavar de aquel modo el pincho en el pie. Alguien había llamado al novecientos once. Esperaban la ambulancia. Julia seguía mirándome con odio y me habló en voz baja, pero asegurándose que todos la escucharan.

 

—    Tú eres el único culpable. Rompiste el compromiso que teníamos. Siguiéndote a ti, caminé descalza y cuando te volviste a mirarme, todo se destruyó. No quiero verte más. Espero que lo entiendas.

 

 La ambulancia llegó enseguida y a los paramédicos les costó retirar el pie de aquella navaja filosa.

 

—    ¡Aquí está el culpable! — insistía Julia en todo momento mientras me señalaba — ¡por él caminé descalza!. ¡Por él me clavé esto…!

 

El público que estaba en el lugar se había apiñado y todos me miraban como si fuera un asesino. Una pareja de ancianos señaló mis pies murmurando que estaba loco.

De pronto, la madre de Julia se abrió paso entre la gente. Me miró con una sonrisa siniestra. Dos policías surgieron de alguna parte y me pidieron que los acompañara. Escuché los aplausos de la gente.

 

 

En la comisaría esperé media hora y me recibió Eufrasio Corvo, el inspector amigo de la madre de Julia y candidato a alcalde. Era de baja estatura, hombros cuadrados, ojos pequeños y sonrisa metálica. Me hizo pasar a su despacho y me ofreció sentarme.  

 

—    Señor Ignacio, por fin nos conocemos. Le aclaro que por ahora no está detenido, aunque conozco su hábito de caminar descalzo por el parque del este de la ciudad. Sé que no ha cometido ningún delito según la ley, pero debe saber que hay crímenes que no se encuentran en nuestro cuerpo jurídico. Son los que establece la opinión pública, los que entran en el área amplia y casi indefinida del derecho usual. En estos días me propondré como alcalde de la ciudad, comprometiéndome a defender las buenas costumbres. Más importantes que la economía. Más importantes que la salud. Ellas son la base de una y de otra. Y estos hábitos malsanos serán el motivo central de mi campaña…

 

El hombre se incorporó y me tendió la mano. Yo la apreté. Era fría y débil, como un pez muerto.

 

—    Este es el último gesto amistoso entre nosotros — dijo — desde ahora estaremos en posiciones enfrentadas. Usted será el representante de los descalzos y yo el de los calzados. Se avecina una lucha feroz entre nosotros.

 

Iba a decirle que no me interesaba una confrontación así, que no quería una guerra con nadie y menos con él, pero el inspector ya había soltado mi mano y abriendo la puerta de su despacho, repitió que había terminado la entrevista; que   no había  más que discutir.

 

 

Sin Julia, sentí la casa enorme y en la noche tuve un fuerte acceso de melancolía. Nunca me había dado los datos de su madre; descubrí que no teníamos amigos comunes y  no sabía donde ubicarla para hablar con ella.

 

Esa noche apenas pude dormir y al otro día volví a caminar descalzo por el parque.   Las tormentas que llegaran de mis pies durante aquellos días,  por fin se habían calmado. Di varias vueltas alrededor de la laguna  del oeste, recorrí los tres bosques   y al regresar a mi casa hacia el atardecer, por encima del sufrimiento, desde mis plantas llegó un súbito clamor de liberación. 

 

 

Ricardo Iribarren

 

 

Código: 1304174964373
Fecha 17-abr-2013 21:48 UTC